¡Hasta siempre Rosita!

¡Ha muerto Rosita! No por esperada deja de ser menos dolorosa y terrible la noticia. Rosa simboliza toda una época del arte, arte ella misma, sentó pautas, caminos, dejó luz y aplausos a su paso por escenarios del mundo; se hizo mito e historia.

Es cierto que físicamente nos ha dejado, su alma está hoy en otra dimensión, pero su arte, su entregarse a su público en cada salida a escena, quedan con nosotros, para siempre.

Rosita, reunió, con creces, atributos y virtudes para triunfar y ser amada. Cubana por adopción y decisión, el mar, el cielo y nuestra tierra la bañaron de eternidades y ensueños. A su belleza física, sumó su belleza interior, su sencillez, su mano tendida a todo artista que la necesitara, su saber hacer y hacerlo bien. A belleza, talento, voz, Rosa sumó un carisma especial, un Ángel que hacia pequeños escenarios; su presencia en escena, desbordaba escenarios y conquistaba pueblos, los hacía suyos.

Al nacer Rosita, en extraña y única conjunción, se unieron estrellas y deidades. De polvo de estrellas configuraron su cuerpo, la Caridad del Cobre la ungió de miel y girasoles, la vistió con bata y gracia cubana , Afrodita le regaló belleza y seducción, los Ángeles le regalaron bondad y dulzura, Dios la bendijo; mientras uno a uno se abrían los pétalos de una Rosa sin final.

Su paso por la televisión, el teatro, el cine, la radio queda como constancia de versatilidad y excelencia, de ese ser estrella en géneros y pueblos. Recuerdo en una conversación que preguntó a su hermano el número de zarzuelas y operetas que había centralizado, mientras ella reía como niña traviesa que olvida éxitos y se siente ajena a luces y aplausos.

Rosita, tuvo el encanto de ser una estrella absoluta y tener la inocencia de una niña. A veces se sorprendía por la reacción del público y como niña grande decía: si yo solo hice una canción. Ese era su misterio, su embrujo, su dar arte sin pretensiones ni poses de diva, su hacerse eterna en el corazón de un pueblo. Ella vive en el corazón de ese pueblo que la hizo suya.

Cuando publiqué mi libro, se lo llevé como regalo; ella es parte de las memorias de este habanero. Me daba las gracias una y otra vez, mientras yo le decía al oído: gracias a ti por existir.

Hemos tenido el privilegio de coincidir en tiempo y espacio con Rosita, de aplaudirla, en teatros, de extasiarnos frente al televisor en esos programas que centralizó; disfrutarla ha sido nuestra suerte, admirarla, amarla, dejarnos conquistar, nuestro placer y voluntad.

Varias veces le hablé a Rosita de la celebración de un siglo con ella, una celebración que pueblos y admiradores harían suya, ella reia y me decía: 100 años, no, eso es mucho. Ella es otra más que indispensable y amada no asiste en persona a celebrar sus 100 años.

No puedo negarles que he llorado esta mañana y mucho. Con Rosita se nos va nuestra infancia y adolescencia, nuestra juventud; tenerla era como un talismán de la buena suerte que nos protegía de años y penas, nos hacia eternamente jóvenes.

Su arte, su misterio, su ser un mito, quedan, por siempre, con nosotros.

No Rosita no ha muerto, la noticia ha sido mal interpretada. Ella vive invencible y vital en el recuerdo de generaciones de cubanos, alienta en su arte, en sus éxitos. En los escenarios que hizo suyo resuenan aplausos y gritos de bravo, bravo, mientras ella vuelve a vestir de lentejuelas y terciopelo y eternamente bella y vital, se hace mito y leyenda y habita en la memoria de un pueblo que no entiende de adioses, ni partidas.

Gracias Rosita por existir y ser nuestra.

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