¡La Habana no aguanta más!

En un barrio habanero cualquiera, Buenavista, Cayo Hueso o Pogolotti, dos cubanas conversan mientras saborean su café.

– Ay Estrella acabo de ver unas fotos de La Habana que parecían de otra ciudad, lindas, brillosas ¿De dónde carajo las sacarían?

– Micaela, no te hagas que tú sabes muy bien que aquí hay lugares preciosos, de esos que dejan a cualquiera con la boca abierta.

– Cierra la boca no te entre una mosca o una jutía escapá. Yo sé que La Habana tiene lugares muy lindos, que uno los mira y no puede creer que al doblar halla un montón de basura, un derrumbe o un solar a punto de venirse abajo. A mi no me hagas cuento de La Habana que me la conozco todita.

– Entonces Micaela,¿ Cuál es tu problema con esas fotos de La Habana?

– Que me molesta que sólo den esa imagen de la ciudad. Esto es más que carnavales, luces y pachanga, aquí hay mucho sudor, lágrimas, mucho sufrimiento mi santa. Que llevamos años esperando un milagro que no llega y aguantando callaos. La ciudad se está muriendo poco a poco y a nadie parece importarle. A mi me duele cada derrumbe, cada abandono, cada montón de basura y escombros, cada boca que se aguanta para no gritar, cada consigna sin sentido.

– Ahí te doy la razón Micaela, duelen muchas cosas en esta ciudad y en esta Isla, un dolor profundo, de esos que no se quitan con duralgina.

-Ves, el malecón está muy lindo, pero no camines las calles de CayoHueso que te pierdes en un bache, se te revuelve el Alma oyendo historias, gente que sólo piensa en irse y otros que quieren un cambio, pero no se atreven a cambiar ellos. La cosa está dura Estrella, muy dura y luego vienen los turistas y se creen que nosotros nos la pasamos en el bailoteo y tomando ron, que todo es jarana y rumba y no mi santa, no; esa imagen de La Habana no es la real.

– Es verdad, tú sabes que yo adoro esta ciudad, no podría vivir en otra, pero La Habana no es namá el casco histórico, el malecón, el Prado y otros lugares bonitos, La Habana somos nosotros coño.

– Quiero fotos de La Habana con la gente luchando el día a día, compartiendo lo poco que tienen, la cola pa’ la carne e’ puerco o los huevos cuando llegan, si llegan. Que tomamos Ron, pero también sudamos mucho y muy duro pa’ ponerle un plato de comida en la mesa a la familia, que bailamos rumba y son, pero también lloramos, sufrimos y soñamos.

– La Habana es una ciudad del carajo, cuando la hicieron se rompió el molde. Amo esta ciudad, aquí crecí, parí mis hijos, aquí me hice vieja y aquí quiero que me entierren. Quiero lo mejor pa’ estos barrios, estas calles, pa’ esta gente que la habita y la alienta. Que La Habana y to’ nosotros estamos cansaos de promesas y consignas.

– Así mismo mi negra, que una se cansa de lo mismo con lo mismo y La Habana ya no puede más. Tú te enteraste que este año suspendieron la conga por la diversidad, no habrá conga desde el malecón hasta el Pabellón Cuba.

– ¿Y eso por qué? Cuando Manolito se entere eso va a ser mucho con demasiado. Él anda cabrón porque no aprobaron el dichoso artículo 68 y ahora esto le pone la tapa al pomo.

– Dicen que vivimos un momento difícil, como si aquí hubiera alguna vez un momento fácil, que hace años que ya no hay cinturón pa’ apretarnos mas y sólo se oye eso, de que se acercan momentos difíciles, ¿Más todavía? No me jodan, ¿Hasta cuando los quince de Yakelyn?

– Así que ahora los muchachos no tienen su conga porque a algún comemierda le molesta. Vaya como que los quieren volver a meter a todos en el closet de nuevo. Es lo que tú decías, esos muchachos son también La Habana y tienen to’ el derecho del mundo a que se les reconozca y respete, pero a veces molestan y es como si de arriba alguien les gritara, mantén tu latón con tapa. La Habana va a despertar un buen día y se va a arrancar consignas y carteles y va a abrazar el futuro mi santa, porque ya no aguanta más.

Fotografías tomadas de Google y de la página de Facebook, Yo extraño a Cuba ¿y tú?

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Yo, juntando mis pedazos.

Amanecí esa mañana fatal, roto en mil pedazos. Pequeños fragmentos del que fuí, dispersos por el suelo, sin fuerzas para juntarse, distantes, sin vida, sin aliento.

