Fe de erratas de un cubano en el exilio. 

No sé  la causa, pero  a veces, cuando intento escribir, se me confunden las palabras. Trato de corregirme en una interminable fe de erratas.  Cuando quiero escribir olvido, salta una ola gigantesca, se me corre la tinta y escribo, amor intenso, del bueno. Las palabras no significan lo mismo, del otro lado de las olas.

Quiero escribir, deshojo tulipanes lentamente y un ramo de girasoles, destroza mis palabras, casi me golpea el rostro;  reclama espacio y recuerdos. Asi, hablando de Jazz,  las letras se rebelan, dibujan tumbadoras;  termino escribiendo, Rumba, guaracha y son.

Pretendo vestir personajes a la moda con camisas Armani, Prada; mis letras dibujan guayaberas, a un muchacho descalzo y sin camisa, andando, bajo la lluvia, los caminos de su infancia.

Brindemos con champagne querida y un trago de ron revuelve las palabras, el aguardiente de caña rehace las palabras. Pretendo contar la historia de dos que juegan cartas y el ruido del dominó confunde mis palabras, ¡Caballero me pegué! Y mi historia huele a caña, tabaco y ron.

Y el hombre se vistio de verde en el día  de San Patrick,  un amarillo intenso cubre el papel, cambia el color de la tinta. Cambia imágenes y aparece Cachita  en mis historias

Sirvió el té, ¿esta bien de azúcar? ¿crema?. Un fuerte olor a cafe inunda el cuarto, borra palabras y allá  en el norte, una pálida joven,  se toma un buen café cubano y su rostro cambia de color, sonríe. 

Sus amigos pasaron a recogerlo en su Mercedes y mis letras dibujan empujones,  me quedo en la que viene, caminen que hay gente afuera. Comparto sudores, soy uno mas corriendo a coger la guagua. 

Quiero hablar del exilio, de ese dolor de estar lejos de historias y comienzos, termino hablando de mi patria, de esa Cuba que nos lleva atados en las palmeras. No hay dolor en mis palabras, no hay pena. En mis palabras estallan recuerdos y futuros y abrazo emocionado mi bandera, presiento, esa patria, “con todos y para el bien de todos”.
Fotografía de una obra del pintor cubano residente en Miami, José Chiu 

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Una cafetera especial.

cafetera cubana 2014 Michel Blazquez
Se fue de Cuba cuando el Mariel. Al salir de su casa, agarró fuerte de las manos a sus dos hijos, miro por última vez su casita con muebles viejos, reparados cientos de veces, las paredes sin pintar, los retratos de sus padres. Los recuerdos la golpearon duro, se secó una lágrima. Recordó que olvidaba algo.
-Voy a hacer café, mamá siempre colaba en los momentos difíciles, decía que ayudaba a suavizar tensiones, a avivar la esperanza. Tomaron el café, el último en su Isla. Al abrir la puerta, Pucha le dijo a su hijo.
-Manolito, ve a la cocina y tráeme la cafetera de mamá, la vamos a necesitar.
Su hijo de 7 años regreso con una cafetera vieja, sin asa, manchada por el tiempo y el uso.
-¿Mamá, vas a llevarte esta cafetera vieja?
Pucha, suspiro, tomo la cafetera vieja en sus manos.
-Si mi hijo, era de tu abuela, antes de morir me dijo; donde quieras que vayas, llévala contigo.

Mientras esperaban para subir al barquito en que harían el viaje, Pucha, apretaba fuerte a sus hijos y trataba de esconder la cafetera entre ellos. Sabía que si la veían, no se la dejarían llevar, las ordenes habían sido claras; solo pueden llevar con ustedes lo puesto.

Por esos milagros que suelen ocurrir, Pucha pudo llevarse la cafetera con ella. Los 4 formaban un grupo macizo, un todo, como si fueran una sola persona; Pucha, Manolito, Reglita su hija de 5 años y la vieja cafetera.

Al llegar, fueron directo a un campamento improvisado, no tenían familia y deberían esperar que los procesaran y ubicaran. Una mañana, Pucha escucho su nombre por las bocinas, tomo a sus hijos de las manos y se presentó en el punto señalado.

Los procesaron rápido. Un matrimonio cubano que pasaban los 60s, había decidido hacerse cargo de ellos y ayudarlos a encaminarse, vivirían en su casa, en un apartamento en el patio. A Pucha y a los niños, les cayeron bien estas personas dulces y cariñosas. Reglita los vio y corrió a abrazarlos, los niños tienen un don especial para reconocer a las buenas personas.

