Hasta que nos dure el deseo.

asaltante tomado de la pagina de Joaquin Perez.
Elena, vivía en Miami, en la ciudad de Coral Gables. Quedo viuda muy joven. Su matrimonio duró solo dos años, la muerte de su esposo en un accidente fue un golpe del cual nunca se repuso del todo. Vestía siempre de negro o gris, a veces se permitía usar una blusa blanca, nada de ropas de colores ni maquillaje. El dinero que recibió al morir su esposo y la pensión de viuda, le aseguraban una vida cómoda, tranquila. Iba mucho a la iglesia, hacia obras de caridad, ayudaba a niños necesitados. Siempre le habían gustado los niños, justo cuando se habían decidido a buscar un hijo, la muerte se llevo sus esperanzas.

Elena, se había olvidado del sexo, a sus 43 años, aún seguía siendo una mujer hermosa. A pesar de sus ropas oscuras y de su rostro sin maquillar, recibìa miradas y piropos que ella ignoraba. Después de 15 años de la muerte de su esposo, el único hombre en su vida, estaba seguro que el sexo había sido olvidado para siempre, enterrado junto con su esposo o esfumado con sus ilusiones de ser madre. A veces, conversando con amigas, le decían.
– Elenita, pero ¿no sientes ganas, no te despiertas de noche con urgencias de un hombre?
– No, nunca, desde que murió mi esposo, no tengo urgencias, ni ganas, duermo tranquila, de un tirón.

Joaquín, un joven habanero de 27 años, siempre fue un tipo muy bien parecido. Durante mucho tiempo en La Habana, vivió de su belleza física. Tuvo relaciones con extranjeros, mujeres ricas y hombres de negocios, solo le importaba llevar una vida cómoda y no pasar hambre. Le habían comprado y amueblado un apartamento en el Vedado, tenia ropas de marca y recibía todos los meses dinero de sus diferentes amantes, con eso le bastaba para ser feliz. Hacia años lo habían expulsado de la Universidad por tener relaciones con extranjeros, las mismas relaciones que hoy le garantizaban un buen nivel de vida, sin preocupaciones materiales.

Una mañana, el jefe de sector, un personaje que había comprado por unos cuantos dólares y alguna ropa que no le gustaba toco a su puerta.
– Joaquín, te abrieron expediente por peligrosidad, hice todo lo que pude, pero estas en una lista que vino de la Dirección provincial del Ministerio. Mañana o pasado, vendrán a llevarte preso, te harán juicio, pasaras lo menos 5 años en la cárcel.
-¡5 años presos yo! No, yo me piro pa’ la Yuma esta misma noche.

Recogió el dinero que tenia y salio corriendo para casa de un amigo. Esa misma noche, en un bote viejo con motor, Joaquín hacia el viaje hasta Cayo Hueso. Su carnet de identidad que probaba su condición de cubano, le evito ir a Krome, lo procesaron rápido. Cuando se vio en Miami, quiso llamar a uno de sus amantes que vivía en la ciudad, pero en el viaje lo había perdido todo, solo conservaba la camisa, el jeans y unas sandalias.

Recordaba que el tipo le había dicho que vivía en Coral Gables y decidió caminar la ciudad de arriba abajo hasta encontrarlo. Después de 2 días buscándolo, cansado, hambriento y sin esperanzas de encontrarlo, se sentó en el banco de una parada de ómnibus. En pleno agosto el calor era sofocante y se quito la camisa.

Elena, venia de regreso de la iglesia, la luz roja la obligo a detenerse justo frente a la parada del bus donde estaba Joaquín. El la vio, le toco en el cristal de la ventanilla.
– Por favor, deme algo para comer, llevo dos días en esta ciudad y ni agua he tomado, ¡ayúdeme por favor!

A pesar de las historias de desconocidos que pedían ayuda y terminaban asaltando y matando gentes, Elena sintió pena de ese muchacho de ojos color del cielo y cuerpo de Dios griego. Abrió la puerta del auto.
– Ven siéntate, te darás una ducha en mi casa, te daré unas ropas que aún guardo de mi esposo y te hare algo de comer. Seria inhumano dejarte morir de hambre y sed en esa parada.

