El viejo Pancho se enfrenta a su pasado.

Pancho se despertó temprano, nunca dormía más allá de las 6 de la mañana. Coló su café, encendió el radio, le gustaba escuchar Radio Reloj y mantenerse “informado”. Terminó su café y fue al baño, se miró en el espejo, allí, del otro lado, 57 años más joven lo miraba Panchito, su otro yo con sólo 18 años y vestido de alfabetizador. Dos lágrimas enormes corrieron por el rostro arrugado de Pancho, dos lágrimas cargadas de recuerdos, frustraciones y sueños rotos.

Pancho se enfrentó a su pasado, recapitulo su vida, la enfrentó a su presente y se derrumbó. Se sentó en el sillón de la sala, echó la cabeza hacia atrás y dejó que las lagrimas corrieran sin freno. Lloró por cada consigna que abrazó, por cada orientación de arriba que hizo suya, por cada discurso que aplaudió. Por su mente, como una película desfilaba su vida. Recordó su apoyo a la UMAP y a la ofensiva revolucionario; miró la foto de su nieto Luisito abrazado a Tony y el llanto se hizo quejido, dolor en el pecho. Recordó las horas trabajando en el Cordón de La Habana, las horas bajo el sol, cortando caña en la Zafra del 70. Recordó su apoyo a todo, su certeza de que íbamos por el camino correcto, se levantó a tomar agua. Hay recuerdos que duelen, que se nos atragantan y hay que ayudarlos a pasar

Pancho recordó el Mariel, cuando su hermano le dijo que se iba y él lo despidió con un enorme y espantoso; ¡Para mí estas muerto!. Se levantó y volvió a mirarse en el espejo, Panchito lo miraba con ojos de reproche; su pasado le pedía cuentas del otro lado de la vida.

Sacó de la gaveta medallas y diplomas, del pecho, dolores y esperanzas rotas, se le escapó un grito de dolor. Se acarició su escaso pelo, Pancho, Pancho qué hiciste con tu vida, se preguntó a si mismo, sin escuchar respuestas. Se levantó, echó a la basura sus medallas y diplomas, rompió en pedazos una carta de reconocimiento, firmada por alguien que ya no existía.

El llanto de Pancho era incontenible; el camino correcto se había perdido de vista para siempre, se había convertido en un espejismo, un laberinto sin salida, una burla. Recordó el derrumbe del muro de Berlín, la desaparición del campo socialista, el hambre del período especial. Las mentiras repetidas hasta el cansancio. Los muertos en el mar se le aparecieron de pronto y lloró con ellos muertes y abandonos, crímenes y angustias.

Se levantó, abrio el escaparate, tomó su pistola y la apuntó a su frente; Pancho no podía con tantas equivocaciones, con tanta frustración, tanta angustia y dolor.

De pronto se abrió la puerta de la sala y entró Luisito, su nieto; iluminando la casa de sueños y esperanzas, de ilusiones por nacer.

-Abuelo, ven, deja esa pistola vieja y vamos a llamar a mi tío, ya es hora de que ustedes hablen, eso fue lo que quiso siempre mi bisabuela y no voy a esperar ni un dia más. Hace días tengo esta idea metida en la cabeza y de hoy no pasa; es hora de enmendar errores, de hacer las paces con la vida.

– Él no va a querer hablar conmigo, lo sé, fuí muy duro con él, no me lo va a perdonar.

Luisito empezó a marcar un número en su celular.

– Él se muere por hablar contigo, es hora de cerrar heridas, de dejarte de comer tanta mierda con la Revolución y el carné del partido, que si no fuera porque yo te ayudo, ya te hubieras muerto de hambre, tu retiro no alcanza ni para los mandados de la bodega. Las medallas y el carné no ponen comida en la mesa; un hermano no se cambia por un discurso. Despierta abuelo, tu ideal no existe, fue un cuento que le hicieron creer a tu generacion. Vive y manda al carajo todo lo que te impida ser feliz.

Habló unas palabras

– Si, está aquí y quiere hablar contigo.

Le pasó el teléfono a Pancho.

– Mi hermano, mi hermano, te amo, no quiero morirme sin volver a abrazarte, aunque sea lo último que haga.

Rompió a llorar, las lágrimas le limpiaban el alma y la vida.

Luisito terminó la conversación.

-Él después te llama, está muy emocionado. Yo se lo digo, va a alegrarse mucho.

– Abuelo, mi tío abuelo va a preparar viaje para venir a verte, dice que pronto te va a dar un abrazo por todos estos años separados.

Pancho se secó las lágrimas, fue al baño, se miró en el espejo; del otro lado Panchito le hizo un guiño y sonrió.

Fotografía de Yohandry Leyva, fotógrafo cubano residente en Cuba.

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