El dolor de una madre.

mujer-llorando
Esto de la Internet y los amigos virtuales nos sorprende; más que sorprendernos, nos sacude o estremece a veces.

Hoy recibí un mensaje de una de las tantas amigas que he ganado en Facebook por mis escritos. Esto no es lo extraordinario, mensajes de desconocidos, amigos virtuales o no, recibo a diario. La señora necesitaba hablar con alguien y me eligió a mí. Me dijo que por ser buen hijo, sabía que la escucharía y la comprendería. Estábamos a millas de distancias, muchas y algo desconocido, mágico me selecciono justo a mí, para desahogo de penas y lagrimas.

La señora perdió a su hijo hace solo unos meses, sus lagrimas mas tristes, aún no se han secado. Hoy le pareció ver a su hijo frente a ella, casi le escucho decir; mami dame un abrazo. Corrió a abrazarlo y sus brazos se unieron al no encontrar al cuerpo que buscaban desesperadamente. Pensó que estaba perdiendo la razón, se sintió muy mal y me envío un mensaje que inicio una conversación inusual. Nos escribíamos en un dialogo doloroso, desgarrador, donde las lagrimas abundaron, junto a palabras de consuelo, besos enormes y promesas de seguir en contacto.

La señora me conoció por mis escritos. Leo todo lo que escribes me dijo, por eso me atreví a escribirte. Así me iba desnudando su corazón, descubriéndome su dolor, angustia y desesperación por la ausencia de su hijo. Me repetía, sé que me entiendes, un buen hijo, siempre tiene un corazón grande. Lamentablemente no vive en Miami, no pude pasar a darle un abrazo real, fuerte y cubanísimo al salir del trabajo. La señora es cubana, vive lejos de Cuba y sola. Tal vez nuestro encuentro por Internet no fue casual, tal vez La Habana hizo un guiño y la obligo a escribirme. Ella sabe que jamás dejaría a una madre sin palabras de consuelo, sin ofrecerle un hombro para recostarse, ni una mano para sostenerse.

Dentro de su dolor y su pena inmensa, encontró espacio para preguntarme por mi mamá y alegrarse de que estuviera bien. Compartimos lágrimas, palabras de aliento, abrazos, besos. No pude aliviar su dolor, no se han inventado las palabras capaces de hacerlo; si pude aliviar su soledad. Le pedí que siempre que se sintiera mal me escribiera, que contara conmigo y con mi aliento. Cuando volvamos a escribirnos, le daré mi número de teléfono, escuchare su voz. Mi amiga ya no esta del todo sola, cuenta conmigo para paliar soledades y secar lagrimas. Tal vez un día viaje a darle un fuerte abrazo, tal vez ese día llore en mi hombro y descubra entonces que, yo también lloro con ella.

Allá al sur, mi isla y mi ciudad intercambiaran esta noche miradas cómplices, sonreirán. Tal vez la Giraldilla apuntando a la otra ala del pájaro diga; misión cumplida, el habanero no la abandonará nunca.

Fotografia tomada de Google.

Quisiera ser poeta.

recuerdos
Hay noches que quisiera ser poeta, que amor rimara con calor y ardor.
Perderme en versos, que alguien me encontrara con el sol, exhausto y sudoroso, feliz y aliviado, renovado.
Debe ser bueno eso de componer versos por las noches, inventarme amores y deseos, saciar ganas con palabras que rimaran.

Créanme, hay veces que lo intento. Me encantaría darle la mano a alguien y decirle; yo, poeta. Debe ser lindo eso de tener versos en las manos y repartirlos entre todos en los saludos.

Saben, los versos se me escapan, ni siquiera uno me acompaña. Mis versos se negaron a exiliarse. Se quedaron allá, junto a mi madre. Enredados en palmeras, cazando olas, jugando a que girasoles los persigan, confundidos de amor y de nostalgias.

Por más que intento, no lo logro. No se me dan los versos, ni en noches solitarias y lluviosas, ni releyendo historias que me invento.
Reviso números, envío mensajes; ven que a falta de versos en mi noche, me inventare un orgasmo con tu ayuda.

Necesito los versos de mi infancia para enfrentar la vejez que se avecina. Solo ellos podrían salvar mi desmemoria o el dolor de los sueños que no fueron.
Hay noches que inventar historias no me basta, necesito un verso, un par de ellos. Unos versos fuertes, arrolladores que me hagan ser poeta en una noche. No puedo, los versos no obedecen, se quedaron cuidando mis recuerdos.

Hay noches que quisiera ser poeta y término contando historias que me invento.

Covergencia de talentos en Miami.