Llegaron a casa de Elena. Ella abrió la puerta.
– Siéntate mientras te traigo las ropas de mi esposo.
Regreso con dos camisas y un pantalón.
– Báñate mientras te caliento algo para que comas, el baño es allí, en la 2da puerta.

Elena, calentó la comida, cuando llevaba el plato de comida para la mesa, apareció Joaquín, recién bañado, cubierto solo por una toalla que tenia sujeta a la cintura. Cuando Elena lo vio, dejo caer el plato de comida al suelo, al intentar socorrerla Joaquín, la toalla que cubría su desnudez, cayo al suelo, justo al lado de los restos del plato de comida. Al verlo desnudo frente a ella, Elena sintió que perdía el conocimiento, cuando él intento sujetarla, terminaron abrazados, ardiendo en deseos. Joaquín hábil en esas lides, la despojo de sus ropas con solo un gesto, la llevo desnuda en sus brazos hasta el cuarto. Se olvido de su hambre y su sed, ella se olvido de su luto, de sus años sin sexo, mientras hacían el amor una y otra vez, insaciablemente, desesperadamente durante horas.

Pasaron todo un día en la casa sin salir. Comían algo, una ducha y volvían a la cama. Vivian una inesperada y pasional, ardiente luna de miel. Elena decidió quitarse el anillo de compromiso, mientras lo guardaba en un cofre pequeño que tenia en la mesa de noche, Joaquín le pregunto.
– ¿Que tienes ahí?
– Algunas de mis joyas, las que uso a diario, las otras las tengo en el banco.

Al día siguiente, cuando se despertó, Joaquín no estaba en la casa, tampoco el cofre con las joyas, ambos habían desaparecido. Elena, lloro de rabia y despecho, llamo a la policía.
– Me robaron oficial, entro mientras dormía, alcance a verlo cuando me despertó el ruido de la puerta.

Le describió al oficial como era Joaquín, hasta le dijo las ropas que usaba.

Tres días después la llamaron para que identificara a Joaquín. Cuando lo tuvo frente a ella, le faltaron las fuerzas y le sobro el deseo.
– No, no es él, se parecen pero no es él, estoy segura.

Elena salio, parqueo el auto cerca de allí. Espero dos horas a que Joaquín saliera, lo siguió con su auto, cuando Joaquín se dio cuenta, se detuvo. Ella parqueo el auto frente a él.
– ¿Quieres subir?
– Gracias por no denunciarme, tus joyas las tengo enterradas, prometo devolvértelas.
Elena volvió a repetir.
-¿Quieres subir al auto? Si quieres puedes estar en mi casa unos días, te aclaro que todo lo de valor esta guardado en el banco. ¿Quieres ir para mi casa?
– ¿Estarás tú en mi cama? Pregunto Joaquín mirándola con deseo.
– Estarás tú, en la mía. Podrás quedarte hasta que encuentres trabajo y puedas rentar algo.
– ¡Me quedare hasta que nos dure el deseo!

Joaquín subió al auto. A la mañana siguiente, Elena hizo una hoguera en el patio donde ardieron todas sus ropas negras y sus recuerdos. Meses después, Joaquín acompaño a Elena a comprar ropas apropiadas para una mujer embarazada.

Fotografia tomada de Google.

Aclaración necesaria, este cuento nacio a partir de la foto y el siguiente comentario publicado en la página de Facebook de mi amigo, Joaquin Perez.
“Mire yo le explico, yo iba camino del trabajo y me senté en el banco de la parada y vino este joven señor y me explicó que habia sido asaltado que si yo lo dejaba llamar a la policia Yo sabiendo lo peligroso que eso de dejar entrar desconocidos en casa ni lo miré y le dije Señor, lo sieeeeeeeeeeeentooooo (y levante la mirada mientras decia lo siento) por el asalto pero claro! pobre hombre que barbaridad claro que si venga ud tome un baño y sientase en su casa ….de esto ya hace unos tres dias que estoy amarrado a una silla hasta que logré escapar y pedir ayuda….. Señor Policia ud cree que demoraran mucho en traerlo de regreso?…”
Los amigos comenzaron a comentar y Joaquin me dijo; ” Habanero Dosmil a que no tienes huevos de seguir ese cuento”
Asi nacio, Hasta que nos dure el deseo.