Cuando subieron al auto del matrimonio, Pucha grito.
– ¡La cafetera, olvide la cafetera!
– No te preocupes, le dijo María Luisa, pasamos por alguna tienda y te compramos la que quieras.
– Esa cafetera es especial, mi madre me dijo que nunca me separara de ella.
María Luisa, miro a su esposo.
-Eduardo, regresemos por la cafetera, quiero que todo esté bien en este comienzo de una nueva vida para ellos.

El oficial que estaba en la puerta fue tajante.
-No pueden volver a entrar, solo haré un anuncio por la bocinas por si acaso alguien la encontró.
Esperaron más de una hora, en vano. Nadie trajo la cafetera. María Luisa y Eduardo, le dijeron a Pucha.
-Vamos, no podemos esperar más, ten fe, tal vez un día la cafetera te busque a ti.
Pucha asintió, tomo a sus hijos y subió al auto.

A los niños y a Pucha, les gusto la nueva casa y el apartamento que les habían preparado.
-Aquí estarán independientes, pueden poco a poco arreglarlo a su gusto. Si un día deciden irse, no nos disgustaremos, aquí pueden estar mientras quieran. Ustedes serán la familia que nunca pudimos tener, les dijo María Luisa, mientras Eduardo, su esposo reafirmaba sus palabras.
-En una hora almorzaremos, báñense y pónganse las ropas que están en el closet, esperamos que les sirvan. Mañana, con más tiempo iremos a comprarles ropas más apropiadas.

Almorzaron, como si fueran una familia, reunida en la tarde del domingo, en una casa de La Habana. Los niños devoraron todo, cuando María Luisa, trajo la fuente de arroz con leche, casi aplauden de la alegría.
Cuando terminaron con el postre, María Luisa los invito a tomar el café en el portal. Trajo una bandeja con 5 tazas, 2 con solo un poco de café para los niños. Ya Pucha le había dicho que ellos también tomaban café.
-No, no podría tomar café. Hasta que no encuentre mi cafetera, no podré volver a tomarlo.
María Luisa, no insistió, la vida le había enseñado a respetar las decisiones y opiniones ajenas.

Los días pasaron, los niños comenzaron a ir a la escuela. Los lazos entre las dos familias, se estrechaban cada vez más. Pucha y María Luisa, más que amigas, parecían madre e hija, pasaban horas conversando y contándose historias. Una tarde, antes que los muchachos llegaran de la escuela, María Luisa, le dijo a Pucha.
-¿Por qué esa mirada triste? Si algo te disgusta, dímelo, no tengas pena.
-Es la cafetera, la necesito, no sé cómo explicarlo, pero me es necesaria.
María Luisa, se meció en el sillón del portal, suspiro.
-Mañana saldremos a buscarla. En Hialeah hay varios vendedores de cafeteras viejas. Conozco a un tal Miguel que las colecciona, él podría ayudarnos.

Pucha no durmió esa noche, pensando en que tal vez encontrarían su cafetera. Se levantó temprano, llevo a los niños para la escuela. Le toco a María Luisa en la puerta de la cocina.
-Ya estoy lista.
-Yo también, no te brindo café porque sé que solo tomaras el de tu cafetera, ojala hoy puedas saborearlo.

Recorrieron toda Hialeah buscando a Miguel, lo encontraron en el centro de un parque, rodeado por montones de cafeteras.
Pucha, le conto su historia. Miguel, comenzó a buscar entre los montones de cafeteras que lo rodeaban. Mientras murmuraba, una cafetera vieja, sin asa, encontrada en el campamento de refugiados del Mariel; ¡aquí esta! Exclamo Miguel.
-Le arreglé lo del asa rota, con lo que me pareció más apropiado, talle en madera la isla de Cuba. Esta cafetera es especial, por más que intente que colara café, siempre se negaba, como si estuviera esperando por alguien para colar.
-Es esta la reconozco, grito Pucha mientras la tomaba en sus manos.
Todos se sorprendieron cuando en las manos de Pucha, la cafetera comenzó a colar un aromático y abundante café. Muchos se acercaron al influjo de su olor, alguien trajo unos vasitos y Pucha comenzó a servirlo. Todos sonreían y disfrutaban el café.
María Luisa se sorprendió del brillo de los ojos de Pucha, probo el café, sintió que la esperanza y la alegría la invadían. Comprendió el porqué de la insistencia de Pucha en buscar su cafetera y porque su madre le dijo que la llevara siempre con ella.

