Un padre en el recuerdo y la distancia.

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Nació en un barrio habanero, en una casita humilde y limpia. Su mamá, trabajo muy duro para criarla bien. Fue de esas mujeres que se bastan solas para ser el hombre y la mujer de la casa.

Bertica, adoraba a su mama, también amaba al padre que nunca conoció. Pasaba horas frente a la foto de su papá, imaginando como hubiera sido compartir su vida con él. Su mamá, le había contado, un montón de veces, que era el mejor hombre del mundo. Un fatal accidente cuando Bertica tenía días de nacida, terminó con su vida. Cada vez que hablaban de él, su mamá siempre terminaba la conversación diciéndole.
– Estaría muy orgulloso de ti, lo se.

Bertica hubiera sido feliz de abrazar a su padre, besarlo, disfrutarlo. Soñaba con ese hombre bueno, con ese padre perfecto que la muerte le arrebato, lo imaginaba llegando del trabajo y ella corriendo a besarlo. Si al menos tuviera un beso para recordar, pensaba Bertica.

Cuando Berta, cumplió 15 anos, su madre la sentó en su sillón, de pie frente a ella, como quien se exorciza, le contó una historia. Antes de comenzar le dijo.
– No quiero que me interrumpas, deja todas las preguntas para el final.
– Mama, me asustas, prometo no interrumpirte.
– Conocí a tu padre muy joven, tuvimos solo un año de relación. No murió en un accidente, esta vivo, en Miami. Nos amamos desde que nos vimos, hay algo, mucho que no sabes. Nunca nos casamos, él estaba casado. Cuando pensó en separarse de su mujer, les llego la salida del país, los padres de ella, los reclamaron. Si se separaba, perdía la oportunidad de irse. Prometió que en cuanto pudiera me mandaría a buscar. Unos días antes de irse, supe que estaba embarazada, no le dije nada, preferí dejarlo así. Decidí tenerte y créeme, fue la mejor decisión de mi vida. Pensé decírselo cuando estuviera en Miami, cuando me dijera que me fuera con él. Nunca más supe de él, nunca más hasta hace unos días que recibí una carta suya.

Mientras su mamá hablaba, Bertica lloraba y se tapaba la boca con las manos, conteniendo las preguntas, sujetando las palabras que querían escapárseles.
– Ese ha sido mi secreto todos estos años, preferí decirte que había muerto, para no decirte que se había olvidado de nosotros. Es cierto que es un buen hombre, no guardo ningún mal recuerdo de él, solo su olvido. Ahora que supe de él, no puedo seguir con mi mentira, tal vez cualquier día entre por esa puerta y quiero que sepas todo por mi, perdóname por mentirte mi hijita, perdóname, quise darte un buen recuerdo de tu padre.
Bertica, abrazo a su madre llorando.
– No mama, no hay nada que perdonar, eres la mejor del mundo.

Se abrazaron tan fuerte que parecían una, tal y como habían sido desde el día que Bertica nació.

Bertica, supo de su padre, intercambiaban cartas, fotos, él le mandaba algún dinero y regalos con amigos. Nunca hablaron por teléfono, ninguno de los dos tuvo el valor de hacer la primera llamada.

Conoció un muchacho en la escuela, se enamoraron, decidieron casarse. Antes de hacer ningún arreglo acordaron hablar con la mama de Bertica. El novio le dijo, déjame a mí hablar con ella.

Bertica, miro a su mama a los ojos y le dijo.
– Mami, Luisito quiere hablar contigo.
– Y por que tanta seriedad y protocolo, no me asusten.
– Bertica y yo, vamos a casarnos, usted sabe que mi papá me reclamó hace un año y queremos hacerlo antes que me llegue la salida. Cuando este allá, veré como sacarlas a las dos lo antes posible. No queremos dejarla sola aquí, Bertica, estará junto a usted hasta que llegue el momento de reunirnos los tres.
– No mi hijo, dijo Carmen, ustedes se van los dos juntos o no hay boda. Ya hace años escuche algo parecido y no quiero correr riesgos, yo puedo esperar, se que los dos juntos, jamás se olvidaran de mi.

