Micaela dice que, ahora si vamos a construir el socialismo.

Allá en La Habana de todos, donde el calor abraza y el mar refresca, allá donde se juntan recuerdos, presente, fantasmas y futuro, allá en un barrio habanero perdido en el mapa de la ciudad, Cunda y Micaela toman café y conversan.

– Ven acá mi santa, hasta cuando van a ser pollos los gallos de Menocal, cómo es eso de que ahora si vamos a construir el socialismo, ¿Que coño hemos estado haciendo estos 60 años?¿Jugando a las casitas?

– Ay Cunda no te me pongas difícil que tú sabes muy bien que somos un país bloqueado por el país más poderoso del mundo, que no nos dejan respirar mi santa, la culpa de tó la tienen los americanos.

– O tú te has creído tó los discursos y las mesas redondas esas que aburren y dan mareos o tú ligaste el café mezclaó con la chispa e’ tren¿ Dónde están los barcos bloqueandonos? Aquí entra y sale el que le da su reverenda gana, la culpa de tó la tienen los que han acabado con este país mi negra, que ni centrales tenemos ya y tomarse un guarapo está más difícil que tomarse una cocacola. Que mientras unos viven bien, otros no tenemos ni un cable pa’ mordisquear. Esta bueno ya de confundir y vamos a llamar las cosas por su nombre.

– Ay Micaela, tú estás hablando como los gusanos y no como una revolucionaria, presidente del comité y trabajadora de avanzada.

– Bájame los títulos y súbeme la cuota. Una se cansa mi negra, llevamos años de lo mismo con lo mismo. Pasó el período especial y por poco nos morimos, que si el derrumbe del campo socialista, que si la Union Sovietica había desaparecido, el caso es que pasamos más hambre que un foro e’ catre. Resistimos, resistimos y seguiremos resistiendo, chica estas olimpiadas de la resistencia no se acaban nunca. Que es muy fácil hablar de tiempos difíciles y poner un miserable pescao por núcleo y carísimo y meterse después una buena langosta o un buen filete, que no jodan.

– No te conozco Micaela, dónde está la que siempre estaba dispuesta pa’ tó, la que fue al Cordón de La Habana, a las escuelas al campo, chica si hasta cortaste caña en la zafra del 70, por ahí debe andar la medalla que te dieron. No hables así que me duele el pecho de oírte, me va a dar una sirimba por tu culpa.

– Sirimba me va a dar a mi si me sigues recordando tó la mierda que comí. Si, yo, como muchos, creí en esto y le puse corazón y fuerzas. Quería que mis hijos vivieran en un país mejor, sin escaseces, que pudieran estudiar, trabajar, que no tuvieran lujos, pero que no tuvieran carencias, vaya que me creí tó los cuentos que nos hicieron, hasta que me di cuenta que aquí no había mejoría, que los discursos estaban muy lindos y las consignas emocionaban, pero la jama seguía perdía y esto se ponía cada vez más difícil. Que me duelen mis hijos graduados de la Universidad, trabajando en el turismo pa’ poder inventar algo y sobrevivir, me duelen los jóvenes vendiéndose por unos dólares de mierda o planeando como irse del país. Este no es el futuro con que yo soñaba, que se me cayó la venda Cunda y yo, como La Habana, ya no aguanto más. ¿Y tú por qué estás llorando mi santa? ¿Qué muerto oscuro se te ha montao?

– Es que una se engaña una misma Micaela, que no quiero ver pa’ no volverme loca, que quiero creerme tó los cuentos que nos hacen pa’ no morirme de angustia, pa’ no perder la razón y empezar a dar gritos como una loca. Estamos casi al final de nuestras vidas y se nos han roto tó los sueños, seguimos arando en el mar sin encontrar el camino. Es que no te das cuenta de que tengo que creerme eso de que ahora si vamos a construir el socialismo pa’ poder seguir viviendo, pa’ no mandar tó pal carajo y buscarme una salación.

Micaela se levanta del sillón, abraza a Cunda y entre lágrimas le dice.

– Perdóname mi negra, yo no quería que te pusieras así, cálmate que no quiero que tus hijos te vean así. Mira vamos a casa de Pancha pa’ que nos tire los caracoles a lo mejor nos dice algo bueno y se nos arregla la tarde.

Cunda sonríe y se seca las lágrimas

– La verdad que tú eres la pata del diablo. Si vamos a ver a Pancha, total un cuento o una mentira más, no nos van a hacer daño.

