Manolo, un temba cubano.

309
Manolo se levantó con dolor de cabeza. Debo tener la presión alta, se dijo. Fue al baño a orinar, se miró en el espejo, casi que se asustó; lo que vio, no le gustó mucho. Estaba ojeroso, demacrado. Se miró las entradas, vio esas canas que como recordatorio del tiempo, hacían nido en su escaso pelo. Se estiro la piel de la cara, casi que conto sus arrugas. Regreso deprimido al cuarto y volvió a acostarse.

Manolo recordó años atrás, cuando en La Habana, casi que paraba el tráfico, como decían sus amigos. Se sintió viejo, muy viejo, como de mil años. En su memoria, sus caminatas por las calles de La Habana, ese andar el erotismo de una ciudad, donde ligar o recibir y decir piropos y algo más, era parte del día a día, le recordaban su juventud perdida.

En su memoria, desfilaban las veces que de camino a visitar a un amigo, llegaba guardando 3 y 4 teléfonos en el bolsillo, promesas de próximos encuentros y hasta un beso apurado en los labios o un roce capaz de hacer jurar a cualquiera que ardía en fiebre. Galiano, Monte, Obispo, las recorrió en su memoria, fue joven, seductor y atractivo en el recuerdo. Se veía Rampa arriba y Rampa abajo, cruzando miradas, en ese andar del habanero que nunca deja de estar a la conquista, abierto al deseo, al erotismo.

Manolo, estaba deprimido, hasta se vio sentado en el Malecón, sin que nadie notara su presencia, como si no existiera. Recordó una vez que regreso a La Habana y una mujer exclamó a su paso; “La Habana es la única ciudad del mundo donde los mangos caminan por la calle”, si voy ahora, diran que soy un tamarindo o una ciruela pasa. Ya no soy el de antes, pensó, me estoy poniendo viejo y unas lágrimas amargas se le escaparon. Ni ganas de café tenía esa mañana, lo que quería era un sanax o un diazepam que lo hicieran volver a dormirse, que lo ayudaran a olvidar el paso de los años y sus huellas.

Recordó cuando llego a Miami, al principio no tenía carro y tuvo que coger la guagua, los buses, como le decían aquí. Se daba el lujo de escoger entre los carros que le paraban para ir al College al curso de inglés. Ahora ni una chivichana me va a querer parar se dijo. Conquistador emperdenido, entendió que su hora de retiro había llegado. Le era duro aceptarlo, estaba viejo, acabado. Recordó una frase que escucho decir cuando era joven; ayer maravilla fuì y hoy sombra de mí no soy. Se pasó las manos por el pelo, en un intento de arrancarse pensamientos y tormentos. Sonrió al recordar una frase de Enrique Arredondo en su personaje de Bernabé; lo que fue y no es, es como si nunca hubiese “fuesesido”.

Miro la hora, tenía que empezar a prepararse para el trabajo. Se levantó sin ganas, como un zombie, preparó la cafetera y decidió revisar Facebook, mientras esperaba su café. Un mensaje le hizo soltar una carcajada, su rostro se iluminó. Fue joven de nuevo, mientras lo leía. Miro el reloj, aún tengo tiempo para ir al gimnasio y hacer media hora de cardio. Se vistió de prisa, apuro el café. Antes de salir quiso volver a leer el mensaje que una persona desconocida, 20 años más joven, le había enviado y ante el que habían huido, espantadas, sus visiones y miedos; “Ay papá Dios si no es mucho pedir Mándame un hombre como el que está leyendo esto”.

La risa, el humor, nuestra mejor arma.

bodega cubana
En mi último viaje a La Habana, me reencontré con una amiga de hace muchos años, de esos amigos que cuando recordamos tiempos juntos decimos; éramos tan jóvenes.

