Caminar La Habana!

La Habana, es una ciudad para caminarla, si vas en auto, te pierdes su esencia, no logras interactuar, es conocerla a medias. Ciudad de los de a pie, de los que la andamos de un extremo a otro, gastando suelas, zapatos. Perdiendo kilos en un recorrido que no termina nunca, sin meta, ni final. Aunque creas conocer una calle, cada vez que vuelves a andarla, descubres algo nuevo. Andamos La Habana, una y otra vez, redescubriéndola a diario, sorprendiéndonos en cada esquina con algo nuevo.

Nuestra ciudad, no esta dada de una vez y para siempre. Cada amanecer una nueva Habana, despierta al primer rayo de sol. Cambia de maquillaje, viste una nueva bata cubana, ensaya un nuevo andar, coquetea y seduce. Enamora, ensayando nuevas mañas. Un nuevo mover las caderas y mirar seductor.

Para los habaneros, andar la ciudad, es un acto de fusión con ella. Es entregarnos a nuestras calles, adoquines, sortear obstaculos y disfrutar paseos únicos. No importa el calor, La Habana, hay que caminarla. Con dólares en el bolsillo o  con moneda nacional, tomando coca-cola o guachipupa para mitigar la sed. Caminar la ciudad, es un rito del habanero. Cuando vivimos en ciudades, donde no hay costumbre de andar la ciudad, extrañamos, ese caminar sin rumbo. Ese andar sin punto fijo de llegada, solo por el placer de caminar, abiertos a  sorpresas y encuentros con lo desconocido, redescubriendo la ciudad a cada paso.

Siempre que regreso a La Habana, dedico al menos un día a caminarla. Es como abrazarla, acudir puntual al pase de lista y decir presente! Aunque pase la mayor parte del año ausente, volver a andar sus calles, reafirma mi condición de  habanero. En ese recorrer sus calles, siempre descubro algo nuevo, me descubro a mi mismo, me reinvento.  He andado cientos de veces Obispo, cada vez algo nuevo me sorprende. Así es La Habana, que se estrena para cada nueva mirada. Ciudad renovada y extendida en el recuerdo y en el presente.

Quien visite La Habana, la camine, ande por sus calles, ya no podrá olvidarla nunca. Regresara a ella, una  y otra vez. En cada encuentro, una nueva ciudad, lo espera y recibe. Una nueva sonrisa se ensaya para nosotros, un nuevo encuentro, una nueva anécdota. Alguien nos recibirá con un piropo que no olvidaremos nunca. Alguna ocurrencia será el toque justo para matizar nuestro andar.

Regresar a La Habana, andarla otra vez, suma a sus encantos, el hacerlo llevando a mi madre del brazo. Juntos, reímos, saludamos la ciudad que nos vio nacer y crecer a ambos. Nos olvidamos de años y penas, de lejanías y nostalgias. A nuestra felicidad, basta, en ese instante, el andar juntos nuestra Habana.

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¡Balseros!

 

Cuando apenas tenia unos días de estar en Miami, escuche  por vez primera la palabra “balsero” en tono despectivo. Modo de algunos de clasificar a un grupo de inmigrantes cubanos, en una categoría inferior,  sin razón,  ni análisis, sin amor al hermano. Pude contenerme, pero todo tiene un limite y el mío, a veces, la injusticia lo acorta aún mas. Cuando escuché como por 5ta o 6ta vez “es  un balsero”, en ese tono despectivo que hería mis oídos y principios, me volví y pregunte el por qué de tanto desprecio a los balseros. Por qué ese tono, ese énfasis, como si fueran inferiores, solo  por haber venido en balsa. La respuesta, absurda e irracional, fue como una bofetada a los principios: son gente que no tienen familiares o amigos aquí, jamás hubieran calificado para una visa, ni nadie pagaría por traerlos, tu viaje, por ejemplo,  costo casi diez mil dólares, es diferente.

Siempre he creído que  todos somos iguales, mas allá de posiciones económicas, nacimiento o talento. Lo único que puede diferenciar a un ser humano de otro, es el bien o el mal que haga durante su vida. Ser bueno  o malo, es la única clasificación que acepto. Aún en esta clasificación, hay matices. Nadie es del todo malo, tampoco nadie es del todo bueno.

Me molesta e indigna esa supuesta “aristocracia miamense“, capaz de despreciar a alguien sólo por la vía utilizada para llegar a este país. Conozco muchos que vinieron reclamados por familiares. Muchos que a los 3 días exhibían orgullosos su residencia. Eso no los hace mejores, más cultos o  talentosos. Me alegro por ellos, al final me alegro por todos los que han podido llegar a este país. Por todos los que se lanzaron a la conquista de un sueño. Cada vez que un hombre hace realidad un sueño, la humanidad entera, debería celebrarlo,  aplaudirlo, nos mejoramos como raza, la única que existe; la humana.

