Un gringo en Yoyito.

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Tengo un amigo gringo, no cubanoamericano o gringo de 2da generación; gringo ciento por ciento. Algunos domingos me invita a almorzar, aparte del almuerzo y su agradable compañía, las horas que pasamos juntos son las pocas en que puedo practicar el inglés que pase años estudiando en Cuba. En este Miami cubanizado y latino, el inglés casi que pierde la batalla con el español y que nos perdone Shakespeare. Cuando mi amigo me llamo para almorzar juntos le dije; hoy vamos a un restaurante cubano, te va a gustar, nada de Cheesecake Factory ni Longhorn steak house, comida cubana y de la buena.

A las 2:30 de la tarde llegábamos a Yoyito, esperamos unos minutos por la mesa. En la Hialeah del café cubano en cada esquina y los “ecume”, después que te dieron tremendo empujón, no se ve todos los días un gringo pidiendo moros, puré de malanga y tostones. Mientras comíamos, me reía y tomaba algunas notas para un posible escrito.

Mi amigo es un circunspecto profesor universitario que se niega a vivir al norte y a fuerza de amigos cubanos, lo hemos ido cubanizando poco a poco. Se sorprendió por el trato familiar y cariñoso de las camareras y en especial por el de Eduardo. Nos sentíamos como si un amigo nos hubiera invitado a almorzar a su casa. Al final así nos sentimos todos en Yoyito, en nuestra casa. El ambiente, la calidad de la comida nos hacen olvidar que estamos en un restaurante, tan en confianza estábamos, que casi se nos olvida pagar la cuenta, je, je, je.

Siempre que voy a Yoyito descubro algo nuevo y no me refiero solo al menú que dan ganas de ser rumiantes y tener dos o tres estómagos para poder disfrutar más de la comida. En esta ocasión repare en un San Lázaro que se encuentra en una esquina del local, cerca de la cocina. En todo negocio cubano que se respete, no falta el viejo Lázaro o Cachita, sin importar creencias y Fe. Más allá de religiones, su presencia nos trae a Cuba al exilio, es nuestro modo de gritar; ¡Soy cubano! De apuntalarnos.

Todos cuando emigramos nos trajimos a Cuba en el alma, decididos a triunfar y a no olvidarla. En Yoyito, Cuba se hace presente, se siente. No solo por la ambientación del local o su ubicación en la Hialeah de los exilios y añoranzas o por el local repleto de cubanos hablando a grito limpio mientras comen. En este, nuestro reinventarnos la teoría de la relatividad y burlarnos de curvaturas del espacio y formulas complejas, Yoyito es un pedacito de La Habana, de Cuba que nos inventamos para paliar nostalgias y ausencias. Un lugar recurrente y necesario en nuestra reafirmación de cubanìa.

Mi amigo el gringo, disfruto su almuerzo, nos despedimos con un abrazo de Eduardo, no sin antes tomarnos nuestra tacita de café y lamentarnos por no dejar espacio para las torrejas. A la salida, en el auto, me dijo, me gusto, quiero volver. Volver, le dije, ese es nuestro verbo preferido. Volveremos a Yoyito y a esa Cuba que se anuncia en la esperanza de ¡Una patria con todos y para el bien de todos!

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La Habana, una ciudad erótica.

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A la memoria y presencia de Jorge Borges que una noche me sugirió este título.

Una noche, a la salida de “Hoy como ayer”, uno de los más populares y prestigiosos sitios nocturnos de Miami, conversaba con un amigo. Ambos amantes confesos e incorregibles de la Habana, terminamos, como es de suponer, conversando sobre nuestra ciudad. Recuerdo que en un momento de la conversación me dijo; La Habana es una ciudad erótica. Lo mire y le dije; que buen título para un escrito. Le debía a Nuestra Habana y a mi amigo este escrito, sé que en esta ocasión no lo leerá desde su celular, también sé que de un modo u otro llegara a él y aunque no lo comente dirá; ya era hora, hace más de un año que me lo prometió.

La Habana es una ciudad ardiente, no solo por el sol que le calienta “hasta los principios”, es ardiente por su gente, su modo de ser, su andar, gestos y esencia. Los que estamos lejos de nuestra ciudad extrañamos su erotismo, su intercambio de miradas, su intención y provocación.

