Pepe, un tipo “pichi dulce”.

un muchacho de Kevin Slack
Pepe siempre fue un tipo muy bien parecido. Su estatura, más de 6 pies y su cuerpo perfeccionado y cultivado en el gimnasio, le aseguraban admiradores y amantes dispuestas y abundantes. Él lo sabía y lo disfrutaba. Se casó dos veces en Cuba, aunque en ninguno de los dos matrimonios renuncio a sus aventuras y conquistas. Tuvo una hija en su segundo matrimonio. Cuando tenía apenas 2 años se divorció, su esposa se aburrió de infidelidades y engaños. Poco después de la separación, decidió irse del país.
– La Habana ya se me hace chiquita, le dijo a un amigo.

En Miami trabajo duro, pero eso no le impidió seguir pendiente de su físico. Siempre encontraba tiempo para el gimnasio y cuidar su dieta. Estar en forma, recibir miradas y arrancar suspiros a admiradoras, era algo que disfrutaba, que necesitaba como una droga o una maldita adicción. Sus aventuras amorosas eran muchas y variadas. Disfrutaba que las mujeres lo desearan, que lo miraran al llegar a un lugar, a pesar de sus 40 años que lucía con orgullo. Una tarde conoció a Luisa. Era la mujer que todo hombre desearía. A su belleza física, unía cualidades que la hacían casi perfecta. Cuando Pepe la vio, no paro hasta que se hicieron novios. El noviazgo fue breve, se casaron y al año tuvieron un hijo.

Pepe la adoraba y Luisa vivía para él, pero, los peros son a veces terribles en la vida de las personas, Pepe no quería, casi no podía renunciar a su vida de galán, de explorar nuevas aventuras y vivirlas. Es difícil cambiar un estilo de vida, aunque el amor sea la causa. Sus conquistas continuaron, le cumplía a Luisa, como él decía, pero sin renunciar a conquistas y aventuras.

En algunos casos Luisa sospechaba algo, peleaba y sufría, después se arreglaban. A pesar de sus infidelidades, lo amaba y no quería perderlo. Pepe era un buen hombre y ella estaba loca por él, no perdía las esperanzas que algún día se aburriera de sus escapadas. El también la amaba, a su manera, con un amor que terminaba siendo incompleto e infeliz.

Así paso el tiempo. Pepe seguía cuidando su figura, con sus 45 años, aún acaparaba las miradas de las mujeres y la envidia de muchos hombres. Una tarde un muchacho joven, nuevo en el gimnasio, le pidió ayuda en los ejercicios, terminaron haciéndose amigos. A pesar de los 20 años de diferencia de edad, pasaban horas conversando en el gimnasio, median el progreso de sus músculos y ensayaban nuevos ejercicios. Una tarde, mientras se bañaban juntos en el gimnasio, Luisito, sin querer lo rozo. Pepe se sorprendió con una inesperada erección y se volteo para que no se notara, debe ser casualidad, pensó. El muchacho se dio cuenta, pero se comportó como si no hubiera sucedido.

Un día, al salir del gimnasio, Luisito lo invito a tomarse unos tragos en la casa.
– Tengo una botella de Whisky Blue Label en la casa y unas cervezas heladas, vamos, es temprano.
Llegaron, se quitaron las camisas. Dos tragos después, sin saber cómo, estaban desnudos en la cama, enfrascados en una lucha de fieras. Después de ducharse, mientras se vestían, Pepe lo miro y le dijo
– No sé cómo paso esto, yo no soy “maricón”, ni creo que tú lo seas, la pase bien, pero me siento raro.
Luisito no quiso confesarle que era gay y que siempre le había gustado, desde que lo vio en el gimnasio
– Yo tampoco soy “maricón” acere, esto fue como una gimnasia sexual, así lo veo. Aquí no ha pasado nada. Son cosas que pasan entre los hombres.
Se dieron la mano y acordaron verse al día siguiente en el gimnasio.

Allí volvieron a encontrarse, se miraron a los ojos, un apretón de manos y siguieron con sus ejercicios.

Pepe seguía en sus aventuras de seductor empedernido, orgulloso de ser un “pichi dulce” como le decían sus amigos. No se daba cuenta que Luisa se estaba hartando de esa vida, de sus llegadas tardes con olor a bebida y a perfume de mujeres, de esperarlo.

Ocasionalmente visitaba a Lusito en su apartamento con algún pretexto. Compartían un par de tragos y terminaban en la cama. En su gimnasia sexual como ellos la llamaban, en su miedo de nombrar las cosas por su nombre.

