Desde La Habana, ¡Ivette!

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Un breve mensaje a Ivette Cepeda por las redes sociales, su gentileza en responderme, aseguraban mi asistencia a uno de sus conciertos en La Habana. Llegar a mi ciudad, estallar en besos y abrazos junto a mi madre, terminar el día en un concierto íntimo, habanero y cubanísimo, era la mejor bienvenida que La Habana podía darme, su as de triunfo que sacaba de la manga con un guiño.

Supe de Ivette, viviendo en Miami, no recuerdo exactamente como, ni en que instante descubrí su voz, me deje atrapar por ella. Desde ese momento comencé a seguir su carrera en ascenso, a perseguir sus discos y videos, a disfrutarla en cada canción, en cada nota. Tuve la oportunidad de asistir a su primer concierto en Miami. Al escucharla en vivo, la llamé, la voz de La Habana. Deleitándome con su voz y sus interpretaciones, era como si mi ciudad, en extraña y mágica conjunción, hubiera decidido hacerse escuchar por ella, hacer suyas sus cuerdas vocales, convertir en notas, acordes y agudos, cada barrio habanero cada una de nuestras calles y esquinas.

En su primer concierto en Miami, a muchos nos pareció estar en La Habana; su voz hacia el milagro de borrar exilios y lejanías. El grupo de amigos que coincidimos en el teatro, nos dejamos llevar por su voz y hasta alguna que otra ola nos salpico, bautizándonos de cubanìa y buen arte.

Asistir a un concierto de Ivette en La Habana, tenia para mi una magia especial, un encanto único. Por vez primera, después de 13 años, escucharía a una cantante cubana, en vivo, en mi ciudad. En la memoria y en el corazón lleve conciertos de Elena, de muchas más que disfrute muchas veces en esos amados y nuestros teatros del recuerdo. El lugar era perfecto para este reencuentro con Ivette y mi ciudad; el bar del Hotel Telégrafo, construido a partir de las ruinas originales, invitaba a desatar emociones y nostalgias, sueños y suspiros.

Un montón de veces, en Miami, escuchando a nuestras cantantes, me ha parecido estar en La Habana y salgo de teatros y centros nocturnos, desorientado, buscando calles de mi Habana, perdido en el recuerdo, borracho de noches habaneras y paseos por el Malecón. Escuchar a Ivette, el primer día de mi llegada a La Habana, me recordaba a Miami, su primer concierto. Me parecía ver a Memé Solís, de pie aplaudiéndola, dándose con el puño en la frente, como quien se dice en buen cubano; ¿Qué coño es esto? A mis amigos de pie, aplaudiéndola. El bar del Hotel telégrafo se me antojó un teatro y por un minuto temí que mi viaje a La Habana, no fuera real y al salir terminara la magia y todo fuera solo un sueño. Por suerte aún tenía por delante una semana en mi ciudad. Mi Habana, me daba la bienvenida en la voz de Ivette augurándome un viaje especial; 7 días de encantamientos y conjuros, de felicidades multiplicadas y recuerdos para atesorar.

La selección del repertorio de Ivette, es inteligente y de buen gusto. Incluye números antológicos de nuestra canción, de esos imprescindibles que todo cantante cubano que quiera trascender, debe incluir y recrear. Dedica un espacio a Sabina, declara su admiración por él y su deseo de conocerlo en su próxima visita a La Habana. Estoy seguro que alguien lo invitara a uno de sus conciertos. Joaquín Sabina, se sentara a escucharla y después de la primera canción estará de pie, aplaudiéndola. Al final de su concierto, le dará las gracias por hacer suyas sus canciones, se abrazaran y algún día le enviara una canción para que la estrene, lo se, lo presiento; la admiración será mutua.

Aunque se que ya lo había leído, le entrego a Ivette mi escrito sobre su primer concierto en Miami, constancia que ese instante y tampoco este son un sueño, una trampa de nostalgias y recuerdos. Me agradece con un beso mi gesto, le digo al oído, te extrañamos, regreso en septiembre, me susurra ¡Te esperamos!

Sabe que los cubanos del lado de acá, la amamos y esperamos, con un amor a primera escucha y la certeza que en septiembre, su voz y su arte adornaran otra vez esta ciudad, con un color que pintara vidas y almas a su influjo y magia.
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La Lanchita de Regla en Venecia.

