El tiempo y yo.

el tiempo en mis manos.

Si un día, andando por la vida, me encontrara una bolsa enorme, gigantesca y una voz tronante me dijera; aquí lo tienes, todo el tiempo del mundo, ¡es tuyo!
¿Qué haría con ese regalo inesperado, inmerecido y fantástico? Si un día, con un segundo extra, armé una fiesta, ¡Se imaginan! ¡Todo el tiempo del mundo para mí!! No se si podría moverme en el tiempo, me conformo con tenerlo, extenderlo o acortarlo a mi antojo. Con eso basta.

Me compraría una laptop, me iría con ella al gimnasio; he comprobado que las mejores ideas se me ocurren levantando hierros y sudando. En una tarde, una sola, escribiría cuentos, historias, inventaría personajes e ilusiones, libertades y sueños.  Se que terminaría esa tarde exhausto de músculos e ideas; feliz de haber dado salida a historias y proyectos. Los publicaría de uno en uno, disfrutándolos, como disfrutan los niños golosinas. Mentiría, diría a mis amigos y lectores; es solo una buena racha, una fiesta de las musas, de mi musa; no podría confesarles mi secreto. Ser dueño del tiempo, tiene sus compromisos y misterios.

Una tarde de sábado, reuniría a mis amigos, una gran fiesta. Repartiria abrazos especiales, prolongados, casi eternos. Conversaríamos, haríamos chistes, nos olvidaríamos de la noche que no llegaría, hasta 7 u 8 días después, tal vez mas, en tiempo humano. Charìn bailaría, sin cansancio, el Lago, una y otra vez, interminables fouettes y vaquitas, arrancarían bravos y aplausos, como hace años. Rosita, nuestra Rosita, cantaría mis canciones preferidas, haría cambios de ropas y de peinados y dulce y complaciente me diría; ¿Ahora que quieren que les cante? Con esa magia que solo ella tiene, borraría años y accidentes, mis amigos mas jóvenes, asombrados, dirían; que mujer mas bella. Aplaudiríamos no una ni dos, un montón de veces, regalándole rosas y piropos. Dueño del tiempo, le regalaría el aplauso de una generación mas de cubanos, serian 4. ¡Que sigan sumándole años y cirugías, mientras yo la disfruto eternamente!

Mis amigos saben que antes de fiestas y escritos, si un día, fuera dueño del tiempo, si pudiera extenderlo y a mi antojo usarlo, lo primerito que haría, serìa; sacar pasaje pa’ La Habana, en el primer vuelo del domingo. Llegaría temprano, ¡Inesperado y feliz! Mi madre y yo, desayunaríamos más de 500 veces, almorzaríamos, mirándonos como novios, otras tantas. Andaríamos esas calles de La Habana, gastaríamos dos o tres pares de zapatos, tal vez mas, nos sentaríamos en los bancos de la plaza, disfrutándonos. Mientras mi ciudad, casi en orgasmo, se deleita en mi presencia ilimitada. Nos besaríamos cientos, miles, millones de veces y apoyada ella en mí, sostenido yo por ella, inventariamos felicidades y dichas, sin preocuparnos por la hora, ni la noche. Le preguntaría; ¿Cansada? respondería radiante y sonriendo, para nada, ¡Sigamos andando hijo mío! Me miraría a los ojos, me diría; ¿No te parece un poco largo el día o son solo ideas mías, me estaré poniendo vieja? Reiremos besándonos, abrazándonos, sin miedo a un adiós o a un vuelvo pronto. No le diría nunca mi secreto, podría asustarla saberse eterna. Regresaría a Miami, justo el lunes, empezaría a trabajar, como si nada. Tal vez algún amigo note algo extraño; la felicidad, no puede esconderse, pero nadie notaria que el domingo, duró meses, casi años. Repetiría ese domingo muy seguido, burlándome de almanaques y relojes. Quien sabe, tal vez desde la eternidad alguien me mire y me diga; usted se  atreve, ni yo hubiera podido imaginarlo.