Una noche, Pepe no fue a dormir a su casa. Cuando llego al día siguiente vio sus cosas recogidas, tres maletas enormes lo esperaban en la sala.
– Me canse Pepe, me canse, se me acabo el amor. No te aguanto una más. Lo siento por el niño que te adora, pero es hora de pensar en mí. No te quiero mas aquí, voy a divorciarme, así tendrás más tiempo para tus conquistas y aventuras, los hombres como tú, no deberían casarse nunca.
Pepe se arrodillo llorando frente a Luisa.
– Tú eres mi vida, sin ti no soy nadie, ayúdame a cambiar. No sabría vivir sin ti, me volvería loco.
– Eso es lo que he hecho hasta ahora, tratar de cambiarte, sin ningún resultado. Se me acabo el amor Pepe, lo mataste, se acabó. Esto no es una perreta, ni estoy midiendo fuerzas. Vete, nos veremos para firmar los papeles del divorcio, vete y no me busques más.
Sin Luisa, Pepe creyó enloquecer, realmente casi enloqueció. Bajo de peso, más de 70 libras, dejo de ir al gimnasio, perdió el interés por todo. Se rentó un cuartico en el fondo de una casa en Hialeah y allí en un colchón tirado en el piso dormía y repasaba su vida. Una tarde se miró al espejo, la imagen que vio reflejada lo asusto. Del otro lado lo miraba un hombre envejecido, flaco, con unas entradas enormes y un pelo escaso. Lloro como un niño, tuvo lastima de sí mismo, del Pepe “pichi dulce”, solo quedaban el nombre y los recuerdos. Hasta el trabajo descuido, tenía un camión que usaba para transportar cargas, hacía más de un mes que no daba un viaje, su vida se acababa, él lo sabía.

Luisito se cansó de preguntar por él en el gimnasio, sabía que algo le pasaba. Recordaba donde vivía Pepe y una tarde tocó a la puerta de su casa. Luisa le abrió.
– ¿Pepe? Hace meses nos separamos, está viviendo en Hialeah. Por la 4 avenida del west y la 51.
– Gracias, es que me debe un dinero y ha dejado de ir al gym, y necesito esa plata.
– No pienso pueda pagarte, hace un mes no me ha traído el dinero del niño, debe andar metido en problemas.
– Gracias, gracias por la información.

Luisito recorrió la zona que le dijo Luisa, pulgada a pulgada, hasta encontrar donde vivía Pepe. Tocó a la puerta, sin recibir respuesta, se acercó a la ventana y grito.
– Sé que estas ahí o abres la puesta o la tumbo a patadas.
La puerta se abrió. A Luisito le costó trabajo reconocer que el hombre que tenía delante era Pepe.
– No querías que me vieras así, estoy destruido, acabado. Luisa me dejo, me botó. Ninguna de las mujeres que salía conmigo quieren saber nada de mí, hace tiempo que ni sexo tengo. Si no me he matado es por falta de fuerzas y por miedo.
– Compadre, yo te hacia más macho, más hombre. Recoge tus cosas, te vas para mi apartamento y mañana regresas al gym.
– No tengo ni un dólar en el bolsillo, no podría ayudarte a pagar nada, ni siquiera tengo para pagar el gym.
– ¿Acaso he hablado de dinero? He hablado de ayudarte, así no puedes seguir. Te advierto, dormirás en el sofá de la sala, no te estoy llevando a mi casa para tener la gimnasia sexual, como la llamamos, asegurada. Te está hablando el hombre, el amigo que no puede permitirse verte así y no darte una mano.
Pepe rompió a llorar como un niño, se abrazó a Luisito.
– Vamos deja la guanajera esa y el llantico, recoge que te mudas conmigo. Cuando vuelvas a ser el Pepe que conocí y estés de nuevo en pie, podrás rentar solo, por ahora, yo me ocupo de todo.

Al día siguiente a primera hora, estaban en el gimnasio, nadie reconoció a Pepe pensaban que era nuevo allí.

Poco a poco, Pepe fue recuperándose. Ganaba peso y músculos, confianza en sí mismo, sin dejar de sufrir por Luisa. Arreglo el camión y volvió a recuperar sus clientes.

Una tarde le dijo a Luisito.
– Estoy ganando buen dinero, creo que podríamos mudarnos para un apartamento de dos cuartos, como roommates.
– Pepe, este apartamento no es rentado, yo lo compre y llevo años pagándolo. Creo que cuando te cuente algo, no querrás ser roommate mío. ¿Recuerdas la primera vez de nuestra gimnasia sexual? No fue casual, yo la provoque, soy eso que tú llamas despectivamente “maricón”. Me gustaste y quise probar contigo, creo que hasta me enamore de ti, solo que yo no me tire a morir como tú, cuando Luisa te dejo. Sé que a pesar de habernos acostados algunas veces, esto no es lo tuyo, no eres gay, que es como yo prefiero llamarlo, tal vez bisexual o un tipo tan caliente que termino probándolo todo, pero hasta ahì.Te he ayudado porque soy un hombre primero que todo y un hombre no abandona a un amigo en desgracia. Créeme que lo hice por el amigo, con el único interés de ayudarte, sin segundas intenciones.
– Coño Luisito eres más macho que yo, ahora te quiero más que antes, eres de oro muchacho.
Se abrazaron sin complejos, ni deseos, como solo dos hombres que se quieren y respetan pueden abrazarse.

