Ivette, La Habana, recuerdos y un proximo concierto.

IMG_0028
Desde que la descubrì, desde el instante que su voz me atrapo en esa suerte de amor a primera escucha; la voz de Ivette, acostumbra a darme la bienvenida en mi ciudad. Es parte de ese reencuentro con mis raices y memorias, con ese paìs, mìo y nuestro. Tal vez porque aún esta fresco en mis oìdos y en mi alma su último concierto en Miami, tal vez porque jugar con bienvenidas y despedidas, es nuestra virtud o maldición, en esta ocasión, su voz es el hasta luego, el vuelve pronto, el te esperamos, que mi ciudad y mi madre eligen. Es un intento y acción de anclarme a mi pais, garantizando regresos, borrando ausencias.

Este concierto de Ivette, tiene un toque mágico, especial, algo que lo hace único e irrepetible para mi; mi madre accedio a acompañarme. Mientras escucho y disfruto a Ivette, aprieto su mano, la acaricio. Mi Corazon da gracias, una y otra vez por esta noche. Tambien me acompaña una amiga de mi primera juventud, nos conocimos a la sombra de mi primer y gran amor. Estar juntos esta noche, es como jugar a las escondidas con el tiempo, las distancias y los sueños.

He escuchado varias veces a Ivette, en Miami y en La Habana, cada concierto, cada cancion, cada entrega, supera al anterior y creanme no es una frase o un elogio. Pertenece a esa estirpe de cantantes que lo dan todo en cada interpretacion, sin importar escenarios, ni lo numeroso del publico. No guarda nada para la proxima vez, se da toda en cada cancion, como si fuera la ultima que interpretara. Canta a Sabina, Serrat, recrea canciones cubanas, jazzea, coquetea y juega con todos los géneros, como reafirmando en su voz que, nada musical, le es ajeno.

Termina su concierto, entre aplausos y reclamos del público. Elige para el cierre, “Tú eres la música que tengo que cantar”, mientras entre ovaciones y bravos, su publico reafirma que ella es la voz que tenemos que escuchar. Saluda a amigos y público, me pide una foto con mami. Aprovecho y le susurro al oìdo;
– Te extrañamos en la otra orilla.
– Tal vez regrese en enero.
– ¿Tal vez? Le pregunto.
– Voy en enero, me afirma sonriendo.

Al regresar a casa,a Miami, mis amigos me preguntan, ¿Viste a Ivette? ¿Cúal concierto estuvo mejor ese o el de Miami? Los escucho, pienso, respondo; su mejor concierto, será el próximo. Cada vez que la escucho, me deja la certeza que lo mejor de su arte y entrega, aún esta por llegar.

Hoy como ayer, iniciara el 2015 con la presentacion de Ivette cepeda, les aseguro, su próximo concierto,¡será el mejor!

Advertisements

Cubanos y ausencias.

IMG_0010 (5)
Mientras dedico tiempo a tareas propias de los días libres, escucho el disco de Ivette Cepeda, País. Una canción me atrapa, a su influjo comienzo a unir frases en mi mente. A pensar en las Ausencias que hemos vivido y sufrido en nuestras vidas, en este eterno partir y regresar de cubanos por el mundo.

Nosotros, los cubanos, cargamos con ausencias terribles desde temprana edad. Ausencias físicas, tangibles, ausencias que el alma no olvida y busca una y otra vez, con toda la fuerza de los recuerdos.

En cada barrio, cada cuadra, cada familia, se mezclan ausencias y presencias. Siempre falta alguien en días de celebraciones, de alegría o dolores. No hay familia cubana que pueda reunirse un domingo y la abuela decir feliz; estamos todos. Siempre falta alguien que ausente, envía fantasmas y recuerdos a ocupar su sitio, a paliar vacíos y angustias.

