Inventos en la Habana!

Los habaneros, los cubanos en general, a la hora de inventar, no tenemos límites. Nacimos inventores, innovadores por naturaleza, por inventar, inventamos risas y cancelamos lagrimas.

En una ocasión, días después de una disminución drástica en la cuota del café, saboreaba un rico café en casa de un amigo. Le elogie a la mama de mi amigo su café, me explico como se las ingeniaba. Ponía bolas de cristal, de las de jugar los niños, en el recipiente del café, así podía poner menos café, pero quedaba compactado y colaba bien. Ya lo dije una vez, magas de casa, que inventan día a día e intercambian entre si sus creaciones. A todas, les debemos un monumento.

En casa, tuvimos un televisor Admiral, por muchos años. Mi padre, experto en asuntos de electrónica, le hacia adaptaciones. Un día, antes de ser sustituido definitivamente por un televisor japonés en colores, no tuvimos otra opción que llamar al técnico del consolidado. Llego muy serio y profesional, miro al televisor, lo reviso, sonrío, nos dijo: no puedo hacer nada, no hay coincidencia ninguna con los planos que tengo, esto no es un televisor, es un invento!

Hicimos ventiladores con motores de lavadoras rusas. Ventiladores con vida propia, casi había que amarrarlos a la pata de la cama, salían andando y podían amanecer en la cocina o en el portal. Éramos felices con ciclones personales andando por toda la casa.

Convertimos percheros en antenas de televisión, alicates en controles de cambiar canales. Serruchamos lavadoras Aurikas, cuando la secadora se rompía e hicimos una nueva versión reducida y manuable, casi portátil. Creamos antenas parabólicas, capaces de coger canales hasta de Australia y convertimos a los barrios habaneros en una telaraña de cables, dando servicio a decenas de vecinos.

A falta de calentadores eléctricos y de gas, hicimos una nueva versión. Inventamos calentadores de agua portátiles a partir de una lata de leche condensada. Somos unos bárbaros! Cuando llegaron los largos apagones y no teníamos velas ni faroles para alumbrarnos, inventamos un mechero de un tubo de pasta y así iluminábamos nuestras noches. Nada nos detiene, nuestra inventiva no cree en dificultades, ni teme a escaseces, las mira de frente y termina venciéndolas.

Una vez, aprovechando las ventajas de trabajar en el aeropuerto decidí hacer el viaje a La Habana, vía Cancún. Llego el momento de abordar el avión de Cubana de aviación que nos llevaría a nuestro destino. Créanme, aquello era casi una guagua Girón con alas. Se escucho la voz de un pasajero decir; esto vuela porque lo manejan cubanos si lo parquean aquí, no hay nadie capaz de hacerlo volar!

Recuerdo en uno de mis viajes a La Habana, una vecina, toca a la puerta. Traía una cazuela con comida, en una jaba, le abrieron la puerta y paso al comedor. Llame a mi hermana, le dije: tú no iras a comprarle comida a esa mujer para el almuerzo! Se río, que comida? Debajo están los huevos, vino a venderme huevos que están perdidos! Así burlaba vigilancias y posibles chequeos.

Por inventar, nos inventamos, para siempre, la alegría. Hicimos una nueva versión de la sonrisa y la acuñamos como nuestra. Decidimos ser felices, más allá de dificultades reales. Así somos los habaneros, los cubanos, inventores de la risa, creadores de momentos felices, hacedores de magia que nos ayuda a sobrevivir y a esperar.