A los meses, Pepe, conoció a una muchacha, empezó a salir con ella, se enamoraron. Terminaron mudándose juntos. Un tiempo después, Luisito asistió a la boda de su amigo, feliz por él, de haberlo ayudado y de verlo recuperado del todo.

Cuando Pepe fue a subir al auto para irse al hotel con su nueva esposa, busco con la vista a Luisito.
– Ven acá muchacho, no podría irme sin darte un abrazo. Dijo en voz alta, mientras le susurraba al oído. La próxima boda será la tuya y yo seré el padrino, me di cuenta como se miraban mi socio Juan y tú.
Cuando el auto partía, Pepe saco la cabeza por la ventana y grito a todo pulmón.
¡Te quiero mucho Luisito!

Fotografia de Kevin Slack.

El desafio del cubo de agua helada vs el mundo ardiendo.

contrastes
Antes de que empiecen a criticarme, quiero dejar bien claro que sé que la campaña del desafío del cubo de agua helada, Ice Bucket Challenge en Inglés, es por una buena causa. Estoy consciente que han recaudado una elevada suma de dinero que sin dudas ayudara a la investigación sobre la Esclerosis Lateral Amiotrófica. Hasta aquí, todos estamos de acuerdo.

Muchos donamos con gusto por una buena causa. En lo personal, soy de los que piensan que la caridad, ayudar al prójimo, se practica en silencio, discretamente. Mis amigos saben que detesto los protagonismos, esa gente que si no hay una cámara filmándolos o un grupo para aplaudirlo, pierden interés y motivación. El bien a los demás se hace por ese placer interior de saber que nos hemos mejorado como seres humanos. Dar una mano a quien lo necesite, es como subir un escalón en la especie humana, avanzar en la evolución.

Todo tiene un pero y aquí, hay más de uno. Medio mundo se arroja cubos de hielo, se graban y suben videos en una moda que amenaza bajarle la temperatura a los sentimientos. La otra mitad del mundo arde, estalla y se espanta, de esto nadie tiene la menor duda.

Hagamos un breve repaso a problemas mundiales que han cedido espacio y publicidad a cubos de hielo y famosos tiritando o gritando. Los extremistas islámicos ISIS, en Irak, asesinan y decapitan a diestra y siniestra. Cientos de miles de cristianos huyen despavoridos tratando de salvar sus vidas, pasando hambre y sed en condiciones precarias y enfrentando una espantosa barbarie medieval. En Siria continúan las muertes por la guerra civil, suman más de 150 000. En Gaza, los hospitales no tienen medicinas, ni recursos para atender a enfermos y heridos y continúan las muertes. El Ebola sigue sumando víctimas y terror en África. En Sudan, “Más de siete millones de personas están en riesgo de padecer inseguridad alimentaria, de las que 4,9 millones necesitan urgentemente ayuda humanitaria”. El hambre, la falta de agua amenaza a pueblos enteros. En otras palabras no basta tanto hielo para calmar el dolor del mundo. No seamos avestruces, escondiendo la cabeza en un cubo de hielo.

Hace un par de días un amigo proponía, con otras palabras, cambiar el desafío, donar un día de salario todos, para ayudar al hambriento, al sediento, al enfermo. Cuando hablamos de salario de famosos multimillonarios, sería el promedio de la ganancia en un día. Sumando lo que ganan al año y dividiéndolo por 365. Estoy seguro que la suma será respetable.

Si subimos el desafío y lo hacemos permanente y cada 6 meses todos, todos sin excepción, donamos un día de salario para paliar hambrunas y epidemias, para dar una mano al necesitado. Estoy seguro que avanzaríamos en la evolución humana, seriamos todos mejores, no lo duden.

Hace poco leí una frase de Robín Williams; no importa lo que la gente te diga, las palabras y las ideas pueden cambiar al mundo. Creo que vale la pena intentarlo. Me encantaría ver videos de expresidentes ancianos, que sin exponer su salud, dijeran; cada 6 meses donare el promedio de mis ganancias en un día para ayudar al necesitado. Me fascinaría que actuales presidentes encabezaran la cruzada para aportar todos un granito de arena y dar pan al hambriento y agua al sediento. Seria emocionante ver a famosos, cada 6 meses, retándonos; yo ya doné ¿y tú?

Muchos han disfrutado su cubito de hielo, yo no, ni lo disfrutare. Hoy un amigo casi me lanza el desafío y amenace responderle con un escrito, no me reto, pero me pidió el escrito. Dejemos el alarde propagandístico, la moda. Sigamos donando para ayudar a investigar el ELA, ALS en inglés. Pensemos en grande, el mundo casi estalla y el hielo no lograra enfriarlo.

Estoy seguro que el día que unamos fuerzas y esfuerzos para ayudar a todos los necesitados del mundo, ese será un día decisivo en la historia de la humanidad. Un espíritu santo de nuevo tipo nos iluminara a todos y gotas de lluvia tibia, nos bañaran el cuerpo y el alma. Vale la pena intentarlo.