Me miré a mi mismo, al que un día fuí. Se acabó todo, no hay quien junte fragmentos, polvo, partículas, me dijé en un susurro. Era yo deshecho por toda mi vida, disperso en mil pedazos .

Pasaron horas, días, continuaba en pedazos, roto, convertido en fragmentos minúsculos. Me miré temeroso de mi suerte, moví algunos pedazos, agité el polvo, busqué alientos y razones.

De pronto un rayo de luz iluminó una vieja foto, su reflejo hizo moverse a dos fragmentos, se juntaron, se negaron a andar dispersos por la vida. Será una ardua tarea, pero lo lograremos, gritaron mi memoria, mis recuerdos.

Así, al influjo de memorias, poco a poco, mis partículas comenzaron a juntarse; la historia de mi vida en cada gesto, me ayudaba a rehacerme apoyándome en recuerdos, en el amor.

Sobre el suelo quedaban grandes pedazos de mi, sin fuerzas para juntarse y conformarme, hacía falta un recuerdo mayor; un estremecimiento que los obligará a unirse, a darme forma. Su luz se hizo presencia, volví a andar de su brazo por La Habana, volvió a apoyarse en mi, a sostenerme Nos sentamos riendo en un banco, nos contamos historias. Yo miraba de reojo mis pedazos, ¡Se movían buscándose ansiosos en el espacio! Una ola gigante nos salpicó en el muro inmenso, sentí el olor de sus potajes deliciosos, su café me devolvía mis intentos. Unos niños corriendo por la calle, nos saludaron gritandonos, ¡Los amamos! Un arcoiris inmenso adornó la ciudad, el sol nos regalaba su esplendor, sinsontes, colibríes, revoloteaban entre memorias y recuerdos. El cielo azul, el mar, la brisa, un beso de ella y en un susurro,¡ Estoy aquí hijo mió!

Una explosión enorme, un estampido; yo, de nuevo conformado, ¡ yo de pie!

Despedidas, partidas y regresos.

He decidido irme un día de lluvias y mucho viento, un dia horrible, de tempestades, truenos y granizo.

Si hay sol y brisa, flores y pájaros cantando, demoraría mi partida, no me iría. Si un arcoiris apareciera, mi cortejo seguiría sólo, mientras yo me siento a contemplarlo y demoro mi partida, una alegría mas.

Debo arreglarlo todo para irme antes de que me venza el olvido y los años se ceben en mi cuerpo. Quiero irme de golpe, sin terribles agonías, sufrimientos; una partida asi, debe prepararse a conciencia.

Quiero despedirme a mi mismo, escribir mi epitafio, despedir mi duelo, con mi memoria intacta, con mi intención aún viva y la palabra ardiente. Confesar el mal que pude hacer un día y recordar el bien, mis manos extendidas, mi pecho abierto, mis ganas de dar siempre.

Quiero ser yo y no otro en el momento del adios. Que mi voz se escuche y mi memoria asista, que no falte nada, todo mi yo presente, despidiéndose . Quiero irme feliz del camino recorrido, de mis inicios, triunfos y tropiezos. Seguro que en cada esquina de mi vida, una esperanza guió mis intentos y mis ansias; las llevaré a todas en mis bolsillos. No puedo irme sin nada de este mundo.

A mis amigos les dejaré mis sueños, unos cuentos y sonrisas. A falta de dinero, joyas, propiedades, les dejo mis historias mal escritas.

Me iré confiado que volveré algún día, no olvidaré el camino de regreso . Me ayudaran en el retorno, las palmas, girasoles, me orientará el canto de sinsontes. El olor invencible de mi madre, marcará el sitio justo del regreso.

Volverán a parirme allá en La Habana. No habrán consignas, marchas ni discursos, sólo banderas libres, esperanzas y sueños. No será un parto doloroso, renaceré feliz, confiado, humano.

Tal vez un día una ola enorme me salpique, allá en el muro enorme de La Habana y sonriendo le diga a mis amigos, juraría que conozco estas olas, que he estado antes en este muro enorme . A lo mejor piensen que deliro si les digo que conozco la ciudad y sus misterios, que anduve entre éxodos y adioses, que iba y volvía cada día, que me invente una vida al otro lado que dividí en dos mi corazon en el intento .

Mientras llega el momento, existo y sueño, espero. Preparo despedidas y regresos, seguro de ambas. Asi es mi vida; entre partidas y regresos.