Desde ese día, todas las mañana, Pucha, antes de irse a trabajar, colaba su café, lo compartía con todo el que pasaba. Como quien comparte la esperanza y la certeza de un futuro mejor.

Fotografia cafetera cubana2014, de Michel Blazquez Mijares, artista plastico cubano.

Orgullo de ser cubano.

Cuba, tomada de la pagina de Jorge D'strades.
Salio de Cuba, muy joven, casi un niño; apenas 12 años. Al principio extraño a sus amigos y a la novia que había dejado sin siquiera despedirse. Poco a poco se fue incorporando al mundo que le rodeaba. Aprendió ingles muy rápido, a pesar de los regaños y las peleas, se negaba a hablar español en la casa. De nada valieron las conversaciones sobre Cuba, las fotos que le enseñaba su abuela; Enrique, se sentía americano. Su pasado había sido borrado, como si alguien hubiera olvidado ponerlo en su equipaje; quedo allá, en La Habana, en algún paquete que alguien olvido recoger a ultima hora, abandonado en una gaveta.

Cada vez que su familia viajaba a Cuba, inventaba algún pretexto, que si exámenes, que los estudios, la novia; el punto era que no le interesaba volver. Su isla, suya a pesar del desamor, parecía borrada de sus memorias y su amor.

Cuando se hizo ciudadano americano cambio su nombre por Henry, hasta pensó en cambiarse el apellido, ese Pérez, no sonaba muy bien entre sus amigos americanos. No lo hizo por temor a un disgusto familiar, su padre no se lo hubiera perdonado nunca.

Cuando cumplió los 19 años, decidió mudarse solo. Su madre le dijo
-Enriquito, aquí tienes tu cuarto independiente y no tienes que pagar renta, yo te atiendo y puedes ahorrar, tienes más tiempo para tus estudios.
-Mon, vivir aquí es como seguir en esa Cuba de la que tanto hablan ustedes y yo soy americano. No quiero encontrarme una banderita cubana en cada esquina y adornos con palmeras y cocodrilos dondequiera, es hora de vivir a mi manera.
-Ven hijo, siéntate, hablemos dos minutos. Sabes que si nos fuimos de Cuba, fue por ti, si hoy estudias en una buena Universidad, manejas un buen carro y tienes un buen futuro, fue por el sacrificio de estos tres viejos que lo dejaron todo para poder darte una mejor vida. Muchas cosas no nos gustaban allá, pero teníamos nuestra casa, nuestra vida, nuestra Patria, solo por ti, fuimos capaces de dejarla. Me duele el alma cada vez que desprecias tu origen, que reniegas de ser cubano, somos lo que somos por ser cubanos, eres como eres, porque eres cubano, mi hijo, aunque te duela.

El padre, que escuchaba la conversación, solo dijo.
-Déjalo vieja, ya un día Cuba, vendrá a él, a recordarle su origen, morirá siendo cubano y amando nuestra bandera, ya veras, déjalo ahora. Hazme un poquito de café, un buen café cubano.

El día de la mudada, su abuelita, una viejita que se crío entre palmas y cañaverales, entro a su cuarto, silenciosa, arrastrando los pies.
– Se que no la amas o que crees no amarla, pero para mi, es como un talismán que me protege de todo lo malo, me la regalo mi padre antes de morir, me dijo que tenia muchos años, que era mambisa. No te pido que la pongas en un lugar visible, guárdala en una gaveta si quieres, déjala cuidarte, por favor, no me la desprecies, me matarías.

Saco una vieja bandera cubana y la doblo cuidadosamente en la maleta de Enrique, que asombrado, fue incapaz de oponerse, la dejo hacer sin pronunciar palabra.

Enrique visitaba poco a su familia, aunque hablaba a menudo por teléfono con ellos. Su intento de americanizarse del todo, no le permitía mucho contacto con esa casa, donde se respiraba Cuba, en cada esquina. Su vida transcurría más al norte, entre gringos y coffees, whiskys y hamburgues.