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Es cierto, no podría negarlo, ni en el más fuerte arrebato de americanismo, ni en una noche de malos recuerdos y frustraciones; yo, como muchos, disfruto ser cubano y recordar mi Isla. Soy capaz de ver una góndola en Venecia y recordar la lanchita de Regla. Puedo ver un rascacielos en New York y recordar edificios apuntalados, barbacoas y cuarterías de la Habana vieja. Todas las olas me recuerdan nuestro mar, todo cielo, en mis ojos, muere de envidia ante el azul que ellos evocan. No es intencional, ni manía de evocación, es involuntaria, diría que genética; llevo a Cuba en el alma, mas allá del tiempo y la distancia.

No es inadaptación, ni nostalgia infantil, créanme, si no me afinco en mis raíces, no podría florecer en otras tierras, cualquier viento podría derribarme. Amo entrañablemente a este país que me acogió sin preguntas y me dio todos los derechos, tantos que aún los estreno y disfruto. Los derechos, a muchos de nosotros, nos hacen sentirnos como niños estrenando zapatos nuevos. Amo de un modo especial a España que fue el primer país que me acogió y que hice mío al pisar sus calles. A veces pienso que fue la sangre de mis abuelos la que me hizo exclamar aquella noche de abril al andar sus calles, ¡Yo soy de aquí!

Todo emigrante ama la tierra que lo acoge y recibe, que le da presente y futuro. Nosotros, los cubanos andamos regados por el mundo en una diáspora que no termina, que lleva más de medio siglo y sigue a pesar nuestro, a pesar de la Isla y del tiempo, de la lógica. Los judíos, en su andar por el mundo, se mantuvieron unidos por su religión, no perdieron su identidad, pudieron ser Sefarditas o Asquenazis. El lugar donde vivían, no importaba, seguían siendo judíos, donde quiera que estuvieran, lo siguen siendo. Después de los judíos, somos el pueblo que más conserva su identidad, más allá de años de exilios y patria lejana. Si al pueblo judío fue su fe, su religión, la fuerza que lo mantuvo y sostuvo, es la cubania, nuestro amor por Cuba, nuestro sostén y pilar, lo que nos salva de perdernos por esos caminos del mundo. Cuba se las arregla para no abandonarnos, para que no dejemos de ser y siendo, seamos cubanos hasta la médula, dondequiera que estemos, al norte o al sur, en el polo o en el ecuador.

Conozco, gracias a la magia de la Internet que nos une y comunica, a cubanos en Noruega, Suecia, Chile, Argentina, España y un montón de países más. El lugar donde vivimos no importa, llevamos a nuestra Isla en medio del pecho. Hablamos de Paris, de poesía, de la luna y al final, sin querer o queriendo con toda el alma, terminamos hablando de Cuba, una y otra vez, con amor y devoción.

Les digo un secreto, disfruto mucho mis visitas a La Habana. Sobran razones para hacerlo, la mayor y mas importante, los brazos de mi madre que me reciben y acogen. Cuando estoy en mi ciudad, siempre recuerdo Miami, esta es mi casa, sin dudas, ni nostalgias, por elección libre y razonada, geográfica e histórica. Mi lugar, mi hogar, mi rincón, aunque siempre en mi alma, estén La Habana y mi Isla. Emigrar, nos convirtió en ciudadanos del mundo, adoptamos ciudades y países, sin dejar de ser cubanos. Amamos a ciudades y países nuevos pero seguimos llevando en el pecho y la frente con orgullo, la bandera tricolor. Nos afincamos en esa cubania como savia vital que nos nutre y alienta, que vence climas y distancias, que nos salva de perdernos, de dejar de ser.

Si olvidáramos raíces y pasado, orígenes y sustancia, seriamos una triste caricatura de nosotros, Zombies emigrantes que dando tumbos, presumiendo de lo que nunca serán, olvidan quienes son, su esencia, de donde vienen. ¡Que orgullo de ser cubano! Siento cuando un joven que llego a este país con 4 ó 5 años, recién graduado ahora de medico, al preguntarle de donde es, responde sonriente, ¡Yo, cubano! Su sonrisa, su gusto al saborear su condición de cubano, tiene olor a cañaverales, tabaco y café.

Ver a Cuba, a La Habana en cada lugar, es solo una metáfora de la nostalgia, de las raíces. Al final Cuba, toda entera esta en nuestro corazón, dondequiera que estemos, se nos desborda del pecho, de la memoria, contaminando nuestro entorno, iluminando el futuro seguro y cierto de esa patria por venir, “con todos y para el bien de todos”.

¿Concierto o reunion de amigos?

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Soy de los que creen que uniendo fuerzas y voluntades, todo es posible. Pertenezco al grupo de los que ayudan a los demás, sin esperar nada material a cambio, ni siquiera agradecimiento; solo el goce interior que da saber que se ha actuado bien. Dar una mano a quien lo necesita nos hace crecer como seres humanos, nos eleva a un plano superior.