Fotografía tomada de Google o tal vez de la página de Facebook de algún amigo.

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El angel de La Habana.

En el corazon de CentroHabana, nacido y criado en ese barrio, vive Felix, un joven de 24 años que le gusta pintar y hacer ejercicios.  Su madre está preocupada por él. Se levanta cansado en las mañanas, ojeroso, extenuado, como si hubiera pasado la noche en vela, luchando con demonios.

Una mañana su madre, en la cocina, habla con su amiga Pancha, la negra santera que vive en el solar de la esquina.

-Ay Pancha, Felixito me tiene tan preocupá . Come bien, hace sus ejercicios, pero por la mañanas se levanta ojeroso, cansao. Despues se le pasa con el trajín del día, pero cada mañana es lo mismo. Por eso te pedí  que vinieras a tomarte un buchito e’ café,  estoy desesperá. Sólo tú  podrías ayudarme.

-Nena, llevamelo a hacerle un buen despojo, eso debe ser un muerto oscuro que no lo deja dormir. Eso se lo quito yo o me dejo de llamar Pancha.
-Mañana mismito te lo llevo, yo sabía que tú me ayudarías. Eres la mejor santera del barrio.

A la mañana siguiente, Nena convenció a Felix de ir al solar donde vivía Pancha.
-Es por tu bien muchacho. Pancha es mi amiga de los años, veras que bien te vas a sentir. Todo el mundo en el barrio le tiene mucha fe, es buenísima.

Cuando Pancha tuvo a Felix frente a ella y le miró a los ojos, tuvo un estremecimiento, como si un corrientazo le recorriera todo el cuerpo.
-Vamos para el cuarto del fondo donde tengo la Caridad del Cobre. Quítate la camisa y los zapatos cuando entres.
Cuando Pancha entró al cuarto, tuvo que aguantarse de la mesa. Una luz amarilla intensa iluminaba a Felix, arrodillado frente a la imagen de La Caridad del Cobre.
– ¿Qué es esto mi hijo? ¿Qué poder oculto te guarda? Eres un elegido de Oshún,   La Caridad te guía,  esta contigo.

Lentamente Felix se puso de pie, sus ojos brillaban y de sus manos nacían girasoles.

-Pancha, mi misión es cuidar la ciudad, guardarla para el futuro y los sueños, protegerla. Cuando voy a dormir, unas alas gigantes me nacen en la espalda. Salgo de mi cuarto y recorro la ciudad y el mar que la rodea. Paso horas trabajando. Apuntalo edificios, aliento sueños, sostengo columnas y esperanzas. Rescato jóvenes del mar, seco las lágrimas de madres soñando con sus hijos, se los traigo en sueños, alivio penas. Es duro, pero disfruto hacerlo. No permitiré que el Morro se apague, yo mantendré su luz, guiandolos a todos en el regreso. La Habana me necesita, no puedo permitir que se destruya, mantengo su magia, su encanto y erotismo, la ayudo a levantarse y olvidar dicursos y consignas, aseguro su amanecer al futuro que se acerca.
-Eres tú entonces,  dijo Pancha pensativa y enigmática . Hace años le tiré las cartas a una familia muy rica antes de irse. La mujer lloraba, decía que amaba a la ciudad y no quería que se destruyera, me pedía un conjuro que la protegiera y guardara. En eso me bajo un muerto, que según me contaron, le dijo a la mujer; vaya tranquila, La Caridad del Cobre enviará alguien a cuidar la ciudad, a protegerla. Aunque parezca que se derrumba, que se rinde al abandono, no lo hará, siempre será La Habana. Todos se fueron llorando, impresionados por las palabras del muerto. Yo no entendí muy bien ese mensaje, ahora sé que ese enviado eres tú mi niño y tenemos que ayudarte. Te voy a regalar esta cadenita, era de mi abuela Nicolasa. Te dará fuerzas, no te despertarás tan cansado. Cuando creas que te faltan las fuerzas, aprietala fuerte.

Cuando Pancha y Felix salieron, Nena preguntó.

-¿Me lo curaste Pancha, fue bueno el despojo?
-Felixito no tiene na’ Nena, tu hijo es grande, es un angel; ¡El angel de La Habana!

Fotografia de la obra “El angel de La Habana”, del pintor cubano radicado en Miami,  Felix Gonzalez Sanchez