Advertisements

El que diran.

Con los años, aprendemos que la opinión de los demás, no determina. Es imposible complacer o quedar bien con todos, como escuche decir una vez; la opinión, es como el ombligo, todos tenemos uno. Estar pendientes del que dirán, pretender quedar bien con todos, nos convertiría en un monstruo, con mil pedazos y actitudes diferentes; ajeno y falso.

Por suerte llega un momento en la vida que mandamos al diablo el que dirán. Dejan de importarnos murmuraciones, comentarios, miradas, dedos acusadores. Es como si la vida, poco a poco, nos vacunara contra las lenguas venenosas, contra intrigas, dimes y diretes. Nos vamos inmunizando, maduramos. Terminamos entendiendo que la vida es breve, vivirla a plenitud, aprovecharla al máximo, no nos deja margen para preocuparnos por opiniones ajenas.

Nosotros, los cubanos, que nos la sabemos todas, muchas veces nos metemos en la vida de la gente, pretendemos arreglárselas a nuestro modo y manera. Que si esa ropa no te queda bien, que si baja de peso o aumenta unas libritas que estas muy flaca. Que si ese novio no te conviene. ¡Un hijo ahora, te volviste loca! Opinamos de todo lo ajeno, sin reparar en la vida propia, la única que tenemos derecho a dirigir y enmendar. En fin, que si alguien se guía por el que dirán del barrio, termina volviéndose loco, listo para Mazorra. Aumentas dos libras y ya te dicen; ¡Ay pero que gordo te has puesto! Bajas una libra, de las mismas dos que aumentaste y te sueltan; ¿Estas enfermo? ¡Ay niño, coge unas libritas que pareces un cadáver!

Si el hijo de María, tiene 20 años y no se le ha conocido novia, ya empieza todo el barrio a comentar y hasta lo vigilan. No faltara quien diga; yo lo veo un poco raro, muchos libritos bajo del brazo, siempre anda solo. Pobre María, un solo hijo varón y salirle así, rarito. Opinan, compadecen a María, que feliz y orgullosa de su hijo, hace caso omiso de comentarios y manda al carajo al que dirán.

Cuando hablo del que dirán siempre recuerdo el chiste de dos vecinas conversando y una le dice a la otra; ¿Estas enferma mi amiga? Ayer vi salir un medico de tu casa, la vecina se pone la mano en la cintura y le responde, por eso no, ayer vi salir a un militar de tu casa y que yo sepa, no estamos en guerra. Que manía la de muchos de meterse en la vida ajena, opinar, pretender dirigir vidas en vez de ocuparse de la propia.

Tengo un amigo que acumula años y experiencia, sabiduría e ironías. Conversando una noche me comento que en un viaje a Cuba, luciendo sus pull overs Armani y sus jeans de ultima moda, una parienta le comento; ¿No te parece que estas vestido demasiado a la moda, no acorde para tu edad? Mi amigo la miro, se sonrío y le dijo; hace tiempo tuve dos opciones en mi vida, ser un ancianito respetable o un viejito ridículo. ¿Sabes que hice? Regale todos los trajes, las corbatas, compré ropa moderna, comencé a hacer ejercicios y aquí me ves feliz, sin importarme el que dirán, solo me importa como me siento yo. Bravo por mi amigo que vive la vida a su manera, feliz y complacido, sin preocuparse jamás por el que dirán.

Si alguien, tiene una pareja mas joven, el que dirán comienza a hacer de las suyas. Empiezan los comentarios; están locos, dentro de 10 anos el tendrá 65 y ella 35, que disparate. No entienden que dentro de 10 años, nadie sabe que pasara y lo que importa es el ahora. Los amantes, lo saben y lo disfrutan mientras dura. Mandan al diablo al que dirán y se aman, como un regalo divino.