El exilio no es, ni puede pretender ser, pretexto para que tiremos cada uno para nuestro lado, buscando solo nuestro interés. Emigrar, no nos puede hacer peores seres humanos, al contrario, enfrentar y vencer juntos dificultades, nos hermana y consolida como cubanos dondequiera que estemos. Hay muchos que no piensan así, que no dan su tiempo, ni tienden su mano si no hay una ganancia material, los mueve el interés personal. Su lado humano quedo del otro lado al cruzar el mar, se negó a exiliarse y quedo allá, entre palmeras y sinsontes, olas y sueños.

Anoche asistí a un concierto especial, diferente, un concierto donde muchos pusieron un granito de arena para ayudar a una amiga. Los comentarios que precedían al concierto lo anunciaban así; seria una noche entre amigos, entre amigos y cómplices. Todos unieron su esfuerzo en dar luz y brillo a una figura de la canción cubana que intenta abrirse camino, a golpe de tesón, fuerza, voz y unas ganas inmensas de hacer, de este lado del mar.

No podré definir exactamente la presentación de María Antonieta en Alfaro’s como un concierto oficial o una reunión de amigos en una sala a compartir arte y afecto. La naturalidad y desenfado de María Antonieta, su gracia criolla, su picardía, su derroche de cubanìa, transformo el local y a nosotros que cedimos a su embrujo, convirtiendo la noche en fiesta y tertulia de amigos, mas allá de guiones y ensayos.

Recién llegar a un país, decidirse a emigrar, volver a empezar cada día, no es fácil, todos lo sabemos. Por suerte María Antonieta ha sabido cultivar amistades y afectos, darse a querer y sus amigos le devuelven ese cariño, le dan la mano necesaria para ayudarla a ocupar el sitio que su arte y talento merecen. Durante el concierto agradeció a los que la han ayudado, desde los músicos que no le cobraron los arreglos musicales, hasta los amigos que la ayudaron a vestir y a lucir aún más bella, los productores y directores, a los presentes por su apoyo, a todos por su aliento.

Reconforta saber que uniéndonos podemos salir adelante, ser mejores y mejorar el entorno. Recuerdo las versiones de María Antonieta, en especial la de “Accidente” de Tony Pinelli, que obligo al público a ovacionarla de pie. Miro las fotos que tome y la recuerdo bella y vital, desbordando el escenario, agrandando y transformando el local a su influjo, convirtiéndolo en sala de casa, teatro, Stadium. También y de un modo especial, recordare a todos los que la apoyaron en este concierto, sin esperar nada material a cambio, solo su afecto y cariño, por el disfrute sincero de hacer el bien, de ayudar a uno de nosotros.

Sin dudas, un concierto diferente, donde sus amigos, junto a ella, la ayudaron a alcanzar la nota mas alta, la que da saberse querida, admirada y apoyada. Continuara luchando por imponerse en el difícil mundo del arte en nuestra ciudad, sin temores ni miedos, como una leona dulce y cariñosa, cabalgando segura en los hombros de amigos y admiradores.

Palmeras del querer!

Las palmas son novias que esperan: y hemos de poner la justicia tan alta como las palmas!

José Marti

El viernes pasado, una nueva, especial y talentosa amiga, me invito a su cumpleaños. Una fiesta diferente, la homenajeada, regalaba a los invitados canciones y recuerdos, su talento, su arte. Una canción, me cautivo, me dejo pensando, por suerte la grabe en video. Una parte de la canción, se repite en mi mente, una y otra vez, “y en la intensidad de mi soledad, siento palpitar, palmeras del querer…” El gesto del brazo de María de Jesús, como una palma al viento, acompaña la canción, en mi memoria.

Desde hace días, pienso mas en las palmas, las mismas palmas que otros, en gestos y frases de autonegación, dicen que no extrañan. Aquí también hay palmas, repiten. Se que también son nuestras, pero ustedes y yo, sabemos que no son iguales, aquellas son; palmeras del querer!

Las palmas, son uno de nuestros símbolos, como nosotros, soportan huracanes, se riegan por el mundo, lo resisten todo, nada las vence. Cuando hay tormenta, el primer rayo es para ellas, lo soportan estoicas, saben que también les llegara la primera lluvia de abril, el primer sol de la mañana.

No se, si por útil o gallarda, si por bella, numerosa o altiva, pero la hicimos nuestra. Reina en nuestros campos y paisajes, en nuestros corazones, desde su altura, sonríe, se mece al viento y espera.