En esto del erotismo de la Habana, quiero aclarar que no me refiero a la venta de sexo, eso es otro asunto y lo he tratado, de un modo u otro, en diferentes escritos. El erotismo de La Habana está en el gesto, la mirada, la intención de los que la andan y habitan. Ese como estar siempre dispuesto y con ganas y demostrarlo sin prejuicios ni tabúes. Recuerdo la hija de un amigo que llego a New York y le decía a su padre; ¡Aquí no hay gente sexy! Y que me perdonen los neoyorquinos, no vayan a darme un acto de repudio cibernético. También recuerdo a gente deslumbrada con las bailarinas de Tropicana y sus comentarios por su sensualidad innata, más allá del baile y la coreografía.

La Habana es coqueta por excelencia, provocativa, erótica. Súbase a una guagua llena en la hora pico y compruebe que más allá de cansancios, frustraciones y limitaciones, siempre hay alguien dispuesto al erotismo y su encanto. Un roce, una mirada, dos manos que coinciden al aguantarse y se olvida el empuja-empuja, el calor y las escaseces, así somos y seremos siempre.

Visite lugares donde la “molotera” haga de las suyas y lo comprobara, no podrá escapar al erotismo de la ciudad. En una discoteca, a la salida de un cine, mientras avanzamos entre la gente el erotismo hace de las suyas levantando los ánimos y algo más.

El erotismo de nuestra ciudad no es la búsqueda de consumar el acto sexual, no me refiero a “ligar” o buscar a quien llevarse a la cama. El erotismo habanero está en la intención, el goce de provocar y ser provocado, de soltar piropos y recibirlos. Ese disfrute de saber que se gusta, que se provocan ganas, sin siquiera intentarlo de casi ir diciendo por la calle; “si me pides el pescao te lo doy”.

Tal vez la Habana vive un romance oculto con Eros y todos somos frutos de ese amor. Tal vez a Cachita se le fue la mano con la miel de abeja y la canela. Ignoro la causa exacta, si son las olas del Mar Caribe, la Giraldilla apuntando al deseo o el resultado de mezclas de razas y culturas, pero ahí está el resultado; un erotismo que estalla en cada barrio, en cada cuadra. Erotismo, intención, esencia y aliento, que a más de uno obliga a decir, ¡Si cocinas como caminas, me como hasta la raspa! ¡Y que nos quiten lo bailao!

Entre nosotros y el arte, un piano.

lia y samuel, fotografia de Narciso dominguez
Me perdí el primer concierto de Samuel Calzado y Lidia Rosa Hernández, cuando anunciaron el segundo, le dije a Samuel, allí estaré. Sería un viernes, por mi horario de trabajo tendría solo tiempo de ducharme, vestirme y salir “a la carrera” para Alfaros’s. Por suerte pude llegar antes que comenzara el concierto y un piano sirviera de cómplice para unir artistas y público.

Muchas veces le dije a Samuel; incluye más canciones al piano, regálanos un concierto sin backgrounds, el piano es tu mejor aliado, junto a él alcanzas tus mejores momentos. No sé si fue mi insistencia o la de otros amigos, anoche el plato fuerte fue el piano y el público lo disfruto a conciencia y presencia.

Solo conocía a Lidia Rosa de oídas. Muchos me habían hablado de ella, de su voz. No les niego que tenía mis reservas, eso de asistir a un concierto compartido de 2 artistas, sin conocer a la otra mitad del espectáculo, me hacía tener mis dudas. Por suerte cuando Lia, como la llaman su público y amigos, convocada por la voz y el piano de Samuel, salió a escena y su voz inundo el local, mis reservas y dudas desaparecieron, se fueron con sus notas más altas. Fui uno más aplaudiéndola y admirándola.

No sé en qué momento surgió la idea de esta mancuerna de éxito, de esta simbiosis musical. Ignoro como se conocieron y decidieron unir ganas, acciones y públicos. Samuel y Lia, logran una conjunción perfecta de voces y talentos en escena. Los disfrutamos, los dejamos hacer, mientras el piano convoca lo mejor de ellos.