La primera gran ausencia en mi vida la sufrí siendo un niño. Desde Palma Soriano, llego una familia a vivir en la casa de al lado, un matrimonio con una hija. Estaban esperando la salida del país. Nunca entendí como mi padre, comunista y revolucionario 100%, acepto que las dos familias se hicieran una y mi vecinita fuera una hermana más, que pasaba más tiempo en mi casa que en la suya, son cosas del corazón. Tal vez un milagro del amor. Los años pasaban, los lazos entre las dos familias se estrechaban, nosotros crecíamos. Mis hermanas y yo pensábamos que esa salida del país nunca llegaría, cosas de muchachos. Un día armaron maletas y partieron dejando un vacío enorme, terrible. Mami perdió a su amiga y confidente, nosotros a una hermana que solo volveríamos a ver gracias a la magia de las redes sociales, muchos años después, cuando también fuimos ausencias.

Son muchos años de despertar entre ausencias. Amigos que se fueron, familiares que apuran un adiós. Llegar a lugares, hacer un pase de lista mentalmente, notar que los ausentes aumentan.

La Habana, nuestra Isla, sufre del mal de ausencias. De vivir entre adioses y regresos, entre abrazos que se apuran y brazos que quieren retener, sin fuerzas para más despedidas.

Nos fuimos, dejamos fantasmas ocupando nuestro espacio, cuidando recuerdos. Cuantas ausencias, cuanto dolor. Ese no estar en el momento preciso. Perdernos nacimientos y muertes, sonrisas y lágrimas. Un país, no puede con tanta ausencia, un futuro no se construye entre un adiós y un vuelvo pronto. Seguimos sumando ausencias, dejando espacios, cicatrices en el alma, nostalgias que no cesan. Conjugamos el verbo partir en todos sus tiempos, engañando el dolor con regresos, dejando en el aire un vuelvo pronto, espérame.

Escucho una y otra vez la canción de Ivette, “gente que extraño y quisiera abrazar, sin preguntar”. Se me revuelven las ausencias, jugando con la letra de la canción podría decir que nuestros corazones son un nido de ausencias. Por suerte las ausencias no se convierten en olvido, nos la arreglamos, “a lo cubano” para inventarnos puentes y vías. Pactamos con fantasmas, invocamos a Cachita, nos une el amor, que hace el milagro de mitigar ausencias. Nos volvemos brisa, olas y llegamos a casa, nos sentamos a la mesa, nadie nota nuestra presencia, tampoco nuestra ausencia, estamos sin estar. Le pasamos la mano por la cabeza a la vieja, la besamos, le soplamos un, te quiero mucho al oído y volvemos.

Así vivimos, de un modo u otro, entre ausencias, presencias, despedidas y regresos. Reparándonos el alma y los recuerdos con una foto o una llamada por teléfono, con la promesa de un regreso, inventándonos el mañana, seguros que un día será presente y borrara ausencias.

¡Apagón en La Habana!

Leo noticias, me llaman amigos, me dicen que La Habana, esta a oscuras, que una rotura o algo desconocido ha dejado a la ciudad y parte del occidente sin electricidad. Hay quienes dicen que miles de personas corrieron al Malecón. A  refugiarse en su brisa y olvidar a su influjo, calores y penumbras.

Hace unos minutos, antes de leer las noticias, hablé con mi madre. No se si mi voz la hizo olvidar penumbras o iluminó su noche; no mencionó nada de apagones, ni oscuridades. Cuando mi hermana le gritó; mami, es Joseito! No escuche decirle, ten cuidado o mira bien que no hay luz, nadie corrió a sujetarla. Si realmente La ciudad estaba a oscuras, el milagro del amor, iluminó mi casa, allá en Playa y nadie se entero que la ciudad a oscuras, corría al muro de todos, encendía velas, faroles y abría ventanas.

Nosotros, acostumbrados a apagones, ausencias y escaseces, ya nada nos asusta. Aprendimos siempre a mirar el lado bueno de las cosas. Inventar la alegría, cuando abunda la tristeza. A inventarnos luces e luminar noches, cuando la ciudad oscurecía y nadie se asombraba, ni lo comentaba por las redes sociales. Recuerdo el verano del 93 o el 94 con aquellos apagones de 8 horas, que ya no sabíamos si teníamos apagón o alumbrón, si la luz se iba o venia.

No se si es cierto que mi ciudad, la Capital de todos los cubanos, esta sin electricidad; luz, siempre tendrá! Decidió iluminarse, para siempre, con el amor y el recuerdo de sus hijos. A ella, como a mi madre, le basta una sonrisa, una llamada mía, nuestra, para iluminar noches y olvidar penas.