No elegimos cualquier palma, para hacerla nuestro árbol nacional. Miramos al campo, nos dijimos; aquella, la mas alta, la que sobresale entre todos; la palma real, esa, la haremos nuestra. Muchos al irnos de Cuba, la llevamos con nosotros, no en fotos, ni en bonsáis, ni en recuerdos; en el corazón, como a una novia que espera en la distancia.

Poetas, cantantes, novelistas, todos, de una forma u otra le han rendido homenaje. Ella, es altiva, pero no altanera, saberse amada, no la hace sentirse superior, tiene sus raíces, muy adentro de la tierra, de nuestra tierra. No solo vive en el campo, también La Habana, se dejo conquistar por ella, crece en nuestra ciudad, fundiéndose con ella y nosotros. Recuerdo mi escuela primaria, con palmas gigantescas en el jardín, amanecían todos los días con alguna ofrenda folklórica. En aquellos años, no entendía por que esos plátanos con citas a los pies de las palmas. Hoy y ayer, siempre; los veo, como un homenaje a su belleza, como el regalo de un enamorado que no encontró joya digna y se invento un tributo.

Nunca he olvidado a las palmas, no podría aunque quisiera, no querré jamás. Parafraseando a Benedetti; no se como algunos sacuden la cabeza, cometen el error de pretender sacarse recuerdos y memorias, que no saldrán jamás del corazón.

Las palmas, saben que un día volveremos todos, nos esperan en los campos, en la ciudad, en nuestro escudo. Saben que bastara un gesto para convocarnos. Se mecen al viento, nos miran en la distancia, esperan, seguras y tranquilas, palmeras del querer, de nuestro querer!

Juana, la cubana!

Clasificarla, es muy difícil, no es una vedette o una actriz, tampoco una cantante. Juana, desborda definiciones, rompe moldes;  Juana, esta en escena, todo puede suceder.

Todos, de una forma u otra la conocemos, lleva años en la escena cubana, incansable. Borro, para siempre, la palabra retiro de su vida, mientras viva, seguirá subida a un escenario, regalándonos su alegría, su cubania infinita.

Nuestra Juana, artista inclasificable, es un fenómeno en escena, un ciclón tropical, arrasando con todo, conquistando aplausos y risas. Para mí, es una versión de la Giraldilla, girando para donde le da la gana. No cree en vientos, ni tormentas. Impone su propio ritmo, se adueña de la escena. Olvida letras y partituras, recrea el arte, canta y dice lo que se le ocurre y siempre acierta.

Juana, es la voz del pueblo. Verla en escena es asomarse a un solar habanero, subirse a una guagua llena en la hora pico, estar en la cola del pan, por más de dos horas. Resume y recrea situaciones. Se trae con ella, la esencia de La Habana, la suelta libre en el escenario, la deja hacer. Es una colorida estampa habanera, no le falta nada  y si no lo tiene, como buena cubana, lo inventa. Se basta sola para hacer su show, es su mejor músico, su luz, su directora de escena.

Su entrada a The Place of Miami, supero las expectativas del público que la esperaba. Mezcla rara y única de vedette y folklore, vistió de plateado y morado. Sincretismo de nuevo tipo, a lo Juana.

Sabe como llegar a su publico, hace años, lo metió en su bolsillo, para siempre. Suelta frases  y dichos que nos hacen reír a todos; a ver levanten las manos las señoritas, baja la mano descara! Se toca el pecho, alguien del público le grita algo y dice, entre risas; estas son mías! Tengo las jimaguas encendías!

Cuando los aplausos y las risas, le hacen olvidar el guión, le dice al director; y ahora que es lo que va mi hijo? Hace una versión en Ingles, de pronto para y dice; esta bueno ya, me duele la quijá!

Inmensa en el escenario, lo comparte con lo mejor de La Habana. Verla, es asomarse a nuestra ciudad, no por gusto ha sido bautizada como, Juana, la cubana! Hace su versión de Babalu Aye, no podia faltar, su presentación coincide con el día de San Lázaro; ese viejo es grande, muy grande en toda la nación,  dice Juana.

Juana, no es folklórica, es el folklore. Canta a Yemaya, fuma tabaco, sube a algunos al escenario, baja muertos, los consulta. Poseída del arte, de una calle habanera, se quita la peluca, abandona el escenario.

Una vez mas, The Place, abrió un portal a La Habana, a Cuba. La presencia y el arte de  Juana, hicieron el milagro, alguien del publico le grita; Juana, quédate! Quien le dijo que Juana se iba, se queda aquí, en nuestros corazones, para siempre. Ella, como La Habana, se queda con todos.

Montse, mi musa transoceánica.

Nos conocimos en el mundo virtual, en una página de Facebook con un nombre especial, De La Habana al cielo. No recuerdo, como la descubrí, ni la primera vez que hablamos. Sin saberlo, sin darnos cuenta, nos fuimos haciendo amigos, amigos especiales, de esos que no se conocen, pero se nos hacen imprescindibles.