Carmen, se seco las lágrimas con la blusa, abrazo a su hija y a Alfredo, segura que este amor, no correría la misma suerte que el suyo.

Bertica y Alfredo se casaron, una boda sencilla, aunque el padre les mando dinero, prefirieron guardarlo y dejárselo a Carmen. Llegó el día de la partida, un día siempre contradictorio en la vida de todos los que emigran. Mezcla extraña de alegría y tristeza, de valentía y temor. Carmen, prefirió no ir al aeropuerto.
– Despedirnos aquí será mejor, no tendría fuerzas para regresar sola, además, seria como si fueran a regresar pronto. No ver el avión partir, me hará más fácil engañar los sentimientos. Estoy segura que esta separación no durara mucho, lo se.

Bertica y Alfredo, llegaron a Miami, después de los trámites en el aeropuerto y los sustos. Los recibió el padre de Alfredo, entre besos y abrazos.
– Estas igualito mi hijo, 10 años separados y al fin juntos. Escogiste bien que linda es Bertica, se ve una buena mujer, ven dame un beso tu también.
Abrazados los 3 hicieron el viaje hasta la casa. Cuando llegaron, Bertica, pidió llamar a su mama.
– Aunque sea dos minutos, quiero que sepa que llegue bien.
– El tiempo y las veces que quieras, yo también fui recién llegado un día y se lo que esas llamadas necesarias ayudan siempre, sobretodo los primeros días.

Pasaron los días, poco a poco se acostumbraban a la nueva vida. Siempre se extraña, los amigos, la cuadra, el olor del barrio, hasta los malos ratos se extrañan a veces, así somos. Cuando del otro lado se deja a una madre que supo asumir los roles de madre y padre, un afecto tan gigante no se extraña, se grita por el en cada instante, se reviven besos y abrazos, apuntalando la alegría, para que no nos deje. Recordamos todo, lo revivimos, asegurando la vida y el futuro. Así hacia Bertica cada día, cada instante. Sabía que su madre vendría pronto, entre ella y Alfredo, lo lograrían.

Con los sentimientos encontrados de los primeros días, Berta, había olvidado que le faltaba un encuentro. Ni siquiera había llamado a su padre; el tampoco lo había hecho, ambos temían a ese encuentro y lo aplazaban.

Una mañana, después del desayuno, Alfredo le dijo.
– Arréglate bien, tu padre nos espera a las 11, he hablado varias veces con él y ya es hora que se encuentren; jugar al avestruz, no resuelve nada.
Bertica, trago en seco, lo miro.
– Tienes razón, no puedo seguir posponiéndolo.

En la recepción, Alfredo le dijo a la muchacha.
– Dígale al Sr. Fernández que su hija esta aquí.
Un, que pasen enseguida, estremeció a Berta. Ese ascensor parecía no llegar nunca al 5to piso, pensaba Bertica.