Covergencia
Miami tiene la cualidad de sorprendernos, de tener cartas escondidas. Sabe como sacar un as de la manga y regalarnos noches y recuerdos especiales. No sé si es su complicidad con La Habana o su agradecimiento eterno por nuestra presencia y amor. Lo cierto es que sabe como hacerlo y lo hace bien.

Anoche asistí a la inauguración de la exposición Convergencia, un dialogo visual de 5 pintores cubanos. Conocer personalmente a uno de los pintores que expondrían, mi querido Miguel Ordoqui y la invitación de los organizadores, me hizo declinar otras invitaciones y ser parte de una noche de buen arte cubano.

La lluvia no impidió que en el centro de la más cubana de las ciudades que conforman a Miami; Hialeah se reunieran artistas y amantes del arte, amigos y desconocidos. El arte convoco a muchos y la hospitalidad del lugar y calidad de la muestra nos obligo a dedicarle una noche, una noche cubana en el corazón de Miami.

La cubanìa de una noche es algo que va más allá de palmeras o guayaberas, banderas o lugares de nacimiento. Estábamos en Miami y desde el sur, La Habana nos hacìa un guiño. Se invitaba en imágenes y colores, en voces y versos, en notas musicales. Lleva años haciéndolo, inventándose en cada grupo de cubanos, paliando nostalgias, soñando con futuros.

Disfruté de las pinturas de mi amigo Miguel Ordoqui, las de Ladrón de Guevara, que se que me harán inventar historias de recuerdos y búsquedas, las de Sergio Chávez, Yuniel Delgado y Orlando Naranjo. Todas aportaron y enriquecieron la muestra en dialogo artístico, generacional y cubano. La noche fue esplendida, también regalo música con el saxo de Diego Fernández Medina y versos en las voces de los poetas Mirtha María López y Carlos I. Naranjo. Todo se conjugó para crear un ambiente de esos que se recuerdan y agradecen al día siguiente, que dejan ganas de repetir o recordar en un escrito.

Convergencia nos hizo reencontrar amigos, conocer a otros. Desde todos los lugares de Cuba y por caminos diferentes, con historias distintas, al final el arte y la cubanìa nos hizo a todos converger en una noche especial, una fiesta de nuestro arte.
Ordoqui
Naranjo
Ladron de Guevara
Sergio Chavez

Dame una mano.

manos y manos
Dame una mano, solo un rato, con eso basta.
Una mano grande, solidaria, que me permita descansar, recostarme, recuperar fuerzas.

Sabes, necesito una mano enorme con urgencia, aunque sea solo un rato, no por siempre.

No quiero palmadas en la espalda, tampoco un apretón frío, protocolar, lejano. Necesito una mano conmigo, por un rato. Que me ayude a cerrar esas heridas, que por más que trato, se resisten, casi juegan a esconderse y reabrirse, haciéndome sangrar hoy, ayer, mañana.

Dame una mano, solo una. Prometo devolverla después de usarla, de tenerla conmigo por un rato, componiendo desarreglos, malas notas, acotejando futuros, amaneceres.
Una mano así ayuda a partos, provoca orgasmos, furias, desata envidias. Mano necesaria, imprescindible, para una pausa de luchas y desgarros.

No temas, prometo tenerla solo un rato. Seria peligroso acostumbrarme, lo sé y evito.
Con ella izaría banderas en las torres, abriría mentes milenarias, quitaría telarañas gigantescas, detendría mentiras, histerias, rencores, mala leche.

No temas, prometo devolverla, es solo un rato, un minuto de mi vida. Esa mano regresaría satisfecha, acariciando futuros y certezas, convocaría a uniones y suspiros, recuentos, sueños. Dame esa mano pronto que me diluyo en el intento o me matan los odios y la rabia.

fotografia tomada de Google.

Memoria del silencio, memorias del exilio desde las dos orillas.

Memoria del silencio
Nuestro primer encuentro fue en el mundo virtual, por estos caminos, sorpresivos e inesperados, de la Internet. Una persona me envío un mensaje por Facebook; Uva de Aragón usó una de tus fotos en un escrito, me envío el link. Contacté a Uva, no para reclamarle. De cierta manera quería darle las gracias por seleccionar mi foto para un escrito, que bien podía hacer mío. A partir de ese instante, quedé atrapado en la magia del buen hacer y sentir de Uva de Aragón, me suscribí a su blog. Sus conocimientos, su forma de expresar sus puntos de vista, convertían cada lectura en una clase magistral. Nunca imaginé que esa clase magistral escaparía un día del mundo virtual, que se haría real e inolvidable. Así una tarde lluviosa de agosto mi amigo Gabriel y yo, llegamos a su casa. Al terminar el encuentro con Uva llevaba en la mente sus consejos gramaticales, en las manos un ejemplar de su novela “Memoria del silencio” y en el alma sus palabras de elogio, sus frases de aliento y su confianza en mí.