Fotografía tomada de Google.

Ivette, entre canciones y amigos.

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Se va haciendo habitual que la voz de Ivette me dé la bienvenida al llegar a mi ciudad, como si ella, le pidiera; dile todo lo que quiero y no puedo. Al final, Ivette es ¡La voz de La Habana!

Al rato de llegar a mi casa, mi hermana me dice que tenemos reservación para ver a Ivette en el bar del Telégrafo. No tendré que volver a usar mi “título” de bloguero para lograr una mesa y conformarme con verla de lejos. En esta ocasión, somos de los primeros en entrar al bar del Telégrafo. Escojo una mesa cerca del escenario, no quiero perderme un detalle del concierto. Los músicos toman sus puestos. Ivette ilumina el escenario, como si el malecón le prestara sus farolas nuevas, para estallar en luces en el escenario.

Su voz le basta, para hacer magia, para seducirnos y encantarnos en un viaje musical que promete deslumbres, aplausos y emociones. Recrea, “Y tal vez” de Formel y en el decir de los versos; “te tendría, aquí a mi lado y sería feliz”, siento, adivino un sentimiento diferente. Un extra que en grabaciones escuchadas no note, una emoción especial que da un nuevo matiz a la canción, que la convierte casi en un estreno. Canta “Te doy una canción” y cumple su promesa, repitiendo incansable su regalo y su dar, toda la noche. Las canciones, en su voz, son regalos interminables que estallan como arcoíris en la noche habanera. El amanecer se adelanta en su voz y el sol sale a su influjo.

No falta Martha Valdés, que aunque ausente físicamente, su voz la trae entre nosotros. Así, poco a poco, entre canciones, buena música y amigos que la disfrutan, va terminando su concierto. Cierra con “Hoy mi Habana” y se me antoja, escuchándola, ser el señor con el clavel en la solapa que mi ciudad espera. Ivette, podría cantar para mí, toda la semana, sería el fondo musical perfecto para andar La Habana, con mi madre del brazo, redescubriendo la ciudad a cada paso, en cada esquina habanera.

La saludo al terminar su concierto, le digo, ¿me recuerdas? Claro mi habanero, responde sonriendo. Conversamos, le reprocho entre risas que me falto su concierto en marzo como regalo de cumpleaños.
-Lo tendrás en septiembre, lo prometo, me dice en un abrazo.
Antes de hacernos las fotos, conversamos sobre su concierto en Miami, en septiembre. Imagino lo que pasara en el teatro en Miami, cuando cantes “País”, será una apoteosis de emociones, le digo.
– ¿Tú crees?
– ¡Lo sé!
Le respondo con la certeza que da saber que los cubanos de ambas orillas, no olvidamos raíces, ni recuerdos. Seguimos amando a nuestro país, con esa fuerza especial que nos da su ausencia física y su presencia aquí en el pecho y la memoria. Por un instante, la imagino cantado la canción entre luces blancas, azules y rojas, desgranando la letra; “pero ya sabes País, País mío, mi raíz es el sueño de los que aquí están, de los que han partido, ya sabes País que no logro vivir sin tus luces, desde el vuelo que me dicen que soy de aquí, ¡¡De este suelo!!” y el público de pie, aplaudiendo con el alma y los recuerdos, mientras el teatro estalla en cubania, en ese ser cubano que se disfruta con orgullo y sentimientos.

Antes de despedirnos, le digo que cada mañana escucho sus canciones, su voz me ayuda a comenzar el día. Cada vez que amanezca, recordare que un habanero me escucha, me susurra al oído en un hasta pronto, que se me antoja; un, ¡Nos vemos en septiembre, en la otra orilla!
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Perdido entre recuerdos.

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A veces, me pierdo en los recuerdos,
Me busco y desespero al no encontrarme,
Ignoro donde oculto de mi mismo, me escondo del presente y del futuro.

Perdido entre días pasados, caricias y besos que negué,
Me busco sin hallarme, me grito enloquecido, buscándome, escondido en recuerdos muy pequeños, pero míos.
Mientras, me oculto en una carta que no escribí, por miedo a la respuesta, al desconsuelo.

Me miro sin verme, me llamo sin respuesta,
Salgo a la calle y al mundo, llamándome en cada esquina del recuerdo.
Me hago el sordo, me engaño, no respondo a mis gritos.
Sigo perdido de mi mismo, es difícil esconderse de uno mismo,
Perderse en los recuerdos.

