El SIDA y nosotros.

Cuando comenzó la terrible epidemia vivía en La Habana, poco a poco la noticia se extendió, el espanto, el miedo y el dolor hicieron presa de muchos, de la ciudad. Nuestras vidas, el sexo, la humanidad, nunca volvieron a ser iguales, un antes de y un después de, nos marcaron para siempre.

Las noticias eran terribles, contradictorias, de pronto alguien conocido, un amigo, se convirtió en uno de los portadores de la enfermedad que aunque casi desconocida, cobraba vidas, limitaba placeres, cambiaba conductas y espantaba a todos. El SIDA nos golpeo con fuerza, se ensaño en jóvenes, en talentos, no distinguía sus victimas. Al principio fue conocido como una enfermedad de los gays. No falto algún extremista que pensara era un castigo divino, por conductas inapropiadas, como si el Dios del amor y la comprensión, fuera capaz de castigar a sus hijos, solo por ser diferentes a los demás. Poco a poco, la epidemia se extendió, no distinguía razas, edades, ni orientación sexual, nadie estaba a salvo; el espanto se generalizó.

La conducta sexual, el sexo, cambiaron para siempre. Recuerdo en una de mis visitas a La Habana, mi hermana me comenta que mi sobrino de 14 años, ya tenía relaciones sexuales, me dijo; yo le explico, le hablo de protegerse, pero no es igual si se lo dices tú. Lo llame al cuarto, le mostré los preservativos que siempre traía conmigo, le  dije; no es solo el SIDA, que puede matarte  o no, hay un montón de enfermedades mas que aunque no matan, tu vida nunca será igual si las adquieres, incorpora el preservativo, como algo normal al sexo, has tenido la suerte o desgracia, de despertar al sexo, cuando su uso es obligatorio, mi generación, tuvo que adaptarse a usarlo a la fuerza  y mas de una vez, arruino un acto sexual por falta de practica y costumbre. Mis palabras hicieron el efecto esperado, no solo se acostumbro a usarlo, siempre lleva más de uno en el  bolsillo y se los da a los amigos diciéndoles; ¡tenemos que cuidarnos!

La Habana asistió espantada, a la reclusión de muchos de sus hijos en Los Cocos, un sitio habilitado para internar a los enfermos del SIDA, medida absurda, costosa e inhumana, para tratar de frenar, inútilmente, el avance de la enfermedad. Cuando aparecieron medicamentos capaces de alargar la vida de enfermos y portadores, cuando la epidemia se extendió, comprendieron que Los Cocos, como le llamaban todos era insostenible y absurdo, inhumano y cruel.

Perdimos amigos en esta batalla, a talentos que aún les quedaba mucho por darnos. Conozco de madres, que no pueden hablar del hijo perdido sin romper en llanto, que no se recuperaran nunca de la ausencia del hijo, vistieron, para siempre, de luto su corazón.

Cuidarnos, aprender a convivir con la enfermedad, estar alerta, saber que esta ahí, acechándonos, esperando un descuido, es la única forma de evitar lágrimas, arrepentimientos y dolor. Aprender a tratar a enfermos y portadores, cuidarnos sin discriminar, son aspectos que no debemos olvidar. En cualquier ciudad  y lugar del mundo, el SIDA espera un descuido, depende de nosotros no ser la primera victima.

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