Fotografia tomada de la pagina de facebook, Yo extraño a Cuba y tu?

Juanito, el muchacho que llevaba el baile en la sangre.

Los guaracheros de regla, fotografia tomada de Google.
Su mamá no dejo de bailar mientras duro el embarazo. Los dolores del parto le comenzaron justo en una rueda de casino, en una fiesta en Centro Habana. Fue casi un milagro que no naciera al ritmo de la Aragón y los Van Van. Esto lo marco para siempre, casi decidió su futuro, su vida; nació llevando el baile en la sangre.

Desde que era un bebé recién nacido se movía al ritmo de la música. Su mamá gustaba de escuchar música mientras lo amamantaba. Se reía sintiéndolo moverse rítmicamente, como si bailara en sus brazos. Cuentan que sus primeros pasos, fueron pasos de baile; bailo, antes de caminar.

Cuando lo llevaban a cumpleaños y fiestas, con dos o tres añitos, todos se sorprendían viéndolo bailar. Hasta círculos le hacían y siempre terminaban aplaudiéndolo.

En la escuela, perteneció a grupos de danza, siempre fue el solista. Lo bailaba todo, desde Chachachá, casino, rumbas, guaguancó, hasta bailes folclóricos, nada bailable le era ajeno. Cada vez que empezaban a bailar, todos exclamaban; ¡Este muchacho lleva el baile en la sangre!

Una noche, mientras se preparaba para ir a una fiesta, su mamá lo llamo.
-Ven Juanito, siéntate, quiero hablar contigo.
-¿Pasa algo malo? No me digas que llamaste a tía y abuela esta malita.
-No mi hijo, no son malas noticias, más bien son buenas, quiero discutirlas contigo. Mamá ya es ciudadana americana, va a reclamarnos. Tu padre y yo decidimos que era lo mejor para todos. Este año terminas el preuniversitario, mi hermana me dijo que ella se ocupaba de pagarte los estudios, es tu futuro, una oportunidad que no podemos perder. Hasta ahora tu padre ha podido resolver en el trabajo, pero todo se está complicando y tal vez lo boten o lo metan preso. Nos vamos Juanito, en unos meses estaremos en Miami.
-Estoy de acuerdo, es mas siempre quise irme, reunirme con abuela, mi tía y mis primos. En la escuela siempre me han mirado mal, dicen que prefiero irme a bailar que ir a un trabajo voluntario y que mejor me aprendo un pasillo de baile que una consigna. Dile a abuela que cuanto antes, mejor.

Juanito y sus padres llegaron a Miami una tarde de abril. Abril es un mes especial para los inicios, por eso lo escogieron para su salida de Cuba. Cuando terminaron los trámites de rigor, a la salida de Aduana, los esperaba toda la familia. Sus primos decidieron recibirlo con “La vida es un carnaval” de Celia Cruz. Juanito salió bailando, todos le abrieron paso y el salón de espera estalló en aplausos. Algunos hasta pensaron que estaban grabando para algún programa de televisión.

En el viaje hasta la casa de la familia, todo lo deslumbro, las palmas, el sol, el cielo. Cuando sus primos le preguntaron cómo se sentía, respondió riendo.
-Es como estar en La Habana y con ustedes, siento que el tiempo no ha pasado. Si nos encontramos un bache pensaría que el viaje es mentira, dijo entre risas.

Juanito pronto se adaptó a la nueva vida. Lo llevaron a matricular inglés en el College, a pesar de haber terminado la escuela de idiomas en La Habana, debía perfeccionarlo para poder estudiar una carrera.

Todos los fines de semana después de estudiar y hacer tareas, se iba a bailar. En todas las discotecas de Miami lo conocían, apenas empezaba a bailar, le hacían coro. En el College las muchachas lo invitaban a fiestas, todas querían lucirse con él.

Un día, alguien le hablo de una profesora de ballet muy famosa. Una tarde tocó a la puerta de su academia de Ballet. Charin en persona le abrió la puesta. Él le hablo de su pasión por el baile.
-Quisiera aprender algo de ballet, he visto algunos de sus videos, son apasionantes.
Ella sonrió y accedió a darle algunas clases. De su mano entro al mundo de los saltos, los fouettes, las pirouettes y Grand jetes. No pensaba dedicarse al ballet, pero disfrutaba su magia y encanto.

Un domingo, mientras almorzaban, le dijo a sus padres.
-En el verano, en las vacaciones, quiero ir a La Habana. Tengo amigos allá, me gustaría andar por el barrio, visitarlos. Hacer un par de cosas que se me quedaron pendientes.
-Como quieras, respondió su padre, nosotros nos encargaremos de todo.

