Carnavales en La Habana!

                           

Recuerdo la primera vez que fui a un carnaval, recién había terminado una relación amorosa y la depresión me rondaba, llegó un amigo a la casa y me dijo, vístete, nos vamos para los carnavales! Yo, en los carnavales! Lo mío era el ballet, la opera, no me imaginaba en los carnavales. Había ido de niño, cuando la posición de mi padre en el gobierno, nos aseguraba palco y transporte. El tumulto de gentes, caminar con una perga de cerveza en la mano, los cuentos de broncas y puñaladas, me aterraban. Mí amigo insistió, con esa fuerza de los que no se dan por vencidos jamás, accedí de mala gana y una noche habanera me vi en los carnavales.

Mi amigo yo, llegamos a la zona de la fuente de la juventud, cercana al Riviera, yo, con una cara, que no tenía nada que ver con el ambiente carnavalesco que me rodeaba. Me recosté a uno de los costados de la fuente, a los dos segundos, le dije a mi amigo; me están mirando, enseguida me respondió, “no te hagas el irresistible que acabamos de llegar”, se fue a comprar cerveza, cuando regresó, ya tenia pareja nueva y me decían poemas al oído. Mi amigo se murió de la envidia, pero revivió enseguida, me quería mucho y se alegraba por mí, desde esa noche ame los carnavales. El romance duro poco, lo suficiente para que olvidara la depresión amenazante, fue un romance de esos que compiten con el mejor antidepresivo conocido. Mi gusto por los carnavales duro por siempre, dura hasta hoy.

Nuestros carnavales, tuvieron, durante mucho tiempo, una reina de belleza, que los presidia, y adornaba. He leído historias de reinas encerradas en torres y otras decapitadas, nuestra reina de carnaval, tuvo peor suerte, fue sencillamente vaporizada, eliminada, borrada, como si nunca hubiera existido. Esa noche de la última elección de la reina del carnaval, aquellos gritos de la 14!, la14! Un público gritando de pie, decidido a que su favorita regresara a la competencia. Consuelito, tratando de calmarlo mientras los gritos aumentaban. La ciudad deportiva, convertida en un polvorín a punto de estallar. Los artistas, salían a presentarse y los gritos se lo impedían, la suspensión del espectáculo, parecía inevitable. Los organizadores del espectáculo, sacaron de la manga la última carta que les quedaba en su intento por continuar, presentar a la artista designada para cerrar el espectáculo, confiaban que a ella el público no la abuchearía y así fue. Rosita Fornes salio al escenario, poco a poco se fueron calmando los ánimos, el espectaculo pudo continuar, pero ya era tarde; la decisión estaba tomada, habíamos asistido a la última elección de la estrella del carnaval habanero. Nos quedamos para siempre sin reina, aunque créanme, nuestros carnavales, tienen montones de reinas; negras sensuales, mulatas esplendorosas, blanquitas bellísimas y también de las otras que salen a competir en belleza y porte como las primeras, mientras no se les descubra el engaño.

El carnaval habanero, fue perdiendo poco a poco brillo y esplendor, las carrozas empequeñecieron y las comparsas se vestían pobremente, pero nunca le falto alegría, lo ahorramos todo, menos la risa y la rumba. El cubano es fiestero por naturaleza, si hay que trabajar, trabaja y duro, lo hemos demostrado en muchos lugares, Miami, existe como prueba del tesón y la fuerza de los cubanos, pero a la hora de olvidar los problemas y reírnos hasta de nosotros mismos, nadie nos gana. Los carnavales, han sido, durante años, como la licencia esperada, para soltar la alegría y las ganas de rumbear, darnos licencia para reírnos y rumbear! a nosotros que hacemos de cada ocasión una fiesta, se imaginan hacerlo con permiso oficial!

Mi último carnaval en Cuba, fue el inicio de mi esperada partida. Allí a la sombra de la estatua de Maceo comenzó a tejerse la historia que 7 meses después nos llevaría a mi y a mi hermano a Madrid; otro día les cuento, hoy, andamos de carnaval.

Gracias a mi amigo, pude disfrutar durante años del carnaval habanero, me encontré allí a los habituales del Lorca y de Coppelia, perga en mano, bailando y riendo, así somos, “de lo culto a lo popular”. Cuando los carnavales comenzaban todos nos transformábamos, era como la locura de la luna llena para la rumba, la cerveza y la alegría. Teníamos que disfrutar esa luna y esa licencia oficial, porque como el cuento, un día daban las 12 campanadas y se acababa y si no dejábamos el zapato abandonado, era sólo porque la escasez y el racionamiento, no nos permitían esos lujos.

Gracias carnaval habanero por tus noches de locura y alegría, por amaneceres satisfechos de rumba, alcohol y amor. Un día, el malecón sera pequeño para ti y tal vez te mudemos para la carretera central y un pueblo entero amanecerá arrollando detrás de la carroza de una reina con traje azul celeste, blanco y rojo

                                  

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