Orgullo de ser cubano.

Cuba, tomada de la pagina de Jorge D'strades.
Salio de Cuba, muy joven, casi un niño; apenas 12 años. Al principio extraño a sus amigos y a la novia que había dejado sin siquiera despedirse. Poco a poco se fue incorporando al mundo que le rodeaba. Aprendió ingles muy rápido, a pesar de los regaños y las peleas, se negaba a hablar español en la casa. De nada valieron las conversaciones sobre Cuba, las fotos que le enseñaba su abuela; Enrique, se sentía americano. Su pasado había sido borrado, como si alguien hubiera olvidado ponerlo en su equipaje; quedo allá, en La Habana, en algún paquete que alguien olvido recoger a ultima hora, abandonado en una gaveta.

Cada vez que su familia viajaba a Cuba, inventaba algún pretexto, que si exámenes, que los estudios, la novia; el punto era que no le interesaba volver. Su isla, suya a pesar del desamor, parecía borrada de sus memorias y su amor.

Cuando se hizo ciudadano americano cambio su nombre por Henry, hasta pensó en cambiarse el apellido, ese Pérez, no sonaba muy bien entre sus amigos americanos. No lo hizo por temor a un disgusto familiar, su padre no se lo hubiera perdonado nunca.

Cuando cumplió los 19 años, decidió mudarse solo. Su madre le dijo
-Enriquito, aquí tienes tu cuarto independiente y no tienes que pagar renta, yo te atiendo y puedes ahorrar, tienes más tiempo para tus estudios.
-Mon, vivir aquí es como seguir en esa Cuba de la que tanto hablan ustedes y yo soy americano. No quiero encontrarme una banderita cubana en cada esquina y adornos con palmeras y cocodrilos dondequiera, es hora de vivir a mi manera.
-Ven hijo, siéntate, hablemos dos minutos. Sabes que si nos fuimos de Cuba, fue por ti, si hoy estudias en una buena Universidad, manejas un buen carro y tienes un buen futuro, fue por el sacrificio de estos tres viejos que lo dejaron todo para poder darte una mejor vida. Muchas cosas no nos gustaban allá, pero teníamos nuestra casa, nuestra vida, nuestra Patria, solo por ti, fuimos capaces de dejarla. Me duele el alma cada vez que desprecias tu origen, que reniegas de ser cubano, somos lo que somos por ser cubanos, eres como eres, porque eres cubano, mi hijo, aunque te duela.

El padre, que escuchaba la conversación, solo dijo.
-Déjalo vieja, ya un día Cuba, vendrá a él, a recordarle su origen, morirá siendo cubano y amando nuestra bandera, ya veras, déjalo ahora. Hazme un poquito de café, un buen café cubano.

El día de la mudada, su abuelita, una viejita que se crío entre palmas y cañaverales, entro a su cuarto, silenciosa, arrastrando los pies.
– Se que no la amas o que crees no amarla, pero para mi, es como un talismán que me protege de todo lo malo, me la regalo mi padre antes de morir, me dijo que tenia muchos años, que era mambisa. No te pido que la pongas en un lugar visible, guárdala en una gaveta si quieres, déjala cuidarte, por favor, no me la desprecies, me matarías.

Saco una vieja bandera cubana y la doblo cuidadosamente en la maleta de Enrique, que asombrado, fue incapaz de oponerse, la dejo hacer sin pronunciar palabra.

Enrique visitaba poco a su familia, aunque hablaba a menudo por teléfono con ellos. Su intento de americanizarse del todo, no le permitía mucho contacto con esa casa, donde se respiraba Cuba, en cada esquina. Su vida transcurría más al norte, entre gringos y coffees, whiskys y hamburgues.

Un día, mientras disfrutaba su coffee en un Starbucks, recibió una llamada, un número desconocido, pensó ignorarla, pero algo le hizo responder.
– Hello, who is calling?
– Enriquito, soy yo, Jorge, el negro, no me digas que no te acuerdas de mí. Tu abuelita me dio tu número cuando estuvo en Cuba, me dijo que cuando llegara, te llamara enseguida, que necesitabas hablar conmigo.

Enrique, se sentó; Jorge el negro, en Miami. Recordó de pronto toda su infancia olvidada, cuando corrían descalzos por la cuadra y compraba durofrios y pirulíes en la casa de la esquina. Enrique, comenzó a sudar, sus manos temblaban.