Se abrió la puerta del ascensor, el hombre que solo conocía de fotos, que creció admirando y echándole de menos estaba frente a ella. Abrieron los brazos, dejaron a la sangre y a las ansias hablar por unos minutos.
– Vengan para mi oficina, tenemos mucho que hablar.
Se sentaron los tres en el sofá de la oficina, tomándole las manos le dijo a su hija.
– No pretendo justificarme, pero escúchame. Cuando llegue, desesperado por traer a tu madre pronto, escuche malos consejos, me metí en negocios sucios y termine en la cárcel, 5 años. Cuando salí, estaba como loco, no sabia que hacer. La que era mi mujer, se había separado de mi, no tenia donde ir ni a quien acudir. Por suerte había guardado bien un dinero, lo recogí y me fui para New York, allí empecé de cero. Con el dinero que llevaba y la ayuda de un buen amigo, me fui abriendo camino. Cuando logré alguna estabilidad, mandé alguien a Cuba a saber de tu madre. Cuando supe que tenía una hija, pensé que me había traicionado, que me había olvidado. Después supe que esa hija era mía y fue cuando me comunique con ella, desde ese día he soñado con este momento. No te digo perdóname, solo compréndeme.
Bertica, lo beso.
– Tranquilo papa, te comprendo.
– Se que tu madre se quedo allá y que la quieres traer, si no se oponen tú y ella, yo me encargo de todo, como madre de mi hija, todo será mas fácil. No creo que ella me perdone, pero hacer algo por ella, me hará dormir mejor. Algo más que necesites hija, dímelo sin pena.
– Solo una cosa papa; mañana, cuando salgas del trabajo, ¿Podrías ir directo hasta mi casa? ¡Me gustaría tanto recibirte con un beso!

Luisa, una mujer cualquiera.

Nació en un barrio humilde de su ciudad. Vivía con su madre. Su padre, las abandonó, por correr detrás de una hermosa y joven  mujer, cuando ella tenía solo un año. Desde pequeña, supo de escaseces y limitaciones, de ahorrar hasta las lagrimas, para tener, aunque sea, algo guardado para mañana.

Su madre, trabajó sin descanso, combinaba su trabajo en una fábrica, con el lavado de ropa, en casa. Cada vez que Luisa, llegaba de  la escuela, el patio, estaba lleno de ropa recién lavada. Luisa, se cambiaba y corría a tratar de ayudar a su madre. La mamá, la miraba, sonreía.

-Usted, póngase a estudiar, con una lavandera en la familia basta!

Luisa se sentaba en el comedor, a regañadientes, rodeada de libros. Siempre había sido la mejor alumna del aula, captaba y aprendía rápido. Esta niña, llegará lejos, decían sus maestros. Su madre, soñaba con ver a Luisa, graduada de la Universidad, independiente y luchadora. Sin necesitar un hombre a su lado, para evitar trabajos y limitaciones. Luisa, sería una mujer plena, el hombre que llegara a su vida, seria solo a traerle amor, no necesitaría más.

Luisa, siguió estudiando, fue siempre la primera en su curso. Llego el momento de decidirse por una carrera universitaria. Su madre, soñaba verla con su bata blanca, doctora en el mejor hospital del país. Ella decidió, hacerse ingeniera industrial, trabajaría en una fábrica, como su madre, pero un día sería, la directora general.

Se gradúo con todos los honores. La dedicatoria de su tesis, fue breve; A mamá, que nunca me dejó cambiar los libros por la batea de lavar.

Al graduarse, la ubicaron en un complejo industrial, al norte de la ciudad. Su primera posición sería, jefa de producción. Luisa, llegará muy lejos, decían los directores de la empresa, hasta el ministro, se sorprendía de su capacidad e inteligencia.

Una terrible crisis económica, sumió al país en la mas extrema pobreza, muchas fábricas cerraron. La fábrica de Luisa, fue una de las pocas que permaneció abierta, aunque disminuyó personal y producción.

Un día, al llegar Luisa, del trabajo, su mama, no la esperaba en el portal, una vecina, sentada en su sillón, le dijo.

-Esta en el hospital, se la llevaron grave!

El grito de Luisa, mientras corría al hospital, se escuchó en las montañas más lejanas, cruzo el mar, estremeció a muchos que no conocían a Luisa, ni a su madre.

La mama de Luisa, se recuperó, pero no del todo, apenas podía balbucear algunas palabras, tendría que moverse en silla de ruedas y tener una alimentación reforzada. Luisa, se vio ante una disyuntiva; si seguía trabajando, todo el dinero se le iría, pagando a la persona que  cuidaría a su madre, si dejaba por un tiempo el trabajo y se dedicaba a cuidar a su madre, no tendrían dinero para comer y su madre, necesitaba una dieta especial. Pensó muchas veces, antes de decidirse.
Luisa, sacudió la cabeza, mientras esperaba que el Director general de la fabrica, la recibiera.