Un día, mientras disfrutaba su coffee en un Starbucks, recibió una llamada, un número desconocido, pensó ignorarla, pero algo le hizo responder.
– Hello, who is calling?
– Enriquito, soy yo, Jorge, el negro, no me digas que no te acuerdas de mí. Tu abuelita me dio tu número cuando estuvo en Cuba, me dijo que cuando llegara, te llamara enseguida, que necesitabas hablar conmigo.

Enrique, se sentó; Jorge el negro, en Miami. Recordó de pronto toda su infancia olvidada, cuando corrían descalzos por la cuadra y compraba durofrios y pirulíes en la casa de la esquina. Enrique, comenzó a sudar, sus manos temblaban.

– Dime negro, ¿Como estas? ¿Cuando llegaste? ¿Donde estas?
– Acabo de llegar, estoy saliendo del aeropuerto, el puro tuyo vino a recogerme, dice que mientras encuentre trabajo y levante presión, puedo quedarme con ellos, en tu cuarto, que ahora esta vacío. Tu viejo es de oro.

Sin saber como ni por que, Enrique comenzó a llorar, los primeros años de su vida, su infancia, se aparecía de golpe ante él. La voz del negro, de su hermano de niñez, hacia el milagro de revivir recuerdos.

– Voy para allá, te recojo y esta noche te quedas conmigo, creo que abuela tiene razon; necesito conversar contigo.

Los 40 minutos de viaje al sur, le parecieron horas. Llego a su casa, se asombro de no mirar de reojo la bandera cubana de la sala, hasta el olor a café recién colado, por vez primera, no le molestaba. Abrazo a todos, el último y más especial de todos los abrazos fue para Jorge.

– Coño negro, tienes un olor raro, extraño, pero me gusta.
– Es olor a Cuba, mi hermano, a la tierra.

Su mama, le susurro al oído al viejo; yo oí mal o ¿dijo coño?

Comieron juntos. Todos intercambiaron miradas y sonrisas cómplices; Enriquito, por vez primera saboreaba los frijoles negros y la yuca hervida con mojo y hasta repetía. Cuando terminaron, la abuela sirvió el postre.
– Se que no te gusta, pero lo trajo Jorge, no le hagas el desaire.

Le puso enfrente un plato con mermelada de guayaba y queso blanco. Enrique lo devoro, hasta limpio el plato.

Al final la abuela sirvió el café, todos se sorprendieron cuando Enrique, reclamo su taza de café cubano. Se hicieron señas y la mama fue corriendo a la cocina a traerle su taza.

Después de la sobremesa, Enrique le dijo a todos.
– Nos vamos, les robo al negro por una noche, tenemos mucho de que hablar.

Llegaron al apartamento de Enrique, pusieron sus cosas en la sala. La cara de Jorge, se contrajo.
– Perdóname mi hermano, pero aquí hay algo raro, voy a quitarme la camisa y tratar de encontrarlo.
Se volteo de espaldas y se quito la camisa. Enrique tembló cuando vio el tatuaje en su espalda, lo toco.
– Es Cuba, dijo en un susurro.
– Si mi hermano es Cuba, no quería que me pasara como a ti, que la olvidaste y me la tatué en la piel y en el alma.

Jorge , sin camisa, comenzó a buscar, sabia que algo había en ese apartamento fuera de lugar, algo que no estaba en el sitio adecuado y exigido. Se detuvo frente al gavetero del cuarto, de pronto la ultima gaveta se abrió de golpe, sin que nadie hiciera el mas mínimo gesto; la bandera cubana que había doblado su abuela, se desbordo de la gaveta, reclamando derechos y espacio. Jorge, la saco, la colgó en la pared, la miro. Jorge y Enrique se abrazaron llorando.
– Déjala ahí mi hermano, mírala todos los días. Cuba es tu raíz, tu origen, sin ella, nunca estarás completo.

Enrique se quedo mirando a su amigo, de espaldas, con Cuba en su piel, frente a la bandera, su bandera. Comprendió del todo que no importan los años lejos, aprender ingles o francés, uno sigue siendo cubano, llevando a Cuba en la piel y en el alma, dondequiera que este. Ser cubano, por suerte, nos marca para siempre, acuña nuestra vida y aliento, nos identifica y tipifica, nos da alas. Por vez primera, desde que se fue de Cuba y dejo olvidados sus raíces y recuerdos, sintió necesidad de gritar; ¡Soy cubano! Abrazo a su amigo, agradeciéndole traerle de vuelta sus recuerdos, por rescatarlo del olvido, por devolverle ¡El orgullo de ser cubano!

