Croquetas en La Habana!

Todos coincidimos que el puerco merecía un monumento. Cuando publique mi escrito, algunos, hasta se ofrecieron para recoger firmas a favor del alimenticio y recordado animalito. Alguien me recordó las croquetas, fue como una pregunta; y de las croquetas, que? nadie se recuerda? Creo que es muy justo y merecido el monumento al puerco. A las croquetas, tendremos que dedicarle alguna tarja, en un sitio céntrico de la ciudad. Algún homenaje se merecen, por esforzadas y humildes.

Las croquetas, nunca andan solas, siempre en grupo, acompañadas. De forma silenciosa se adueñaron de cafeterías y Kioscos, de mesas  y panes, de bocas y estómagos.

Las teníamos de todos los tipos,  de “ave”, averigua que es lo que tiene. Hasta de “cielo”, esas que se pegaban al cielo de la boca y ni un vaso de agua, lograba despegarlas. Cuando el pollo o el pescado de la cuota, escaso y racionado, no bastaban para alimentar a  la familia por varios días, la croqueta, se presento, hizo actos de magia. Tuvimos croquetas  para varios días. Las magas de casa felices, cuando veían la fuente repleta de croquetas en el congelador, suspiraban. Al menos, por unos días, el plato diario, estaba asegurado.

Tanto nos acostumbramos a las croquetas, que muchos, ya no pueden vivir sin ellas. Un día, en un Versalles del aeropuerto, un amigo pidió pan con croqueta, lo miraron sorprendidas; no tenemos! Mi amigo, les dijo, tienen tostadas?  Si y croquetas? Si, pues ponme un par de croquetas dentro de las tostadas y ponlas en la plancha. Tengo ganas de comer, pan con croqueta!

La relación del pan y la croqueta, fue amor a primera vista. Se hicieron inseparables. Los recordamos unidos por fuertes lazos. Unión, que ni el exilio y la abundancia, logran romper.

Todos comimos, muchas veces y en cantidades, croquetas. No hay habanero que no saciara su hambre con un pan con croqueta o un par de croquetas solas,  a veces, sólo de harina ,sal y algo de grasa.

Muchos, entre los que me cuento, aprendimos a hacer croquetas y hasta intentamos  alguna vez un pequeño negocio cróqueteril. En una ocasión, en pleno periodo especial, un conocido, comentaba con un amigo mío, que el sueldo no le alcanzaba para nada; mi amigo le dijo, por que no haces croquetas para vender? Tu estas loco, yo vendiendo croquetas!  Mi amigo, le soltó, Jose, hace y vende croquetas, la ganancia es  alrededor de 300 pesos a la semana. Jose, vendiendo croquetas! Con esos perfumes que usa, no lo  creo! Solo se convenció, una tarde que nos vio, con bermudas, camisetas, tenis y pesadas mochilas cargadas a la espalda. Nos pregunto, si íbamos para la playa, nos reímos; no vamos a la TRD de 5ta y 96 a venderle croquetas a las dependientas, ya son clientes habituales. Hasta para fiesta nos encargaban. Así, inventando 200 croquetas con 3 chorizos que traía una señora de Pinar del Río y sazones que mami nos daba, nuestra ganancia superaba el salario medio de un medico especialista de 2do grado.

Si la croqueta no hubiera existido, nosotros la hubiéramos inventado. Los libros de historia, hablan de la toma de La Habana por los ingleses, se, que en un futuro, tendrán que incluir; la toma de La Habana, por las croquetas. Croquetas que nos conquistaron, que llegaron para quedarse, para hacerse tan cubanas, como la carne de puerco, los moros y la yuca hervida.

Croquetas inolvidables, que salvaron más de una vida  y ayudaron a llenar estómagos. En algún momento, se levantara un monumento a la croqueta desconocida. Una fuente gigantesca, con croquetas o un pan con croqueta, algo significativo. Tal vez convoquemos a  un concurso nacional, mientras tanto, todos les damos las gracias a las croquetas, sin ellas, todo hubiera sido distinto. Saben, esto de escribir sobre comida por la noche, me abre el apetito. Creo que me iré para Chico’s un restaurante de Hialeah, que no cierra, tengo ganas de un buen pan con croqueta!