-Licencia sin sueldo por 6 meses! Es demasiado tiempo, rugió el Director general.

-Es mi madre, me necesita, esta enferma, o me da la licencia o renuncio.

El Director, lo pensó, sabia que el ministro en persona intervendría si Luisa renunciaba, firmo la licencia a regañadientes.

Luisa, llego a su casa, se quitó la ropa, salio al patio, fue directo al cuartito del fondo, donde su madre guardaba los trastos viejos que ya no usaban. Encontró la vieja batea que sirvió a su madre mientras ella estudiaba, la miro fijamente. Ahora es mi turno, dijo sonriendo extrañamente.

La hija de Luisa, la ingeniera, lavando ropa! Comentaban las vecinas. Luisa, cuidaba de su madre, ponía su sillón de ruedas a la sombra, mientras lavaba y tendía la ropa que aseguraba el dinero para la comida. Si su madre, la crío y le dio carrera lavando ropa, ella sería capaz ahora, de cuidarla y alimentarla, haciendo lo mismo. Luisa, tenía una gran clientela, algunos vecinos, rentaban habitaciones a extranjeros, comenzó lavándoles la ropa de cama y las toallas. Termino, lavando también ropas de los extranjeros, algunos, hasta se la llevaban
ellos mismos, disfrutar de la belleza de Luisa, mirarla y soltarle algún piropo, se fue haciendo costumbre entre sus clientes extranjeros. Ninguno se atrevió nunca a invitar a Luisa, a salir, su seriedad, imponía un límite, difícil de saltar.

De sus compañeros de trabajo, solo Pedro, venía a visitarla. Empezó a trabajar en la fábrica, un mes, después de Luisa, en el almacén cargando cajas y haciendo cuanto le dijeran, era servicial y cumplidor. La belleza de Luisa, lo deslumbró desde el primer día, pero no se atrevía a decirle ni un piropo a la jefa de producción. Cuando supo que dejaba la fabrica por un tiempo, averiguo su dirección, consiguió unas naranjas y unas malangas. Se le apareció a Luisa un día en su casa, tocó a la puerta, cuando Luisa, abrió, sonrío.

-Mira, para tu mamá.

-No tenias que molestarte, gracias.

Lo invito a tomar café, un café que a Pedro, le supo a gloria.

Todas las semanas, Pedro, pasaba a llevarle algo a Luisa, tomaba su café, hablaban un poco y se iba, feliz, con la ilusión de la próxima visita.

Una mañana, Luisa, llevo a su mamá al hospital, le tocaba el primer chequeo después del alta. El doctor, revisó todos lo análisis, miró a Luisa a los ojos y le dijo.

-Hay mejoría, pero si no refuerza su alimentación, no volverá a caminar nunca mas, ni siquiera podrá hablar. Tiene que comer carne de res, pollo, huevos, una dieta híper proteica es la única solución. Sus palabras golpearon a Luisa, la derrumbaron en la silla. De donde sacaría suficientes  dólares para comprarle esos alimentos a su madre? Lavar ropa, daba para comer, comprarle algunos huevos y un pollo de vez en cuando, pero, carne de res! Ni lavando ropa las 24 horas del día.

Luisa, llego destrozada a su casa, preparó algo de comer, le dio la comida a su mama. La llevo en su silla hasta el patio, le gustaba mirarla mientras lavaba la ropa. Su mamá, se quedo dormida. Luisa, dejo la ropa, se recostó a la batea y lloró, esa tarde, consumió las lagrimas ahorradas durante toda su vida. Lloraba por su madre enferma, por la miseria que la obligaba a lavar ropa, para poder cuidar a su vieja, por la vida, que a veces golpea con fuerza, sin piedad. Entre lagrimas, vio que una de sus vecinas, Pancha, le traía un bulto inmenso, lo dejo en el suelo, se le acerco, le miro a los ojos y le dijo.