Fotografia cortesia de Rey D’strades, administrador de la pagina de Facebook, Yo extraño a Cuba y tu?

Cubanización.

Es un proceso que quien lo sufre o disfruta, no tiene conciencia de su inicio, ni de su final o completamiento. No es viral, pero créanme no hay medicina conocida capaz de detenerlo. Cuando alguien comienza su proceso de cubanización, pueden dar por seguro que terminara cubanizado ciento por ciento, perderá acentos, costumbres y hasta apariencia. Si no quiere sufrir el proceso de cubanización, un consejo; manténgase alejado de los cubanos o terminara siendo uno de ellos. Son contagiosos o mejor dicho, somos contagiosos.

Tengo amigos y conocidos que han sufrido o mejor aún, disfrutado el proceso de cubanización. Los que siguen mi blog, recuerdan a Mi ángel del exilio, su unión por mas de treinta años a un cubano de pura cepa, a un habanero que recorre día a día las calles habaneras en el recuerdo; la cubanizaron para siempre. En un viaje que hizo a su país natal, Colombia, un tío una vez le dijo; te hemos perdido, ya hasta hablas como cubana. Hasta yo creí que era cubana y ella misma tuvo que aclarármelo, al principio de nuestra amistad. Cuando habla de Cuba, se apasiona. Ella y yo soñamos con acompañar a Mi amigo del exilio, en su, cada vez más cercano, viaje a La Habana.

Tengo un nuevo amigo, muy joven, que amistades y amores cubanos han terminado cubanizándolo. Visita restaurantes cubanos, se conoce todas nuestras frases típicas, le recomendé que leyera Frases cubanas o cubanísimas, pensando que no entendería nada y tendría que preguntarme, vaya que se quedaría botaó, no tuvo que preguntarme nada. Solo le dije, has terminado con notas sobresalientes, tu curso de cubanizacion. Mi nuevo amigo, sueña con acompañarme en un viaje a La Habana, caminar con nosotros por las calles habaneras, probar la comida de mami, seria algo así como un Master en cubanización o un Doctorado.

Hace días, un compañero de trabajo, oriundo de Ecuador, me decía, son las 3 de la tarde y no nos hemos tomado un café! Le pregunté si antes de trabajar con nosotros ya era adicto al café cubano; no, ustedes son los culpables, me dijo riendo. Hace tiempo que cuando pide frijoles negros o colorados, dejo de decir sopa de frijoles y pide su potaje de negros o colorados, como cualquier cubano. Sin darse cuenta, ha comenzado a cubanizarse, le hablo de La Habana, de Varadero. Se que algún día se llevara a su esposa a conocer esos lugares, sin saberlo, ha comenzado a amar a Cuba.

Es que los cubanos, llevamos a Cuba, en el alma y en el corazón, pero no somos egoístas, la compartimos con todos los que nos rodean y en ese compartir memorias y amores, terminamos cubanizando a los que nos rodean.

No solo cubanizamos personas, también lo hacemos con ciudades y pueblos. Terminamos cubanizando a Miami, lo hicimos crecer, a nuestro modo e influjo. Nos trajimos nombres de restaurantes, calles, hasta una estatua le hicimos al Caballero de Paris. Construimos una Ermita de la Caridad del Cobre y hasta una pequeña replica del Malecón habanero, nos inventamos, en este,  nuestro constante intento y esfuerzo de reeditar a Cuba en el exilio.

Hay quienes se resisten a la cubanizacion, hace días escuche a una persona decir; yo cubana, no! En tono despectivo. Créanme que por poco le digo; no tienes que aclararlo, con esa cara y ese cuerpo, jamás podrías pasar por cubana, pero preferí  ignorarla. No sabe lo que se pierde al negarse a cubanizarse, aunque creo el punto es que ningún cubano hizo nunca el intento, no valía la pena. Cubanizamos a gentes con valores, abiertos al amor y la buena voluntad, no aceptamos todas las solicitudes para el proceso de cubanizacion. Cubano es quien puede, no quien quiere. Hay que tener un corazón, donde quepa el amor, y los recuerdos, ¡Cuba entera!

Hace unos días, conversé con una amiga, hija de cubano y americana, nacida en Puerto Rico, vaya mezcla. Este año, viajo a La Habana, vino deslumbrada y ya sueña con recorrer toda la Isla en próximos viajes. Mi papa, me hablaba de la belleza de La Habana, siempre creí que exageraba, me cuenta, en mi viaje, comprendí que no, es hermosa.

