Una reunion singular.

Se reunieron un día, temprano en la mañana, sin ponerse de acuerdo. En una casa en las afueras de un pueblo, perdido en la geografía y los mapas. La primera en llegar, fue la Vieja con su cafetera. Fue directo a la cocina, preparó su cafetera, la puso al fuego, se sentó en el sillón del portal, aguardando por los otros, llevaba años esperando por esta reunión.

El Hombre libre, fue el segundo en llegar, vivía sin ataduras, libre. Llego, le dio un beso a la Vieja. Se sentó en un taburete, miro a la Vieja a los ojos y le pregunto.

– Ya pusiste el café? Sin él, nuestra reunión, no tendría sentido, lo necesitamos.

La Vieja sonrío, pensó cuantas veces le habían pedido su café necesario y oportuno.

– Por supuesto, cuando lleguen todos, lo sirvo, mi cafetera, sabe el momento justo de colar.

Sin dejar de mecerse, sonrío, sus ojos que ya lo habían visto todo, se iluminaron con un rayo de sol.

Libertad de expresión, llego hablando alto, gesticulando, conversando con el Hombre de las lágrimas, que recién estrenaba su sonrisa. Después de besar a la Vieja y abrazar al Hombre libre, se sentaron en el suelo.

-Aquí estaremos mas cómodos, ambos estamos acostumbrados a estar cerca de la tierra.

La Vieja, se levanto y fue a servir el café, su aroma inundaba la casa, salía al portal y seguía mas allá, se perdía en el horizonte. Trajo la cafetera y más de 4 tazas. Libertad de expresión, se sorprendió.

-Mas de 4 tazas! Acaso  no estamos todos ya o falta alguien?

-He aprendido que siempre puede llegar alguien inesperado y una vez que comencemos, no quiero tener que levantarme una y otra vez.

La Vieja sirvió el café, puso la bandeja con las tazas, sobre la mesa, la cafetera, quedo en sus manos, como siempre, inseparable. Justo cuando empezaban a saborear el café, cuando a su influjo sus rostros se iluminaban y sonreían, una mulata clara de exuberante belleza, luciendo una bata cubana, blanca, azul y roja, apareció, sin previo aviso, como salida de la nada, en el centro del portal. La Vieja, se levanto emocionada.

-Sabia que vendrías, tú, no necesitas mi café, pero, no por eso vas a despreciármelo.

Le sirvió una taza, que la mulata hermosa, agradeció con una sonrisa y comenzó a beber lentamente. Mientras tanto, Libertad de expresión, el Hombre de las lágrimas y el Hombre libre, miraban asombrados y extasiados a la belleza, que sin ser invitada, se había adueñado del portal, con sus curvas y vuelos multicolores. Tardaron en reconocerla, tan hermosa, no la habían visto nunca!

La Vieja, fue la primera en hablar, sus años y la magia de su café, le concedían ese privilegio.

-Todos sabemos por que estamos aquí. Cada uno de nosotros, es pieza de un rompecabezas, andando cada uno por su lado, no lograremos nada. No basta hablar bonito y cantarle las verdades a cualquiera, tampoco querer hacer algo, pero no saber qué o sentirse libre y serlo, sin lograr enseñar a los demás como lograrlo, un café, no basta para mantener viva la esperanza de todo un pueblo.

La mulata hermosa, no pudo contener las lágrimas, gotas azules, blancas y rojas caían de sus ojos. El Hombre de  las lágrimas, la miro sorprendido.

-Yo pensaba que del grupo, el único llorón era yo!

Libertad de expresión, lo miro y sin pensarlo dos veces, le soltó.

– Serás bruto hombre, ella llora por otras causas, por gente como tú y como yo, como nosotros, que andamos tratando de hacer algo, sin unir fuerzas. Llora porque no perderá nunca la esperanza.