Mi amiga me conto que una vez fue a la playa con una amiga española que visitaba Cuba y un grupo de amigos. Mientras acomodaban tiendas de campaña y se preparaban para pasar el día, recordaron los terribles días del periodo especial.
– ¿Te acuerdas del bistec de cascara de toronja? Exclamo uno en medio de risas y carcajadas.
– ¿Y que me dicen de la masa cárnica? Mira que la vieja trataba de disfrazarla, hasta en frituras, pero no había quien se la comiera. Exclamo un amigo.
– Seguro que ninguno se acuerda del picadillo de cascara de plátano verde. En algunos restaurantes de provincia, lo llegaron a incluir en el menú. Aquello daba ganas de llorar. Como dirían ahora, ¡A llorar que se perdió el teté!
– Y los apagones de 8 por 8. Si te acostabas con luz, te la quitaban a las 4 de la mañana. Nadie podía dormir una noche entera.
– ¿Qué me dicen del jabón angolano? Mucha agua y con las manos.
– Caballero ¿Se acuerdan del fricandel y el perro sin tripa?
El grupo de amigos reía recordando aquellos terribles años 90s. La española los miraba muy seria, hasta que les dijo.
– Yo no entiendo porque se ríen. Eso que están contando dan ganas de llorar y ustedes lo cuentan como algo muy gracioso. ¿De qué se ríen?
El grupo de amigos se miraron unos a los otros, sin dejar de reírse. Uno se decidió a hablar por todos.
– Mira, los cubanos somos así, nos reímos hasta de María santísima y de la madre de los tomates. La risa es nuestra mejor medicina. Creo que si hoy estamos aquí, contando esas historias que a ti te humedecen los ojos y a nosotros nos provocan carcajadas es precisamente por eso. Hemos aprendido a no perder la sonrisa que es, en cierto modo, no perder la esperanza. La risa es como un resguardo, un talismán que nos ha servido para asegurar los sueños, para no perder la ternura, ni la razón. Fueron años muy duros, los más duros que recordamos muchos. Aquí estamos recordándolos, sobrevivimos a ellos, entre otras cosas, por la risa, por nuestro no perder el sentido del humor.

Mi amiga me contaba lo sucedido y coincidía con ellos. Nuestro no renunciar a la sonrisa, a reírnos hasta de nosotros mismos. Decir en el peor de los momentos; esto lo bueno que tiene es lo malo que se está poniendo y cambiar de palo pa’ rumba y reírnos de todo y de todos. Muchas veces la risa, el humor, han sido las únicas armas que hemos tenido para enfrentarnos a dificultades y sobrevivir. Un buen cubano, sin risas, sin humor, se marchita, esta incompleto.

No dudo que en más de una calle habanera al saber las nuevas medidas del gobierno de Obama, una vecina gritara, ¡Vamos a ver si quitan el bloqueo a quien carajo le van a echar la culpa de todo! Y entre risas y hasta carcajadas más de uno dijera, ¿Cambios? Cuando los vea, los creo.

No dudo que La Giraldilla, escuchando comentarios y dicharachos, decidiera sonreír y apuntando al futuro exclamara, ¡Que gente caballero, pero que gente!

Fotofrafia tomada de la pagina de Facebook, Curiosidades cubanas.

Helen y Yeniley, dos niñas, dos banderas.

dos banderas
Ellas, no sabían nada de prohibiciones, ni de odios. Tenían la inocencia de la niñez, esa que solo se tiene una vez en la vida y que cuando se pierde, cambian los colores de la vida. Amaban a sus abuelos, los respetaban, acariciaban sus arrugas y recuerdos. También amaban al mañana, donde sabían que ellas y sus hijos vivirían un día.