Escribir, gimnasio, ver a mi madre, andar mi ciudad, compartir con amigos, disfrutar mis artistas, solo me falta un buen amante, disfrutarlo sin limites ni adioses, sin desamores. No se preocupen, tengo todo el tiempo del mundo para hallarlo. Cuando lo encuentre, lo llevare corriendo al aeropuerto, nos iremos en el primer vuelo a mi ciudad. Viviremos un día eterno mientras mi madre, entre nosotros, se ríe de achaques y designios y sonríe dichosa al infinito.

Fotografia tomada de Google.

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Lagrimas y alegrìas.

Reconozco que cuando estoy indignado, cuando me domina la ira, puedo ser un tanque de guerra, casi como una aplanadora. Claro nunca como esa dinosaurica y ridícula que a veces sale por la calle 8, para espanto de la libertad de expresión y el progreso, pero aplanadora al fin. Cuando alguien o algo me provoca, puedo competir con gladiadores y centauros. Tal vez por eso muchos se sorprenden cuando me ven llorar, soy capaz de ganar una batalla a sangre y fuego y luego llorar de emoción por una manifestación de amor, con una foto, con solo un gesto. No soy un llorón, pero lloro fácil de emoción, de felicidad, si algo me conmueve.

El lunes pasado, fue abundante en lágrimas, de nervios, de alegría, de felicidad. Tengo un amigo que hace 10 años no ve a su mamá, 10 largos años, se dicen fácil, pero asustan, créanme. Dejaron de verse cuando él tenía solo 16, hoy ya es un hombre, todo un hombre que vela por su mamá y sus hermanos, que no lo olvida, a pesar del tiempo y la distancia. Ellos son su fuerza, su motor impulsor, su energía. Yo, que el mayor tiempo que estuve sin ver a mami fueron menos de 2 años, que ese tiempo me pareció enorme, insoportable, me sorprendo de la fuerza de mi amigo, de cómo pudo aguantar todo este tiempo. Esos dos años, me parecieron eternos, sentía a mi madre, mi hermana y mi sobrino, como si fueran voces inaccesibles, voces que nunca mas volverían a tener cuerpo y peso exacto. Aún hoy, más de 10 años después, recuerdo todos los detalles, los días anteriores, los diálogos, el día del reencuentro.

Le he contado a mi amigo, un montón de veces, todos los detalles del reencuentro con mi madre. Como ambos, estábamos nerviosos, impacientes, con miedo que la emoción nos jugara alguna trampa, hiciera de las suyas. Al llegar a mi casa, allá en Playa, en la Habana, nunca sabré que sucedió; al abrir la reja del jardín, me pareció que nunca me había ido, que regresaba de la escuela o el trabajo. A mami, le pasó igual, fue un milagro mas, como un acuerdo entre Dios y mi ciudad, para que nada nos pasara, nada de presión por las nubes y corazones desbocados.

Mi amigo, se imagina el reencuentro con su madre, sueña con él, le da color a sus sueños y los adorna. Anoche, vino a tomarse un café y multiplicar su alegría juntos. No olvidare sus lágrimas de felicidad, su voz entrecortada; te imaginas Jose, ¡Voy a ver a mi mami, a abrazarla! Le he dicho muchas veces que lo admiro, es mas fuerte que yo, lo se. Ignoro de que puede estar hecho un niño, que decide emprender solo una nueva vida, lo logra, triunfa, se inventa la alegría, se hace hombre, sin olvidar sus raíces, llorando cada día por su madre ausente, inventándosela para poder seguir viviendo. Si, es muy fuerte, tiene una Fe enorme en Dios y en el amor. El, también puede ser un tanque de guerra y llorar de emoción a la vez, así somos muchos, una mezcla rara fundida a golpes de la vida y sueños por hacer.

Emigrar, dejar a nuestras madres detrás, seguir amándolas, enfrentarnos a la vida y vencer, nos hermana a todos. No importa donde nacimos, ni el acento, ni la supuesta cultura diferente, al final, terminamos siendo hermanos, compartiendo sueños y luchando juntos. Guerreamos y lloramos juntos en gesto supremo de hermandad.

Las palabras soñadas.

Si un día se me acaban las palabras.
Si no pudiera unirlas, moverlas, usarlas, jugar con ellas.
Si un día agotadas de tanto uso, decidieran tomar definitivo descanso, abandonarme, decirme un adiós estruendoso y último.

