Una limosna.

hombre pidiendo limosna fotografia tomada de Google.
Ricardo siempre fue un hombre que se consideraba a sí mismo, un tipo buena gente. Era de esas personas que le gustaba compartir con los demás. En Cuba, logro tener buena posición y siempre ayudaba a su familia, le daba una mano a todo el que la necesitara.

Un buen día, como muchos, dejo todo y se lanzó al mar, quería probar suerte del otro lado. Sus primeros años fueron duros, pero poco a poco se fue encaminando, monto su propio negocio y triunfo. Triunfar en Miami, no es fácil, pero Ricardo era un hombre luchador, inteligente y que sabía abrirse caminos.

Ricardo, ayudaba a su familia y amigos en Cuba. Cada vez que iba alguien conocido, les mandaba dinero y regalos. Una vez una prima le escribió una carta que guardaba orgulloso; “gracias a ti, la niña pudo tener los 15 que soñó y que yo siempre quise darle, todo lo que le mandaste le quedo perfecto y con el dinero hicimos la fiesta, eres un ángel para todos nosotros”.

Conoció una buena mujer, se casaron. Vivieron un romance intenso. Cuando su esposa tenía 3 meses de embarazo, un terrible accidente se llevó su vida, su futuro y sus sueños. Dejo de ir a la iglesia. Miraba al cielo y decía; no merezco este dolor, eres injusto. Se endureció, la vida es así, con sus golpes nos va moldeando, haciéndonos más duros, más fuertes. Siguió creyendo en Dios, a su manera.

Se dedicó con más fuerza, pero sin ilusión, a su trabajo, su negocio creció, mientras su alma se sentía vacía, hueca.

Ricardo, siguió ayudando a su familia y amigos en Cuba, pero con menos frecuencia. Ni siquiera ayudar a los demás lograba hacerlo feliz, darle la satisfacción interior que sentía antes.

Una tarde, fue a visitar a unos amigos que vivían en la Pequeña Habana. Parqueo el carro y se le acercó un hombre en sus 40s.
-Por favor, ¿podría darme algo para completar el pasaje para el bus?
Ricardo lo miro despectivamente, mientras pensaba, este hombre seguro está pidiendo para comprar drogas o alguna bebida. Es muy fácil pedir limosna en vez de ponerse a trabajar. Le respondió.
-No tengo un centavo conmigo, fíjese que estoy esperando a ver si aparece alguien que me dé para pagar el parqueo.
El hombre lo miro, busco en su bolsillo.
-Mire yo solo tengo 50 centavos, no me alcanza para pagar el bus, pero a usted si le alcanza para pagar el parqueo.
Ricardo sintió como si le hubieran dado una bofetada en el rostro, bajo la cabeza avergonzado. Mientras sacaba su billetera.
-Estaba bromeando hombre, mire tome estos cien dólares, cómprese unas ropas buenas y busque un buen trabajo, Dios lo ayudara.
El hombre lo miro sorprendido y mientras le agradecía, le dijo mirándole a los ojos.
-Dios es grande. Voy a una entrevista de empleo y pensaba que con esta pinta no me aceptarían, pasare a comprarme unas ropas, me vestiré en la tienda e iré directo a la entrevista. Gracias señor, gente como usted le devuelven la Fé a cualquiera.

Ricardo se recostó a su auto y lloro. Lloraba por su fe que volvía, por la vergüenza de haber sido duro y dejar que el dolor cambiara su vida. Cuando se reunió con sus amigos, uno de ellos le dijo.
-Coño Ricardo que buena cara tienes, ¿Hiciste alguna picardía?

La anécdota de la limosna es real, yo solo invente una historia para poder contarla.

Fotografia tomada de Google.

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