El Hombre libre, se levanto, entro a la casa, salio con un vaso de agua que ofreció a la hermosa mulata. Ella, tomo un sorbo, dejo caer el resto en el suelo. Un arroyo, surgió en el centro del portal. Todos, hasta la Vieja, a pesar de sus años, se quitaron los zapatos y metieron los pies en esa agua cristalina que les refrescaba la piel, el alma y la memoria. Estuvieron unos minutos en silencio, el Hombre libre, fue el primero en romper el silencio.

-Creo, que sin decir mucho, ya dijimos todo, Ella, y señalo a la mulata mas bella, que ojos humanos han visto, nos necesita, pero no aislados o presumiendo cada uno de sus virtudes, nos quiere uniendo fuerzas y virtudes. No es hora de destacarse uno más que otros. Es hora de formar un todo, con el poco de cada uno de nosotros.

De pronto se desató una terrible tormenta, el arroyuelo del portal, casi se convierte en río caudaloso.

-Vamos para adentro, Hare mas café, dijo la Vieja.

La mulata, sonrío con picardía.

-No hace falta, aquí estaremos seguros.

Arranco un vuelo tricolor de su bata, lo lanzo al aire y una inmensa bandera cubana, cubrió la casa, protegiéndola de lluvias y vientos.

La vieja, sirvió otra vez su café, renovando esperanzas y sueños. El hombre de las lágrimas comentó.

-Ahora entiendo bien el mensaje de la santera, cuando me dijo que era hora de hacer y no de llorar.

-Todos entendemos mejor ahora el mensaje y la intención de nuestras vidas, dijo la Vieja.

La mulata, los envolvió en su mirada, se levanto de su silla, beso a cada uno, el último beso, fue para la Vieja, antes de irse, apoyada en la baranda del portal, les dijo

-El rompecabezas, comienza a armarse, cada pieza busca su lugar, cada uno, haga su parte, juntos, armaremos amaneceres!

Se fue, como llegó, desapareciendo, sin perderse en el camino, dejando a todos, el sabor de la esperanza en el alma y la certeza de un nuevo amanecer en el corazón.

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Mi muerte.

Cuando muera, si finalmente decido morirme algún día.
No moriré mientras duerma.
Tampoco en la cama de un hospital.
No moriré lentamente, ni entre espasmos o dolores.
Moriré un día de sol intenso y aguaceros,
Corriendo desnudo bajo el agua!

Terminare siendo agua, cristalino y feliz! Acuoso, eterno!
No me quedaré estancado en charcos, ni correré sin saber adonde, no iré por contenes y aceras desconocidas, como agua sin rumbo.
Yo guiare la ruta de mis aguas,
Iré directo al mar!

No se aún en cual de mis ciudades, me sorprenda, desnudo, mi aguacero final, definitivo.
Miami, Madrid, La Habana, en una de ellas, me confundiré con la lluvia, iré a encontrarme con el mar,
no me acompañaran mis letras, las dejare a mis amigos.
No quiero quedarme en océanos o mares mediterráneos, el mar Caribe, reclamara derechos sobre mí, los tiene.
Quedare, para siempre, siendo parte de esas olas que acarician mi isla.

Un día seré vapor y nube y volveré a andar sin ropas, ni ataduras, mis calles y mis campos.
Volveré al mar, a mi tierra, una y otra vez, en ciclos repetidos.
Cuando muera, desnudo y entre aguas, no habrá velorios, ni flores, ni lagrimas, seré agua, regresando a mis raíces.
Cuando muera, corriendo al mar, en mis aguas, llevare para siempre, disueltas, mezcladas y fundidas, partículas de mi tierra y mis recuerdos!

¡Lagrimas!

Un día le preguntaron; cuando empezaste a llorar? No recuerdo, solo sé que hace mucho tiempo, prefiero no dar fechas exactas, no quiero meterme en problemas, agrego, es mejor así.