Si un día, como Nora, se fueran y de un portazo, cerraran para siempre su regreso.
¿Qué me haría sin ellas?
¿Cómo decir te quieros, te extraños, como describir el amor y la esperanza?

Si un día, amaneciera sin palabras, ausente de verbos, sustantivos, sin un solo adjetivo para describir el día, ¿Como podría escribir o hablar a mis amigos?
Si al intentar escribir sobre La Habana, solo pudiera hacer garabatos y signos sin sentido. Sin una sola palabra que la adorne y traiga hasta mi cuarto.
Si al querer hablar sobre mi madre, hablarle a amigos de su infinito amor, de su dulzura, solo emitiera sonidos sin sentidos, ruidos que nadie entendería. ¡Como vivir sin gritar cuanto la amo!

¿Qué hacer con tanto amor sin expresarlo? ¿Como revivir recuerdos sin palabras?
¿Cómo volver a decir te amo y la luna no sale si no estas o el día comienza cuando abres tus ojos? ¿Cómo decirle a alguien, muy cerca del oído, solo existo cuando en tus ojos me reflejo?

¿Cómo llamar a un amigo si de repente una caída o un dolor, me asaltaran a solas en mi casa?¿Cómo gritar; ¡Te necesito! En medio de la noche y mi desvelo?

¿Qué me haría si un día, cansadas, agotadas, disgustadas del mal uso y abuso, se fueran de mi lado las palabras? ¿Como vivir sin ellas? ¿Cómo ganarme amigos y enemigos?

¿Cómo decir que La Habana, mi ciudad, la ando cada noche en el  recuerdo, que en sus calles resuenan nuestros pasos y amores, que nos espera segura del regreso?

¿Cómo decir que allá en mi lugar exacto, mi madre y mi ciudad, tejen y destejen sueños, esperando por mí, 365 veces, cada año?

No teman, anoche, mientras hacíamos el amor, en pleno orgasmo; las palabras y yo, juramos, amor eterno,  ¡No abandonarnos nunca!

Fotografia de Liborio Nova.

¡Traeme La Habana y a mi madre!

Nadie sabia exactamente, como había salido de Cuba, ni siquiera el día de su llegada a Miami; apareció un buen día en la ciudad. A pesar del auto, regalo de un tío, gustaba de caminarla, en un intento de hacerla suya, de descubrir misterios. No, esta no era una ciudad para caminar, se dio cuenta muy pronto y decidió hacerla suya de otro modo; triunfando. Poco a poco fue conquistando el éxito, haciéndose parte imprescindible de  negocios e inversiones. Sin proponérselo, casi como un don, muchos lo miraban como ejemplo de emprendedor, de cubano luchador y tenaz en sus empeños. El éxito le sonreía o mejor aun; él sonreía al éxito, lo seducía y lo ganaba, se le entregaba como una amante, sin fuerzas para resistirse a sus mañas. Era popular, mas de lo que le gustaría, ser un tipo sencillo, de barrio, a veces no combina muy bien con tanta popularidad.

Nunca regreso a Cuba, no volvió a recorrer esas calles de la Habana. Cuando hablaba de su ciudad, sus ojos se humedecían y su voz adquiría un tono especial. En el fondo, a pesar del carro lujoso, de sus propiedades, de su triunfo, seguía siendo aquel muchachito que andaba las calles habaneras, persiguiendo el amor y sus sueños. El, como muchos, había cambiado solo en apariencia, por dentro era el mismo. Su tesoro mejor guardado eran sus recuerdos. A solas en su habitación, cerraba los ojos, viajaba en el tiempo y el espacio. Se veía entrando a su casita allá en su barrio y abrazando a su madre, sentándose junto a ella y hablando del día, como hacían siempre al llegar de la Universidad. Recordaba aquel día que se gradúo; recibió su diploma, fue hasta donde estaba su madre, se arrodillo ante ella y se lo entrego. Se besaron entre lagrimas, casi paralizan la ceremonia, todos olvidaron por un instante lo que sucedía para mirarlos solo a ellos. Por más que había intentado traer a su madre, siempre sus intentos se estrellaban contra prohibiciones y tramites, papeleos y absurdos.

