Un café con la Patria, la vida y la libertad.

Nos duele la Habana con consignas y carteles, con promesas que nunca se cumplieron. Duele tanto en la memoria y en la piel, que, a veces, recordar se hace un oficio difícil.

Allá, donde la esperanza se disfraza en sueños y muchos murmuran opiniones, aún alientan amaneceres que se niegan a morir, que luchan por nacer.

Allá en un barrio habanero, de esos que no visitan turistas, ni políticos. Gloria cuela el café, abre la puerta de la cocina y grita.

– Cunda, ven que estoy colando.

Un voooyyy, responde mientras Gloria prepara las tazas y lleva el café recién colado para la sala, Cunda está en el portal y toca a la puerta.

– Entra, está abierta.

Gloria sirve el café y entre aroma y sorbos de café , las amigas conversan.

– Mi santa que es eso de si Patria o muerte o Patria y vida, ya estoy medio mareá con tantas consignas. Tú que has estudiao y te las sabes todas explícame todo este rollo. Tú eres más joven y tienes estudios, yo soy una negra que apenas sabe leer, explícamelo mi santica.

– Sabes, no me gustan las consignas, de tanto oírlas se me han atragantado. Para mi, lo más importante es la Patria, es lo primero. La Patria es la madre mayor y no me refiero a la tierra y a las palmas o a este olor a café, la Patria es más que eso. Nuestros recuerdos la conforman, nuestra infancia, nuestros primeros amores, el primer beso y la primera tristeza, las caricias de mamá, el nacimiento de los hijos, nuestros muertos, el sudor y la sangre de muchos es la Patria. La vida es hermosa, hay que vivirla a plenitud, disfrutarla y a veces uno siente que se le va la vida en una lucha inútil, en un batallar sin final. Patria y vida se unen por un futuro mejor y se resisten a la muerte. Sabes, cuando nacemos lo único seguro que tenemos es la muerte, esperándonos al final o a mitad del camino, por eso hay que gozar la vida, saborearla, pero yo agregaría algo más, la libertad. Porque la vida, aunque sea en la Patria, no es vida si no sé es libre y la libertad da otro sentido a la vida y viste de arcoíris a la Patria. Por eso yo quiero vivir mi vida a plenitud en mi Patria con libertades, porque sin la libertad la Patria está de luto y la vida es amarga y dura.

– Coño Gloria tu eres medio poeta, ¡que lindo hablas!

– Dejate de boberias y tomate el café que se va a enfriar.

Alguien toca a la puerta.

– Empuja que está abierta.

– Llegué a buena hora.

Dice Yeni mientras Gloria le sirve su café.

– Te quedó especial, este no es el de la bodega y hablando como los locos ¿ustedes vieron el video de la canción Patria y vida? ¡Que bueno está el Yotuel ese!

– ¿A ti lo que te llamó la atención fue nada más el negro sin camisa?

– No Gloria, me gustó la canción y aunque hay cosas con las que no estoy de acuerdo, tú sabes que yo soy de la juventud, si pienso que al final y al principio, Cuba es de todos y a todos hay que escucharlos, que mandando a callar a la gente y queriendo oír sólo lo que uno quiere, no se avanza. Que eso de la unidad y lucha de contrarios es una realidad y hay que contar con todos y todos no podemos pensar igual.

– Estás clara Yeni, hay que contar con todos y todos no podemos pensar igual.

– ¡Que lindo hablan ustedes! Yo me quedo boba escuchándolos.

– El punto es una vida digna en la patria de todos, con libertad, como dijo Martí, “con todos y para el bien de todos”

La tres amigas toman el café , sonríen, hay cafés que tiene aromas a libertades.

Fotografía tomada de Google.

Viaje al centro de una cola.

Elena apenas durmió, era la 1 de la mañana, se lavó la cara, se peinó, tomó un poco de “café” y salió a desafiar los elementos; decidida a comprar ese día pollo y aceite y algo más.

Cuando llegó se sorprendió, no había nadie. Una amiga que trabajaba en la tienda le había dicho, con mucho secreto, que iban a sacar pollo, aceite, mayonesa y algunos embutidos. Pensó encontrarse un montón de personas, hasta pensó que su amiga Iraida le había mentido, vaciló entre quedarse o volver a su casa. La necesidad y las ganas de poder llevar algo a su casa pudieron más. Con su mascarilla puesta se recostó a la puerta del mercado, decidida a esperar. Total hacía años que esperaba milagros y promesas, una espera más no hacía la diferencia.

Empezaron a llegar personas, algunas traían termos con su “café” y jabas de la shopping con algún pan dentro que, milagrosamente, escapó al hambre del día anterior.

Una señora la miró y dijo:

– Coño mira que madrugué para ser la primera y la blanquita esta me ganó . Seguro es de Buenavista y está entrená en esto

Elena la miró y sonriendo le dijo:

– Nacida y criada en Buenavista mi santa. Esto de las colas y pasar trabajos no tiene raza, ni color. El que no se ponga pa’ su número se queda en eso, pidiendo el agua por seña.

