Importando productos y recuerdos.

Duralgina, novatropin y vitanuova
Desprendernos del todo de nuestra Isla, es difícil; imposible. Se nos metió tan adentro que esta con nosotros, donde quiera que vayamos. Siempre en el alma y el recuerdo, la hacemos presente a veces de un modo especial, a nuestra manera. Cambiamos nombres, nos negamos a renunciar del todo a recuerdos, los materializamos y traemos al exilio de una forma u otra.

En días pasados, estuve indispuesto, con nauseas, cuando me incorporé al trabajo, una compañera me pregunto; ¿Que tomaste? Gravinol, le respondí, alguien me pregunto ¿Qué es eso? Un medicamento para los vómitos, aquí lo llaman Dramamine, pero yo lo sigo llamando; Gravinol. Era como si cambiarle el nombre, cubanizarlo, hiciera el milagro de hacer presente las manos de mi madre llevándomelo a la cama. Un nombre, lograba cambiarle el efecto, mejorarlo, hacerlo capaz de curar el cuerpo y el alma.

Cuando me recuperé y conversé con uno de mis grandes amigos, sobre el malestar que había tenido me dijo; ¿Cómo no me avisaste? Yo tenía Novatropin que mande a pedir de Cuba, eso te lo hubiera quitado todo. Cuando vivíamos en Cuba, el Peptobismol, el Tylenol y otros medicamentos nos parecían la panacea universal, el non plus ultra de la medicina moderna. Ahora que estamos del lado de acá, cuando nos llega un medicamento de nuestra islita, nos parece estar a salvo; no hay enfermedad o malestar capaz de resistírsele.

Conozco un medico, especialista de 2do grado, que mando a pedir Duralgina a su mamá. Recientemente tuvo una gripe terrible y asegura que lo único capaz de bajarle la fiebre, fue la Duralgina salvadora. ¿No seria el amor con que su madre se la envío lo que hizo el milagro de mejorarlo?

Se de una persona, que manda a pedir frijoles negros, cosechados en Pinar del Río, me la imagino recibiéndolos y cocinándolos como un manjar especial; ¡Ambrosía directo desde Pinar! Hay quienes mandan a pedir la mermelada de abuela, ninguna otra, puede comparársele, solo esa tiene el sabor exacto, para convocar memorias, familiares, ciudad e Isla. Que Conchita, ni Goya, la de abuela, es la que es.

La lista de los productos de Cuba, que pedimos desde acá, es larga. Una vez un amigo me pidió, casi me suplico le trajera unas latas de Vitanuova, según me dijo; ninguna salsa para pastas podía compararse con la fabricada en nuestra Isla. Más de una vez me han pedido frazadas de piso. Les explico que siempre le llevo a mi mamá las de aquí, y que las amigas de mi hermana cuando las ven, siempre suplican les regalen una y se van felices con su frazada amarilla, que vino directo de la Yuma. De nada valen mis explicaciones; frazadas como las de Cuba, no hay, son las mejores.

De pronto, por decreto nuestro, acuñado por la nostalgia y las ganas inmensas de traernos a nuestra islita y a nuestros seres queridos hasta acá; Cuba se ha convertido en exportadora de medicinas y artículos para el hogar. Me han contado de algunos que, ahora que pueden comprar los mejores perfumes, mandan a buscar aquellos que venden en la Isla. Es solo un intento de traerse olores familiares, evocar lugares momentos, burlar la distancia y el tiempo.

Así somos, nada podrá cambiarnos. Yo, cada vez que puedo, mando a pedir las croquetas de pollo que hace mami, como esas no hay otras. Ni siquiera las que vendían en Cheesecake factory, podían parecérsele. Las ultimas, las disfrutamos un amigo y yo, seguros que ni el mejor restaurante de Miami, podría ofrecer un manjar así.

