Un almuerzo especial.

Machy y daysi
Anoche un amigo me envió un mensaje de texto; te recojo mañana a las 12, vamos a almorzar a donde siempre. Mis amigos saben que ese, “donde siempre” equivalía a reunirnos en Yoyito restaurante de la calle 8. Después me envió otro mensaje explicándome que era un almuerzo, en cierto modo, de apoyo a una amiga que atraviesa momentos difíciles. Desde ese momento la promesa del almuerzo en Yoyito, tuvo un matiz diferente para mí. No conocía a la amiga en dificultades, pero bastaba tener muy buenos amigos en común, para desbordar solidaridad y afecto hacia esa persona desconocida.

Les confieso, que pensé encontrarme una persona abatida o con mirada triste. Busque en mi reserva personal uno de esos buenos abrazos que se reservan para ocasiones especiales y un beso cálido e intenso para regalarle. Los espere sentado en un banco afuera, entreteniéndome en Facebook y enviando mensajes de texto. Mi nueva amiga, llego del brazo del amigo que me había invitado, me deslumbro y créanme, casi me enamoro de ella. Su sonrisa es encantadora y seductora, nadie que la vea sonreír puede imaginar que atraviesa momentos difíciles, dramáticos diría yo.

Mi nueva amiga tiene fuerzas para mirar al futuro cara a cara y retarlo, segura de su victoria y de su fuerza. El almuerzo de “apoyo” a la amiga en dificultades, se convirtió en una fiesta, en un canto a la vida y a la amistad. En una lección de cómo no perder la sonrisa, ni la esperanza, ante los golpes de la vida.

Les confieso que pase una tarde sencillamente deliciosa, de esas que no queremos que termine y que antes de su final, ya estamos planeando un próximo encuentro. No hubo amigos ausentes, todos de una forma u otra se las ingeniaron para asistir, en recuerdos, libros, mensajes de textos. Creo que medio Miami o más, estuvo presente en Yoyito esta tarde.

En eso de hacerse presente, sin que la inviten, ni invoquen, hasta nuestra Habana se dio un brinquito hasta Yoyito. Una amiga y yo comenzamos a conversar y andar por calles habaneras y visitar iglesias, las más lujosas y las más humildes. Nos llegamos hasta El Rincón y tomados de la mano, sin ponernos de acuerdo, pedimos por nuestra amiga en dificultades. Ambos nos miramos con la complicidad y certeza de saber que nuestras oraciones habían sido escuchadas.

Cuando termino el almuerzo y nos despedimos con promesas de próximos encuentros, mi amigo y yo, llevamos a nuestra amiga hasta su casa. Nos dijimos, hasta pronto, con la certeza plena que será un pronto cercano y multiplicado en el futuro. Ya en el auto, de regreso a casa, mi amigo me pregunto.
– ¿Qué te pareció?
– Sencillamente encantadora.
La sé, triunfadora y feliz, vestida de victoria, celebrando junto a nosotros, su batalla ganada.

almuerzo

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