– Dime negro, ¿Como estas? ¿Cuando llegaste? ¿Donde estas?
– Acabo de llegar, estoy saliendo del aeropuerto, el puro tuyo vino a recogerme, dice que mientras encuentre trabajo y levante presión, puedo quedarme con ellos, en tu cuarto, que ahora esta vacío. Tu viejo es de oro.

Sin saber como ni por que, Enrique comenzó a llorar, los primeros años de su vida, su infancia, se aparecía de golpe ante él. La voz del negro, de su hermano de niñez, hacia el milagro de revivir recuerdos.

– Voy para allá, te recojo y esta noche te quedas conmigo, creo que abuela tiene razon; necesito conversar contigo.

Los 40 minutos de viaje al sur, le parecieron horas. Llego a su casa, se asombro de no mirar de reojo la bandera cubana de la sala, hasta el olor a café recién colado, por vez primera, no le molestaba. Abrazo a todos, el último y más especial de todos los abrazos fue para Jorge.

– Coño negro, tienes un olor raro, extraño, pero me gusta.
– Es olor a Cuba, mi hermano, a la tierra.

Su mama, le susurro al oído al viejo; yo oí mal o ¿dijo coño?

Comieron juntos. Todos intercambiaron miradas y sonrisas cómplices; Enriquito, por vez primera saboreaba los frijoles negros y la yuca hervida con mojo y hasta repetía. Cuando terminaron, la abuela sirvió el postre.
– Se que no te gusta, pero lo trajo Jorge, no le hagas el desaire.

Le puso enfrente un plato con mermelada de guayaba y queso blanco. Enrique lo devoro, hasta limpio el plato.

Al final la abuela sirvió el café, todos se sorprendieron cuando Enrique, reclamo su taza de café cubano. Se hicieron señas y la mama fue corriendo a la cocina a traerle su taza.

Después de la sobremesa, Enrique le dijo a todos.
– Nos vamos, les robo al negro por una noche, tenemos mucho de que hablar.

Llegaron al apartamento de Enrique, pusieron sus cosas en la sala. La cara de Jorge, se contrajo.
– Perdóname mi hermano, pero aquí hay algo raro, voy a quitarme la camisa y tratar de encontrarlo.
Se volteo de espaldas y se quito la camisa. Enrique tembló cuando vio el tatuaje en su espalda, lo toco.
– Es Cuba, dijo en un susurro.
– Si mi hermano es Cuba, no quería que me pasara como a ti, que la olvidaste y me la tatué en la piel y en el alma.

Jorge , sin camisa, comenzó a buscar, sabia que algo había en ese apartamento fuera de lugar, algo que no estaba en el sitio adecuado y exigido. Se detuvo frente al gavetero del cuarto, de pronto la ultima gaveta se abrió de golpe, sin que nadie hiciera el mas mínimo gesto; la bandera cubana que había doblado su abuela, se desbordo de la gaveta, reclamando derechos y espacio. Jorge, la saco, la colgó en la pared, la miro. Jorge y Enrique se abrazaron llorando.
– Déjala ahí mi hermano, mírala todos los días. Cuba es tu raíz, tu origen, sin ella, nunca estarás completo.

Enrique se quedo mirando a su amigo, de espaldas, con Cuba en su piel, frente a la bandera, su bandera. Comprendió del todo que no importan los años lejos, aprender ingles o francés, uno sigue siendo cubano, llevando a Cuba en la piel y en el alma, dondequiera que este. Ser cubano, por suerte, nos marca para siempre, acuña nuestra vida y aliento, nos identifica y tipifica, nos da alas. Por vez primera, desde que se fue de Cuba y dejo olvidados sus raíces y recuerdos, sintió necesidad de gritar; ¡Soy cubano! Abrazo a su amigo, agradeciéndole traerle de vuelta sus recuerdos, por rescatarlo del olvido, por devolverle ¡El orgullo de ser cubano!

Fotografia cortesia de Rey D’strades, administrador de la pagina de Facebook, Yo extraño a Cuba y tu?

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¡Sentirse cubano!

No basta haber nacido en Cuba, para ser cubano, hay que sentirse cubano. Ser cubano, va mas allá de jugar domino en una esquina habanera, tomarse una botella de ron entre amigos, jugar a la pelota o bailar casino. Sentirse cubano, es mucho mas que eso, no hay que ser un “asere”, para ser cubano, aunque muchos “aseres” son 100 por ciento cubanos. Sentirse cubano, es tener una mezcla rara y única de sentimientos en el alma y razas en la piel. Se relaciona con nudos en la garganta al escuchar nuestro himno, con enrizamientos en la piel al ver palmeras al viento, con lágrimas de emoción cuando hablamos de nuestra isla. Ser cubano, es decir, CUBA y sentir palomas volando, sinsontes cantando, escuchar olas rompiendo en el Malecón, desatar arco iris.