No, La Habana, no esta a oscuras, tal vez falte la electricidad, no puedan funcionar  ventiladores, ni encenderse bombillos. Mi ciudad no esta sin luz, no lo estará nunca, enciende estrellas y recuerdos, se inventa alegrías para alumbrar noches. Levanta olas y brisas que la refrescan, que le hacen olvidar angustias y dolores.

Para oscurecer La Habana, no bastan roturas, ni cataclismos, desde todos los lugares del mundo, mi ciudad, extendida en la geografía y el amor, sigue iluminada, lanza fuegos artificiales, arco iris de medianoche, dibuja sonrisas. Si al influjo de mi voz y mis te quieros, se ilumino mi casa y mi madre no necesito faroles, ni brazos que la ayudaran a llegar al teléfono, así mi ciudad, nuestra ciudad, se ríe de apagones y dificultades, se abanica con una palmera, se tiende al Malecón y sonríe, con la certeza y la felicidad que da, la confianza en el mañana!

El hombre desterrado.

Había una vez, un pueblo, aislado del mundo. Recibía muy pocas visitas de los habitantes de los pueblos cercanos. Los que vivían en él, tampoco visitaban a otros pueblos; rígidas leyes, establecidas por el Alcalde del pueblo, lo impedían. El Alcalde, dueño de toda la tierra del pueblo, de la única fabrica que existía y de la única estación de radio, gobernaba al pueblo con mano de hierro, su voluntad, era ley.

El pueblo, se empobrecía cada vez más. Algunos burlaban leyes y se decidían a buscar trabajo en pueblos cercanos, no podían regresar, pero al menos, ayudaban a sus familias.

Un día, un hombre del pueblo, quiso cambiar las cosas. Se enfrentó al Alcalde, quería seguir viviendo en su pueblo, pero que la situación mejorara, cambiar el estado del pueblo. Entre otras cosas, quería abrir otra emisora de radio y un pequeño taller, que diera empleo a unos cuantos. El Alcalde, se enfureció, lo expulsó del pueblo. El hombre de nuestra historia, se convirtió en un desterrado.

Pasaron los años, muchos. El hombre desterrado trabajo duro, muy duro, triunfo, pero seguía extrañando su pueblito y a su familia, en especial a su madre. Los ayudaba, siempre se las arreglaba para mandarles algo, saberlos bien, lo compensaba, en cierta forma, de lejanías y ausencias.

Después de insistir mucho, un día, el hombre desterrado, recibió permiso para visitar por tres días a su familia. Estaba feliz, inmensamente feliz. Compró regalos para toda la familia y para gran parte del pueblo. Reservo pasaje en el viejo camión que hacia el viaje a su pueblo. Muchos, le aconsejaron que no fuera; es una locura, le decían. Los silencio a todos, cuando mirándolos a los ojos les dijo; ustedes, tienen a toda su familia aquí, pero la mía esta allá, tengo que ir a verlos, abrazar a mi madre, aunque sea lo último que haga en la vida!

Llego el tan esperado día, subió sus dos maletas enormes al camión, se subió, se sentó sobre ellas. Con los ojos llenos de lágrimas y esperanzas, hizo el viaje de regreso a su pueblo.

El camión, se detuvo en el centro del pueblo. Cuando el hombre desterrado, se bajo del camión, se acercó un guardia. Con voz tajante y ruda, le pregunto; a que vienes? A ver a mi familia, a abrazar a mi vieja, respondió el desterrado, mirándolo a los ojos. Deja ver tus papeles, tienes permiso? Le pregunto, el desterrado, le mostró los papeles, firmados por el mismísimo Alcalde; esta bien respondió el guardia. Que traes en esas maletas? Regalos para mi familia y mis amigos. Ábrelas, dijo el guardia. El desterrado, abrió sus maletas, el guardia reviso todo. Saco algunas cosas, esto no lo puedes traer, ordenes del Alcalde. El hombre desterrado, se aguanto las ganas que tenia de partirle la cara al guardia prepotente. Ver a su familia, era su mayor objetivo, llevaba años esperándolo.