Nosotros los cubanos, si nos dejan, cubanizamos al mundo. Me imagino a Publix, vendiendo la mermelada de la abuela de mi amiga y las croquetas de mami. A Walgreens, anunciando la venta de Duralgina, Novatropin, Gravinol y otros medicamentos nuestros. En televisión, en las cadenas ABC o FOX, un anuncio de un ama de casa trapeando con una frazada cubana y diciendo feliz; la mejor del mundo. Si nos dejan, nos inventamos una Cuba en cada esquina, en cada rincón de la ciudad, porque al final y con tremendo orgullo; nuestra Isla, esta y estará presente siempre, donde exista un cubano que la ame.

Fotografía cortesia de mi hermano, Higinio Castro.( Lo descubrí)

Salvando mi memoria y los recuerdos.

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Ahora que solo confundo lugares y olvido nombres, que conservo intacta mi memoria, que atesoro recuerdos y momentos, es el momento exacto de un recuento. De almacenar lo mas valioso, lo que no debo olvidar, ni aún en el olvido o la demencia.
Antes de terminar como la vieja Eulalia, dando brillo sin final a objetos y recuerdos, con la mirada perdida en el pasado. Quiero hacer un balance necesario, guardar para el olvido mis tesoros, mis mejores momentos, mis rostros mas queridos, mi ciudad, mi gente y mis palabras.

Hare un álbum inmenso, donde guarde fotos, diálogos, personas, amigos, hermanos. Escribiré en la puerta de mi casa un cartel enorme que recuerde; ¡Abrir el álbum cada mañana y cada noche! En la portada, la foto de mi madre sentada sobre mi, mientras la beso, sin comentario, sin palabras. Aún en el olvido más terrible, sabré que es ella, recordaré su aliento y sus abrazos.

Mis hermanos, mis amigos, todos tendrán su sitio exacto. Allí estarán sus fotos, nombres y sus huellas. Cuando vayan a verme, en algún sitio con luz, allá en La Habana, les diré entre risas; estas aquí, mira. Les mostrare sus fotos, los mirare con ojos de pasado, recordare cada instante compartido.

Estarán también todos mis escritos, los buenos y los malos; a todos los amo, no es culpa de ellos no ser mejores, solo es mía. Entre ellos, una foto de mi musa con su nombre y un comentario; todo empezó una tarde de noviembre cuando soplo el polvo de mis alas, no hará falta más en el recuerdo.

Tendré montones de fotos de La Habana, de sus calles, muros y su gente. Un breve; Mi ciudad, desatara memorias, olas. Andaré por sus calles en el recuerdo. Salvare para mi olvido, sus adoquines, sus huecos, sus columnas, sus largas caminatas, su alegría. Mirare sus fotos y uno a uno, se harán presentes instantes de mi vida.Convocados por la magia de mis raíces, escaparan del olvido o la demencia.

Guardare en un álbum mi memoria, no olvidare un detalle. Cuando abra mi álbum, cada día, entre colibríes y sinsontes, olas y soles; mariposas del recuerdo, alegraran mi vida, salvada, para siempre del olvido.

La sazón de la nostalgia.

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La nostalgia tiene a veces sabor. Quien no ha dicho o escuchado decir alguna vez; carne de puerco como la de Cuba, ninguna.

Recuerdo en los primeros días de mi llegada a Miami, durante una de esas visitas obligadas que todos hacemos en esos días. La dueña de la casa comentaba; que rica la malta de pipa, nunca más he vuelto a tomar una como esa. Pase un buen rato explicándole que la malta de pipa, era aguá, que lo que la hacia inolvidable era la sed que tenia y la cola que hizo para tomársela. Le expliqué una y mil veces que cualquier malta de las que venden aquí era mejor, ella no entendía, seguía evocando aquel sabor delicioso de la malta de pipa. Ahora que podía escoger que tipo y marca de malta tomar, suspiraba desconsolada por la aguá y nostálgica  que tomaba, sudada y feliz, en su barrio en esos rincones perdidos del recuerdo, donde siempre terminamos encontrándonos.