Devoré, en apenas 24 horas, la novela de la ESCRITORA CUBANA Uva de Aragón, no uso la mayúscula por error. Mis amigos saben que soy enemigo de repartir adjetivos, nadie es más o menos grande, por escribir delante de su nombre: gran, destacado, reconocido. Soy de los que piensan que los nombres bastan y los adjetivos sobran. En este caso utilicé las mayúsculas con toda la intención posible, con premeditación y alevosía. Ambas palabras alcanzan en su hacer, su dimensionalidad plena y exacta.

La novela “Memoria del silencio” es, sin dudas, la novela de todos los que un día armamos maletas y nos fuimos de Cuba, cargando en ellas recuerdos y esperanzas. Es también la novela de todos los que, por una razón u otra, se quedaron; es una novela dura y desgarradora, como nuestras vidas. Una clase de historia novelada, desde el 59 hasta hoy. No les niego que lloré y abundantemente, leyéndola, fue inevitable. Comenté con amigos que esas lágrimas tenían sabor a Cuba. Duelen el exilio, la familia dividida, los trabajos y angustias, los muertos y los vivos. Me duele, en lo más hondo, un pueblo disperso por el mundo, una patria que pretendieron negarme y robarme. Para los que se quedaron, duele ese futuro prometido que cuando llegó, resultó ser terrible, absurdo. A todos nos duele, de un modo u otro, la familia cubana, sus penas y angustias, ausencias y regresos. Esa mesa los domingos donde un pase de lista se evita, como se evitan las lágrimas y se finge alegría en días de fiesta.

Leyéndola recordé sucesos sobre los que había leído o me habían contado. Otros dolían mas, porque fui protagonista, los viví y sentí en carne propia. Sufrí con la novela, desde las dos orillas, me dolían los que se fueron y los que se quedaron. Corté caña con Menchu en la zafra de “los diez millones”, repetí con ella; los diez millones van, con la certeza que la consigna era falsa. Llegué y me adapté con Lauri a una ciudad y a un país que me recibieron sin preguntas y me regalaron derechos que desconocía. Revivì abrazos y reencuentros, partidas y llegadas.

A pesar de las lágrimas al leerlas, de la tristeza que me producía leer nuestra historia, Cuba con su fuerza y presencia me salva del desconsuelo. Por nuestra Patria apuesto por el futuro, no el prometido; el que construiremos entre todos nosotros. Hay un párrafo hermoso que quiero compartir con ustedes, los que aún no han leído la novela. “Tantas veces que había pensado que la Revolución nos lo había quitado todo a los exiliados, pero no lo consiguieron…No se dieron cuenta de que llevábamos el paraíso dentro…”

Una vez comenté con amigos que cuando muriéramos todos los cubanos que hemos vivido el absurdo; las generaciones futuras no creerían los cuentos, las historias contadas de boca en boca. Siempre había pensado, que exilios, trabajos y angustias, serian olvidados; que muchos dirían: ¡Que exagerados! Ahí les queda a las generaciones futuras la memoria de Uva, Memoria del silencio o Memoria del exilio desde las dos orillas, como prefiero llamarla. Una memoria que no podemos perder.
Memoria del silencio, dedicatoria

Yuya, una vieja cojonúa y confundìa.

Mujer Fotografia de JD'strades.
En el barrio de Cayo Hueso, en pleno corazón de La Habana, son las 9 de la noche, Micaela toca a la puerta de la casa de Yuya, su vecina y amiga de los años, casi una hermana.