Me demoré muchos años, entre mi primer intento de salida del país y mi llegada a Miami. No tuve el suficiente coraje para lanzarme en una balsa a desafiar tormentas, tiburones, hambre y un sinfín más de peligros, me faltaron las bolas para hacerlo.

Recuerdo una vez en La Habana, un amigo me dijo que esa noche se tiraba en una balsa. A las doce de la noche apague todas las luces del cuarto, hasta el reloj digital, corrí las cortinas de las ventanas. En esa oscuridad absoluta, imagine a mi amigo en medio del mar, enfrentándose a lo desconocido. Sentí miedo y admiración por él.  Aquí he conversado con muchos que vinieron en balsa. Es cierto que son diferentes, tiene unas bolas gigantescas, son gente cojonuda. Mujeres y hombres que no se detuvieron ante el miedo, lo dominaron y vencieron en aras de la conquista de un sueño. Ahí esta su única diferencia, su valor y coraje. Todos tenemos el derecho de amar la libertad y luchar por ella con uñas y dientes.

Al final, ser mejor o peor, solo depende del corazón, de las ganas de hacer. Cuanta gente talentosa, universitarios, escritores, médicos, se lanzaron un día al mar en una balsa, persiguiendo un sueño. A muchos el mar, los guarda para siempre, testigo silencioso de aventuras y sueños rotos. Por todos ellos, estamos obligados a triunfar, a ser mejores, a unirnos. Desde el fondo del mar nuestros hermanos muertos nos convocan a abrir los brazos para recibir y ayudar a los nuevos balseros.

Cuba, nos dijo un día adiós, mientras susurraba  un vuelvan pronto. Agito una mano al viento, con la otra, se apretaba fuerte el corazón. Cuando nos perdimos en el mar o en el aire, seco sus lágrimas con un vuelo de su bata azul, blanca y roja, miro al cielo y madre al fin!  Dijo;¡Dios mío, protégelos todos son mis hijos!

Fotografia tomada de Google.

Eliseo!

“Si me obligan, me robaré La Habana.

La romperé, verás, con un martillo.

Traeré de contrabando, en el bolsillo,

la noche, nuestro mar y tu ventana.

Si me obligan, me robaré el pasado.

Me llevaré mi calle y sus portales,

tu juventud, un verso, las postales
de esa islita que el odio me ha negado.

Si me obligan, me robaré La Habana

piedra por piedra, amor, pena por pena.

Mi vida rompo, guardo los pedazos.

Escapo antes que sea de mañana.

Me verás dando tumbos por la arena

como quien lleva a su mujer en brazos”

No Eliseo, no tuviste que robarte lo que siempre estuvo contigo. Parte de La Habana se fue contigo para siempre, La Habana, no es la misma sin ti. Vives, multiplicado en tu ciudad, en nuestra Habana. Aunque todos tenemos derecho a equivocarnos, estabas en lo cierto al llamarla tuya.

Cuando dijimos adiós a nuestra ciudad, no cargamos piedras ni pedazos de ella en nuestros brazos. En nuestros bolsillos, no llevamos nada material, solo recuerdos. Llenamos nuestro corazón con todo su amor. Nada ni nadie, tiene  o tuvo fuerza para negarte tu islita. Ella se te entrego toda y a ella vuelves en un regreso definitivo a fundirte para siempre con tu tierra, entre palmas  y ceibas que te esperan.

Cuando supe de tu muerte, sentí  el dolor de perder a un ser querido a alguien que quise y admire, sin  conocerlo. Revisando tu profile en Facebook, vi me pedido de amistad aún pendiente. Imagino que tu salud, te impidió aceptarlo. Cuanto hubiera disfrutado honrarme con tu amistad virtual y soñar con darnos un día un abrazo frente al malecón. Enviarte un escrito y tener tu opinión, como a veces hago con una amiga especial.  Aprender de ti, hubiera sido muy importante para mí.

Espero no te moleste te tutee, cuando quiero o admiro a alguien, el usted se me hace difícil, forzado. Tenemos una gran amiga en común, alguien, que aunque aún no conozco personalmente, es muy importante para mi. Trate de consolarla por tu partida, se que aún no se han inventado las palabras que den consuelo en un momento así, pero lo intente. Una pena compartida, se hace a veces, menos dolorosa.