Juanito contacto por teléfono y por email a algunos de sus amigos en La Habana, quería asegurarse de poder realizar todos sus planes. Coordino hasta el último detalle. Llego a La Habana un día antes que empezaron los carnavales, lo esperaban unos amigos en el aeropuerto.
– No perdamos tiempo, directo para Regla, les dijo al subirse al auto.
Fueron a ver al director de la comparsa, Los guaracheros de Regla. Mientras Juanito hablaba, el tipo negaba con la cabeza.
-Es una locura, no te sabes los pasos, nunca has bailado en una comparsa, no hay tiempo para hacerte la ropa. No podrás inaugurar el carnaval mañana bailando con nosotros.
-Mira la ropa ya está lista, mis amigos se encargaron de todo. Déjame incorporarme a los ensayos, si en media hora no lo hago bien, tú ganas, si lo hago bien, gano yo.
– Está bien, pero estoy seguro que será imposible que puedas hacerlo. Te dejare intentarlo para que te convenzas.
Juanito ocupo el lugar que le indico el director. A los 10 minutos de estar bailando, ya se sabía la coreografía. Cuando terminaron, el director los llamo a todos.
-Este muchacho se ha ganado bailar con nosotros mañana. Creo que todos estarán de acuerdo que debe estar en la primera línea de bailadores, abriendo la comparsa.
Todos asintieron. La noche siguiente, Juanito fue feliz luciendo su traje multicolor y arrollando por todo Malecón entre los aplausos del pueblo habanero, que lo premiaba en cada movimiento.

Regreso a Miami, le conto a sus padres la historia, su mamá, entre risas, le dijo.
-Creo que ya no te queda nada por bailar. Ni yo en mis buenos tiempos me hubiera atrevido a bailar con los Guaracheros de Regla. Nadie puede negar que llevas el baile en la sangre.

Al día siguiente, Juanito se despertó con un fuerte dolor abdominal en el lado derecho. Sus padres lo llevaron corriendo para el hospital más cercano. Es apendicitis, hay que operar de urgencia, dijo el doctor.

Prepararon todo, cuando el cirujano hizo la primera incisión y brotó la sangre sucedió algo sorprendente, inimaginable. Los glóbulos rojos, las plaquetas y los glóbulos blancos, al ritmo de Los Van Van, La Aragón y Tchaikovsky, inundaron el salón de operaciones, ofreciendo un espectáculo único, irrepetible. El personal médico atónito y extasiado, por vez primera en su vida, opero con música y cuerpo de baile incluido. Desde una rumba de cajón hasta un Pas de deux del Lago, nada falto en ese alarde y demostración de lo que es; llevar el baile en la sangre.

Fotografia de Los guaracheros de Regla, tomada de Google.

Lola, una mujer que no perdìo la sonrisa.

de fuentes ferrin
Dedicado a todos los que al emigrar enfrentaron nuevos oficios, sin perder la sonrisa.

Lola, nació en una islita entre olas y palmeras. Su abuela tiraba las cartas y muchas veces sin tirarlas, miraba a la gente a la cara y les hablaba del futuro. Su tía Chencha tenía fama de bruja, en el pueblo contaban que una vez que un camión casi arrolla a Lolita, ella se interpuso y basto su mirada para detenerlo.

A Lola, siempre le gustaron las artes, perteneció a grupos de danzas. También le gustaba actuar, cuando terminó la Secundaria Básica, matriculó en la escuela de arte, soñaba con ser actriz. Lola escribía poesías y cuentos, cantaba en fiestas y en algunas obras de teatro, tenía buena voz, era artista.

Cuando Lola se graduó de la escuela de arte, la ubicaron en uno de los grupos de teatro más importantes de La Habana. Allí fue muchos personajes, canto, actuó, bailo y hasta escribió algunas obras.

Una tarde el amor la sorprendió. Duro poco, solo unos meses. Cuando el doctor le dijo que estaba embarazada, decidió tener a su hijo, no tenía fuerzas para poner fin a esa vida que latía en su interior. Su hijo nació fuerte y sano. Ser madre fue su personaje preferido, dedico a su bebé, ganas y fuerzas.

Lola, llevaba a su hijo a los ensayos de las obras. Así entre personajes y canciones, fantasías, telones y aplausos, lo fue criando. Lo miraba y pensaba, pronto crecerá, tengo que luchar por su futuro.

Cuando cumplió 5 años, después del cake y la piñata llamo a su madre aparte y le dijo.
– Mamá me voy del país, el papá de Miguelito nos reclama. Es lo mejor para él, lo sé.
– ¿Has pensado en tu carrera, en tu futuro como actriz? Aquí ya tienes un nombre, allá no serás nadie, tal vez nunca más vuelvas a actuar. No te imagino trabajando en una factoría, limpiando casas o trabajando como camarera en un restaurante.
– Yo tampoco, pero si tengo que hacerlo, lo hare. Es el futuro de Migue y voy a sacrificarlo todo por él.