Todos los que lo conocían, lo recordaban siempre con lágrimas, no sonreía nunca. Asistía a teatros, comidas, fiestas, conversaba, mientras de sus ojos brotaban lagrimas, inagotables e incontenibles. No  importaba el lugar, ni la celebración, su llanto no cesaba. Ya se había acostumbrado a él y podía conversar, leer y hasta dormir, mientras lloraba.

Un grupo de amigos, reunió dinero, decidieron que viera a un oftalmólogo. El doctor, luego de guardar el cheque, lo reviso, le hizo algunas pruebas, fue breve; no tiene ningún problema orgánico, sus ojos están bien, en mi opinión, debería ver a un siquiatra. Ah y que tome mucho liquido, podría deshidratarse un día de verano intenso.

Sus amigos, decidieron reunir más dinero. Estaban decididos a llegar a la raíz del problema, esas lágrimas incontenibles, tenían que tener una explicación. Tardaron un poco en reunir el dinero, los siquiatras, no resuelven mucho, pero si cobran caro y sus amigos, querían pagarle el mejor. Cuando completaron la cantidad, hicieron una cita. El siquiatra, estuvo una hora conversando con él, salio con lagrimas en los ojos, devolvió el dinero que le habían dado; no tiene nada que yo pueda curar, dijo, mientras se enjugaba una lagrima.

Sus amigos, se desesperaron; qué le habrá contado al siquiatra, qué historia terrible logro conmoverlo, se preguntaban, sin encontrar  respuestas. Decidieron hablar con un cura, tal vez una confesión lo ayudaría a liberar su alma y detener su llanto. Buscaron al más humano de todos los curas, al más sencillo. El día de la confesión, sus amigos, lo llevaron casi a la fuerza; ustedes saben que no soy religioso, vamos, hazlo por nosotros, tal vez eso te ayude. A veces los amigos, de tanto que insisten, nos hacen acceder a sus pedidos. La confesión duro 3 horas. El cura salio secándose las lagrimas con la sotana, no dijo una palabra, fue directo al altar y de rodillas, paso horas orando.

Una santera, eso es lo que necesita, dijeron sus amigos, recorrieron la ciudad buscando la mejor, la mas famosa, cobraba caro, pero ellos, estaban decididos a todo por ayudar a su amigo, querían verlo sonreír.  Esta vez si que no, dijo con fuerza, mientras se aferraba a su sillón; no voy a ir a ver a la santera! Sus amigos intercambiaron miradas cómplices, se fueron. Una hora más tarde, acompañados de la santera, entraron en la sala de su casa, venia cargada de bultos. Quiso protestar, la santera hizo un gesto que lo hizo callar. Sus amigos, dijeron; nos vamos, es mejor dejarlos a solas; no hace falta, aquí no habrán misterios ni hechizos, dijo la santera.

La santera, agitando sus collares y los vuelos de su bata cubana, abrió de golpe uno de su bultos, saco una bandera cubana inmensa, que cubrió toda la sala. De otro bulto, saco girasoles, tocororos y colibríes, de un saco inmenso salio el sol de Cuba, un olor a mar y un ruido de olas rompiendo contra el malecón  los salpicó a todos,  los estremeció. De un bulto inmenso, saco palmeras, tierra recién arada, olor a campo. Miro a los ojos al hombre de las lagrimas y fue exacta y precisa en su palabras; si no puedes ir a Cuba, que Cuba, venga a ti, pero basta de llorar por tu tierra, las lagrimas, no arreglan nada. Es hora de hacer y no de llorar.

Sus amigos, se sorprendieron, poco a poco se secaron las lagrimas de sus ojos y una tímida sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro, mientras acariciaba su bandera y hundía sus manos en su tierra, salpicado por las olas, respirando profundo el olor de su origen. Miro a la santera a los ojos y le pregunto; y  que hago? Eso lo decides tú, todos tenemos que hacer algo, llorar, no arregla nada!

Fotografia de Yohandry Leyva.