Nosotros y las colas.

Para nosotros, los cubanos hacer colas, esperar horas para adquirir algo o por recibir un servicio, se fue haciendo, poco a poco, algo cotidiano, parte de nuestro día a día. Expertos en colas y esperas, desarrollamos habilidades, un sexto sentido que solo tiene el que ha vivido entre colas y racionamientos.

Muchos de nosotros, una de las primeras e imprescindibles preguntas que aprendimos a hacer fue; ¿Quién es el último? Después desarrollamos habilidades y preguntábamos quién iba delante del último y delante del otro. Así hasta asegurarnos que ni un terremoto, podría hacernos perder nuestro lugar en la cola. Quién no recuerda la cola del pan los domingos, olvidarla, seria borrar parte de mi infancia. Los domingos por la mañana, mis hermanas y yo, queríamos ser invisibles, transparentes, escapar al dedo selector de mi padre, cuando escogía a uno de nosotros y le decía; ¡ve a hacer la cola del pan! Ese domingo, no había muñequitos, ni comedia silente, ni juegos. Hasta el mediodía no regresaríamos, extenuados y obstinados de la mefistofélica, inacabable y siempre presente, cola del pan. Nunca tuve bien claro si el pan lo hacían en esa panadería o era traído de algún país lejano perdido en la geografía. Hacer la cola del pan los domingos, era la versión cubana del suplicio de Prometeo.

Hacíamos cola para todo. A pesar de la división de la población en grupos de compra, con días específicos para mujeres trabajadores. Salir de compras aunque solo fuera a comprar un triste desodorante o un calzoncillo, equivalía a enfrentarse a largas colas que a veces terminaban con un; hay, pero no te toca o el ultimo se lo llevo la que compró antes que usted, se imaginan lo que significaba escuchar eso después de 2 horas de cola!!! Pobre de nosotros, en particular. Mami, desde que se caso, no volvió a trabajar nunca mas de secretaria, trabajaba de domingo a domingo, largas jornadas de 24 horas. En la clasificación para comprar, era una simple ama de casa, una mujer de 2da categoría, que tenia que conformarse con comprar lo que quedaba del día de la mujer trabajadora, para colmo nuestro grupo de compra era la E, un grupo fatídico que nos hacia suspirar por pertenecer un día al selecto grupo A o B, que disfrutaban, inexplicablemente, de un mejor surtido.

Cuando llegaban los esperados y racionados mandados a la bodega, las colas duraban horas. Ahí también existían privilegios para la mujer trabajadora. ¿Quién no recuerda el plan jaba? Y  las pobres amas de casa o sus no menos pobres hijos, haciendo colas maratónicas y agotadoras.

Vivíamos en un mundo de colas, de preguntas y respuestas, ¿Quién es el último? ¿Detrás de quién va usted? Aprendimos a vigilar a los que teníamos delante, a estar alertas al más mínimo movimiento que delatara intención de irse y salir disparados; ¿Usted se va? ¿Detrás de quién va? Aprendimos a identificar personas por el color de la blusa o la camisa, el peinado, por los tenis que tenia puesto, por su estatura, hasta por el color de los ojos. Tengo amigos que en ocasiones me dicen; como es posible que puedas recordar tantos detalles! Si aprendí a memorizar rostros y reconocer las 3 personas que estaban delante de mi en una cola, con 7 u 8 años, recordar conversaciones de hace 2 ó 3 años, es un desafío menor a la memoria, casi un juego de niños.

Colas para comer en los restaurantes, colas para comprar la leche en el cercano y lejano punto de leche. Colas para las vueltas a Cuba, con pases de lista incluidos. Recuerdan aquellos carteles; solo la presencia física garantizara a su turno en la cola. Era toda una cultura de las colas y los coleros. Nada ni nadie del cubano medio escapo a las colas, a ese mundo kafkiano, donde todo podía suceder y sucedía.

