Una amiga vestida de victoria

Mi amigo del exilio y su esposa.
Andamos por la vida a toda velocidad, sin detenernos a meditar o disfrutar esos momentos especiales que nos ofrece. En la prisa por llegar a donde no sabemos, muchas veces ni reflexionamos. Nos perdemos en la carrera, sin disfrutar el entorno, sin vivir la experiencia y enriquecernos con ella. Pasan personas por nuestro lado y en vez de tomar su mano y sujetarlas para andar juntos; agitamos un adiós, mientras seguimos corriendo, sin saber que buscamos, sin sumar afectos y vivencias. Queremos llegar, a ese lugar donde nadie nos espera, en una prisa que no da tiempo a nada, solo a correr y seguir.

La vida me enseño a andar despacio, detenerme en los detalles, sin prisa. Todos llegaremos un día a la meta o a la muerte. A veces me siento, saboreo lentamente una taza de café o de recuerdos y sueños. Eso somos, recuerdos y sueños, lo que fuimos, lo que nos marco y conformo y lo que seremos, con empeño, voluntad y ganas. Cada día nos regala recuerdos y experiencias, nos enriquece. Hay momentos que nos hacen felices, se convierten en tesoros, entonces queremos compartirlos con los amigos. No es ostentación de felicidad o alegría, es ganas de multiplicar la alegría, de hacerla masiva. La alegría, debe ser contagiosa, viral, multiplicarse en amigos y derrotar enemigos

La alegría, la felicidad, pueden nacer hasta de una desgracia. Algo que nos arranco lagrimas y dolor un día, puede generar felicidad otro. Anoche, viví uno de esos momentos especiales, de esos tesoros que compartir con amigos es una obligación y placer.

Hace poco más de un mes, una amiga especial, me dio una noticia terrible; ¡Tengo cáncer! Me dijo, pasado mañana comienzo la quimioterapia. Yo, del otro lado del teléfono, rompí en llanto, me quede sin palabras. Un segundo después le dije; es la última prueba que Dios te pone para que tu espíritu alcance la perfección, has ayudado a muchos, ahora toca a esos muchos ayudarte a ti. Me pidió que no recogiéramos dinero para ella; todos tienen necesidades, cuentas por pagar, diles solo que oren por mi. Por vez primera no estuve de acuerdo con ella, no pudo hacerme desistir; no nos prives de ese placer, ayudarte es una deuda de todos tus amigos contigo, la gente dará lo que pueda, con amor y ganas.

Anoche, junto a un amigo-hermano, fuimos a llevarle el dinero reunido, ¡$1200.00! Unos minutos antes la llame para decirle que íbamos en camino; voy a verlos, ¡Que alegría! Nos recibieron, ella y su esposo. Nos saludamos con abrazos y besos que amenazaban no terminar. Le explique que entre todos habíamos reunido un dinero para ayudarle, le conté como sus amigos me daban $20.00 un día y al siguiente volvían a darme otros 20 o 10; para Teresita, me decían. Ella y su esposo lloraron de la emoción, ambos son dos amigos muy especiales para muchos. Yo, los llamo, “Mi amigo del exilio” y “Mi ángel del exilio”, los que me siguen hace tiempo, los conocen de un modo u otro.

Mi ángel de exilio, recoge con creces el amor que ha sembrado en todos los que hemos tenido la suerte de conocerla. Anoche cuando hablábamos con ella, no teníamos enfrente a una persona enferma, abatida por la desgracia. Nuestra amiga, como le dijo Hiram, ha decidido vestirse de guerrera y vencer en esta batalla contra el cáncer. Sabe que pronto vestirá el traje de la victoria y se prepara para lucirlo, confiada y tranquila. Nuestras oraciones y su fuerza, aseguran y adelantan esa victoria.

Esos minutos que viví anoche, los disfrute como un regalo especial de la vida. Me detuve en ellos sin prisas, sin correr, aún hoy los saboreo y disfruto. Son un tesoro, un tesoro que quise compartir con ustedes, sin prisas, sin adioses rápidos, dándonos las manos, compartiendo la vida.

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