Los que lo conocían y sabían cuanto añoraba a su ciudad  y a su madre, le preguntaban siempre por qué no regresaba.

– Vuelve a ella, aunque solo sea un par de días, le dijo un amigo.

– No puedo, quisiera, pero no puedo. Dios, sabe cuanto deseo poder volver, aunque fuera solo un instante. Una caminata, un abrazo y me regreso.

No explicaba las causas, muchos se imaginaban que se jugaba la vida en ese regreso y no insistían. Su respuesta, no dejaba margen a más preguntas.

No bastaban sus éxitos, estar rodeados de amigos. Su ciudad, la nostalgia por ella, eran un vacío que nada lograba llenar. Hasta comenzó a escribir sobre La Habana y su madre, en un intento de traérselas, de inventárselas en el recuerdo. No enseñaba a nadie sus escritos; eran solo para él, un desahogo de su alma y añoranzas. Inventaba historias de amantes que nunca tuvo, vivía aventuras en esas calles perdidas en el recuerdo y en la historia. Creaba y recreaba personajes y sitios, intentaba traer a su ciudad que como amante esquiva le hacia guiños antes de desaparecer ante él, cuando casi creía tenerla al alcance de la mano.

Un día, una amiga en su página de Facebook escribió; ¡Esta noche, me duele La Habana! Termino de leer la frase  y se llevo las manos al pecho, como si un infarto súbito fuera a terminar con su vida; su ciudad le dolía cada día, cada instante, con un dolor constante y cortante que le traspasaba el alma y los recuerdos. La Habana, dolía a muchos en la distancia, pero su dolor tenia una intensidad y un desgarramiento terrible para él. Sin ella, estaba incompleto, impar, perdido, se la inventaba en cada esquina, en cada recuerdo; constante fantasma que jugaba a los escondites, en esas calles perdidas en la memoria. Una ciudad en la distancia, puede ser como una amante, reclamando sus derechos, llamándonos. Si allì vive nuestra madre, la ciudad puede convertirse en el centro de la vida y los recuerdos.

En su intento de reinventarsela, busco entre conocidos pintores, uno que fuera capaz de pintarla, tal y como la soñaba, en las paredes de su casa. Creyó haber encontrado al mejor, lo contrato. El pintor, empezó su obra con entusiasmo. El hombre que extrañaba a La Habana, le hablaba de su ciudad, de sus recuerdos. El pintor iba creando lo que creía interpretar de sus historias. No conocía  esa ciudad de la que le hablaba. Cuando termino la primera pared, se la mostró orgulloso. Víctor la miro con tristeza y decepción.

– No esa no es mi Habana, exclamo triste y desilusionado.

Le pago al pintor y mando a pintar la pared de azul, así al menos le parecería mirar al cielo de su ciudad. Hay ciudades que no pueden atraparse en pinturas y escritos, por mas que se intente; pensó Víctor, mientras miraba la pared, recién pintada de azul.

Una vez estuvo muy enfermo con fiebre muy alta, tuvo alucinaciones; su ciudad alucinante, se aparecía una y otra vez en su habitación del hospital. Traía sus fantasmas que jugaban traviesos en su cuarto. Cuando se recupero, volvió a intentarlo todo por visitarla. Esas visiones que tuvo, se le aparecían noche tras noches, extendiéndole los brazos, invitándolo a amar. Hizo gestiones, compró pasaportes falsos, pensó en hacer el viaje desde Europa. Le contó sus planes a su mejor amiga, ella lo miro a los ojos.

– Estas loco, sabes que te juegas la vida, ni tu madre ni tu ciudad, quieren verte entre rejas o muerto.

Víctor, bajo los ojos y lloró en silencio, un llanto contenido por años, lagrimas con sabor a mar y rocío, sollozos con ruido de palmas al aire y olas golpeando contra el malecón. Un llanto por recuerdo y raíces, incontenible y necesario.

– Tienes razón, toda la razón del mundo, respondió.

Días después, Nora, su  mejor amiga fue a visitarlo, se sentaron juntos a conversar. Hablaron de mil cosas, hasta que ella se decidió y le dijo.