Siempre asumí que era una cubana que vivía en España, que años viviendo en Barcelona le habían cambiado el acento y decía querencia y a tu vera con soltura y gracia. Un día, descubrí que no era cubana, española de pura cepa, catalana. Un grupo de amigos, decidimos otorgarle por unanimidad el titulo de hija ilustre de La Habana, de Cuba. Años dedicados a promover nuestra cultura, amando nuestra isla, le ganaron con creces ese titulo.

Muchos amigos, me han oído mencionar a mi musa transoceánica, la mujer que un día me tomo de la mano y me llevo a retomar el oficio de escribir. Todo comenzó, una tarde de domingo, cuando publico en  su página, un cuento delicioso, donde narraba los amores  de Cusita y Papi. Un colaborador se lo envío, disfrute tanto su lectura, que escribí un breve articulo sobre la guagua y los amores y pasiones que vivimos en ella y en las paradas, le pedí a mi amiga, hasta la foto para publicarlo en su pagina.

Cuando leyó mi escrito, mi musa transoceánica, me envío un mensaje, más o menos decía así; tienes talento para escribir, me dejarías guiarte para que escribieras sobre algunos lugares de la Habana? Así nacieron, Coppelia, la Escalinata, la Rampa, el Malecón. Un día, soltó mi mano, se dio cuenta que podía seguir solo el camino. No me abandono, sigue a mi lado, a mi vera, como diría ella, me aconseja y alienta.

Cuando publique mi libro, mi primer libro, estoy un poco pretencioso, lo dedicare a dos personas; a ella y a mi madre. Un día, le dije; mi madre me dio alas y me enseño a volar, tú les quitaste el polvo! Del otro lado del mar, mi amiga, soplo con tanta fuerza, que le quito, para siempre, el polvo a mis alas, no se como lo logro. Algún conjuro mágico, nos unió para siempre.

Mi amiga, es todo un personaje, un misterio, su amor por Cuba, sorprende y deslumbra, como me dijo un amigo  común, “nadie sabe como ni por que, pero lo cierto es que nos ama…” Un amor extraordinario a todo lo nuestro la caracteriza, es como un tocororo viviendo en Barcelona o una palma real echando raíces en otras tierras. No se mucho de ella, para querer a alguien, no hacen falta preguntas, ni respuestas. La primera vez que le dije; te quiero mucho, se emociono, me dijo, de veras?

Se que conoce La Habana, que la ha andado, la andará por siempre. Ignoro en que momento exacto el amor por Cuba la poseyó para siempre, se convirtió en cubana con mayúsculas, con orgullo.

En algún momento, nos encontraremos, nos daremos un abrazo enorme. Un abrazo del que saldrán volando colibríes y palomas, que hará a la Giraldilla, girar en dirección contraria al viento, un abrazo que detendrá a Charin, justo en el fouette 32 y que Eliseo, desde La Habana, aplaudirá, con un nuevo amanecer.

Gracias Montse, por tu amor por Cuba, por nuestra cultura, por hacerme escribir de nuevo, por  tu aliento y por tu querencia, un beso sin final!

Gracias por Miami!

Cuando publique,  La Habana y Miami, semejantes o diferentes?  Un amigo, me llamó para comentarlo, estuvimos más de una hora conversando. Me contó, que cuando llego a Miami, en el 80, marielito forzado, la ciudad, no le gusto, se fue a vivir a Tampa, tampoco le gusto. Buscando una ciudad, donde integrarse, llamarla suya, fue hasta Los Ángeles, allí sintió que había llegado a una gran ciudad. Logro, finalmente vivir en una ciudad que lo deslumbraba, pero donde, a pesar de luces y rascacielos, se sentía extranjero, inmigrante. Nunca logró integrarse a Los Ángeles, todo le era ajeno y distante, no podía hacer suya la ciudad. Era un extranjero más.

Mi amigo, me dijo, que al cabo de  5 o 6 años, regreso a Miami. Se reencontró con el café cubano, recién colado. Entraba a los restaurantes, disfrutaba feliz, de frijoles negros, picadillo, puerco asado, yuca hervida. Visitaba las dulcerías y cafeterías, endulzaba el alma con pastelitos de guayaba. Escuchaba hablar cubano, sus oídos agradecían ese acento, que hacia años no escuchaban. Por vez primera, en muchos años, no se sintió extranjero. Cuba, se hacia presente en cada esquina, en cada rincón de la ciudad. Mi amigo, comprendió que, había llegado a casa. Miro hacia atrás, recordó a los primeros cubanos que llegaron a Miami, con lágrimas en los ojos, en silencio, les dio gracias, por hacer de Miami, nuestra casa, por traer a Cuba, hasta la Florida.