Tomo el color de fotos viejas, me busco en ellas, no me encuentro,
Reviso mis escritos, uno a uno, entre palabras, seria el sitio perfecto, para perderme un día. Ellas me ocultarían de miradas, de búsquedas y luces. Protegerían mis ganas de esconderme en los recuerdos, perderme entre ellos para siempre.

Cansado de buscarme sin hallarme, me iría hasta La Habana, escucharía voces y ruidos familiares. Sin saber como, mis pasos me llevarían hasta mi madre, todos mis caminos conducen hasta ella.
Allí, entre sus brazos, protegido de vientos y tormentas, me encontraría a mi mismo y sonriendo, diría al oído de los siglos, que ganas de quedarme en este sitio, para siempre.

Sin ganas de escribir.

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Muchos amigos me preguntan por mi próximo escrito, ¿Escribiste algo en La Habana? ¿Tomaste alguna nota? Esperan ansiosos mi próxima entrega, les confieso algo; no tengo ganas de escribir. No es que las musas anden de vacaciones como dice Serrat; mi musa trabaja 24/7, no me abandona. Este viaje a mi ciudad, a los brazos de mamá, fue rico en emociones, intenso, casi podría decir; un viaje a mi infancia, a mis raíces. Tengo aún frescos en la piel, los besos de mi madre y las gotas del mar salpicándome al golpear contra el malecón. Mis pies aún sienten su andar por las calles de mi ciudad. Cierro los ojos y revivo cada instante, cada detalle y palabra, caricia o pedazo de mi ciudad recorrido.

No, no tengo ganas de escribir, tengo ganas de cerrar los ojos y evocar la semana vivida, de mirar una y otra vez las fotos, revivir cada instante, materializar los recuerdos de algún modo. Si me sentara a escribir, no podría. No es ausencia de palabras, es abundancia. La Habana y mi madre, me regalaron montones, multiplicaron las mías, les dieron fuerzas y aliento. En vez de escribir, quisiera conversar. Reunir a mis amigos y decirle que feliz fui y soy. Solo quien vive esa alegría del regreso, quien escucha en el oído, en el momento del primer abrazo; ¡cuanto tiempo sin verte, que ganas que llegara este momento! Sabe lo que siento, por que no tengo ganas, ni puedo sentarme a escribir, con tantos recuerdos y emociones en torbellino por mi alma y mi mente.

Si amigos, la vida puede resumirse en un beso, en un abrazo. Un instante vale por años, por siglos, por vidas pasadas y por venir.

Podría decirles un montón de cosas, vestirme de poeta y escribir que La Habana, se invito a mi casa, que temprano en la mañana, un martes 19, luciendo su bata blanca con cintas y lazos rojos y azules, despertó a mi madre con un beso, se sentó junto a ella y le dijo.

-Recuerdo hace 85 años, el día que naciste, siempre supe que ibas a ser feliz y a vivir mucho, pero nunca imagine que íbamos a compartir el amor de tu hijo, que ese amor nos ayudaría a ambas a vivir, que nos haría hermosas, eternas.

Que mami, emocionada y llorosa le dijo.

– ¡Soy tan feliz! Inmensamente feliz, esta alegría de hoy, compensa de cualquier pena. Siempre estamos unidas, pero cuando el viene, es como una fiesta que nos inventamos entre los tres.

Que entre al cuarto con tres tazas de café. Mami, mientras tomaba su café hizo un gesto a la Habana, que se volvió a mi sonriendo.

-Y ese libro Jose, ¿Cuando acabas de publicarlo? Tu madre y yo queremos apretarlo contra el pecho, hojearlo, releerlo. Tu mamá tiene 85 anos y yo casi 500, a nosotras eso de la Internet nos confunde, queremos un libro, no lo pospongas más. Concha, no te preocupes que yo tengo en Miami varias amigas que le caerán arriba con la pituìta del libro; este año tendremos el libro con nosotras, ¡Ya veras!

Reímos juntos con esa risa clara y fresca que nace de la felicidad pura. Terminamos abrazándonos los tres. La Habana, era una ciudad hermosa, iluminada, sin ruinas ni escombros, mi madre volvió a tener 30 años y yo fui un niño, de la mano de ambas, recorriéndolas y dando mis primeros pasos. La risa, tiene propiedades mágicas, desconocidas por muchos. Mientras reíamos juntos, los recuerdos tristes se olvidaron, las penas se alejaron. Cuando reímos así, nos renovamos, nos quitamos el polvo de los años, deberíamos reír así más a menudo. Reír, debería ser obligatorio.