-Luisa, no puedes seguir así, se que eres una muchacha decente y seria, pero si no haces algo, la vieja se te muere. Manuel, el gallego que viene casi todos los meses, esta loco por ti, insinúatele, solo un poquito y caerá a tus pies, tú y tu madre, vivirán como reinas, hazlo por ella.

Luisa, se puso de pie, seco sus lágrimas, negó con la cabeza.

-No puedo, no podría hacerlo.

Pasaron los días, anunciaron ciclón, llovía a cantaros en la ciudad, bajo el agua, Pedro, fue a ver a Luisa.

-Solo te pude traer unos  huevos, son los míos de la cuota. No es mucho, pero al menos le resuelves una comida o dos.

-Pedro, que bueno eres, tienes cara de ángel. Eres el único de la fábrica que viene a verme y hasta te quitas la comida, para dársela a mami.

Al despedirse, Luisa, le dio, por vez primera, un beso en la mejilla. Pedro, en su emoción, olvidó abrir el paraguas, se fue, bajo el agua, sintiendo que la mejilla le ardía. Para él, no existían lluvias, ni distancias, llego a pie a su casa, acariciándose la mejilla que guardaba el beso de Luisa.

El ciclón, no acababa de pasar, pero las lluvias intensas duraron días, tantos, que a Luisa, se le acabo todo lo que tenia guardado, solo le quedaba, lo justo para el almuerzo de su madre, para la noche, no tendría nada que darle. Se sentó a llorar en el sillón de su mamá, seco sus lagrimas, fue al cuarto, se vistió, se tiro una capa por encima y fue a visitar a Pancha, su vecina.

Pancha, se ofreció a quedarse con su mama dos o tres horas, para que ella, saliera con Miguel, el gallego.

Esa primera salida, fue solo un paseo, unos tragos y conversar. Miguel, era un hombre inteligente, sabía que a Luisa, tenia que ganársela poco a poco, le gustaba la muchacha, desde el primer día que la vio. La dejó una cuadra antes de su casa, Luisa, prefería mojarse a que los vecinos la vieran en un auto rentado por un extranjero. Antes de bajarse del auto, le puso un dinero en las manos.

-No estoy pagándote nada, es para que le compres algo a la vieja, se que lo necesitas.

Luisa, sintió que la vergüenza la mataba, pero necesitaba el dinero, por eso había aceptado salir con el gallego.

Cuando llegó a su casa, fue directo a bañarse, Miguel, no la había tocado apenas, pero sentía un asco enorme. Se bañó, restregándose con fuerza, descubrió una mancha en su muslo, una mancha pequeña de color amarillo. Mientras mas la restregaba, mas brillante aparecía, no le dio importancia; tal vez el vestido me manchó la piel, pensó.

Al día siguiente, Pedro, fue a visitarla, le había conseguido algunas viandas y un pedazo de pollo.

-Toma, para la vieja y esta rosa es para ti.

El beso en la mejilla, le había dado el valor que le faltaba, la lluvia, se había llevado su timidez.

-Luisa, se que eres una mujer que ha estudiado, que aunque ahora estas en tu casa, cuidando a tu mamá, eres la jefa de producción de la fabrica, donde yo solo cargo cajas y bultos, se que tienes 24 años y yo solo 22, pero se que te quiero y mucho. Aún guardo el calor de tu beso en mi mejilla, no duermo pensando en ti. Déjame intentar hacerte feliz, déjame luchar por ti! Dame una oportunidad, coño! Una sola y te prometo que serás la mujer más feliz del mundo.

Luisa, sintió su corazón desbocarse. Justo cuando estaba al borde del abismo, Pedro llegaba y su brazo la salvaba de caer, el amor, hacia el milagro! Se dejo caer en los fuertes brazos de Pedro y por vez primera, desde aquella tarde que no encontró a su madre esperándola, fue feliz. Sus labios se encontraron y un beso los unió, para siempre.