A pesar de colas y frustraciones, todos, sin excepción, decidimos marcar un día en una cola gigantesca. No hay pase de lista de madrugada, ni nos interesa saber quién es el último o el primero.  Seguros que alcanzara para todos; un pueblo entero, allá en la isla y dispersos por el mundo, decidió marcar, para siempre, en la cola de la esperanza, de los sueños por realizar, en la cola de una patria, “con todos y para el bien de todo”. Seguros y confiados que nos tocara a todos, ¡Del primero, al ultimo!

Fotografia cortesia de Michel Blazquez.

Advertisements

Que cocino hoy?

En la mayoría o en todos los hogares habaneros, esta era o es una pregunta obligada. No por abundancias y no saber que elegir, sino, por escaseces y no saber que inventar muchas veces.

Nuestras amas de casa, como las he llamado muchas veces, “magas de casa”, aprendieron a vencer dificultades. Inventaron recetas y sustitutos. Si algún día se publica un libro de cocina con las creaciones de las amas de casa cubanas, mas de uno se asombrara y creerá es  una exageración. El día a día de ella, es la prueba que nada se exagera ni aumenta.

Ahora, que me como medio pollo o más de una sentada, recuerdo aquellos exquisitos pollos asados de mami. Después de darle el punto exacto, lo deshuesaba y servia por cucharones, única forma de garantizar la igualdad a la hora de servir. En un hogar con 5 hijos y suegra incluida, garantizar un plato de comida bien servida y sin discusiones, era una tarea titánica. Solo ella pudo hacerlo día a día, contando platanitos fritos y diciendo,”tocan 5 por persona”. En un país, donde todo estaba medido y racionalizado, nuestro hogar, no era la excepción.

Aún ahora, cuando visito La Habana, en otro tono y significado, mami me pregunta qué cocina. Su acto de cocinar, escapo a la racionalización y la medición, pago un alto precio. Se que en el fondo de su corazón, preferiría escaseces y no abundancias con lejanías y ausencias. Se que nunca lo dirá, su consuelo es saberme feliz, conquistando sueños.

Recuerdo una vez que el arroz escaseo mas de lo acostumbrado, alguien nos aconsejo hervir fideos  y picarlos en pedacitos pequeños, sustituyéndolo. Créanme, sólo lo hicimos una vez. Comimos tortillas de masas de pan empapadas en leche condensada. Fuimos capaces de inventar sustitutos en aras de responder a la pregunta diaria, qué cocino hoy? Dimos una nueva dimensión a la frase; a falta de pan, casabe.

Se acuerdan de Nitza Villapol, con un programa semanal de cocina, dando recetas rapidas y faciles de hacer. A veces, se pasaba en su intento de ofrecernos algo nuevo, otras lograba darnos una nueva opcion a la hora de inventar, que cocino hoy?

Siempre recuerdo la frase de un personaje de “La duodécima noche” de Shakespeare, “nunca se esta tan bien, que no se pueda estar mejor, ni tan mal, que no se pueda estar peor”. Cuando llegaron los  terribles y difíciles años 90, nuestras amas de casa, casi tiran la toalla. Ya nadie preguntaba que cocino hoy. Cuando las amas de casa se sentaban a pensar que hacer para el almuerzo, los gatos las miraban de reojo y huían espantados. Muchos de esos gatos recelosos, no vivieron para contar la historia.  Aparecieron nuevos platos y nuevos alimentos, masa carnica, buen titulo para una película de terror, picadillo de soya y otros inventos mas. Nada logro vencer a nuestras heroínas de la cocina. Hicieron una pausa, respiraron hondo y continuaron poniendo un plato en la mesa para sus familias, nada ni nadie podrá vencerlas.

Pregunta repetida día a día, hija de la decisión de subsistir por encima de dificultades y limitaciones. Hermana de una voluntad férrea de mantener el hogar y la familia, más allá de limitaciones, más allá de lejanías y ausencias.