La calle Obispo.

 

Nombre eclesiástico, población variada, años de existencia, la calle Obispo. Mas que una calle es una arteria, por ella corre un chorro de pueblo a toda fuerza, tal vez sin rumbo, pero sin detenerse. Por esta calle andamos siempre con la prisa del que no sabe a donde va, pero apura el paso, quiere llegar a toda costa a donde sea, pero llegar.

 

La calle Obispo, tiene una position privilegiada, casi comienza en el parque central y termina en la plaza de armas. Enlaza al hotel Ambos Mundos, con el Floridita. Cuentan que a veces se ve a un gigante barbudo andar por ella, subirla y bajarla en busca del major daiquiri de la Habana.

 

Siempre, camino por Obispo, al menos una vez, en mis visitas a Cuba. Calle que me lleva al Corazon de la Habana vieja. Este ano, la anduve con mi madre del brazo, andarla con ella fue multiplicar la alegría, unir dos amores en un encuentro. Cuando llegamos a la plaza de armas, escuche como el Palacio de los Capitanes Generales le gritaba al Templete; hoy si que viene bien acompañado! Yo, orgulloso, saludaba a mis viejos conocidos.

 

No todo es alegría cuando camino por Obispo. A veces me sorprende algún niño pidiendo monedas. Una vez, vi a un grupo de adolescentes, casi niños, caminar junto a un turista, acosarlo, por mas de una cuadra. El mayor tendría 14 años, lo miraban, se le insinuaban, se ofrecían. Recordé mis años de maestro, los llamé, les dije: ustedes deberían estar jugando bolas o corriendo en una chivichana, son niños, disfruten estos años! Me miraron con cara de inocentes, por un momento se les borro la picardía del rostro, se fueron. A mi me duro mucho tiempo el dolor y la vergüenza, aún me dura.

 

Por la calle Obispo no caminas, circulas en ese torrente de gentes que te llevan sin querer a su rumbo y dirección, tus pasos, ya no te pertenecen. Si sales del Floridita y te decidas a andarla, es como subirse a un tren a toda velocidad, disparado a la aventura, a un mundo viejo, que es nuevo cada día.

 

Obispo que hace tiempo que decidió colgar los hábitos y ama, toma ron, juega domino y suelta palabrotas. Asiste, feliz e insomne, al día a día de una ciudad que duerme, sueña y alucina, junto al mar.

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