– Te tengo noticias, buenas noticias; hay un pájaro extraño, vive en las montanas de  África, si sabes entrenarlo bien, pronto tendrás la solución a tu problema.

– No pretenderás que el pájaro me lleve hasta La Habana, me atrevo a todo, pero eso es imposible.

-Tranquilo Víctor, el sabrá como ayudarte, depende de ti saber que hacer con él. No te preocupes por nada, aunque estamos en agosto, este pájaro será mi regalo por Navidad, mañana debes recibirlo. Es una mascota especial, ha ayudado a muchos como tú

Víctor, se despertó temprano, estaba ansioso. Paso la noche soñando con un pájaro enorme que lo cogía con el pico por el cuello y cuando estaba sobre La Habana, lo dejaba caer. Despertaba sudando y gritando, su miedo a las alturas, convertía este sueno, en una terrible pesadilla. Temprano tocaron a la puerta, en el portal, una caja enorme, firmo los papeles, entró la caja a la casa y llamo a su amiga.

– La caja es enorme ¿Qué clase de pájaro me has regalado, no será un cóndor?

Su  amiga río.

– Tranquilo, abre la caja y déjalo hacer, es muy inteligente.

Víctor, abrió la caja, un pájaro casi de su tamaño, con un pico enorme, lo miro fijo  a los ojos, como intentado adivinarle el alma y los recuerdos.

Los días pasaron, Víctor y el enorme pájaro, se hicieron amigos, muy buenos amigos. Cuando escribía, el pájaro con el pico apoyado en su hombro miraba detenidamente a la pantalla de la computadora, como si entendiera, tal parecía que podía leer. Si Víctor, se entretenía mirando fotos de La Habana, el pájaro se sentaba a su lado y las miraba, a veces una llamaba su atención y la apuntaba, con su pico.  Cuando Víctor se emocionaba y se le humedecían los ojos, creía adivinar lágrimas en los ojos del singular pájaro. Su nuevo amigo no hablaba, solo le faltaba eso para ser perfecto.

Una noche, Víctor, sintió un dolor terrible, se llevo las manos al pecho y cayo al suelo, parecía muerto. El pájaro fue a la cocina, casi trajo a rastras a la criada que llamo a amigos, ambulancias y doctores.

– Llévenlo a su cuarto, dijo su medico personal.

– No sobrevivirá si lo movemos de aquí, su estado es muy delicado.

Alguien pretendió impedir que el enorme pájaro entrara al cuarto. La mejor amiga de Víctor, la misma que se lo había regalado, fue tajante.

– Déjenlo entrar, tal vez de todos, a él es a quien mas necesita.

El pájaro, se quedo a su lado, junto a la cama donde yacía Víctor, debatiéndose entre la vida y la muerte, entre recuerdos y realidades. De pronto, Víctor abrió los ojos, miro fijo al pájaro y en un susurro que tenia la fuerza de un grito, la intensidad de un alarido, le dijo.

¡Tráeme La Habana y a mi madre, por favor!

Nora, su eterna y fiel amiga, abrió de un golpe el enorme ventanal del cuarto, el pájaro miro a Víctor y emprendió vuelo al sur.

Pasaron dos días, Víctor, seguía grave, debatiéndose entre la vida y la muerte, según los médicos, solo un milagro podría salvarlo. Por órdenes expresas de Nora, las ventanas del cuarto permanecían abiertas día y noche, en espera de algo que solo ella sabia. Una tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse, se escucho un fuerte aleteo, el enorme pájaro irrumpió en el cuarto, trayendo en su pico algo extraño que no lograban saber que era. Víctor se incorporo, miro al pájaro que sacudió su pico con fuerza llenando el cuarto de olas rompiendo contra el muro de todos, lloviznas de mayo, girasoles, vendedores ambulantes, grillos y palmeras. Volvió a sacudir su pico y ante médicos y amigos asombrados pedazos de La Habana aparecieron en el cuarto, calles, muros, casas. El pájaro dio una última sacudida a su pico y apareció una viejita de pelo blanco, hermosa a pesar de los años, traída de la distancia y el recuerdo, sin permisos ni papeleos.

-¡Mama! Grito Víctor, estremeciendo las paredes y a los presentes. Se levanto de la cama arrancándose sueros y aparatos.