A los 6 meses Lola, llegaba a Miami. El padre de Miguelito los ayudo. Lola consiguió dos trabajos. Por la mañana hasta las 3 de la tarde, trabajaba en un restaurante, empezó lavando platos, pronto la pasaron a camarera, hacia buenas propinas. Su belleza y su sonrisa le ganaban la simpatía de los clientes. Cuando terminaba en el Restaurante, se iba para un supermercado, donde era cajera. Allí también su sonrisa la hizo popular. Muchos preferían hacer línea en su caja, con tal de disfrutar verla sonreír.

Una compañera de trabajo del restaurante, le propuso una tarde rentar juntas un apartamento. Se llevaban muy bien. Hasta le propuso cuidarle a Miguelito cuando llegara de la escuela, así no pasaría horas solo en la casa. Lola acepto, al mes exacto encontraron el apartamento perfecto; tres cuartos, sala comedor y la renta no era muy alta, entre las dos podrían costearlo.

Lola puso una camita y un par de sillones en el cuarto que sería para Miguelito. Su hijo prefirió dormir con ella y el tercer cuarto quedo siempre vacío.

Miguelito era muy bueno en los estudios, Lola sabía que su sacrificio no sería en vano. Su hijo estudiaría una buena carrera y lograría hacer realidad todos sus sueños.

Una noche cuando llego cansada al apartamento, su amiga Clara, le había preparado la comida.
– Vamos mujer come tranquila, debes estar agotada. Cuéntame de tu vida.
– Gracias, estaba muerta de hambre. Allá era actriz, en un grupo de teatro muy conocido, hice varios protagónicos. El teatro es mi vida, ese es mi mundo, mi elemento, mi esencia.
– ¿Cómo has podido adaptarte a esta vida? Debe haber sido muy difícil para ti.
– Es difícil, muy duro, pero una tienes sus mañas. Aprendí mucho de mi abuela y mi tía Chencha.

Clara, no quiso insistir, la vida la había enseñado a ser discreta y no importunar con preguntas.

A veces, de madrugada, Clara escuchaba ruidos extraños que venían del cuarto vacío. Sentía un miedo terrible, se tapaba hasta la cabeza, rezaba Padres nuestros y Ave Marías hasta quedarse dormida.

Una noche los ruidos fueron más fuertes y la curiosidad pudo más que el miedo. Clara se levantó y sin pensarlo dos veces abrió la puerta del tercer cuarto.

Allí entre luces y girasoles, arcoíris y colibríes, Lola representaba una función de teatro para un público diverso y extraño que la aplaudía a rabiar. La escenografía flotaba en el aire y las luces seguían cada movimiento de Lola. Clara trato de pasar inadvertida, no quería interrumpir la magia del lugar. De pronto Lola empezó a cantar la salida de Cecilia Valdés, acompañada por una orquesta de saltamontes y sinsontes. Un cocuyo enorme, iluminaba su rostro y un rayo de luna convertía su bata de casa en una bata cubana con vuelos y encajes. Cuando Lola termino de cantar, Clara no puedo contenerse y un ¡Bravo! escapo de sus labios. Lola hizo un gesto y todo desapareció. Se apagaron las luces, en el cuarto solo quedaron los dos sillones, la camita, Lola y Clara.

– ¿Qué fue eso?¿ Una visión? Yo creo que estoy soñando o volviéndome loca.
– Cálmate, ni loca, ni soñando. Este es mi secreto, mi forma de soportar 12 horas de trabajo, de hacer mi sacrificio llevadero hasta que lleguen tiempos mejores. Cada noche cuando Migue y tú se duermen, vengo a este cuarto, bastan dos o tres conjuros que aprendí de mi abuela y mi tía Chencha y se desata la magia. Es como una terapia necesaria. Jamás me has oído echar de menos al teatro, ni el arte. No los extraño porque siguen conmigo, aquí en este cuarto, en mi alma. Por las noches actuó, canto y bailo, escucho aplausos y promesas de tiempos mejores que sé que vendrán.
Todos necesitamos un poco de fantasía en nuestras vidas. La magia ayuda y las ganas también. Puedes venir cuando quieras, pero por favor no vuelvas a gritar bravo tan alto, puedes despertar al niño.

Lola hizo un gesto con las manos y le regalo a Clara un luminoso girasol.

– Toma, te ayudara a guiarte en la oscuridad y evitaras tropiezos. No lo olvides, por muy dura que sea la vida, no pierdas nunca el buen humor, la sonrisa, ni los sueños. Cuando te cases y tengas tus dos hijos, un varón y una hembra, entenderás mejor mi sacrifico y mi fantasía. Hay algo que quería decirte, no dejes a tu hijo irse al Army, si se va, lo matarían. No me preguntas más, son cosas que yo sé.
Siempre seremos amigas, un día iras a un teatro a verme con tu familia y me llevaras flores al escenario y yo te dedicare la función. Todo tiene un tiempo Clara y este es el tiempo de los sacrificios, sin renunciar a los sueños y a la fantasía. De enfrentar las dificultades con una sonrisa, eso ayuda a vencerlas.
Ahora a dormir que mañana nos espera un día duro y eso lo sé, sin recurrir a conjuros ni a magias.