Converso contigo, se que aunque no respondes, me escuchas. Nuestra Habana, sirve de  puente, médium sui generis, no hacen falta palabras. Ambos miramos en la misma dirección, yo, sabiendo que regresare pronto, tú, con la certeza del que llega a casa, después de un largo viaje.

Una vez dijiste que los cubanos éramos todos poetas, músicos o peloteros. No se donde encajo yo, pero seguro estoy de ser cubano 100%, aunque no juegue a la pelota, ni haga música y solo tenga algunos escritos y ni un solo poema que mostrar. Me ayudarías a auto clasificarme un día?

No quiero cansarte, solo darte el abrazo que te debo, que te debemos muchos. Nos encontraremos en esas calles de La Habana. Mi fantasma te dará la bienvenida, te hablara de mí, no le hagas mucho caso, me quiere y exagera mis virtudes. En unos meses, cuando regrese a La Habana, te veré  en las palmas, en las ceibas, en las olas que rompen en el malecón, en el viento que despeina la ciudad. Regresas a nuestra ciudad, no a un descanso eterno, a vivir intensamente en la gloria que ganaste para siempre. Queda prohibido olvidarte!

Inventos en la Habana!

Los habaneros, los cubanos en general, a la hora de inventar, no tenemos límites. Nacimos inventores, innovadores por naturaleza, por inventar, inventamos risas y cancelamos lagrimas.

En una ocasión, días después de una disminución drástica en la cuota del café, saboreaba un rico café en casa de un amigo. Le elogie a la mama de mi amigo su café, me explico como se las ingeniaba. Ponía bolas de cristal, de las de jugar los niños, en el recipiente del café, así podía poner menos café, pero quedaba compactado y colaba bien. Ya lo dije una vez, magas de casa, que inventan día a día e intercambian entre si sus creaciones. A todas, les debemos un monumento.

En casa, tuvimos un televisor Admiral, por muchos años. Mi padre, experto en asuntos de electrónica, le hacia adaptaciones. Un día, antes de ser sustituido definitivamente por un televisor japonés en colores, no tuvimos otra opción que llamar al técnico del consolidado. Llego muy serio y profesional, miro al televisor, lo reviso, sonrío, nos dijo: no puedo hacer nada, no hay coincidencia ninguna con los planos que tengo, esto no es un televisor, es un invento!

Hicimos ventiladores con motores de lavadoras rusas. Ventiladores con vida propia, casi había que amarrarlos a la pata de la cama, salían andando y podían amanecer en la cocina o en el portal. Éramos felices con ciclones personales andando por toda la casa.

Convertimos percheros en antenas de televisión, alicates en controles de cambiar canales. Serruchamos lavadoras Aurikas, cuando la secadora se rompía e hicimos una nueva versión reducida y manuable, casi portátil. Creamos antenas parabólicas, capaces de coger canales hasta de Australia y convertimos a los barrios habaneros en una telaraña de cables, dando servicio a decenas de vecinos.

A falta de calentadores eléctricos y de gas, hicimos una nueva versión. Inventamos calentadores de agua portátiles a partir de una lata de leche condensada. Somos unos bárbaros! Cuando llegaron los largos apagones y no teníamos velas ni faroles para alumbrarnos, inventamos un mechero de un tubo de pasta y así iluminábamos nuestras noches. Nada nos detiene, nuestra inventiva no cree en dificultades, ni teme a escaseces, las mira de frente y termina venciéndolas.

Una vez, aprovechando las ventajas de trabajar en el aeropuerto decidí hacer el viaje a La Habana, vía Cancún. Llego el momento de abordar el avión de Cubana de aviación que nos llevaría a nuestro destino. Créanme, aquello era casi una guagua Girón con alas. Se escucho la voz de un pasajero decir; esto vuela porque lo manejan cubanos si lo parquean aquí, no hay nadie capaz de hacerlo volar!

Recuerdo en uno de mis viajes a La Habana, una vecina, toca a la puerta. Traía una cazuela con comida, en una jaba, le abrieron la puerta y paso al comedor. Llame a mi hermana, le dije: tú no iras a comprarle comida a esa mujer para el almuerzo! Se río, que comida? Debajo están los huevos, vino a venderme huevos que están perdidos! Así burlaba vigilancias y posibles chequeos.

Por inventar, nos inventamos, para siempre, la alegría. Hicimos una nueva versión de la sonrisa y la acuñamos como nuestra. Decidimos ser felices, más allá de dificultades reales. Así somos los habaneros, los cubanos, inventores de la risa, creadores de momentos felices, hacedores de magia que nos ayuda a sobrevivir y a esperar.