Si tuviera ganas de escribir, les describiría la felicidad. Ser feliz, es un don que a veces depende de nosotros, cualquier sacrificio por lograrlo vale la pena. Hacer feliz a quienes amamos, verlos reír, iluminarse de dicha y amor, no tiene precio. La felicidad es volver a ser niños con la experiencia de hoy, recostarnos en las piernas de mama y dejar que sus manos hagan el milagro de desenredar penas y años. La felicidad tiene un espacio y tiempo exacto, solo hay que saber encontrarla, desandar caminos, ir tras ella, lucharla, como decimos los cubanos. Una taza de café compartida, un almuerzo especial, despertar a mamá, con un beso, volver a nuestros orígenes, a ser los de siempre, abrazar junto al mar a quienes amamos, dejar que el mismo mar que nos separe, nos bautice de alegría y dichas, son instantes que conforman la felicidad de muchos, la mía, la nuestra.

No amigos, no tengo ganas de escribir, en otra ocasión les contare de este viaje a La Habana, de la sonrisa de mi madre, de reencuentros y alegrías. Hoy, realmente no podría, les debo ese escrito. Ahora voy a dormir, quiero soñar con mis recuerdos.

¡Al sur, me esperan!

Paseando por La Habana.

Allá al sur, inquietas y felices, me esperan dos mujeres, dos amores, intercambian miradas, cómplices y pícaras. Compartirme las une, me las funde, se hacen una en amores y recuerdos. Mi amor se multiplica y se engrandece, se hace eterno entre sus brazos y memorias.

Desde el norte, sueño en estar con ellas, alisto maletas y recuerdos, calmo nervios e inquietudes. Vivir lejos de ellas ha sido duro, lo sabemos, pero ha valido la pena, lo agradecen mis sueños y mis letras, mis amigos y mi musa, hasta ellas mismas. Amar en la distancia desgarra el alma y nos curte en el viento del dolor, termina haciéndonos crecer, nos mejoramos.

No se cual de las dos fue la primera en saber de mi llegada y salio corriendo gritando a toda voz; ¡Ya viene pronto! El eco de su grito estremeció ruinas y arrugas, recuerdos e ilusiones. Ambas se maquillan la tristeza, se dibujan sonrisas y alegrías, saben que amo la belleza. Se perfuman de futuro, están de fiesta.

Desde aquí, adivino sus suspiros, sus juegos, su intercambio de colores y de luces. Una me llegara en un instante, será la primera en recibirme, me tomara de la mano y de los sueños, cuidara de mi, por todo el tiempo. Sin celos, me llevara hasta la otra y contemplara orgullosa nuestro abrazo, nuestros besos. Sabe que mi amor es suficiente para tenerlas a ambas en el centro del pecho y la memoria.

Cada mañana, cuentan los días que faltan para vernos. Una sentada en el portal, mientras se mece en su viejo sillón y en sus recuerdos, revive momentos compartidos. Sonríe desde lo hondo de su alma, feliz y plena. Ensaya abrazos, besos y sonrisas. La otra, dueña del sitio exacto donde comienzan mi historia y mis amores, alista plazas, balcones, calles y personajes que me esperan. Sabe que iré a su encuentro, una y otra vez, me regala historias y reencuentros. Se saben el aliento de mi historia y comparten felices lugares y memorias.

Mi Habana, mi madre, ambas se me confunden en la distancia. Caminare por mi ciudad, con mi madre del brazo, andaremos esas calles repletas de historias y esperanzas, nos sentaremos en sus bancos. Nos burlaremos de epidemias y muertes anunciadas, seguro que estar juntos; derrota la muerte y pesadillas. Inventaremos sueños, hablaremos de próximos encuentros. Mi ciudad soplara en mis oídos nuevos temas. Me guiara del brazo de mi madre por esos sitios que anduve hace ya mucho. Me asombrare en cada esquina, estrenaremos carcajadas, vidas, ilusiones. Abrazaremos fantasmas y recuerdos.

En algunos momentos, escribiré apuntes, retendré con palabras cada instante. Cada viaje a La Habana, a los brazos de mi madre, es una fiesta, un paréntesis que abre y cierra la alegría. Saberse amadas, las protege de todo, las sostiene. El amor es una columna, un brazo fuerte, un aliento de vida en la distancia.

Norte o sur, ayer, mañana, aquí o allá, cuando de amar se trata, no pone limites, ni frenos. Seguiremos ellas y yo, sosteniéndonos, amándonos, no importa donde estemos, ni el momento.