Se abrazaron entre risas, un abrazo que sellaba una amistad eterna. Lola sonrió con picardía, allá en su magia y sus visiones, se veía abrazando a Clara y llorando de felicidad, mientras sus hijos se casaban.

Fotografia de Fuentes Ferrin, pintor cubano radicado en Houston.Texas.

Sory, una niña pobre, muy pobre.

Sory, Yohandry Leyva
Solangel, Sory, como le decían los amiguitos del barrio, nació en un barrio pobre de La Habana. A pesar que en su entorno la pobreza era algo común, Sory era algo más que pobre. Sus amiguitos decían bromeando que cuando le dieron el de pie a los pobres, Sory ya había desayunado.

Mercedes, vivía a unas cuadras de Sory. Su papá tenía un buen trabajo que le permitía “resolver”. Sus padres la vestían bien y siempre le preparaban una buena merienda.

Sory y Mercy, se encontraron un día en el receso, en el patio de la escuela. Cuando Mercy saco su merienda, sintió una mirada fija, al levantar la vista se encontró con los ojos de asombro de Sory.
– ¿Quieres? Es mucho para mí, vamos a compartirlo y la Pepsi cola también. Ven, siéntate a mi lado.
Sory era tímida, le daba pena, pero el hambre pudo más. Se sentó al lado de Mercy y compartió su merienda. Desde ese día, cada vez que sonaba el timbre anunciando el receso, cuando Mercy salía al patio, buscaba con la vista a Sory. Le hacia una seña y corrían a sentarse juntas en un rincón. Al tercer día le dijo a su mamá.
– Mami, ponme algo más para la merienda, me estoy quedando con hambre.
Su madre se alegró, al fin Mercy estaba comiendo bien. Creyó que su inapetencia había desaparecido.

Cuando llego el viernes, Mercy le dijo a Sory.
– Mañana ve a jugar a mi casa, lleva tu muñeca. Te espero, no dejes de ir.
Sory se apareció con una jabita vieja y descolorida en la mano. Saco de la jaba una botella de cerveza vacía con un pedazo de soga deshilachada colgando de la boca de la botella. Miro a Mercy y le dijo mientras le daba un beso a su botella.
– Se llama Lily, hace tiempo que la tengo.
Mercy, le dio un besito a Lily, tragándose su asombro y tristeza. Salió corriendo al patio mientras gritaba.
– ¡Voy a buscar a Cuquita!
Busco una botella de cerveza vacía, le puso un trapito negro en la boca y entro muy oronda exclamando.
– Tuve que despertarla, todavía estaba durmiendo.
Así pasaron toda la mañana jugando hasta que la mamá de Mercy las llamo para almorzar. Sory se sorprendió con la fuente llena de bistecs, hacía tiempo, mucho que no veía un bistecsito. Almorzaron en silencio, se deleitaron con el helado de chocolate de postre. La mamá de Mercy, las miraba en silencio, una lágrima corrió por su mejilla mientras pensaba.
– Si Manuel no hubiera encontrado el trabajo en el hotel, Mercy fuera Sory y tal vez no encontrara una amiga como mi hija.
La amistad de Sory y Mercy duraba ya dos años, lo compartían todo, meriendas, ropas, alegrías y tristezas. Una mañana Mercy se despertó a las 9 de la mañana, miro el reloj y se sorprendió que su mamá no la despertara para la escuela. En ese momento su mamá entró al cuarto, con una muda de ropa, jeans, pull -over y tenis.
Toma, vístete pronto y ven a desayunar.
Mercy se vistió a la carrera y fue para el comedor.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué no voy a la escuela hoy?
– Nos vamos para Miami, tu padre tiene problemas en el trabajo, problemas serios y tenemos que irnos.
Mercy no tuvo tiempo de despedirse de Sory. Subió a la lancha llorando. Su madre trato de consolarla.
– Volveremos Mercy, en Miami tendrás de todo y harás nuevas amiguitas.
– Es por Sory mami, por Sory, ¿Qué será de ella?

El tiempo paso, Mercy y Sory se hicieron mujeres. Sus vidas fueron diferentes, tanto que espanta contarlo. En sus quince Mercy estreno muchos vestidos, la fiesta en el mejor Banquet Hall de Miami, fue un suceso en la ciudad. El viaje a Europa con sus padres, un regalo de lujo. Sory allá, en un solar habanero, picaba un cake con sus amiguitas más cercanas y estrenaba un vestidito de la shopping que con mucho sacrificio su madre logró comprarle. Ambas estudiaron, se graduaron con honores. Mercy recibió como regalo de graduación un auto del año. Sory un beso de su mamá y la ubicación en una fábrica lejana y destartalada.