Helen vivía en Miami, sus padres emigraron cuando ella tenía 4 años, Yeniley vivía en La Habana, en Centro Habana, en el barrio de Cayo Hueso. Luisa, la mamá de Yeniley, decidió quedarse, cuando su hermana Elena le dijo que se iba. Aquella mañana que se despidieron entre lágrimas y abrazos que amenazaban impedir el viaje, Luisa le dijo a Elena.
– Yo me quedo a cuidar a mamá, todos no podemos irnos. Eso de que el último que apague el Morro, es solo una broma, siempre habrá alguien que se quede y mantenga su farola encendida. Alguna luz tiene que guiarlos a ustedes para el regreso. Vete tranquila, yo cuidare de mamá y de la casa.

A pesar de los años separadas, Helen y Yeny eran, casi hermanas. Cada verano los padres de Helen viajaban a La Habana a llevarla a pasar las vacaciones junto con su prima. La abuela, desde su sillón, sonreía feliz de verlas jugar, como si la risa y la inocencia, hicieran el milagro de borrar lejanías y ausencias. A los dos días, ya Helen perdía su acento y el sol la bronceaba. Las primas hermanas, intercambiaban ropas, modales, dichos y costumbres. Entre las dos armaban un “arroz con mango” que daba gusto escuchar y contemplar.

En el verano del 2014 justo unos días antes del viaje, Helen ingreso en el hospital, tenían que operarla de urgencia. Su vida peligraba, los médicos decían que las posibilidades de salvarla eran pocas. Antes de acceder a la operación, su mamá llamó a La Habana y habló con su hermana.
– La niña está muy malita, dice el médico que solo un milagro podría salvarla. No le digas nada a la vieja, no quiero que sufra, pero necesito desahogarme contigo, estoy desesperada mi hermana.
– Todo saldrá bien, cuando cuelgue contigo voy Para El Rincón a hacerle una promesa al viejo. Este 17 de octubre, Helen, Yeny, tú y yo iremos a darle gracias, te lo prometo.
– Gracias mi hermana, yo sabía que tú me darías fuerzas y aliento, un beso, te llamo más tarde. Pide por mi hijita con mucha fe.
– Un beso mi hermana, mientras la operen, estaré en el Rincón orando por ella y el 17 de diciembre se la llevó al Rincón a San Lázaro.

La operación fue un éxito, casi un milagro. Helen se recuperaba día a día y aunque no pudo empezar la escuela en septiembre, ya casi estaba bien. Su mamá les pidió permiso a los médicos para que viajara a La Habana. Los médicos le dijeron que si, solo que nada de correr ni hacer disparates. Debía guardar cierto reposo y alimentarse bien. El 14 de diciembre viajo con su hija a La Habana.

El 17 de diciembre las niñas se despertaron nerviosas, nunca antes habían ido al Rincón. Ese cuento del viejo milagroso que les contaba la abuela, se les antojaba como una historia fantástica que las seducía.

Luisa y Elena acordaron salir para el Rincón después de almuerzo. En auto el viaje seria rápido y cómodo, llevarían alguna merienda por si las niñas sentían hambre y se antojaban de algo.

A las 12 del día, Elena encendió el televisor quería ver las noticias de Miami. Gracias a un vecino que les pasaba un cable, podían coger 2 ó 3 canales de allá. La fuerza y sorpresa de la noticia solo le permitió gritar.
– ¡Luisa corre, no vas a creer esta noticia!
Luisa llego, justo a tiempo para escuchar al presidente de los Estados Unidos anunciar el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba. Desde la casa de al lado Chencha gritaba.
-Luisa pon el televisor que Raúl está anunciando las relaciones con los americanos. Si quitan el bloqueo voy a ver a quien carajo le van a echar ahora la culpa de todo.
– Habla bajito Chencha por tu madre que nos vas a buscar a todos una salación.

Desde el cuarto, jugando con sus muñecas, Yeny y Helen, oyeron las noticias. Empezaron a hablar bajito y a buscar en maletas y gavetas, parecían dos hormiguitas revolviéndolo todo y tramando alguna travesura. Guardaron algo en sus mochilas y siguieron jugando. Almorzaron y partieron hacia el Rincón. Hasta la abuela la acompañaba, ella también quería dar gracias por la salud de su nietecita, por tenerla a su lado sana y salva, por la vida.

