Una fiesta de recuerdos.

Un día los recuerdos decidieron reunirse, convocar una fiesta de memorias. Estaban cansados de venir de uno en uno, de ser convocados por una foto, un sueño, un olor o un suspiro ¡queremos una fiesta con todos reunidos! que no falte nadie, exclamación a coro. A Pepe le gustó la idea, nos reuniremos en abril, un día cualquiera, la dijo a sus recuerdos.

Llegó el día señalado, estaban todos, hasta recuerdos perdidos allá en el inicio de los tiempos, llegaron de uno en uno, en grupos, saludaban y ocupaban su lugar, apretados uno al lado del otro, para garantizar espacio a todos.

Allí estaba su primer llanto, el primer beso de su madre, pañales cambiados y noches de desvelos; recuerdos que creía perdidos para siempre le sonreían, le hacían guiños. Se vio niño del brazo de mamá, adolescente, joven, estudiante, trabajador, hombre, temba, amante.

Disfrutó especialmente los recuerdos de mamá, esos días que la hacía feliz y orgullosa, que su risa era capaz de borrar penas y distancias. Se detuvo en esos recuerdos, porque saben, eso somos, recuerdos; cada instante vivido es un tesoro, revivirlos es un placer especial, hondo. En el balance final sólo lo que podamos recordar será lo que realmente vivimos, lo importante; recordar tiene la suerte de hacernos volver a vivir en la memoria.

Decidió recibir a sus recuerdos, con su recuerdo mayor entre sus brazos, apretando fuerte a su madre, haciéndola eterna en su memoria. Ella es su talismán de la buena suerte, su refugio y consuelo, su resguardo. Recordó sus años de estudiante, sus compañeros del pre, de la carrera, esas ganas de graduarse, su desconocer que vivía uno de sus mejores tiempos. A veces sucede que los recuerdos nos hacen trampas, nos preguntamos, ¿realmente fue así, no me parece? La nostalgia y los años nos juegan sucio y endulzan o borran los recuerdos. En esta fiesta de recuerdos todos llegaron sin adornos, tal y como fueron, estaban sus éxitos y también sus fracasos, sus risas y sus lágrimas, su vida entera.

Pepe miró frente a frente a sus recuerdos, sólo con el recuerdo de su madre entre sus brazos pudo hacerlo, es duro eso de enfrentarse de golpe a todos los recuerdos, de repasar de una vez, toda la vida.

Frente a él, exámenes, graduaciones, escuelas al campo, actos de repudio, salidas del país, abrazos en la distancia, amores olvidados, llamadas los domingos, viajes a sus raíces, cada recuerdo lo emocionaba y conmovía, le hacia reflexionar.

Cuando estuvieron todos Pepe los miró y les dijo: no me abandonen nunca, le tengo terror a vivir en el olvido, a la terrible desmemoria. Los recuerdos rieron: vinimos a alegrarte, a una fiesta gigante, ¡disfrútala! y allí en el recuerdo aparecieron cakes de cumpleaños, fiestas junto a mamá y su familia, con sus amigos, risas desbordadas, abrazos multiplicados, fuertes, necesarios. Los recuerdos lo rodearon, competían por llamar su atención, por hacerlo vivir de nuevo emociones y momentos.

Pepe los abrazó a todos muy fuerte, ¡no me abandonen nunca! Gritó como una orden, una súplica, mientras disfrutaba de todos, reviviendo uno a uno, instantes de su vida.

Los recuerdos esos traviesos que apuntalan el hoy y aseguran el mañana, que se aparecen sin avisar, nos traen sonrisas y lágrimas, sin ellos no existimos, por eso siempre los invito a mi fiesta, ¡a mi vida!

Fotografía tomada de Google.

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