A los primeros cubanos que llegaron a Miami, todo les fue más difícil, mas duro. Tuvieron que inventarse la ciudad que no existía, hacerla crecer, forjarla. Cuba, era un recuerdo. No tenían posibilidad de regreso, ni siquiera una vez cada 5 años, nunca!  Las llamadas telefónicas, eran dificilísimas y las cartas, tardaban meses o no llegaban nunca. No se como pudieron, si les preguntara, se que ni ellos mismos tienen la respuesta. Convirtieron la nostalgia y el  dolor en fuerza creadora, construyeron una ciudad y la hicieron suya. Se inventaron a Cuba, 90 millas al norte.

Muchos, hemos llegado después a Miami, todos hemos aportado algo  a la ciudad, nos hemos integrado a ella. Ninguno de nosotros, ha sido nunca extranjero en esta ciudad, los primeros cubanos que llegaron, se encargaron de hacerla nuestra, todos los que llegamos después, tenemos mucho que agradecerles cada día.

Ser inmigrante, aprender otro idioma, enfrentarnos a una nueva vida es mucho más fácil, desde Miami, como me dijo mi amigo; aquí, no somos extranjeros! Al salir de Miami, termina la magia, no importa los años que llevemos en el país, somos extranjeros.

Recuerdo la sobrina de un amigo especial, llego de Cuba, directo a New York, lloraba todos los días. Cuando llego a Miami,  el sol la calentó, las palmas le alegraron el alma, se sintió de pronto en Cuba. No lloro mas, la nostalgia y las lagrimas, se rindieron a la ciudad, que en cada esquina, le recordaba a Cuba.

Una vez, fui a Tampa, a visitar amigos, con un amigo-hermano que la vida y el exilio me regalaron. Antes de salir de viaje, los llamamos, les preguntamos si querían algo; por favor, traigan pastelitos de guayaba! Fue lo único que pidieron. Se que no era un antojo, era la necesidad de algo nuestro, que aquí en Miami, es cotidiano y en otros sitios, solo recuerdos.

No, nunca hemos sido extranjeros en Miami, es nuestro. Aunque al principio, la ciudad no nos gustara, termino robándonos el corazón. Tomamos juntos una colada gigantesca e inagotable de café cubano, miramos el cielo azul, respiramos el viento que viene del sur y nos decimos entre recuerdos; estamos en casa. Miami, no nos conquisto, los cubanos, conquistaron a Miami, la ciudad, no ofreció resistencia, dejo hacer a esos primeros cubanos que llegaron, segura que estaba en buenas manos.

Yo, también doy gracias, junto a mi amigo, junto a todos los cubanos que llegamos después, a esos primeros cubanos que conquistaron y engrandecieron a Miami. Levanto mi tacita de café, brindo por lo mejor de ellos, por la ciudad que nos hicieron, por los recuerdos que trajeron con ellos. Saboreo el café, seco una lágrima, les doy gracias de nuevo, ser inmigrante y no sentirse extranjero, es una bendición. Traerse un país, reinventarlo, no es fácil, ellos lo lograron, nosotros, solo continuamos, lo que ellos comenzaron, hace ya, muchos años, cuando todo, era mas difícil. A ellos, gracias multiplicadas cada día, en cada rincón de esta ciudad, nuestra!

Partir!

Irnos, por vez primera, por segunda o tercera vez, irnos un montón de veces, es cortar ataduras, pretender romper lazos, desgarrarnos. Volver a ver, desde la ventanilla de un avión, como se aleja nuestra Habana, nuestra isla.

Todos recordamos la primera vez que nos fuimos es algo imborrable, por ansiada, soñada e intentada un montón de veces. Esa primera vez, fue, para todos, un suceso. En mi caso, tuve la suerte de partir junto a un amigo, un hermano. Recuerdo que empujaron el avión, de pronto lo regresaron, se oyó la voz del capitán; por problemas con la lista de inmigración, el avión tuvo que regresar. Nadie hablo, nadie respiro, un minuto mas de demora y todos hubiéramos muerto por asfixia, a los cinco minutos volábamos rumbo a Madrid.  Sentí, como un desgarramiento, un desprendimiento, algo de mí, quedo para siempre en esa Isla, junto a mis seres queridos. No tuve valor de mirar por la ventanilla del avión; no me atrevía a ver a Cuba alejarse en la distancia, sin saber cuando volvería a verla. Alli quedaba mi madre, esperando mi regreso.