Lamentablemente, hay cubanos a los que sólo los une a nuestra Isla, una partida de nacimiento, son capaces de sumarse a conversaciones, donde se habla mal de la Perla de Caribe. Por suerte, son minoría, toman ron, juegan domino, bailan casino y hasta juegan a la pelota, pero su patria pudo ser cualquiera, nacieron en Cuba, por accidente. Carecen de ese cordón umbilical que siempre nos unirá a la tierra más hermosa.

Hay quienes dudan que Cuba, un día, como ave fénix, renacerá de si misma, volverá a ocupar el lugar que por derecho y vocación, le corresponde; la Perla del Caribe, la llave del golfo, será un brillante resplandeciente y luminoso que abrirá todas las puertas, sin forzarlas, se rendirán a su encanto. Un amigo, me decía ayer; si los primeros cubanos que llegaron a Miami, convirtieron un pueblo en una gran ciudad, que no podrá hacer todo un pueblo unido! Coincido con él, no dudo del futuro de Cuba, de nuestro explosivo renacer. A veces, lo que mas trabajo cuesta, se disfruta mas haciéndolo. Todos aportaremos algo y granito a granito, encenderemos la luz que iluminara el Caribe y el mundo, con nuevos y multicolores resplandores.

Sentirse cubano es un orgullo infinito de serlo, un gritarlo una y otra vez, saboreando cada palabra, cada letra de ser cubano. Sentirse cubano, es hablar de nuestra islita y sentir los ojos humedecerse, es llorar con lagrimas rojas, azules y blancas. Sentirse cubano, es tener un corazón inmenso en el pecho, que late a ritmo de palmeras al viento, es llevar, para siempre, en la piel y en el alma, el calor de nuestro sol, es una unión de sones, guarapo y café que nos bautiza y marca para siempre, al nacer.

Si, me siento cubano, aunque no juegue pelota, apenas tome ron y solo sepa “botar gordas” jugando al domino. Cuba, vive en mí, con la misma fuerza e intensidad que yo vivo en ella. Se puede ser ciudadano del mundo, amar y adoptar otros países como nuestros y seguir amando, con todo, a nuestra islita.

Nuestra isla, es tan inmensa, tan segura de si, que nos deja amar otras tierras, sabe que su lugar esta seguro. Juramos antes otras banderas, pero en nuestro corazón, ondea, por siempre, la bandera de la estrella solitaria.

Siempre recuerdo mi primer viaje a Cuba, esperando el avión, uno de los pasajeros decía; he ido a Cuba, más de veinte veces, cada vez que el avión sobrevuela la isla, que veo mi tierra, no puedo contener las lágrimas. Sentirse cubano, es llevar a Cuba, con orgullo y amor, en el alma, donde quiera que estemos.

Ser cubano, es tener siempre a Cuba, bien hondo, sufrirla. Nacimos de ella, se nos metió en la piel y en el alma, tenemos alegrías y penas comunes. Un cubano, no puede ser feliz del todo, si sabe que su islita sufre. No basta llevar una bandera cubana en el auto o vestir de guayabera en días especiales. No es suficiente escribir Cuba, cuando preguntan país de nacimiento, es decir con auténtico orgullo; si volviera a nacer, quisiera nacer cubano otra vez! Como decimos muchos; si no fuera cubano, pagaría por serlo!

Sentirse cubano, garantiza el futuro, la unión de todos en el futuro de la patria. Arrancamos uno a uno los pétalos de un gigantesco girasol, preguntándonos cada vez; libres o libres? No hay otra opción, Cuba, lo sabe, confía en nosotros y en el futuro. Nos sentimos cubanos, convertimos la lágrima en sonrisa, con la certeza que todo, no esta perdido. Mientras Cuba, viva en cada uno de nosotros, el arco iris del mañana, desde nuestro corazones, poco a poco, anuncia un amanecer multicolor.

Anoche, mientras terminaba este escrito, un amigo poeta publicaba el poema, ¡Te extraño Cuba! Casualidades o coincidencias de sentimientos en almas de inmigrantes? Les dejo el link a su poema, para que puedan disfrutarlo.

http://tonycanterosuarez.wordpress.com/2012/03/29/te-extrano-cuba/

Fotografia tomada de Google.