Pedro, la acaricio, la deja descansar sobre su pecho, casi al oído, le dijo.

-Vivo cerca de la fábrica, con mi madre, en la casa, tenemos un cuarto vacío, puedes mudarte para allá. Mientras trabajes, mami, puede cuidar de tu vieja, se que lo hará con gusto.

-Podemos irnos ahora mismo, recojo mis cosas, las de mami, buscamos un carro y nos vamos, dime que si, que puede ser ahora mismo.

-Por mi, encantado, pero con esta lluvia sacar a tu mamá, no me parece bien.

-Qué lluvia Pedro, si hasta salio el sol, mira, un arco iris!

Recogieron todo de prisa, Pedro, llamo a un amigo que los recogió en su auto. La mamá de Pedro, no hizo preguntas; conocía a Luisa, de tanto hablarle su hijo de ella, verlos juntos la hizo feliz, inmensamente feliz. Ayudó a bajar del auto a la madre de Luisa. Cuando estaban todos juntos en la sala, la tomó de la mano.

-Como se siente? Le gusta la casa? Le pregunto.

-Desde el día de la gravedad, no habla, aclaro Luisa.

Todos se sorprendieron, cuando una voz suave, desde su sillón de ruedas, dijo.

-Feliz, me siento a salvo! Mientras una lagrima corría por su mejilla.

Todos se abrazaron, la mamá de Luisa, no escapaba al milagro del amor.

Antes de acostarse, Luisa, quiso enseñarle la mancha amarilla a la madre de Pedro, pero no la encontró, había desaparecido, le hablo de la mancha y de su desaparición.

-No te preocupes, a las hijas de Oshún, cuando hacen algo que no deben, les sale esa mancha amarilla. Si desapareció, no hay por qué preocuparse.

Al día siguiente, Luisa, se presentó en la fabrica, fue directo a la oficina del Director general, le abrió la puerta el Vice director general de la empresa, se sorprendió al verla.

-Vienes a pedir otra licencia sin sueldo? Si supieras la falta que nos haces. Tuvimos que sustituir al Director general de la fábrica y al Subdirector, por robo e irregularidades. Yo, estoy al frente de la fábrica, hasta que encontremos a alguien idóneo para el puesto.

-No, vine a incorporarme, me mude a dos cuadras de aquí, con mi novio, su mamá, va a cuidar a mi viejita, mientras trabajo. El, también trabaja aquí, en el almacén.

-Luisa, podrías ayudarme en la dirección de la fábrica, eres joven, pero muy inteligente, si das la talla, el puesto de Directora general es tuyo, se que el Ministro, estará de acuerdo.

La mujer de nuestra historia, no podía creer lo que escuchaba, aceptó gustosa y antes del mes, ya estaba nombrada como Directora general de la fábrica. Implantó nuevos métodos, duplico la producción.

A los dos meses exactos de su regreso a la fábrica Luisa y Pedro, decidieron casarse. La madre de Luisa, aún no caminaba  del todo bien, pero podría asistir con un bastón, ellos la ayudarían. Fue una boda sencilla, el amor, no necesita de muchos adornos y lujos, se basta solo para hacer milagros.

Pasaron dos años, una tarde que Luisa, con su hijito de 6 meses en brazos, esperaba a que Pedro, terminara sus clases en la Universidad, se encontró con Pancha, la vecina que intento venderla a un extranjero. Pancha, la vio, siguió de largo, no se atrevió a mirarla a la cara, trató en vano que Luisa, no notara, la inmensa mancha amarilla que cubría su rostro.

Luisa, una mujer cualquiera, supo que la vida puede ser difícil, hasta tender trampas. Aprendió también que el amor, puede hacer milagros, algo que ustedes y yo, sabemos también.