Cuando los padres le dieron a Mercy las llaves del BMW por su graduación, su mamá le dijo.
– ¿Hay algo más que quieras? ¿Algo que quieras hacer en estas vacaciones antes de empezar a trabajar?
– Si mamá, quiero ir a Cuba, buscar a Sory, no he podido olvidarla.
– Está bien mi hijita, iras a verla, yo me encargo de todo.
Mercy salió del aeropuerto de La Habana, fue al hotel, se cambió de ropa y tomo el maletín con los regalos para Sory.

Al chofer del taxi le costó encontrar la dirección. Parqueo frente al solar. Mercy se bajó y le pregunto a una niña.
– ¿Conoces a Sory, sabes dónde vive?
La niña la guio hasta la puerta del cuarto apartamento donde vivían Sory y su mamá. Tocó a la puerta, Sory abrió la puerta. Se reconocieron al instante, se abrazaron entre besos y lágrimas.

Después de conversar un rato, Mercy abrió su maletín y empezó a sacar regalos.
– Mira, estos zapatos de colegial son los que hubiera querido mandarte cada año. Este vestido de quince, es el que quería que lucieras ese día. Este reloj hubiera querido dártelo el día de tu graduación.
Se abrazaron emocionadas, mientras la mamá de Sory colaba café mezclado, endulzado con lágrimas de felicidad.
Saco un paquete del fondo del maletín.
– Este dinero es para que montes un negocio. He leído sobre eso allá. Una buena cafetería o un restaurante, lo que quieras, yo te mandaría lo necesario.
Sory negaba con la cabeza y los ojos llenos de lágrimas.
– No me voy sin convencerte, míralo como un negocio que las dos hacemos. Hasta nombre tengo para el restaurante; Lily y Cuquita, ¿Qué te parece?
– Rieron como cuando eran niñas.
Mercy regreso a Miami. Sory abrió el restaurante que pronto se hizo muy popular y exitoso, todos los que llegaban a La Habana, querían probar la comida que servían en “Lily y Cuquita”, la mejor de la ciudad.

Sory se compró un apartamento modesto, lo amueblo y allá se mudaron ella y su madre. No acumulo riquezas, ni ostentaba ropas caras, solo usaba lo necesario para vivir cómodamente sin escaseces. El resto del dinero lo gastaba ayudando a niñas pobres, a esas Sorys que no encontraron una amiga como Mercy.

Fotografia de Yohandry Leyva.

Un destierro, una isla y pertenencias.

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Si una mañana, una voz tronante me dijera; recoge lo imprescindible, vas para una isla lejana, solo.
Si amaneciera convertido, sin saberlo o merecerlo en un Robinson del siglo 21.

Si solo tuviera unos minutos para recoger y llevar recuerdos necesarios, objetos y presencias que hicieran soportable mi destierro, ¿Que llevar conmigo a la carrera, qué tomar y apretar contra mi pecho en noches frías, solitarias?

Una foto inmensa de mi madre, sus te quieros, sus palabras de aliento, su alegría. Su certeza de que todo estará bien, mientras el amor exista.

Algún que otro de mis escritos para repasarlos y mejorarlos en soledades duras y desiertas. Llevaría plumas y hojas en blanco. Acumularía historias y experiencias, en frenesí de letras y de musas. Los guardaría en un sobre inmenso, sobre él escribiría, Desde el destierro.

Pediría, de ser posible, plantaran en la isla un par de palmas, una ceiba, girasoles. Me gustaría llevaran colibríes, tocororos, un perro. Una cotorra, para escuchar palabras, aunque sean las mías repetidas.

Llevaría conmigo un par de olas rompiendo contra el muro de la Habana, su fuerza, su olor, su espuma blanca. Un rayo de sol de un amanecer en mi Habana, una brisa de verano, dos lunas llenas.

Guardaría fotos y palabras de amigos, sus abrazos, sus promesas de verme pronto, sin importar destierros, lejanías. Mis amigos no soportarían estar sin verme, romperían las reglas del destierro.

Para protegerme de fríos y tormentas, una inmensa bandera tricolor. Su estrella alumbraría las noches más oscuras, asegurando amaneceres y retornos.

No llevaría ropas ni relojes, andaría desnudo por la isla. Vestido de recuerdos y de sueños, soportaría fríos e inclemencias.

Unos libros de Martí, Loynaz, Arenas. Unos discos de Elena, Pablo, Ivette. Un fouetté de Charìn, una Rosa en su esplendor y su belleza.

Un beso de amor, un buen orgasmo, para noches de ganas y abstinencias.

Hasta una balsa, por si una noche me crecen las bolas que no tuve en los 90s y me hago balsero y me libero.

Un saco enorme de café, que me alcanzara para colar cada mañana la esperanza. Poder tomarme mi café, sorbo a sorbito, mientras me digo; esto termina pronto. Mi madre, mis amigos, hasta La Habana, vendrán muy pronto a rescatarme. No temen a poderes absolutos, a voces tronantes o decretos, el amor los alienta y los sostiene, se bastan para rescatarme o venir a quedarse conmigo para siempre.