Lo que sea, quiero que sea contigo.

Yeny regresaba cansada del trabajo. Una hora esperando la guagua bajo un sol capaz de calentar principios y finales. Nadie la esperaba en casa, sus padres hacía un año se fueron para Miami. Ella, enamorada, decidió quedarse, a los 6 meses terminó la relación. Se encontró sola en una ciudad repleta de consignas y escaseces; la soledad puede ser terrible cuando no la hacemos nuestra cómplice. Asi sobrevivía entre fantasmas del recuerdo y el presente.

Manolito venía de la universidad, estaba trabajando en su tesis, dándole los toques finales. Siempre dedicado a los estudios, se olvidó de fiestas y amores. Soñaba con ser un investigador famoso. Huérfano de padre siendo un niño, se esforzó por lograr metas y titulos, quería que su madre estuviera orgullosa de él. Por esas sin razones de la vida, su madre murió antes de poder compartir con ella titulos y honores. No tenía otra familia que su recuerdo, con ella hablaba cada noche antes de dormir; era su modo de mantenerla viva y de ayudarse a vivir, de intentar vencer la soledad y apuntalar sus sueños.

Manolito logró un buen lugar en la guagua, al menos no lo estarían empujando todo el tiempo. De pronto, sintió un empujón, casi un golpe en el costado derecho.

– Compadre que casi me saca un riñón.

Yeny sólo alcanzo a balbucear.

– Disculpe es que perdí el equilibrio, no tenía de donde aguantarme.

Sus miradas se encontraron, no hicieron falta palabras. Manolito le hizo espacio frente a él.

– Aquí estarás mejor.

Hicieron todo el viaje mirandose, oliendose, rozandose; como quien explora el territorio donde va a pasar el resto de su vida.

Se bajaron juntos, sin preguntas, sin respuestas, se tomaron las manos y comenzaron a andar como si se conocieran de siempre o para siempre.

– Aquí vivo yo, dijo ella tímida y feliz, si quieres te hago un cafecito.

Él la siguió, como si de ahora en adelante seguirse uno al otro fuera natural y necesario, imprescindible.

Entraron a la casita, Yeny dejó su cartera y fue a la cocina a hacer el café. Regresó con dos tacitas de café, comenzaron a beberlo en silencio.

– Este café se parece al que hacía mamá, está rico.

Terminaron de tomar su café y se miraron a los ojos, se tomaron las manos, se miraron las almas, adivinandose el pasado y el futuro; entendiendo que de una vez y por todas, terminaban soledades y penas.

Él intento decir algo, ella, sin dejar de mirarlo le dijo.

– Lo que sea, quiero que sea contigo.

Se besaron, no hizo falta mas para asegurar el futuro y saberse felices hasta el final de los tiempos.
Fotografia tomada de Google.

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