Hoy, comente con una amiga que estaba escribiendo sobre el que dirán. Se río y me dijo; no me importa, que digan lo que quieran, si hablaron de la Virgen María que todos la conocían, que hablen de mi, que no me conoce nadie, no tiene importancia!

Al final, el que dirán, opinar sin derecho de la vida ajena, es solo una manifestación de falta de valor para vivir la propia a plenitud. Se comenta y critica lo que hacen los demás, se opina, porque a fin de cuentas, subyace una envidia por el valor de otros a vivir acorde a sus reglas, sin hacer daño a nadie. Seguros que lo que cuenta es hacer en cada momento lo que deseamos, sin limitaciones ni falsos perjuicios. Como decía una amiga cuando estudiaba ingles, en La Habana; si tu cuerpo pide maní, dale maní a tu cuerpo. Insatisfacciones, frustraciones, limitarnos por el que dirán, solo nos harán infelices y amargara nuestra existencia.

El que dirán, existirá siempre, mientras exista una persona molesta por la libertad ajena. Mientras quede alguien insatisfecho sin valor para vivir su vida a plenitud, el que dirán andará por ahí, intentando hacer daño, mordiendo vidas ajenas. Al final, allá los que viven pendientes y preocupados por opiniones ajenas. Yo, hace mucho tiempo deje de tenerlos en cuenta. Los años y la vida se encargaron de haceme madurar, como ustedes, me preocupo por disfrutar cada instante de la vida a plenitud, demasiado breve para estar pendientes de opiniones sin importancia. Creo, como muchos, que a esa gente que vive murmurando,  se ignora, se vive la vida a gusto, a plenitud, dandoles motivos para que hablen. Nosotros decidimos hacer lo mismo y vamos por la vida, arrollando al ritmo de; ¿Por que tú sufres, con lo que yo gozo?

¡Traeme La Habana y a mi madre!

Nadie sabia exactamente, como había salido de Cuba, ni siquiera el día de su llegada a Miami; apareció un buen día en la ciudad. A pesar del auto, regalo de un tío, gustaba de caminarla, en un intento de hacerla suya, de descubrir misterios. No, esta no era una ciudad para caminar, se dio cuenta muy pronto y decidió hacerla suya de otro modo; triunfando. Poco a poco fue conquistando el éxito, haciéndose parte imprescindible de  negocios e inversiones. Sin proponérselo, casi como un don, muchos lo miraban como ejemplo de emprendedor, de cubano luchador y tenaz en sus empeños. El éxito le sonreía o mejor aun; él sonreía al éxito, lo seducía y lo ganaba, se le entregaba como una amante, sin fuerzas para resistirse a sus mañas. Era popular, mas de lo que le gustaría, ser un tipo sencillo, de barrio, a veces no combina muy bien con tanta popularidad.

Nunca regreso a Cuba, no volvió a recorrer esas calles de la Habana. Cuando hablaba de su ciudad, sus ojos se humedecían y su voz adquiría un tono especial. En el fondo, a pesar del carro lujoso, de sus propiedades, de su triunfo, seguía siendo aquel muchachito que andaba las calles habaneras, persiguiendo el amor y sus sueños. El, como muchos, había cambiado solo en apariencia, por dentro era el mismo. Su tesoro mejor guardado eran sus recuerdos. A solas en su habitación, cerraba los ojos, viajaba en el tiempo y el espacio. Se veía entrando a su casita allá en su barrio y abrazando a su madre, sentándose junto a ella y hablando del día, como hacían siempre al llegar de la Universidad. Recordaba aquel día que se gradúo; recibió su diploma, fue hasta donde estaba su madre, se arrodillo ante ella y se lo entrego. Se besaron entre lagrimas, casi paralizan la ceremonia, todos olvidaron por un instante lo que sucedía para mirarlos solo a ellos. Por más que había intentado traer a su madre, siempre sus intentos se estrellaban contra prohibiciones y tramites, papeleos y absurdos.