Llegaron los organizadores de la cola, émulos de esos que ponian números y clasificaban personas en la Alemania nazi. Con una pluma le ponían el número en el antebrazo a las personas, después le escaneaban el carnet de identidad. Mucha organización y control de colas y poca comida para repartir y poner en la mesa del cubano.

Elena se miraba su número 1 en el antebrazo, orgullosa y feliz, el 1, el 1, se repetía una y otra vez. No importaba estar despierta desde la 1 de la mañana, no sentía ese vacío en el estómago, el 1, el 1, ese era su triunfo.

La cola era de varias cuadras, eran muchas personas y en el intento de guardar la distancia entre ellas, las colas amenazaban con atravesar la ciudad, cruzarse unas con otras, en un laberinto de colas y necesidades.

Cuando faltaba una hora para que abriera la tienda, Elena sintió fatiga, las horas sin comer nada, la falta de sueño le estaban jugando una mala pasada, se puso pálida, sudaba. Micaela, la misma que tenía el número dos y se había sorprendido que la blanquita le quitara el número 1, metió la mano en su jaba, sacó un pomo plástico y le dijo:

-Date unos buches mi santa, es guachipupa de la buena, le pongo bastante azúcar pa’ poder aguantar estas horas pará’ aquí , no tengas pena, tomate unos buches verás que se te pasa la sirimba esa.

Elena dudo, no le hacía mucha gracia tomarse ese líquido que Micaela le ofrecía, pensó en giardias, amebas y hasta virus acechandola, esperando que acercara su boca para atraparla. Le dio un mareo, o se tomaba la guachipupa de Micaela o se iba a desmayar y perder su número 1 de la cola. Agarró el pomo plástico y se tomo 5 largos buches de la guachipupa ofrecida, el alma le volvió al cuerpo. Le dio las gracias a Micaela, gracias a ella terminaría triunfal su cola, con su primer número 1 en la historia de las colas.

Abrieron la tienda, Elena pudo comprar pollo, aceite, un pomo de mayonesa, hamburguesas y puré de tomate. A sus hermanos que vivían en Miami, tal vez les pareciera ridícula su compra, ella la miraba como su trofeo, como un premio o medalla a esfuerzos y sacrificios.

A la salida se encontró con Micaela.

– Ay blanquita, tengo un dolor de cabeza de tres pares y vivo en La Lisa, no sé como voy a llegar.

– Ven, vivo cerca y tengo ibuprofen, con eso se te quita el dolor.

– ¿Ibo que mi santa?

-Me las mandó mi hermano, son muy buenas para los dolores, ven te tomas un poco de jugo y esperas a que se te pase.

Así se fueron Elena y Micaela, apoyándose las dos, dándose una mano y alientos en su batalla por la sobrevivencia. Porque al final asi somos, damos lo que tenemos, nos negamos a desaparecer, amamos la patria y la vida.

Una mala decisión de Daniela Levine Cava

Vivimos tiempos difíciles, todos los sabemos. La pandemia que se resiste a darse por vencida, la pérdida de empleos, la preocupación por el mañana, han caracterizado la vida de la gran mayoría de nosotros. Algunos hemos sumado otras preocupaciones, hemos recibido golpes inesperados.

Mis amigos saben que soy demócrata 100%, soy un tipo amante de libertades y derechos, pertenezco al grupo que disfruta tender una mano y ayudar a todo el que lo necesite sin esperar nada a cambio, sólo el placer de hacer el bien. En la pasada campaña electoral por la alcaldía de Miami, voté por Daniela Levine Cava, no sólo porque era demócrata, me gustaba su persona y más aún la posibilidad de que una mujer ocupara la alcaldía de Miami Dade. Su rival Esteban Bovo me parecía una mala opción, su cara no me inspiraba confianza y las historias que me contaron personas que lo conocían personalmente, decidieron mi voto por Daniela.

No quisiera tener que arrepentirme de haber dado mi voto a Daniela y de convencer a muchos que votaran por ella, como la mejor opción para el condado. En el día de ayer, Daniela Levine Cava, decidió, de un plumazo, por decreto, suspender a la compañía Eulen, sus operaciones en el aeropuerto de Miami. Quiero creer que Daniela ha sido mal informada y peor manipulada. Desde mi llegada a Miami he trabajado en la misma compañía, su estabilidad, que sólo se vio afectada por la pandemia, el trato de la dirección de la compañía me han hecho amar mi trabajo e incluso rechazar otras ofertas con mejores posibilidades, por cuestiones de fidelidades y agradecimientos. Ayer cuando leía el memo donde Daniela ponía fecha límite al trabajo de Eulen en el aeropuerto de Miami, me sentí traicionado, decepcionado; en los argumentos citados por Daniela me parecía escuchar las quejas de los malos trabajadores que han pasado por la compañía, de esos que no conocen disciplina laboral y entrega al trabajo, de esos que han traído a Miami los malos hábitos laborales de sus países y se quejan de todo, incapaces de amar lo que hacen y llaman a los llamados a cumplir con su trabajo, malos tratos.