Llego a su casa, en el portal, envejecida, inclinada por los años, pero  feliz de volverlo a ver, estaba su madre, esperándolo, con los brazos abiertos. Se abrazaron por horas, todos vinieron a ver, con lágrimas en los ojos, el abrazo mas largo, en toda la historia del pueblo. El desterrado y su madre, se abrazaban y besaban entre lágrimas y caricias que llevaban años acumulando.

Los tres días, pasaron volaron, siempre sucede así, cuando somos felices. El hombre desterrado, disfruto ese tiempo con los suyos. Ese regreso a sus raíces, le servia para volver al pueblo donde vivía, renovado y feliz, seguro que su familia y amigos, no eran sólo, voces y recuerdos. La despedida, fue breve; un vuelvo pronto! Quedo flotando en el aire, mientras subía al camión.

A su regreso al pueblo donde vivía, sus nuevos amigos, lo esperaban, al bajarse del viejo y destartalado camión. Lo abrazaron, le dijeron; no volverás mas, nos enteramos como te trato el guardia! El hombre desterrado, sonrío, se enteraron también del abrazo de mi madre, de su sonrisa de felicidad? Volveré, siempre que pueda, mi madre, mi pueblo y yo, lo necesitamos!

Regalos de La Habana.

La Habana, tiene una magia especial, es una ciudad capaz de mejorarle el día y la vida a cualquiera. Cuantas veces, cuando vivíamos allá, nos levantamos mal humorados, molestos hasta con nosotros mismos. Maldecíamos al despertador, al cepillo de dientes, al café mezclado, a  la guagua que no llegaba, al centro de trabajo, al almuerzo escaso y a todos con los que tropezábamos. Nuestra ciudad, nos miraba, se burlaba de nuestro mal genio, guiñaba un ojo y hacía el milagro. Se las ingeniaba, para hacernos algún regalo que nos hiciera olvidar disgustos y molestias. Bastaba caminar por sus calles, sentir una mirada sobre nosotros, detenernos a conversar, intercambiar teléfonos. Las muecas de disgusto, se transformaban en sonrisas, las miradas adquirían un brillo especial. Nuestra ciudad, experta en asuntos de amores y de la vida, sabe como dibujar sonrisas, hacer regalos especiales, guarda siempre, una carta de triunfo, para sacarla en el momento justo, cuando creemos que todo esta perdido.

Me cuenta un amigo que su último viaje a La Habana, fue un poco desafortunado, a pesar de su amor por la ciudad, casi jura no regresar más. La Habana, se las arreglo para hacerle un regalo que compensara malos ratos, que le dejara un sabor dulce en el alma y en los labios. Casi a punto de cancelar su viaje y regresar a Miami, mi amigo se reencontró con un amor de  20 años atrás. Paso días maravillosos entre te quieros y recuerdos evocados. El viaje que amenazaba convertirse en el último y dejarle un  eterno sabor amargo en el alma, tuvo un final feliz, inesperado. Fue como si La Habana,  dijera; te vas y no piensas regresar? Ya veras como vuelves pronto, yo se como hacerlo!

No hay otra ciudad capaz de hacer regalos especiales, es algo que se fue conformando desde sus orígenes,  su posición en el mar, los vientos que la acarician o algún conjuro u oración dicha a tiempo, hicieron el milagro! La Habana, regala amores, sonrisas  y te quieros capaces de cambiarnos la vida, de volver un día gris, en un día de soles y arco iris.

Mi amigo, habanero por amor y por decisión, hijo adoptivo de nuestra ciudad, no escapo a su magia. Estoy seguro que se imagina andando de nuevo entre columnas, esquivando la lluvia, negándose a despedidas, escondiéndose en el bolsillo de su amante, para escapar del tiempo y de finales.

