¡Al sur, me esperan!

Paseando por La Habana.

Allá al sur, inquietas y felices, me esperan dos mujeres, dos amores, intercambian miradas, cómplices y pícaras. Compartirme las une, me las funde, se hacen una en amores y recuerdos. Mi amor se multiplica y se engrandece, se hace eterno entre sus brazos y memorias.

Desde el norte, sueño en estar con ellas, alisto maletas y recuerdos, calmo nervios e inquietudes. Vivir lejos de ellas ha sido duro, lo sabemos, pero ha valido la pena, lo agradecen mis sueños y mis letras, mis amigos y mi musa, hasta ellas mismas. Amar en la distancia desgarra el alma y nos curte en el viento del dolor, termina haciéndonos crecer, nos mejoramos.

No se cual de las dos fue la primera en saber de mi llegada y salio corriendo gritando a toda voz; ¡Ya viene pronto! El eco de su grito estremeció ruinas y arrugas, recuerdos e ilusiones. Ambas se maquillan la tristeza, se dibujan sonrisas y alegrías, saben que amo la belleza. Se perfuman de futuro, están de fiesta.

Desde aquí, adivino sus suspiros, sus juegos, su intercambio de colores y de luces. Una me llegara en un instante, será la primera en recibirme, me tomara de la mano y de los sueños, cuidara de mi, por todo el tiempo. Sin celos, me llevara hasta la otra y contemplara orgullosa nuestro abrazo, nuestros besos. Sabe que mi amor es suficiente para tenerlas a ambas en el centro del pecho y la memoria.

Cada mañana, cuentan los días que faltan para vernos. Una sentada en el portal, mientras se mece en su viejo sillón y en sus recuerdos, revive momentos compartidos. Sonríe desde lo hondo de su alma, feliz y plena. Ensaya abrazos, besos y sonrisas. La otra, dueña del sitio exacto donde comienzan mi historia y mis amores, alista plazas, balcones, calles y personajes que me esperan. Sabe que iré a su encuentro, una y otra vez, me regala historias y reencuentros. Se saben el aliento de mi historia y comparten felices lugares y memorias.

Mi Habana, mi madre, ambas se me confunden en la distancia. Caminare por mi ciudad, con mi madre del brazo, andaremos esas calles repletas de historias y esperanzas, nos sentaremos en sus bancos. Nos burlaremos de epidemias y muertes anunciadas, seguro que estar juntos; derrota la muerte y pesadillas. Inventaremos sueños, hablaremos de próximos encuentros. Mi ciudad soplara en mis oídos nuevos temas. Me guiara del brazo de mi madre por esos sitios que anduve hace ya mucho. Me asombrare en cada esquina, estrenaremos carcajadas, vidas, ilusiones. Abrazaremos fantasmas y recuerdos.

En algunos momentos, escribiré apuntes, retendré con palabras cada instante. Cada viaje a La Habana, a los brazos de mi madre, es una fiesta, un paréntesis que abre y cierra la alegría. Saberse amadas, las protege de todo, las sostiene. El amor es una columna, un brazo fuerte, un aliento de vida en la distancia.

Norte o sur, ayer, mañana, aquí o allá, cuando de amar se trata, no pone limites, ni frenos. Seguiremos ellas y yo, sosteniéndonos, amándonos, no importa donde estemos, ni el momento.

¡Un Papa en La Habana!

Vivía aún en Cuba cuando la visita de Juan Pablo II, fui parte de ese pueblo que al margen de religiones y creencias, se aglutino en torno a la figura del Papa. Viví esos días de emociones nuevas. Aún guardo, entre mis recuerdos mas preciados, el folleto que repartieron con la programación de la misa en la Plaza de la Revolución. Solo los que vivíamos en Cuba en ese momento, sabemos lo que significo la visita de Juan Pablo II. Su presencia, cambio por unos días la vida en nuestra islita.

Antes de la visita de Juan Pablo, algunas personas vinculadas al gobierno, pensaban que la misa del papa, en la Plaza, seria solo ante un pequeño grupo de  personas. La magnitud de su impacto en el pueblo y la conmoción que origino su visita, escapaba aún a los mas expertos. La estancia de Juan Pablo fue, entre otras cosas, una fiesta de la libertad.

No soy católico, realmente no practico ninguna religión. Dios y yo, nos entendemos muy bien sin necesidad de intermediarios, ni ceremonias. Nunca pensé asistir a la misa de un Papa, ni llorar de emoción frente al televisor al escuchar las palabras del Arzobispo primado de Santiago de Cuba. Recuerdo que mi hermana mayor y yo nos miramos con lágrimas en los ojos mientras lo escuchábamos. Las palabras de monseñor Pedro Meurice Estiú, se grabaron en la memoria y en el corazón de muchos, aún resuenan en las calles de Santiago, en el diario quehacer de nuestro pueblo.