Llegaron al Rincón, a pesar del gentío lograron llegar al altar y colocar flores. Las 5 abrazadas daban gracias. Las niñas no entendían las lágrimas de sus mamás y de la abuela, pero estaban felices de estar juntas. Un señor le ofreció un asiento a la abuela en un banco frente al altar mayor. Las niñas se miraron con picardía. Ante la mirada atónita de todos, sacaron dos banderas tricolores y las desplegaron al viento. Ellas, desconocían de odios y de heridas, respetaban el pasado, pero se preparaban, ansiosas, para vivir el futuro. Helen levanto orgullosa la bandera cubana y Yeniley desplego de un golpe la bandera americana. Fueron hasta la fuente de agua bendita y rociaron con agua sus banderas, como bautizándolas de una nueva vida, ratificando el milagro y reafirmando el futuro. Desde el otro lado de la iglesia, La Caridad del Cobre las bendecía e iluminaba, mientras el viejo Lázaro, hacedor de milagros, sonreía.

Fotografia tomada de la página de Barbara Casanova, una amiga que ama dos banderas.

Una carta necesaria e impostergable.

Hasta luego Santa
Sé qué hace años, muchos, no reciben cartas de niños cubanos. No piensen que ellos los han olvidado, a pesar de decretos, imposiciones, juguetes dirigidos, básicos y no básicos, ustedes siguen viviendo en el corazón de todos ellos. Sus padres, sus abuelos, no han dejado que muera en ellos la ilusión del día de reyes. Muchos son hoy, hombres y mujeres y aún esperan por ese día de Reyes prometido y cada 6 de enero despiertan con la esperanza renovada de ese regalo ansiado y pospuesto, una y otra vez.

Queridos Reyes Magos, nosotros, niños, hombres, mujeres y ancianos de esta islita que aunque dispersa por el mundo, se niega a perderse en el mapa y en el tiempo, no queremos perder la esperanza, ni los sueños. Nos aburren decretos y consignas, nos agobian racionalizaciones absurdas e injustas, manipulaciones de un lado y otro de este mar profundo y azul. Hemos aprendido que si queremos un mejor futuro, debemos construirlo con nuestras manos, amasarlo con nuestro sudor y nuestra sangre; los sueños son una conquista, no un maná que se espera abúlico y meciéndose en el sillón del tiempo.

Podríamos pedirles un montón de regalos, pero no tenemos ese derecho, ni tampoco la voluntad de agobiarlos. Hace años, un cubano que muchos llaman apóstol y maestro, nos habló de ese regalo mayor que debemos conquistar y no pedir. En el logro de ese regalo mayor, necesitamos las manos y la voluntad de todos los cubanos, ¡De todos! De ancianos y niños, de hombres y mujeres. Que desde todos los rincones donde habitamos, en este largo y doloroso emigrar y reinventarnos la patria en otras tierras, nos unamos en un abrazo y esfuerzo gigantesco. Que olvidemos diferencias y sumemos amor a nuestra tierra, es más lo que nos une que lo que nos separa. Los que nos fuimos, los que se quedaron, todos somos cubanos y amamos una bandera tricolor. Todos tenemos en el pecho un puñao de nuestra tierra, hagamos que en ella germine la esperanza. Cuba no pregunta donde vivimos, ni hace distinciones entre sus hijos, abre sus brazos y nos espera con su bata de vuelos azules, blancos y rojos, luciendo en su frente la estrella solitaria. No es hora de buscar protagonismos individuales, se impone el protagonismo mayor de la patria y a ella nos debemos.

Queridos Reyes magos, tráigannos la unión y la fuerza para lograr, entre todos, hacer realidad la promesa postergada, de esa “Patria con todos y para el bien de todos”.

Fotografia tomada de la pagina de Facebook de Marvin Jui-Pérez