– Yuya vamos, en unos minutos empieza la reunión del comité. Hoy toca estudiar un material que bajaron de arriba.
– No Micaela, yo no voy
– ¿¡Que, qué!? Si tú eres siempre la primera en todas las reuniones, la primera en la guardia, la número uno en todas las marchas. Cuando le dieron el de pie a los cederistas destacados, ya hacia ratón y queso que tú habías desayunao. Como no vas a ir Yuya, déjate de jueguito, ponte un pañuelito pa’ taparte esas pasas que las tienes encendía y vámonos pa’ la reunión.
– Que no mi santa, que no voy, estoy muy confundía, mejor me quedo en casa tranquilita.
– ¡Confundía tú! Si siempre me has aclarado la mente cuando no entendía algo. Si siempre tenías la respuesta lista para cada pregunta.
– Es cierto. Cuando mi hermana se fue y me negaron la plaza de jefa de producción, por mantener correspondencia con familiares en el extranjero, me queda callá. Seguí haciendo mis guardias, mi trabajo voluntario y siendo la trabajadora más destacada de mi fábrica. Me dolía escuchar que mi hermana y los que eran como ella, eran unos gusanos, pero me aguantaba y seguía trabajando duro. Cuando tú me decías que los mandara a todos pal carajo, yo te explicaba que los enemigos del norte, los que nos tenían bloqueados, utilizaban cualquier vía para penetrarnos. Que aunque a mi no había quien me cambiara las ideas, el partido desconfiaba de los que mantenían relaciones con familiares en el extranjero.
– Si Yuya, pero cuando en el 79 empezó lo de la comunidad y yo andaba to’ confundía, tú fuiste quien me explico todo y me aclaro la mente.
– Poder volver a ver a mi hermana, abrazarla, ver a la vieja feliz, no necesitaba explicación para mi, era como un milagro Micaela. Pensé que se habían dado cuenta que estaban equivocados y lo agradecí, por eso le explicaba a todos que éramos hermanos y que eso era lo que importaba.
-Cada vez que anunciaban una nueva racionalización, tú la apoyabas. Que si una libra menos de azúcar, que si el café mezclado, que si la carne de res perdía, lo que fuera, siempre me explicabas que los sacrificios eran necesarios, que vendrían tiempos mejores. Que la culpa de to’ la tenia el maldito bloqueo.
– Es verdad, lo apoyé todo y lo volvería a apoyar, si el momento volviera y yo volviera a ser la misma Yuya de entonces. Creí en esto con el corazón, equivocá o no, esto era lo mío y lo defendía.
– ¿Y cuando el Mariel? Ni tú, ni yo estábamos de acuerdo con los actos de repudio y no fuimos a ninguno. Cuando Yusimì se apunto pa’ irse y le querían tirar huevos y hasta darle golpes, tú te paraste en medio de la calle y les dijiste que pa’ tirarle huevos a ella, tenían que tirártelos a ti. Todos se fueron, a ti siempre te han respetao, tú eres una vieja cojonúa, tú te mandas y te zumbas. Yo andaba confundía y tú me explicaste que si las bajas pasiones, que si la revolución no era la culpable de eso, que eran errores que se cometían, vaya que me convenciste y seguimos en la luchita.
– Así lo creí, aunque fue algo que me golpeo fuerte, pero mi fe en to’ esto era mas grande.
– Cuando tuviste que esconder La Caridad del Cobre en el cuarto, para que nadie la viera y no fueran a decir que tu hija tenia creencias religiosas y tuviera problemas pa’ lograr un buen trabajo al graduarse de la universidad, ¿Te acuerdas? Tú fuiste quien me explico lo del papel de la iglesia y que había que estar unidos, que el enemigo del norte era poderoso y nos querían vencer.
– Lo recuerdo muy bien y también cuando vino el Papa y tú viniste a decirme, ¡Qué es esto Yuya, una misa en la plaza de nosotros! Y yo te explique que la Revolución era mas fuerte ahora y podía permitir las religiones, que cristianos, santeros y revolucionarios, todos éramos hermanos. Que a pesar del bloqueo y los intentos de los enemigos del norte, avanzábamos.
– ¿Te acuerdas cuando el periodo especial?
– Como no voy a acordarme, si a veces ni se como sobrevivimos. Entre los apagones, la opción cero, la comida perdía, las guaguas desaparecías, quien me iba a decir que a mis años, iba a andar en bicicleta por La Habana. Gracias a mi hermana y a Yusimì, que nos mandaban lo que podían, pudimos escapar.
– Si, pero tú me explicabas que si el campo socialista ya no existía, que si los rusos se habían ido pal carajo, que si había que resistir. Recuerdo que una noche, en uno de esos apagones de 8 horas, me dijiste que el culpable era el imperialismo, que nos tenían bloqueaos, pero que resistiríamos.
– Lo recuerdo como si fuera hoy, abriste los ojos como platos y tuve que explicarte durante horas todo el rollo del bloqueo al detalle. Todo lo que perdíamos por tener que comprar lejos lo que podíamos comprar aquí cerquita, las maquinarias, alimentos, hasta las medicinas.
– Sabes, yo no te entendí muy bien, pero como siempre he confiado en ti, también termine diciéndole a to’ el mundo que la culpa era de los imperialistas, de los yanquis. Me pasaba como con las consignas, aunque no las entendiera muy bien, las repetía.
– Así hemos estado mucho tiempo Micaela, mucho, repitiendo consignas y echándole la culpa de todo al bloqueo. Siempre escuche y repetí, que los imperialistas, los enemigos del norte, querían acabar con nosotros, que su injusto y criminal bloqueo era el culpable de todo. Mi hermana me insistió muchas veces que fuera a visitarla, aunque fuera un mes, nunca quise ir, sabes por qué, tenia miedo Micaela. Miedo de que los enemigos del norte, no fueran tan malos como decían. Una necesita algo en que creer, en que apoyarse pa’ poder soportar todo esto.
– ¿Y ahora que te pasa Yuyita, por qué no quieres ir a la reunión? ¿Vas a dejar a esta negra confundía y sola? Creo que van a hablar del asunto ese de las relaciones con los americanos, deberías de ir conmigo.
– Eso es precisamente lo que me tiene mal, confundía. Yo creo que tengo guayabitos en la azotea. Me alegro porque ya es hora de que vivamos en paz. Llevamos años preparándonos para una guerra que no llegó nunca, mucha gente ha muerto en ese mar, tratando de irse. No es hacer borrón y cuenta nueva, es por lo menos ver un rayito de esperanza, una mejoría y por eso me alegro, allá esta mi hermana y los hermanos de mucha gente de acá, pero mi alegría no es completa, también estoy triste, muy triste, dolida y confundida. Si los del norte no son nuestros enemigos, si todos los males no vienen de allá, si de pronto es ¡Cuba si y Yanquis también! ¿Quien es entonces el culpable de todo? ¿Quién nos hizo pasar estos trabajos? ¿Quién paga por nuestros muertos, por nuestra hambre, por nuestra angustia? ¿A quien coño le echamos la culpa de todo ahora? ¿Quién responde por todo lo que hemos pasado? Por eso no voy a la reunión.
– Sabes qué, yo tampoco voy, me quedo contigo mi santa.