Junto a dos amigos, asistí a la misa en la Plaza de la Revolución,  nadie tuvo que citarnos, ni pasar lista. Nosotros, como muchos, no queríamos perdernos la oportunidad de ser parte activa de la historia. Los aires de libertad, soplaron con fuerza esa mañana en la Plaza, muchos apenas podíamos creerlo. Mis amigos y yo, tomados de la mano, con los brazos en alto, gritamos junto al pueblo presente. La plaza cambiaba de color, el rojo cedìa pazo al verde de la esperanza. Por un instante nos miramos y pedimos un deseo, con toda la fuerza humana posible; en mayo del 2000, nos reuníamos de nuevo los tres, en Miami. Visitamos la Ermita de la Caridad del Cobre, dimos gracias, recordamos aquella histórica mañana de enero.

Siempre sostengo, con certeza absoluta, que Dios, esta en todas partes, no hay que estar en iglesias, templos, arrodillarse ante imágenes o hacer trabajos especiales para atraer su atención. Por alguna razón desconocida o solo por necesaria decisión, los días de la visita de Juan Pablo II a Cuba, la presencia de Dios, se sintió con más fuerza en nuestra islita. Una luz especial envolvió nuestro país, se borraron nombres y consignas. En el alma y en el corazón de todos, Dios y el Papa, hacían el milagro de unos días inolvidables, mágicos. El pueblo se aglomeraba en las calles al paso de Juan Pablo, recuerdo que una tarde, de visita en un edificio de Centro Habana, alguien gritó desde un balcón; ¡ahí viene el Papa! En solo unos segundos, los balcones se llenaron de personas, todos querían llevarse, en la retina, el recuerdo del paso por la Habana de un Papa especial.

El mes próximo, otro Papa, visitara a Cuba, volverá al Cobre, oficiará misa en la Gran Plaza de La Habana, pero como dice la canción; no es igual, todos sabemos que no será igual. Nadie esperara milagros, nos faltaran en El Cobre las palabras de monseñor Pedro Meurice Estiú y en el alma, la magia de un Papa diferente.

Esta vez, no asistiré a la misa el 28 de marzo en la Plaza de la Revolución, aunque pudiera, no iría. Estaré en Miami, entre amigos, celebrando mi cumpleaños y recordando aquella otra misa, donde un Papa, más cercano a nosotros, hizo el milagro de hacernos sentir libres, aunque solo fuera por unas horas.

Los cines de La Habana.

Hace días, conversando con un amigo, evocamos, sin proponérnoslo, La Habana de nuestra niñez y adolescencia. Andándola en la memoria, nos detuvimos un buen rato en los cines habaneros. Hicimos un recuento de los cines que teníamos cerca de casa, él, allá en Luyano, yo, en Playa. Terminamos asombrándonos de la cantidad de cines que existían, casi al alcance de  la mano. Nos preguntamos que lugar ocuparía la Habana entre las ciudades con mayor número de cines. Mi amigo Google, vino en nuestro auxilio. En 1959, La Habana, tenía más cines que New York y Paris, era la ciudad del mundo con mayor número de cines!

En nuestra juventud, pudimos disfrutar de la mayoría de estos cines, de los grandes cines, como el Yara, Payret y Trianon, entre muchos y de los cines de barrios, con menos glamour, pero no menos publico. La Habana, tenía un alto índice de cinéfilos. Recuerdo una época en que la cartelera de los cines habaneros, era extensa, mi hermana mayor y yo, jugábamos a leerla y descubrir si nos quedaba alguna película por ver.

Mi amigo y yo, recorrimos casi todos en el recuerdo, no hay otro modo de hacerlo, aun visitando La Habana, seria imposible; muchos, ya no existen.

En una de mis visitas a La Habana, converse con una persona que pertenece al mundo de la cultura. Me contó que habían asignado los cines a sindicatos o empresas, en un último intento por evitar la desaparición de muchos. El Jigue, que fue en su momento un suceso en la ciudad, ya no existe como cine, el Rex y el Duplex, son parte de la historia de la ciudad, otros, luchan por subsistir. Se aferran a imágenes y recuerdos, se niegan a desaparecer. El cine Infanta ardió una noche de sábado y así quedo, para siempre, en ruinas y cenizas.

Condenados por decreto no escrito a desaparecer, se burlan de abandonos y desidias, de funcionarios ineptos, de limitaciones y escaseces. Convocan a fantasmas en funciones de madrugadas, reeditan momentos de esplendor, cuando largas colas los rodeaban. Proyectan una y otra vez, Hiroshima mon amour, La vida sigue igual, la película de la Massiel, Fantomas,  Fresa y chocolate, reviven proyectores y escenas famosas. Chaplin, los recorre y alienta, resistan, les dice una y otra vez. Cuando las luces de la ciudad se apagan, cuando los fantasmas se adueñan de la ciudad, nuestros cines, vuelven a ser los de antes, no se resignaran nunca a desaparecer.

Heridos de muerte, se miran unos a otros sorprendidos. No comprenden del todo que paso, algunos culpan al desaparecido Noticiero ICAIC,  cuando el aparecio, todo comenzo a cambiar, se dicen unos a otros en voz baja. Aún tienen miedo que alguien los escuche y los cierren definitivamente.

El Yara, desde su esquina privilegiada que le asegura su existencia y alguna que otra película de estreno, ve con tristeza a sus hermanos, desaparecer uno a uno, mira al Malecón y pide ayuda, grita, auxilio! La Giraldilla, detiene su girar y apunta al futuro, sabe que no todo esta perdido; Confia en nosotros, con la misma certeza que confia en el mañana.