Descargan, juegan con las canciones y la música. A su influjo Alfaro’s se convierte en un sitio nocturno habanero; la música, hace el milagro. La Habana de tragos, descargas, victrolas y sueños, se hace presente.

Hasta me pareció ver a una hermosa mulata luciendo una bata cubana de lujo, llegar, sentarse a una mesa, soltarse su pelo, aplaudir entre olas y girasoles, mientras decía a los que tenía a su lado; esto no podía perdérmelo. Samuel me utiliza de pretexto y le regala Habáname. La mulata seca una lagrima, provoca olas que golpean las paredes del local, hace crecer palmas y girasoles en el escenario, suelta colibríes y sinsontes, se despide diciéndonos; ¡Aquí esta lo que el tiempo les quito!

Lia y Samuel rinden homenaje e invitan a su concierto a Clara y Mario. Recordarlos es como reafirmarle al arte y a nosotros que siempre contaremos con ellos, sin importar dificultades ni rectas finales.

Uno de los mejores momentos de la noche, el homenaje a Bola de Nieve. Casi me parece verlo sentado al lado de Samuel, dándole una palmadita en el hombro y diciéndole; esto es lo tuyo, no lo dejes.

Después del momento compartido al piano, que yo no quería que terminara, nos regalan canciones en solitario. Samuel reafirma que hoy es su día y los aplausos intensos, reafirman su día y sus muchos días por venir. Lia nos regala su canción, Soy así por amor, carta de presentación o declaración de principios para no dejarnos dudas de quien es y será.

Termina el concierto, me agradezco el vencer cansancios y horarios y estar ahí, aplaudiendo y apoyando, seguro que el piano seguirá trayéndonos a estos dos artistas, regalándonos su arte. El piano entre ellos, nosotros y el arte nos anuncia nuevos conciertos y proyectos, seguro que se basta para desbordar escenarios y corazones.
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Fotografia de presentacion de Narciso Dominguez.

La eternidad de una madre.

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En ocasiones, una canción, una palabra o una foto bastan para desatar recuerdos. Sin esperarlos, sin pensar en convocarlos, se aparecen, nos revuelven la memoria. Los recuerdos son como la máquina del tiempo, pero con poder y voluntad propia, nos sacuden y estremecen a su antojo. Tal vez por eso acumular recuerdos buenos es saludable, para el cuerpo y el alma.

Hace unos días una amiga, prácticamente una hermana de crianza, que exilios y distancias nos mantuvieron separados físicamente durante años, me envió una foto de mi mamá tomada hace más de 30 años. He pasado horas mirando la foto. No fue que los recuerdos se revolvieron, fue un huracán de memorias golpeándome con toda la fuerza que da el tiempo y la vida.

No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, siempre apuesto por el futuro; lo mejor aún está por llegar y lo espero con la certeza y la fe que no teme a años, ni a destierros. Recordar es bueno, sin el pasado, sin su experiencia, no seriamos los de hoy, no existiría el mañana. Ese mañana que siempre será bienvenido y que todos esperamos, seguros y confiados.

El encanto o la magia de esta foto, no fue solo recordar ese tiempo en que exilios, lejanías y despedidas eran solo palabras. Ese tiempo en que partir o regresar eran verbos que no dolían. Años en que las ausencias duraban horas y los besos se daban uno sobre otro, abundantes y esplendidos, necesarios y puntuales. Esa época en que teníamos un racimo de sueños en el pecho pujando por salírsenos y hacerse realidad. Si no éramos dueños del mundo, al menos nos lo creíamos. La magia de esa foto fue hacerme meditar, repasar cariños y desvelos.

Miraba y miro la foto y recuerdo que en esa época, mami me parecía eterna, invencible, ilimitada. Cuando nuestras madres son jóvenes, pensamos que siempre las vamos a tener. Que siempre tendremos sus manos para curar heridas y tristezas, para levantarnos y sostenernos. Tengo la enorme suerte de tenerla aún, a pesar del paso y el peso del tiempo y la distancia. La dicha enorme de poder escuchar su voz que no ha perdido su magia, ni su dulzura; esa voz que en momentos de angustias y desesperos me ha parecido escuchar y ha contenido lágrimas y penas a su influjo. De estrecharla en mis brazos y sentarla en mis piernas, aunque solo sean 15 días al año.