Los que lo conocían y sabían cuanto añoraba a su ciudad  y a su madre, le preguntaban siempre por qué no regresaba.

– Vuelve a ella, aunque solo sea un par de días, le dijo un amigo.

– No puedo, quisiera, pero no puedo. Dios, sabe cuanto deseo poder volver, aunque fuera solo un instante. Una caminata, un abrazo y me regreso.

No explicaba las causas, muchos se imaginaban que se jugaba la vida en ese regreso y no insistían. Su respuesta, no dejaba margen a más preguntas.

No bastaban sus éxitos, estar rodeados de amigos. Su ciudad, la nostalgia por ella, eran un vacío que nada lograba llenar. Hasta comenzó a escribir sobre La Habana y su madre, en un intento de traérselas, de inventárselas en el recuerdo. No enseñaba a nadie sus escritos; eran solo para él, un desahogo de su alma y añoranzas. Inventaba historias de amantes que nunca tuvo, vivía aventuras en esas calles perdidas en el recuerdo y en la historia. Creaba y recreaba personajes y sitios, intentaba traer a su ciudad que como amante esquiva le hacia guiños antes de desaparecer ante él, cuando casi creía tenerla al alcance de la mano.

Un día, una amiga en su página de Facebook escribió; ¡Esta noche, me duele La Habana! Termino de leer la frase  y se llevo las manos al pecho, como si un infarto súbito fuera a terminar con su vida; su ciudad le dolía cada día, cada instante, con un dolor constante y cortante que le traspasaba el alma y los recuerdos. La Habana, dolía a muchos en la distancia, pero su dolor tenia una intensidad y un desgarramiento terrible para él. Sin ella, estaba incompleto, impar, perdido, se la inventaba en cada esquina, en cada recuerdo; constante fantasma que jugaba a los escondites, en esas calles perdidas en la memoria. Una ciudad en la distancia, puede ser como una amante, reclamando sus derechos, llamándonos. Si allì vive nuestra madre, la ciudad puede convertirse en el centro de la vida y los recuerdos.

En su intento de reinventarsela, busco entre conocidos pintores, uno que fuera capaz de pintarla, tal y como la soñaba, en las paredes de su casa. Creyó haber encontrado al mejor, lo contrato. El pintor, empezó su obra con entusiasmo. El hombre que extrañaba a La Habana, le hablaba de su ciudad, de sus recuerdos. El pintor iba creando lo que creía interpretar de sus historias. No conocía  esa ciudad de la que le hablaba. Cuando termino la primera pared, se la mostró orgulloso. Víctor la miro con tristeza y decepción.

– No esa no es mi Habana, exclamo triste y desilusionado.

Le pago al pintor y mando a pintar la pared de azul, así al menos le parecería mirar al cielo de su ciudad. Hay ciudades que no pueden atraparse en pinturas y escritos, por mas que se intente; pensó Víctor, mientras miraba la pared, recién pintada de azul.

Una vez estuvo muy enfermo con fiebre muy alta, tuvo alucinaciones; su ciudad alucinante, se aparecía una y otra vez en su habitación del hospital. Traía sus fantasmas que jugaban traviesos en su cuarto. Cuando se recupero, volvió a intentarlo todo por visitarla. Esas visiones que tuvo, se le aparecían noche tras noches, extendiéndole los brazos, invitándolo a amar. Hizo gestiones, compró pasaportes falsos, pensó en hacer el viaje desde Europa. Le contó sus planes a su mejor amiga, ella lo miro a los ojos.

– Estas loco, sabes que te juegas la vida, ni tu madre ni tu ciudad, quieren verte entre rejas o muerto.

Víctor, bajo los ojos y lloró en silencio, un llanto contenido por años, lagrimas con sabor a mar y rocío, sollozos con ruido de palmas al aire y olas golpeando contra el malecón. Un llanto por recuerdo y raíces, incontenible y necesario.

– Tienes razón, toda la razón del mundo, respondió.