Ayer, después de leer el memo de Daniela, conversé con muchos trabajadores, créanme, la indignación, el disgusto de la mayoría de los trabajadores alcanzó niveles que ni yo mismo llegué a imaginar, los trabajadores me decían: a dónde tenemos que ir a quejarnos, si van a hacer una manifestación o firmar cartas, me avisan, tenemos que luchar, reclamar que la alcaldesa nos escuche, que venga a hablar con nosotros, no es posible que en medio de esta crisis perdamos un trabajo de tantos años.

Soy de los que piensan que nadie tiene la verdad absoluta, la verdad es la suma de todas las verdades individuales. Ignoro a quienes ha escuchado Daniela; yo, nosotros, los trabajadores de Eulen la invitamos a escucharnos, todos tenemos el derecho de ser escuchados y no solo un pequeño grupo resentido. Que Daniela venga a nuestros puestos de trabajo, que hable con nosotros, que compruebe in situ, las condiciones de trabajo, el espíritu de los trabajadores, que venga como una amiga sencilla y cordial, sin parafernalia a conversar con cada uno de nosotros y de la razón a la mayoría. Los argumentos citados en el memo, no son ciertos, discútalos con los trabajadores en sus puestos de trabajo, sin la presencia de jefes, ni de nadie que los presione, que puedan hablar libre y francamente con usted y resolver esta situación que nos preocupa y mucho, a todos.

Tenemos el derecho de ser escuchados, está en juego nuestro futuro laboral y el pan y el techo de mas de 900 familias.

En mi caso personal, soy supervisor en uno de los departamentos de la compañia Eulen en el aeropuerto, después de declinar muchas ofertas, finalmente acepté la posición de supervisor y la he desempeñado basado en el respeto, consideración y en mi mano extendida a todos los trabajadores, yo, como muchos supervisores, mantengo lazos de afecto y amistad con mis trabajadores y me resisto a la idea de perder mi colectivo de trabajo.

Una vez más, pedimos a Daniela Levine Cava, se reúna con nosotros, la mayoría de los trabajadores de Eulen, que nos escuche y revoque su decisión. No es tiempo de sumar preocupaciones, de golpear a familias.

En lo personal, sea cual fuera la decisión final de Daniela, seguiré siendo demócrata y luchando por libertades y derechos, aunque en un futuro mi voto sea por un republicano que nos escuche y tenga en cuenta.

Confiados en las leyes y derechos que este país nos da, esperamos ser escuchados y tenidos en cuenta. No vivimos en un régimen totalitario, del cual muchos escapamos, las libertades de este país, que hoy es nuestro, nos protejen y alientan a luchar por derechos.

Daniela, la esperamos en nuestros puestos de trabajo, tenemos una conversación pendiente.

#unamaladecisiondeDanielaLevineCava

Fe, Esperanza y Caridad, tres viejas amigas.

Ellas se reunían una vez al año, desde un 1ro de enero perdido en el tiempo y la historia, cuando se conocieron entre alegrías, promesas y discursos.
Atrás habían quedado su juventud y sus sueños, los discursos y las promesas. Fe, Esperanza y Caridad se negaban a desmemorias y se aferraban a recuerdos, repetían una y mil veces la historia de sus vidas.
– Esperanza, ¿te acuerdas cuando fuimos a alfabetizar? Nunca nos habíamos separado de nuestros padres y una noche estábamos durmiendo en un bohio en medio del campo, por suerte estábamos cerca y podíamos reunirnos y darnos ánimo.

– Claro que me acuerdo Fe, fue la primera vez que me bañé con agua fría con una latica y un cubo, mirando las estrellas.

– Esos fueron los mejores tiempos. Nuestros sueños estaban intactos. Confiabamos en el futuro, la revolución, aplaudíamos discursos, repetíamos consignas.

– Ay Esperanza, de esos tiempo sólo nos quedan los recuerdos. A ellos me aferro, si los pierdo, me muero de pena.

– Los recuerdos son del carajo, a veces se aparecen y nos dan una una bofetada. Cada vez que recuerdo que le dejé de hablar a mi hermana cuando me dijo que se iba del país, aquel, ¡olvídate que yo existo! Aún me duele.

– Ay Caridad, menos mal que tu hermana no te hizo caso, gracias a ella puedes comprar en las tiendas y no te faltan medicinas y el café Bustelo. ¿Quién nos iba a decir que íbamos a sobrevivir gracias a los familiares que se fueron del país?

– ¿Se acuerdan cuando el Mariel? Fe vino a verme asustada y confundida de tantos gritos, tantos golpes, ahí empezaron a romperse muchos sueños. Hice café y le dije: las ideas no se defienden con gritos, ni dando golpes, se demuestran, se convence a la gente, no es más fuerte el que grita más alto, ni le asiste la razón al que intimida. Fe lloraba y yo apenas la podía consolar, no sabía como. Ay Esperanza tú siemore que nos reuníamos nos hablabas del futuro, de sueños, cuando tus hijos se fueron del país buscando una mejor vida, tu esperanza era verlos pronto.

– Así es mi santa, las esperanzas se nos fueron apagando, la fe en lo que creíamos disminuía y terminamos viviendo de la caridad de los que se fueron. ¿Quién nos lo iba a decir?