Un amor vencedor del tiempo y los perjuicios.

eduardo feliz
Enrique es de esos hombres dedicados a su trabajo en cuerpo y alma. Emprendedor y luchador, logró sacar adelante su negocio. Triunfar en una ciudad donde el éxito se vuelve esquivo e inatrapable, no es fácil, como dicen en Cuba y hasta dijo Obama en su discurso.

Dedicarse a su trabajo, ponerle ganas y tiempo, le hizo olvidarse del amor. Después de su divorcio pensó que el amor y él, habían terminado para siempre. Sabía que un sexo eventual o una salida, no eran amor, solo desahogo, escape de pasiones y urgencias.

Inmerso en su trabajo, Enrique ni había reparado en la linda y joven recepcionista de uno de los negocios que visitaba semanalmente. Cuando llego, ella le dedico una sonrisa capaz de derretir al polo norte, sus buenos días, le sonó a canto de ángeles. Como si esto fuera poco al levantarse a abrirle la puerta al despacho del jefe, un rayo de sol la envolvió, vistiéndola de sueños y esperanzas. Enrique tartamudeo al decirle gracias, ya no quería entrar a esa oficina, quería quedarse afuera con ella, sin mañana, ni ayer. La muchacha sonrió, como adivinando sus pensamientos y le dijo.
– Mi jefe lo espera.
Enrique frunció el ceño, puso la mano en la puerta, mientras la muchacha le decía.
– Y yo estaré aquí afuera, esperándolo también.
Enrique ni se acordaba para que había ido a esa oficina, saludo a su amigo, se tomaron un café y le dijo.
– Vengo mañana, hoy no tengo cabeza para negocios.
Su amigo lo miro sorprendido, se despidieron, con una cita para el día siguiente a la misma hora.

Afuera, estaba Luisa, más linda que nunca, con sus 23 resplandecientes años y un montón de sueños por estrenar. Enrique se le acerco.
– Puedo recogerte a la salida, iremos juntos a dar una vuelta por Miami. Tenemos mucho que conversar.
– Pensé no te decidirías nunca, estaré esperándote, llevo meses esperando que te fijaras en mí, que notaras mi presencia.
Enrique se puso rojo y solo atino a balbucear.
– Te recojo a las 5 en punto.

A las 5 en punto, Enrique estaba parqueando frente a la oficina. Cuando Luisa abrió la puerta del auto, sintió que el corazón se le desbocaba, se sintió un adolescente en su primera cita. Haciendo un esfuerzo logro decirle.
– Vamos a comer algo, conozco a un restaurante muy bueno por aquí cerca.
– Que sea comida cubana, quiero que nuestro primer encuentro tenga sabor a Cuba, como si nos hubiéramos encontrado en una de esas calles habaneras que recorría hace 5 años.
– Así será, comida cubana y de la buena, con café cubano y guarapo incluido.

Llegaron al restaurante, se sentaron. La camarera muy cortes llego y les dijo.
– El señor y su hija ¿Qué van a comer? ¿Quieren algo para tomar?
Enrique se puso rojo y Luisa estalló en carcajadas.
– No es mi papá, es mi novio y si Dios quiere, un día será mi esposo y el padre de mis hijos.
Enrique sonrió, mientras la camarera enmudecía, no sabía que decir. Tomo la orden y desapareció.
– ¿No te preocupa que te doble la edad? ¿Que puedan confundirme con tu padre?
– ¿Te preocupa a ti doblarme la edad? El amor no cree en números y estoy enamorada de ti desde el primer día que te vi en la oficina, pero tú no me hacías caso. De ti, me importa que eres un buen hombre, que tienes un corazón muy grande en medio del pecho y mucho amor para darme.
Enrique le tomó la mano y con voz temblorosa le dijo.
– Eso de que yo sería tu esposo y el padre de tus hijos, ¿lo dijiste en serio?
– Claro, ya no te me escapas, te lo aseguro. A menos que la idea no te guste. Yo no busco en ti una aventura, busco al hombre con quien compartir el futuro, mi vida. Quiero estar a tu lado, mientras nos dure el amor, si tú quieres.
– Por supuesto que quiero. Algunos dirán que esto es una locura sin sentido, que no va a funcionar, sabes, mientras dure, mucho o poco, lo voy a disfrutar intensamente y a ponerle ganas y empeño.
Se miraron como descubriéndose el alma y el futuro y se besaron, su primer beso, sellando una unión decidida a triunfar a vencer perjuicios y comentarios, ¡a ser feliz!

Después de ese día, se vieron todos los días. Al mes dormían juntos, abrazados y exhaustos de amor. A los dos meses decidieron casarse. No faltó quien pusiera el grito en el cielo, es una locura, dijo alguno, piénsalo bien, le dijo otro. Ellos sonrientes y felices, fijaron fecha y lugar. Su amor vencía el tiempo y los perjuicios, demostraba que amarse es la mejor opción en estos tiempos, sin tener en cuenta tabúes, ni reglas.

El día de la boda, Luisa estaba bellísima y Enrique, orgulloso y feliz, dijo un si, que retumbo en la sala. Al finalizar el beso tradicional, Luisa le susurró al oído, estoy embarazada, dos meses exactos, te lo dije, serias el padre de mis hijos. Enrique la tomó en sus brazos y la llevo hasta el auto, la sentó, se arrodillo ante ella, puso su cabeza en sus piernas y con lágrimas en los ojos, dijo gracias, una y otra vez, mientras estrechaba sus manos y miraba al cielo.

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