Así somos los cubanos, no contentos con traernos a Cuba al exilio, la compartimos con todos. Somos capaces de cubanizar a un esquimal o a toda una tribu en África. Hablamos y contaminamos de Cuba y del amor por ella a quienes nos escuchan, lo cubanizamos y así va nuestra Isla, sumando amores e hijos por el mundo, ¡Haciéndose inmensa!

Casos y cosas de Cuba.

Viajar a Cuba, aparte del reencuentro con nuestros familiares y amigos, de esa inevitable y esperada fiesta del alma. Es también un choque con realidades. Realidades,  que un día nos fueron cotidianas y hoy nos parecen salidas del mundo del absurdo. Es volver a vivir, Casos y cosas de Cuba!

Después de 3 horas de espera por las maletas y de engullirme uno de los pastelitos de guayaba, destinados a mami, logre salir. Detrás dejaba una línea de personas, esperaban por un carrito para su equipaje. La coincidencia de la Bienal de La Habana y El día de las madres, sobrepaso la capacidad de recepción y atención de un aeropuerto que normalmente no da un buen servicio, a pesar del intento de funcionarios de desearnos feliz estancia y una mejoría general en el trato.

Una vez que “aterrizamos” del todo, nos sumergimos en un mundo donde todo puede suceder.

Recuerdo una conversación que escuché,  entre dos vecinas; llegaron las intimas! Que bueno, voy a buscarlas! Y dobles! Le aclara una a la otra, están dando las de abril también. En abril, no dieron, pobres mujeres menstruantes que tuvieron que esperar hasta mayo! Una de las vecinas, respondió que no iba a cogerlas dobles que resolvía con una cuota, la otra, le respondió con una frase que es todo una oda a la escasez y al humor cubano; niña, si te toca, cogelo! Yo, no pude menos que reírme, si te toca, cogelo!, inventando frases somos unos bárbaros, la candela!

Un día viajamos a Varadero, uno de los lugares donde siempre llevo a mami en mi viaje de mayo. Esta vez, para obviar perdidas de tiempo e insatisfacciones con la comida, preferimos llevar el almuerzo. Un delicioso almuerzo, a la orilla del mar, mientras lo disfrutábamos, un grupo de trabajadores conversaban a nuestras espaldas. Sin querer, terminamos escuchando la conversación, la risa casi nos provoca atragantarnos con la comida. Un trabajador, al parecer encargado de velar por la seguridad de esa área de la playa, decía; quieren un reporte diario de incidencias, qué incidencias, aquí no pasa nada, voy a tener que pagarle a un par de negritos, para que la caigan a piedras a un turista y poder reportar incidencias! Otro trabajador decía; tú, no te preocupes haz como que trabajas, que ellos hacen como que te pagan!

Al finalizar casi la tarde, decidimos regresar a La Habana, nuestra ciudad, nos decía en la distancia; Hasta cuando, no piensan regresar? Mi adicción al café, nos hizo detenernos en el centro comercial de Varadero, buscando un buen café cubano. Nos decidimos por una pequeña cafetería de solo 4 mesas, acogedora y con una enorme taza de café Cubita a la entrada. La dependienta, hablaba por teléfono, asuntos personales, chismes. Junto con nosotros, entro una pareja, tuvimos que esperar que terminara su conversación, interrumpirla podía costarnos un café envenenado o algo peor. Cuando el café estuvo listo, la “dependienta”, nos dijo, vengan a buscarlo, estoy sola en el salón! Sola en el salón de solo 4 mesas! Se imaginaran que no le deje ni un centavo de propina.

En una  visita a las tiendas de área dólar, se me ocurrió hacerle una foto a la mesa-nevera de los productos carnicos. Enseguida se me acerco alguien que trabajaba ahí y me dijo; con esa cámara, no puedes hacer fotos aquí! No hay problema, tengo otra cámara en el auto, voy a buscarla, no usted, no entiende, que no puede hacer fotos. OK, le dije pero esta que hice, no voy a borrarla.

Una tarde, sentados en la terraza, pasa un vecino, le dice a mi hermana; llego el pollo! Pero tocaban huevos, responde mi hermana. Se habrán demorado en traer los huevos y los pollos habrán nacido y crecido, dice el vecino sin detenerse. Nosotros, seguimos saboreando el café de la tarde y riendo. Yo hacia apuntes en mi Black Berry, Casos y cosas de Cuba, un buen nombre para un escrito.