He tenido la suerte, prohibida para muchos, de regresar varias veces a Cuba. He vuelto una  y otra vez a los brazos de mi madre, he vuelto a partir otras tantas. Recuerdo cuando la muerte de mi padre, pase 21 días con ella, dándole fuerzas y aliento. Mami, nunca me despide ni recibe en el aeropuerto, esa vez, cometí el error de mirar para atrás, cuando el auto se alejaba rumbo al aeropuerto. La imagen de mi madre, de pie, en el portal, tratando de retenerme con la mirada, me desgarro. No pude hablar durante todo el viaje, hice el chequeo, un dolor en el pecho me ahogaba, minutos antes de despedirme, sentí un alivio, solo pude decir; gracias Dios mío. Mi hermana, se sorprendió, le dije, creí que me moría de angustia, ya paso.

Cada regreso, es como si nunca hubiera partido, mi sitio exacto, permanece esperando por mí, en mi casa, en el corazón de los míos. Llegar a casa, es sentir los lazos que creía rotos, mas fuertes que nunca, por unos días, somos los de antes, los de siempre, los que nunca  nos fuimos. Cada partida, tiene el desgarramiento de la primera. Bastan solo unos días, unas horas, para borrar años de lejanías y ausencias. Tal vez, nunca nos fuimos del todo. Somos felices donde vivimos, adoptamos nuevas tierras como nuestras, no vivimos del recuerdo y añoranzas. Tener a Cuba, en el corazón, es vivir en el futuro, en la luz. Su presencia, no impide luchar y afincarse en otros países. Nuestra Isla, es, sin saberlo nosotros, el puente a un futuro mejor de todos sus hijos. La raíz y la flor, que nos afianza y adorna.

Cada vez, que el avión despega, los lazos intentan romperse, la uniones, parecen que se quiebran. El piloto, da toda la fuerza al motor, son muchos corazones, de un lado y del otro, que se resisten a  separarse. La Habana tiende sus brazos, pretendiendo retenernos, Cuba, nos envuelve en  un viento que frena las alas, mi madre, suspira, enjuga una lagrima, mira una foto mia y se dice; volverá pronto.

Nunca puedo ver la imagen de mi madre perderse en la distancia, ni mirar por la ventanilla del avión y ver mi ciudad, mi Isla desaparecer poco a poco. Cada partida, tiene un poco, o un mucho de la angustia de la primera vez. Cuando el avión aterriza en Miami, se que llegue a casa, donde vivo y trabajo, donde soy feliz y realizo sueños. Reviso mi mochila, mi alma, siempre se me queda algo allá en La Habana, junto a mi madre, siempre me traigo algo de ellos, conmigo.

Nosotros y el mundo!

Para muchos de nosotros, Cuba, es el mundo. Emigramos, pero la llevamos con nosotros. Si hace cientos de años, en el descubrimiento del nuevo mundo o encontronazo entre dos culturas, el viejo mundo, vino a nosotros, ahora nosotros vamos al mundo, conquistándolo, cubanizándolo. Pintamos el mundo de azul rojo y blanco, lo hacemos nuestro. Cambiamos pinos, por palmeras, nubes, por cielo azul.

Somos capaces de cambiar la configuración de Europa en el mapa mundial.  Poco a poco, se asemeja a un gran caimán, tendido entre el Atlántico y el Mediterráneo. La Florida, tan cercana a nuestra islita, se llena de palmeras, de cubanos, que traen al hombro, un saco repleto de sueños, decididos a hacerlos realidad. En cada balsa que llega a sus costas, viene un pedacito de Cuba, a afincarse y crecer.

No necesitamos cincel y martillo, para rehacer costas y limites. No usamos dinamita, ni gigantescos taladros. A golpe de música, ron, café y trabajar duro, expandimos nuestra isla. Nos vamos de Cuba, pero la inventamos y recreamos, donde quiera que lleguemos. Hacemos del mundo nuestra islita y de nuestra islita el mundo.

Conquistamos el mundo, con una sonrisa y el mundo se deja conquistar, no se resiste, no podría. Llegamos un día a Miami, de aquella ciudad, solo queda el recuerdo, la hicimos crecer, ampliarse, desbordarse. Hoy, la compartimos orgullosos, con muchos.

Miramos el mapa del mundo y vemos Cuba donde quiera. No creemos en geografías, limites ni fronteras. Para conquistar el mundo, no necesitamos arcabuces, ni ejércitos. Ponemos a bailar nuestra música a todos. Los invitamos a un trago de ron o a un buen café y ya son nuestros. Si alguien se resiste, le damos un abrazo, le pasamos el brazo por el hombro y le hablamos de Cuba; le ponemos, para siempre, nuestra isla, en el alma!