Se abrazaron salpicados por las olas que rompían contra las paredes del cuarto, se besaron entre mieles, girasoles y humo de tabaco. Su madre y su ciudad hacían el milagro de salvarlo.

Desde un rincón el pájaro y Nora los miraban con lágrimas en los ojos. Habían planeado juntos hasta el ultimo detalle desde hacia tiempo. Los milagros, llevan a veces el nombre de nuestros mejores amigos y afectos.

Fotografia de una pintura de Fuentes Ferrin, destacado pintor cubano que reside en Houston

Una fiesta del arte y la cubania.

Tener un cuento a medio terminar, un poco o un mucho, me ha impedido materializar otras ideas. Hacer de escribir un oficio, cambia, para siempre el modo de ver el mundo; sucede algo, alguien hace un comentario y ya pienso en escribir sobre eso.

Anoche, en el teatro, mientras disfrutaba del concierto homenaje a las hermanas Diego, pensaba en escribir algo. No guarde frases ni apuntes, como hago en otras ocasiones; la intensidad de la noche, no lo permitía. No quería perderme un solo detalle de lo que ocurría en escena.

Sabía que Rosita, cerraría el espectáculo con una canción especialmente compuesta para ella por las Diego. Esa fue la razón principal de mi asistencia. Mi admiración por Rosa, me hizo pagar casi cien dólares por una entrada al teatro. Créanme, no me hubiera perdonado perderme ese concierto, valía mucho más que lo que pague por la entrada.

Disfrutar de nuestras cantantes, verlas reunidas todas, fue una fiesta de cubania, un festejo del buen arte. Una sola Cuba, se reunia en escena anticipando uniones por venir. Annia, Mirtha, compartían escenario y números con Beatriz, Vania y Osdalgia. El arte lograba, lo que la política e intereses no pueden; demostrar que a pesar de años, exilios y consignas, hay una sola Cuba, que solo uniéndose, estrechando sus manos en un solo puño, podrá hacer sueños realidades.

Nuestras cantantes desbordaron el escenario, derroche de talento y arte fue la constante de la noche. Un concierto que se extendió en el tiempo y que ninguno de los presentes queríamos que terminara.

Por suerte, un amigo me recogió en su auto y fuimos juntos. Si hubiera ido solo, me hubiera perdido sin rumbo en las calles de Miami, intentando buscar 23, Línea, la avenida 19. Nuestras artistas, su arte y entrega, me hicieron, una vez mas, confundir lugares y tiempo. El Miami Dade County Auditorium, fue el Mella, el Lorca, nosotros, los de siempre, los mismos soñadores que no se darán nunca por vencidos, tejiendo sueños, inventándose ciudades.

No todo fue perfecto, pero no fui el director y respeto su criterio al escoger los artistas. Unas manchitas no bastan para opacar la luz, el éxito incuestionable de una noche que marco pautas, que hizo historia. Una noche que se agradece, desde el centro de la cubania y los recuerdos.

La presencia de Rosita, iluminando la noche y el corazón de los muchos que la amamos y admiramos dio el toque perfecto al espectáculo. Cargando con dignidad y belleza sus casi 90 años,  su larga carrera, los aplausos de tres generaciones de cubanos, estrenando canciones, paseando un escenario que, una vez mas, se hacia pequeño para su arte. Rosa, obligo al público a aplaudirla de pie y darle una de las más grandes ovaciones en la historia del teatro. Conozco personalmente a Rosita, se de su sencillez y modestia, de su asombro de niña ante muestras de cariño y admiración. La  imagino hoy, recostada en el sofá de su casa en Miami, respondiendo felicitaciones, sonriendo y bajando los ojos en gesto de humildad; pero si no hice nada, ¡solo una canción!

El telón cayó, aplaudimos de pie, regresé a casa con ese sabor a disfrute y esperanza que solo el arte, la cubania y los recuerdos pueden darnos. Sentí el deseo de escribir, de compartir la noche con los que me leen y siguen. Me acosté a dormir y al levantarme no tengo otra opción que sentarme y compartir con ustedes esto, mis recuerdos de una noche especial e inolvidable. Una noche, donde ser cubano, fue una vez mas, orgullo y disfrute.