La Habana, carga un saco enorme de oportunos y necesarios regalos. Hace uso de ellos como el hada del cuento, en el momento justo; cuando todo oscurece, un rayo de luz ilumina la esperanza y la vida. Hace años que mi ciudad, no me regala una aventura de amor, muchos. Es inteligente, sabe que necesito otro tipo de regalos, otro tipo de aventura de amor. Ella y mi madre, se alistan para mi regreso, intercambian entre si secretos para regalarme una estancia feliz, inolvidable. Me esperan los brazos de mi madre, los únicos que necesito para ser el hombre mas feliz. Brazos mágicos que tienen la rara virtud de convertirme en niño y hacerme olvidar penas y años, desencuentros y ausencias. Gracias Habana, por regalarme cada mes de mayo, la mejor aventura de amor, del brazo de mi madre!

Una historia triste.

Hay historias muy tristes, de esas que preferiríamos no tener que contarlas nunca. No producen alegría al compartirla, seria mejor que nunca hubieran sucedido. Les confieso, que hasta intente no escribirla, daba vueltas en mi cabeza, me bloqueaba otras ideas. Finalmente, hoy, trabajando, le envíe un mensaje a un amigo, pidiéndole detalles. Sin querer, empecé a escribir una historia triste.

Siempre que alguien dice adiós, que un amigo se nos va, sin tiempo para un abrazo de despedida, pensamos en cuanto nos quedo por decir. Cuanto tiempo por compartir perdimos. Si supiéramos que su tiempo se acababa, lo hubiéramos aprovechado más intensamente. Cada minuto con ese amigo, con esa persona, hubiera sido una fiesta, un regalo, sin embargo, sólo al no tenerlo a nuestro lado, recién comprendemos cuanta falta nos hace. El vacío que deja para siempre en todos los que le conocieron. Por eso, con los amigos, con los seres queridos, no podemos escatimar abrazos, ni te quieros, nunca sabemos cual será el último.

Hace días, leí en la página de uno de mis amigos, excompañero de trabajo, la noticia de la muerte de un amigo. Solo 23 anos y se fue sin avisar, sin despedirse, sin un nos vemos. Mi amigo y otros amigos mas, estaban, están, desconsolados. No se resignan a la partida, a la ausencia, a no volverlo a ver cada día. Cuando la realidad es muy dura, pensamos que es un mal sueño, que no es verdad, en este caso es real; el muchacho, ya no esta con nosotros.

Leí, los comentarios, en Facebook, de  mi amigo y de sus  amistades. El muchacho, trabajo un tiempo en el aeropuerto con nosotros, pero creo que no lo conocí. Lo conocí ahora, a través de las lágrimas de otros amigos y llore con ellos su partida. Sin conocerlo, llore junto a sus amigos y me conmoví con el dolor ajeno, lo hice mío. Cada vida que se pierde sin madurar, sin completar un ciclo de vida, es como una luz que intenta apagarse, una estrella que parece extinguirse.

Este joven, era cubano, uno de los tantos jóvenes cubanos que viven hoy en Miami. De esos jóvenes, para los que es normal, tener un auto, celular, de esos jóvenes que han vivido siempre con Internet y  estar conectados con el mundo, es algo normal, cotidiano. De esos jóvenes que solo conocen de escaseces y racionamiento por historias. Perdió la vida en un accidente de auto, tal vez mirando el celular o en un pestañazo fatal, regresando cansado,  temprano en la mañana. La noticia, estremeció a sus amigos, por lo que he leído y me han contado, supo ganarse el cariño de todos los que lo conocieron. El dolor, los dejo sin lágrimas, sin palabras, los paralizo.

Los amigos, nunca dicen adiós, no dan un abrazo de despedida, no piden permiso para irse. Si pidieran permiso, quedarían para siempre con nosotros, enredados en nuestros brazos, que no los dejarían partir. Repasando lo que leí sobre este muchacho, lo que me contaron, pienso, se, que no se fue del todo, lo mejor de él, queda para siempre en el recuerdo de sus amigos y familiares. Su luz, no se apago esa mañana terrible, una estrella, no se extinguió esa mañana. Su sonrisa, desde el cielo, alienta a amigos y desconocidos a continuar. La alegría y felicidad de todos los que han llorado su partida, harán que cada día, su sonrisa de luz, tenga mas fuerza. Convirtiendo las lagrimas en deseos de vivir, recordarlo alegre y sonriente, pueden cambiar una historia triste, que empezó con lagrimas, en un homenaje constante a su sonrisa.