Estos frijoles negros están ricos, pero como los que hacían en Cuba; jamás, quien de nosotros no ha dicho esto, un montón de veces. El exilio, es  el mejor sazonador que existe, da un sabor especial a cada comida que recordamos, el punto exacto en la memoria. Al evocarla, la nostalgia nos tiende sus trampas. Los sabores, en el recuerdo, se magnifican, tienen otra dimensión. Nuestra isla, puede ser  una sazón también, aporta lo suyo a cada plato. Somos capaces de escribir un poema al boniatillo o al arroz con leche, una oda a los tamales y a la carne de puerco. Por ahí hay muchos que saborean en el recuerdo, el chicharo que maldecíamos en nuestra Isla cada día al almorzar en el comedor obrero,  los oigo exclamar; chicharos, ¡que rico!

Muchas veces, la mayoría, lo que hace especial al sabor, es evocar el momento, el lugar y las gentes con las que compartimos esa comida; es la sazón de la nostalgia. Al final, la mejor comida es la compartida con nuestros seres queridos. No importa si era medio pollo entre 6 y tocábamos a cucharoncito de pollo deshuesado por persona. Abundancia, no es siempre sinónimo de felicidad, ni escasez, significa desdicha, aunque a veces, se confundan en el recuerdo.

Recuerdo una vez que un amigo nos invito a almorzar potaje de garbanzos. Sirvió la mesa, cuando lo probé, lo mire y le dije; sabes que me recuerda este sabor ¿Verdad? Solo asintió, el también recordaba el potaje de mami, el mismo que a mas de 90 millas, se hacia presente, sin proponérselo. Extraña mezcla de condimentos que lograba parecerse a la sazón perfecta, allá en La Habana. Basta un sabor y aparecen recuerdos, bastan recuerdos y evocamos sabores, sazones.

Desde La Habana, desde nuestra Isla, la nostalgia sabe el punto preciso para lograr la sazón perfecta; esa que nos hace creer que tenemos a mama al lado, que el tiempo no ha pasado. Ese punto que nos vuelve a reunir a todos junto a la mesa.

Incorporamos nuevos sabores, nuevas sazones. Seguimos guardando en el rincón exacto de la memoria, el sabor de nuestros platos, magnificados y asegurados para siempre con la sazón de la nostalgia.

El 31 de diciembre pasado, un amigo no cubano, nos invito a esperar el año en su casa. Nos ofreció una cena típica de su país, nada de moros, ni yuca hervida con mojo, ni puerco asado a lo cubano. Nos miramos cuando sirvieron la cena, a ese fin de año, le faltaba un toque cubano, algo que nos uniera más a nuestra islita. Sus intenciones fueron buenas, pero necesitamos la sazón de la nostalgia para recibir el nuevo año; felices de estar aquí y seguros y orgullosos de venir de allá. Nosotros aunque siempre extrañemos la carne de puerco de allá y los tamales nuestros, en cada celebración, nos los inventamos, traemos a nuestra isla a nuestra mesa, sin ella, estamos incompletos, como perdidos.

Aunque digamos mil veces que la carne de puerco de allá, era mejor, la de acá, no nos puede faltar en cada celebración. La saboreamos, evocamos las veces que la compartimos en familia, en cumpleaños y comidas especiales, la nostalgia le da su punto exacto y trae recuerdos, nos transporta. Nos comemos dos o tres tamales y seguimos diciendo; jamás como los tamales de Cuba. No importa donde estemos, ni los años de exilio; ¡Comida como la de Cuba, no hay otra! Recordamos el potaje de mama, los tamales de abuela, el congri de la vecina, la sazón de la nostalgia hace de las suyas, la dejamos hacer. Una sazón, puede ser un medio de transporte en el tiempo y el espacio.