Días después, Nora, su  mejor amiga fue a visitarlo, se sentaron juntos a conversar. Hablaron de mil cosas, hasta que ella se decidió y le dijo.

– Te tengo noticias, buenas noticias; hay un pájaro extraño, vive en las montanas de  África, si sabes entrenarlo bien, pronto tendrás la solución a tu problema.

– No pretenderás que el pájaro me lleve hasta La Habana, me atrevo a todo, pero eso es imposible.

-Tranquilo Víctor, el sabrá como ayudarte, depende de ti saber que hacer con él. No te preocupes por nada, aunque estamos en agosto, este pájaro será mi regalo por Navidad, mañana debes recibirlo. Es una mascota especial, ha ayudado a muchos como tú

Víctor, se despertó temprano, estaba ansioso. Paso la noche soñando con un pájaro enorme que lo cogía con el pico por el cuello y cuando estaba sobre La Habana, lo dejaba caer. Despertaba sudando y gritando, su miedo a las alturas, convertía este sueno, en una terrible pesadilla. Temprano tocaron a la puerta, en el portal, una caja enorme, firmo los papeles, entró la caja a la casa y llamo a su amiga.

– La caja es enorme ¿Qué clase de pájaro me has regalado, no será un cóndor?

Su  amiga río.

– Tranquilo, abre la caja y déjalo hacer, es muy inteligente.

Víctor, abrió la caja, un pájaro casi de su tamaño, con un pico enorme, lo miro fijo  a los ojos, como intentado adivinarle el alma y los recuerdos.

Los días pasaron, Víctor y el enorme pájaro, se hicieron amigos, muy buenos amigos. Cuando escribía, el pájaro con el pico apoyado en su hombro miraba detenidamente a la pantalla de la computadora, como si entendiera, tal parecía que podía leer. Si Víctor, se entretenía mirando fotos de La Habana, el pájaro se sentaba a su lado y las miraba, a veces una llamaba su atención y la apuntaba, con su pico.  Cuando Víctor se emocionaba y se le humedecían los ojos, creía adivinar lágrimas en los ojos del singular pájaro. Su nuevo amigo no hablaba, solo le faltaba eso para ser perfecto.

Una noche, Víctor, sintió un dolor terrible, se llevo las manos al pecho y cayo al suelo, parecía muerto. El pájaro fue a la cocina, casi trajo a rastras a la criada que llamo a amigos, ambulancias y doctores.

– Llévenlo a su cuarto, dijo su medico personal.

– No sobrevivirá si lo movemos de aquí, su estado es muy delicado.

Alguien pretendió impedir que el enorme pájaro entrara al cuarto. La mejor amiga de Víctor, la misma que se lo había regalado, fue tajante.

– Déjenlo entrar, tal vez de todos, a él es a quien mas necesita.

El pájaro, se quedo a su lado, junto a la cama donde yacía Víctor, debatiéndose entre la vida y la muerte, entre recuerdos y realidades. De pronto, Víctor abrió los ojos, miro fijo al pájaro y en un susurro que tenia la fuerza de un grito, la intensidad de un alarido, le dijo.

¡Tráeme La Habana y a mi madre, por favor!

Nora, su eterna y fiel amiga, abrió de un golpe el enorme ventanal del cuarto, el pájaro miro a Víctor y emprendió vuelo al sur.

Pasaron dos días, Víctor, seguía grave, debatiéndose entre la vida y la muerte, según los médicos, solo un milagro podría salvarlo. Por órdenes expresas de Nora, las ventanas del cuarto permanecían abiertas día y noche, en espera de algo que solo ella sabia. Una tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse, se escucho un fuerte aleteo, el enorme pájaro irrumpió en el cuarto, trayendo en su pico algo extraño que no lograban saber que era. Víctor se incorporo, miro al pájaro que sacudió su pico con fuerza llenando el cuarto de olas rompiendo contra el muro de todos, lloviznas de mayo, girasoles, vendedores ambulantes, grillos y palmeras. Volvió a sacudir su pico y ante médicos y amigos asombrados pedazos de La Habana aparecieron en el cuarto, calles, muros, casas. El pájaro dio una última sacudida a su pico y apareció una viejita de pelo blanco, hermosa a pesar de los años, traída de la distancia y el recuerdo, sin permisos ni papeleos.