Gracias por Miami!

Cuando publique,  La Habana y Miami, semejantes o diferentes?  Un amigo, me llamó para comentarlo, estuvimos más de una hora conversando. Me contó, que cuando llego a Miami, en el 80, marielito forzado, la ciudad, no le gusto, se fue a vivir a Tampa, tampoco le gusto. Buscando una ciudad, donde integrarse, llamarla suya, fue hasta Los Ángeles, allí sintió que había llegado a una gran ciudad. Logro, finalmente vivir en una ciudad que lo deslumbraba, pero donde, a pesar de luces y rascacielos, se sentía extranjero, inmigrante. Nunca logró integrarse a Los Ángeles, todo le era ajeno y distante, no podía hacer suya la ciudad. Era un extranjero más.

Mi amigo, me dijo, que al cabo de  5 o 6 años, regreso a Miami. Se reencontró con el café cubano, recién colado. Entraba a los restaurantes, disfrutaba feliz, de frijoles negros, picadillo, puerco asado, yuca hervida. Visitaba las dulcerías y cafeterías, endulzaba el alma con pastelitos de guayaba. Escuchaba hablar cubano, sus oídos agradecían ese acento, que hacia años no escuchaban. Por vez primera, en muchos años, no se sintió extranjero. Cuba, se hacia presente en cada esquina, en cada rincón de la ciudad. Mi amigo, comprendió que, había llegado a casa. Miro hacia atrás, recordó a los primeros cubanos que llegaron a Miami, con lágrimas en los ojos, en silencio, les dio gracias, por hacer de Miami, nuestra casa, por traer a Cuba, hasta la Florida.

A los primeros cubanos que llegaron a Miami, todo les fue más difícil, mas duro. Tuvieron que inventarse la ciudad que no existía, hacerla crecer, forjarla. Cuba, era un recuerdo. No tenían posibilidad de regreso, ni siquiera una vez cada 5 años, nunca!  Las llamadas telefónicas, eran dificilísimas y las cartas, tardaban meses o no llegaban nunca. No se como pudieron, si les preguntara, se que ni ellos mismos tienen la respuesta. Convirtieron la nostalgia y el  dolor en fuerza creadora, construyeron una ciudad y la hicieron suya. Se inventaron a Cuba, 90 millas al norte.

Muchos, hemos llegado después a Miami, todos hemos aportado algo  a la ciudad, nos hemos integrado a ella. Ninguno de nosotros, ha sido nunca extranjero en esta ciudad, los primeros cubanos que llegaron, se encargaron de hacerla nuestra, todos los que llegamos después, tenemos mucho que agradecerles cada día.

Ser inmigrante, aprender otro idioma, enfrentarnos a una nueva vida es mucho más fácil, desde Miami, como me dijo mi amigo; aquí, no somos extranjeros! Al salir de Miami, termina la magia, no importa los años que llevemos en el país, somos extranjeros.

Recuerdo la sobrina de un amigo especial, llego de Cuba, directo a New York, lloraba todos los días. Cuando llego a Miami,  el sol la calentó, las palmas le alegraron el alma, se sintió de pronto en Cuba. No lloro mas, la nostalgia y las lagrimas, se rindieron a la ciudad, que en cada esquina, le recordaba a Cuba.

Una vez, fui a Tampa, a visitar amigos, con un amigo-hermano que la vida y el exilio me regalaron. Antes de salir de viaje, los llamamos, les preguntamos si querían algo; por favor, traigan pastelitos de guayaba! Fue lo único que pidieron. Se que no era un antojo, era la necesidad de algo nuestro, que aquí en Miami, es cotidiano y en otros sitios, solo recuerdos.

No, nunca hemos sido extranjeros en Miami, es nuestro. Aunque al principio, la ciudad no nos gustara, termino robándonos el corazón. Tomamos juntos una colada gigantesca e inagotable de café cubano, miramos el cielo azul, respiramos el viento que viene del sur y nos decimos entre recuerdos; estamos en casa. Miami, no nos conquisto, los cubanos, conquistaron a Miami, la ciudad, no ofreció resistencia, dejo hacer a esos primeros cubanos que llegaron, segura que estaba en buenas manos.