Ahora a diferencia del momento de la foto, sé que las madres no son eternas, al menos físicamente. Cada año que la tengo, doy gracias a Dios por el regalo de su vida. Disfruto su risa, su voz, sus “te quiero mucho”, sus besos y caricias, como el niño que sabe que le quedan pocos caramelos o chocolates en la bolsa y los saborea lentamente, de a poquito. Me detengo en cada manifestación de mutuo amor, me deleito en ella. Es mi modo de hacer eterna a mi madre, de guardarla, por siempre, para mí.

El amor hace milagros y cada minuto junto a ella, cada una de sus palabras en el teléfono, adquieren matices especiales. La disfruto sin tristezas, ni temores. Sé que su longevidad no es casual, es el premio a una vida de esfuerzos, lágrimas y dedicación. Como si Dios, en extremo acto de bondad, le diera una palmada en el hombro y le dijera.
– Descanse vieja, sea feliz, déjese querer, es hora de recibir. Ya hizo bastante, disfrute estos años, se lo merece. Toma, un poco del cielo en la tierra, para ti.
Y ella, que nunca supo decir que no, obedece y se regocija en el amor de hijos y amigos, se deja querer y quiere, se hace eterna en el amor.

La eternidad de una madre, va más allá de su presencia física, se sustenta y alienta en su amor.
Aquí en mi corazón, que no entiende de tiempos, ni finales, vive y vivirá siempre, eternamente joven y vital, eternamente mía. Con toda su fuerza y coraje, alentando y guiando, amando y aconsejando, segura que en su amor, radica el secreto de ¡La eternidad de una madre!

¿Futbol o circo romano?

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Teniendo en cuenta los comentarios en las diferentes ciudades y calles del mundo. Reuniendo información sobre marchas de protestas, quejas, tasas de suicidios, llamadas al 911 y a las diferentes líneas de ayuda en todo el mundo; los principales líderes mundiales deciden reunirse. Cada uno lleva su propuesta.

El presidente ruso pide la palabra.
– En estos días del mundial de futbol nadie ha hablado de la represión a los gays en mi país, ni de la situación en Ucrania, ya ni me llaman fascista o dictador. Este mundial ha sido una bendición. Solo escucho; GOOOLLL y aplausos y vítores, deberían grabarlos para ponerlos de fondo a mis discursos.

El secretario general de la ONU que oficia como moderador en la reunión de líderes mundiales, antes de dar la palabra al presidente de los Estados Unidos, interviene en la reunión.

– Tiene mucha razón el Sr. Presidente ruso. En estos días ya nadie se acuerda de las amenazas a la paz mundial, ni de posibles guerras. El mundo se mueve a ritmo de goles.
Tiene la palabra el Sr. Presidente de los Estados Unidos, escuchemos su propuesta.

– Como presidente del primer país del mundo quiero expresar mi agradecimiento al mundial de futbol. Hace días nadie habla del alto precio de la gasolina y mucho menos de promesas incumplidas. La gente está más preocupada contando los goles que los asesores enviados a Irak o los muertos o desplazados, producto de la guerra civil en ese país. Propongo la celebración del mundial de futbol cada 3 años y así todos los presidentes, aunque duren un solo mandato, tendrán su mundial para relajar, descansar y jugar golf.

El secretario general de la ONU, aplaude de pie la propuesta del Sr. Presidente, sumándose a las ovaciones de todos los líderes mundiales reunidos. El presidente de Venezuela pide la palabra.

– En estos días del mundial, nadie habla de los estudiantes y sus revueltas, ni se acuerdan de los supermercados vacíos y el racionamiento. Estoy de acuerdo en la propuesta de acortar el tiempo entre los mundiales, pero pienso, (¿pienso? ¡Este mundial hace milagros! ) Que deben celebrarse cada 2 años, necesitamos estos oisis, perdón, oasis políticos.