Los cubanos, no creemos en Tsunamis, ni cataclismos. Si algún día ocurriera una nueva glaciación, si el calentamiento global aumentara. Nuestra islita sabría arreglárselas para sobrevivir, para mantenerse a flote. Tal vez entonces las balsas vengan del norte o desde Europa, a buscar refugio en la islita que sobrevivió a todo. Pedacito de tierra que el amor, hizo insumergible, capaz de vencerlo todo y de crecerse en el recuerdo y en el alma, para albergar al mundo.

Aprendimos a reírnos de todo, a no darnos nunca por vencidos, somos capaces de convencer a cualquiera que Cuba limita al norte con Groenlandia y al sur con Australia. Cambiamos el mapamundi, en una isla gigantesca, un gran caimán, tendido al mar.

Al final, para todos nosotros, el mapa del mundo, cabe en nuestra isla. Cuba, cabe, toda, en nuestros corazones. Cambiamos acentos, incorporamos nuevos platos a nuestra cocina, nos incorporamos al mundo. Así, ciudadanos del mundo, nos es más fácil conquistarlo, cubanizarlo. Todos llevamos en el pecho, una banderita roja, azul y blanca que ondea a vientos de esperanza. Hacemos del mundo Cuba y allá nos vamos, a andar el mundo, a conquistarlo. Donde quiera que estemos, llevamos a Cuba con nosotros, plantamos nuestra bandera, hacemos al mundo nuestro y a nosotros, el mundo.

Sonrisas y enojos.

Los cubanos, tenemos, por lo general, un carácter fuerte. Aunque seamos dulces, a veces tiernos, somos de temperamento fuerte. Si cometemos un error o tropezamos con alguien, decimos, disculpe. Cuando alguien se dirige a nosotros, le soltamos; que quiere. Hablamos alto y acostumbramos a mirar a los ojos.

Hace días, conversaba con una pasajera, que requería asistencia especial para abordar el avión. Me contó de una vez que estuvo en la Habana. Viajaba de Guayaquil a New York, el avión fue secuestrado por “Sendero luminoso”. Me dijo, pero eres muy joven, no debes conocerlos. Me reí, le dije mi edad, se asombro. Me dijo, sabes por que te mantienes joven, por tu carácter tan dulce, por no disgustarte, ni discutir nunca, entonces el que se río, fui yo. Minutos antes, había peleado con una trabajadora que cometió un error, aunque terminamos compartiendo un café, antes hubo, hasta algunas lagrimitas.

Los cubanos, explotamos en una discusión, por un minuto, podemos perder el control. Quien no nos conoce, puede pensar que se acerca el fin del mundo. Tenemos la costumbre de sacarnos todo, somos extrovertidos por naturaleza, gritones y echaos pa’ lante, por vocación. Discutir con nosotros, es buscarse una “salacion”, no nos damos por vencidos, somos tercos, no damos nuestro brazo a torcer, ni por lo que dijo el cura.

Cuando pasa un minuto después de alterarnos, todo vuelve a la calma. Quien nos ve, no puede imaginar que segundos antes alzábamos la voz, echábamos fuego por los ojos, nos queríamos comer al que teníamos enfrente. Así le paso a la viejita que ayude a abordar el vuelo para Guayaquil, mi sonrisa, dos o tres palabras dulces que le dije, le mostraron mi lado bueno. No podía adivinar que segundos antes, exigía responsabilidades y decía tajante; no puede volver a suceder!

Los cubanos tenemos todos, un lado bueno, todo dulzura y amor. A cualquier desconocida le decimos; dime mi vida, si mi cielo. Saludamos a amigas con besos. Pasamos el brazo por el hombro a quien tenemos al lado. Cuando nos encontramos un amigo especial, el apretón de manos se queda corto, abrimos los brazos; lo estrechamos, dándole nuestro afecto y cariño.

Somos así, pasamos de un estado de ánimo al otro fácilmente, nos gustan los extremos. Si hay que gritar y pelear, nuestra voz es la mas alta, la mas fuerte. Si hay que ser dulce y cariñoso, somos un melao de caña, mas dulces que la miel.

Somos, cada uno un reflejo de nuestra Isla, de nuestro pueblo. Un pueblo que llora, grita, discute, ríe y sueña. Un pueblo que a pesar de dificultades, no pierde la sonrisa, no se detiene en el enojo, ni en la ira, enseña el puño, cuando es necesario, sin perder su dulzura. Pueblo indomable que no se da por vencido. Cubanos, que miran hacia El Cobre, piden y esperan, mientras acumulan mieles y sonrisas para enriquecer el mañana.