Yo, también doy gracias, junto a mi amigo, junto a todos los cubanos que llegamos después, a esos primeros cubanos que conquistaron y engrandecieron a Miami. Levanto mi tacita de café, brindo por lo mejor de ellos, por la ciudad que nos hicieron, por los recuerdos que trajeron con ellos. Saboreo el café, seco una lágrima, les doy gracias de nuevo, ser inmigrante y no sentirse extranjero, es una bendición. Traerse un país, reinventarlo, no es fácil, ellos lo lograron, nosotros, solo continuamos, lo que ellos comenzaron, hace ya, muchos años, cuando todo, era mas difícil. A ellos, gracias multiplicadas cada día, en cada rincón de esta ciudad, nuestra!

¿Quieren una colada?

No se el momento exacto, en que se coló, por vez primera, café cubano en Miami. Ignoro quien fue la primera cubana, que ofreció café cubano, endulzado y nostálgico a una visita en el sur de la Florida. Tampoco sé quienes fueron los felices mortales que se tomaron la primera colada de café cubano en Miami. Solo sé, que todos los días, cientos, miles de coladas son pedidas, tomadas, codiciadas y hasta perseguidas en esta ciudad, que sin resistencia alguna, se rindió ante el café cubano.

Colar café cubano, tomarlo, compartirlo entre amigos, es todo un rito. Acción repetida diariamente en el aeropuerto, oficinas, hospitales, factorías, casas de familia. Donde hay un cubano, llega seguro nuestro café, se invita a cualquiera a compartirlo, así, en un grupo, conversando, bajo los efectos de su aroma, se disfruta mejor.

A veces, cuando compramos café en el aeropuerto, nos reunimos  4 o 5 alrededor de una colada, cubanos, dominicanos, ecuatorianos, americanos nativos que no entienden ni jota de español y hasta haitianos. A su influjo, todos nos hermanamos y nos entendemos, hace el milagro de traductor. Nuestro café borra fronteras y tradiciones, su aroma nos envuelve, mientras dura, convierte a todos en cubanos. Cuando ofrezco café cubano a alguien en el aeropuerto y me dice; no, gracias, no lo tomo, siempre le digo; si quiere ser un buen agente de American Airlines en Miami, ¡tiene que tomar, café cubano!

Recién llegado, me invitaron un fin de semana a Naples, el amigo que mi invito, tenia la cocina, sólo como parte de  la escenografía, no la usaba, ni siquiera colaba café. Al segundo día, le dije; soporto almorzar tacos y comer un hamburger, hasta desayunar un café americano, pero  no aguanto ni una hora más sin tomarme un buen café cubano. Llamo a una amiga, le dijo, pon la cafetera, voy para allá con un amigo; les aseguro que ese café, me supo a gloria.

Hace años, salíamos del Miami Dade County Auditorium, acabábamos de ver a Charin bailar, “Cecilia Valdés”, fuimos a tomar café en el Versalles. El amigo que me invito, me dijo; la señora que hace el café es todo un personaje, obsérvala. No se equivoco, manipulaba la cafetera, ponía el  café, preparaba todo, como si la estuvieran observando paparazzi del mundo cafetalero. Estoy seguro, que  ni aún en palacios o estudios cinematográficos, el acto de colar café, se hace con tanto glamour.

Muchos amigos, cuando vienen a recogerme para salir, me llaman  y me dicen; ve poniendo la cafetera, estoy cerca. Tengo amigos virtuales y reales con los que comparto café en la mañana, gracias a la magia de Internet. Si demoro en mandárselos, un  ¿Y MI CAFÉ! Me lo recuerda, son adictos a este café virtual.

En este emigrar constante, muchas ciudades se han rendido al café cubano. Colamos café hasta en el polo norte, lo brindamos a tribus africanas, lo compartimos con aborígenes de Australia. Colada gigantesca que alcanza para todos, humeante y aromática, irresistible.

Café cubano, despidiendo su aroma, invitando a todos, sin distinción de raza ni color a tomarlo. Todos lo tomamos, descendientes directos y fieles de Mama Inés, que a falta de solares o esquinas habaneras donde tomarlo, recreamos, donde quiera que lleguemos, a nuestra Habana, nuestra Cuba. Una tacita de café, puede traernos a Cuba, donde quiera que estemos, a veces miramos a través de sus vapores y vemos  nuestra isla, sentimos brisas y nos salpican olas. No soy lector de tazas de café, pero en todas, al final, adivino, segura y prometida a nuestra Patria “con todos y para el bien de todos”