-¡Mama! Grito Víctor, estremeciendo las paredes y a los presentes. Se levanto de la cama arrancándose sueros y aparatos.

Se abrazaron salpicados por las olas que rompían contra las paredes del cuarto, se besaron entre mieles, girasoles y humo de tabaco. Su madre y su ciudad hacían el milagro de salvarlo.

Desde un rincón el pájaro y Nora los miraban con lágrimas en los ojos. Habían planeado juntos hasta el ultimo detalle desde hacia tiempo. Los milagros, llevan a veces el nombre de nuestros mejores amigos y afectos.

Fotografia de una pintura de Fuentes Ferrin, destacado pintor cubano que reside en Houston

Despedidas.

Emigrar, nos sumerge en un mundo de holas y adioses.  Hemos vivido y sufrido despedidas,  aún nos quedan por vivir muchas más. Llevamos con nosotros la maldición del  eterno adiós. Nosotros, que vivimos entre bienvenidas y despedidas, holas y adiós, sabemos muy bien el significado de separarnos de un ser querido, aunque sea por breve tiempo.

Ver a dos personas desgarrarse en un adiós, siempre nos conmueve, estremece recuerdos y vivencias. Saber de despedidas, nos hace solidarios con los que se despiden, nos hace comprenderlos y conmovernos. Nadie sabe mejor que nosotros el dolor de decir adiós, de retener en el recuerdo a seres queridos.

Hace un par de días, vi despedirse a dos muchachos, dos amantes, un fuerte abrazo y un beso que se resistía a terminar, hizo volver a muchos la cabeza, no falto algún gesto de desagrado, como si su condición de gays, les negara el derecho a despedirse, a decirse adiós libremente. Cuando uno de ellos abordo el avión, el otro, con lagrimas en los ojos se sentó a mirar el avión. Pretendía adivinar a su amigo en su asiento, decirle de nuevo adiós, aunque no podía verlo, mirar fijo al avión, los acercaba, alargaba en cierto sentido el momento de la despedida. Cuando el avión despego, lo siguió en la distancia, se paso la mano por los ojos y se fue. La tristeza, el dolor, el amor y los adioses, desconocen de fobias y frustraciones, no entienden de cara serias e incomprensiones, son como los besos, libres, desconocedores de condenas y mentes estrechas.

Entre las caras de disgusto, los gestos desaprobatorios y el amor que emanaba del adiós de los dos muchachos, me quede, para siempre, con el amor. Mis amigos, saben que siempre apuesto por el amor. Créanme, no recuerdo los rostros de los que se molestaron por esa expresión de amor, solo recuerdo los rostros tristes y enamorados de los muchachos al despedirse, sus miradas que se negaban a dejarse ver, su querer retenerse uno al otro a pesar de la conciencia del adiós inevitable.

Muchos que son incapaces de condenar el mal, de ayudar a alguien si cae, de dar una mano en el momentos justo. Esos que no tienen tiempo para dedicar a hacer de este, nuestro mundo, un sitio mejor, son incapaces de conmoverse ante una expresión de amor. Ante un hecho que debería conmoverlos y hacerlos aplaudir el amor, prefieren contraer el rostro y hacer un gesto de negación con la cabeza; niegan el amor, que no conoce de reglas, prohibiciones, ni incomprensiones.

La emoción solidaria con estos muchachos, me impidió reaccionar y pedirles permiso para hacerles una foto que me sirviera para el escrito que ya daba vueltas en mi mente, se que no se hubieran negado. Es mejor así, tienen el rostro de cualquiera que ame, de cualquiera que su amor se eleve por encima de tabúes y absurdos, tienen el rostro de la esperanza y de un mundo mejor, el rostro de los que aman sin temores, con la certeza que el amor, todo lo puede y vence!

Fotografia tomada de la pagina WHOF.