La Habana y Miami, semejantes o diferentes?

Entre La Habana y Miami, hay  un parecido, una complicidad especial. Aunque al ojo inexperto, resulten dos ciudades completamente diferentes. No es la arquitectura, ni las calles. Vistas de pronto, son dos ciudades, sin puntos en común.  A simple vista no hay coincidencias, no convergen, no hay parecidos. Una cuantos nombres de calle, traídos a la fuerza  y a la nostalgia, no bastan para darle a Miami, un aire habanero. Al conocer a Miami, se encuentran semejanzas, más allá de arquitecturas y costumbres.

Cuando conocí Madrid, me emocione viendo lugares que me recordaban mi ciudad. Cuando pise las calles de Madrid, les dije a mis amigos, yo soy de aquí! Creo que la sangre de mis abuelos, hablaba por mí. Me cuenta un amigo que vive en Barcelona, que hay sitios tan parecidos a La Habana, que  me asombraría y lloraría frente a ellos. Al llegar a Miami, la mire con recelo, no sentí pertenencia, la sentí ausente, lejana. Esto es Miami?! Le dije a mis amigos y familiares.

Miami, en nada nos recuerda a La Habana, ni edificios, ni plazas, ni malecones. Venia de Europa, de rendirme ante Madrid  y hacerla mía. Me burlaba entre amigos de la ciudad; San Antonio de los Baños, con súper carreteras y anuncios lumínicos, le decía. Lo que más me disgustaba de Miami, era la ausencia de personas por las calles. Acostumbrado a andar La Habana, eso de recorrerla en auto, la distanciaba, no me dejaba hacerla mía. Soy de los que piensa que una ciudad se apropia de  uno, cuando la andamos de arriba abajo, cuando hurgamos en sus misterios, en sus laberintos.

El tiempo pasó y poco a poco, sin saberlo, aprendí a descubrir a Miami, a verle similitudes con La Habana. Donde antes veía solo diferencias, comencé a descubrir semejanzas. Imposibilitado de caminarla toda, he andado una y otra vez, por los pocos lugares donde caminar, es un habito. Me se Lincoln Road, Miracle Mile y otros sitios de memoria. He recorrido sus iglesias, desde la modestísima del Rincón de San Lázaro, hasta la majestuosa de San Judas Tadeo. En todas he pedido, orado y llorado con la misma fe que me traje de Cuba.

No, Miami, y La Habana, no son dos ciudades completamente diferentes. Basta una razón para hacerlas parecidas; nosotros. Los mismos que un día esperábamos horas en paradas de guaguas, hacíamos largas colas o sudábamos a mares recorriendo la ciudad, hoy, estamos aquí, inventándonos la vida y la ciudad en cada esquina, en cada mañana. Nosotros que un día dejamos un mundo atrás, dispuestos a conquistar una nueva vida. Nosotros, los de allá, aunque ahora estemos acá.

Una ciudad, no son solo sus calles, edificios, sus recuerdos o fantasmas, una ciudad, son sus gentes, sus esfuerzos y sueños. Para ser una nueva Habana, Miami, no necesita reeditar lugares; inundada de habaneros y cubanos que la han acogido como suya, se levanta al otro lado del mar, como la segunda ciudad de los cubanos. Creció al empuje y esfuerzo de cubanos. Comparte con La Habana, su clima, su frío y su calor, las baña el mismo mar, la habitan la misma gente. El mismo pueblo, que lleva en su corazón su Habana, dispuesta a desbordarse, deslumbrarnos e hipnotizarnos al menor pretexto. Al final, nosotros, hacemos a Miami y La Habana semejantes, porque ustedes y yo, sabemos que, para los cubanos, no hay imposibles!