Fotgrafia de JD’strades

Dos mujeres frente a frente.

Yohandry Leyva
Se encontraron frente a frente, se abrazaron. Todos comprendían que asistían a un abrazo especial, único y esperado, mítico. No era un abrazo, era el abrazo. El tiempo se detuvo, nadie quería perderse un detalle.

Ambas estaban cansadas de años de uso y abuso, de maltratos y vejaciones. Decidieron compartir sus secretos y angustias, desahogarse. La mas joven se apareció desnuda, la mayor descolorida y sucia.

– ¿No tienes frío así desnuda? ¿No sientes pena de mostrarte desnuda, de enseñar intimidades, arrugas, deterioros y horrores?
– ¿Acaso sientes pena de tu descolor, de estar marchita, de casi no tener fuerzas ya?
– Tienes razón, seguiremos siendo las mismas, unidas en la gloria y la desgracia. Inseparables, como hermanas, sosteniéndonos una a la otra, más allá de los tiempos y la razón.
– Invencibles mi hermana, sin importar que nos usen a su antojo y en nuestros nombres, por mas de un siglo, atropellos y negaciones, se repitan una y otra vez.
– Somos y seremos más que gobiernos y partidos, más que ideologías y hombres.
– Llegara un día que todos entenderán quienes somos, la razón de nuestra existencia. Hoy no me avergüenzo de mi pobreza, ni mi desnudez. No me quitan ganas, ni fuerzas mis arrugas, mis carnes flácidas, esta apariencia de estar muerta en vida.
– A ti, como a mi, no nos falta la fe en el futuro. Otros hombres se unirán a nuestro influjo y obra y otros amaneceres nos esperan.
– Tú recobraras tu color, tu brillo, yo renaceré como ave fénix y vestiré el traje de honor que corresponda. No me avergüenzan desnudeces, no escondo nada. Quienes deberían sentir vergüenza son los vivos y los muertos que nos han llevado a este estado.
– No aprenden aún que ellos nos conforman, que somos más que símbolos o tribunas, más que ruinas o frustraciones.
– Somos el pasado, el presente y el futuro. Somos la suma de todos y por todos seguiremos unidas e invencibles. Sin vergüenzas, sin odios, abiertas a los tiempos por venir.
– Muchos nos llevan en los labios, nos invocan para ganar batallas y partidarios, olvidan que deben llevarnos en el corazón.
– ¡Servirnos mi hermana y no usarnos! Mi desnudez no me avergüenza, me avergüenzan oportunismos y abusos, demagogias y mentiras. Que de un lado y otro, nos arrancan color y vestiduras, nos destruyen.

Se unieron en un fuerte y prolongado abrazo, la república y la bandera, mientras una le susurraba a la otra al oído.
– No pierdas la fe mi hermana, llegara el día que seremos, “con todos y para el bien de todos”.

Fotografia de Yohandry Leyva.