El presidente ruso se pone de pie y avanza al estrado, abrazándolo, emocionado y sorprendido de su agudeza política.

Justo cuando el secretario general de la ONU, decide poner a votación la propuesta de celebrar el mundial cada 2 años, el presidente de una islita del Caribe, que nadie sabe cómo coño logro colarse en la reunión, pide la palabra y sube al estrado.

– En estos días del mundial, yo también he vivido días de tranquilidad y paz interior. Nada de quejas por problemas con el agua o la luz. Nada de que si los salarios no alcanzan ni para comprar una botella de aceite, o que hay gente en el malecón tirándose al mar en balsas o protestando. En estos días he sentido un alivio. A mis años, se hace necesario que esto ocurra más frecuente. Creo, propongo y apoyo que el mundial de futbol se celebre todos los años.

Los líderes mundiales se abrazan emocionados, con lágrimas en los ojos agradecen la propuesta de celebrar todos los años el mundial de futbol. Rompiendo el protocolo el presidente ruso y el norteamericano, corren a abrazarlo. Un mundial todos los años, exclaman felices, se acabaron las protestas, los inconformes, las huelgas, nada de gente en la calle escandalizando. Todos en sus casas o en los estadios, viendo el futbol, en vez de gritar abajo fulano o viva mengano, todos repetirán ¡Gol, gol, gol! Futbol, futbol y futbol y nada de reformas o planes para mejorar el nivel de vida o hacer algo por los cambios climáticos, futbol y ¡Que se olviden de todo pateando a una pelota!

Fotografia tomada de Google.

Las lluvias y nosotros.

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Sorprendido por la lluvia, descanso en mis recuerdos, reacomodo mis sueños, reviso mis urgencias, paso revista a ideas y proyectos.

Entre relámpagos, algunos sitios oscuros del recuerdo se iluminan. Rememoro otras lluvias en ciudades diferentes.
Las aguas como yo, somos de varios sitios, pertenecemos al mundo, sin diques ni fronteras.
Mi imagen se refleja en el agua que corre, y entre los tonos grises, se me antoja tristeza esta nostalgia inmensa que no cabe en el pecho.

El futuro puede ser la próxima tormenta, me apresto a desafiarlo, a vencerlo seguro. No hay vientos que me asusten ni rayos que me espanten, me cobijan las ceibas, las palmas y mi madre.

De pronto un relámpago, es una visión de mi Habana. Esta misma agua corre hoy por sus calles. Otros habaneros en sitios diferentes, sorprendidos por lluvias, se esconden en portales. Este verano si ha llovido, comentan sin mirarse, mientras gotas de lluvia salpican sus zapatos, sus memorias, sus ansias. Se revuelven recuerdos, partidas, lejanías, adioses sin palabras. Las calles inundadas se convierten en mares, las cruzan sin temores, con balsas o sin ellas, se bastan con sus ganas para alcanzar la orilla.

Del otro lado un pueblo, no teme a tempestades, expertos y graduados en la dureza del tiempo, se ríen de la lluvia, de truenos y tormentas. No necesitan relámpagos que iluminen recuerdos. Viven en el presente, construyendo el futuro, remando con sus manos, hacia la luz más pura.
De pronto en la tormenta, un rayo poderoso destroza nubes negras y en el cielo, brillante y victorioso, un enorme arcoíris tricolor comienza a dibujarse.

Andando bajo el agua, un pueblo mira al cielo, ¡Ay Cachita, que escampe! Que esta maldita lluvia lleva ya muchos años y entre gotas y lágrimas, nos vamos dispersando, casi muriendo. Como si la lluvia se llevara la esencia que nos mantiene unidos. ¡Coño, somos seres humanos, no restos de rocas o partículas de tierra, que se llevan las aguas!

Cesa la lluvia, los recuerdos y sueños pretenden que descansan, mientras siguen luchando por un nuevo arcoíris.
Me queda la certeza que allá en nuestra ciudad, al calor de la fe, los sueños y el mañana, nace, poquito a poco, una esperanza nueva que se viste de rojo, azul y blanco velo, que como novia espera que la tormenta cese y en un acepto enorme, ¡Nos une para siempre!
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