Manolo, un temba cubano.

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Manolo se levantó con dolor de cabeza. Debo tener la presión alta, se dijo. Fue al baño a orinar, se miró en el espejo, casi que se asustó; lo que vio, no le gustó mucho. Estaba ojeroso, demacrado. Se miró las entradas, vio esas canas que como recordatorio del tiempo, hacían nido en su escaso pelo. Se estiro la piel de la cara, casi que conto sus arrugas. Regreso deprimido al cuarto y volvió a acostarse.

Manolo recordó años atrás, cuando en La Habana, casi que paraba el tráfico, como decían sus amigos. Se sintió viejo, muy viejo, como de mil años. En su memoria, sus caminatas por las calles de La Habana, ese andar el erotismo de una ciudad, donde ligar o recibir y decir piropos y algo más, era parte del día a día, le recordaban su juventud perdida.

En su memoria, desfilaban las veces que de camino a visitar a un amigo, llegaba guardando 3 y 4 teléfonos en el bolsillo, promesas de próximos encuentros y hasta un beso apurado en los labios o un roce capaz de hacer jurar a cualquiera que ardía en fiebre. Galiano, Monte, Obispo, las recorrió en su memoria, fue joven, seductor y atractivo en el recuerdo. Se veía Rampa arriba y Rampa abajo, cruzando miradas, en ese andar del habanero que nunca deja de estar a la conquista, abierto al deseo, al erotismo.

Manolo, estaba deprimido, hasta se vio sentado en el Malecón, sin que nadie notara su presencia, como si no existiera. Recordó una vez que regreso a La Habana y una mujer exclamó a su paso; “La Habana es la única ciudad del mundo donde los mangos caminan por la calle”, si voy ahora, diran que soy un tamarindo o una ciruela pasa. Ya no soy el de antes, pensó, me estoy poniendo viejo y unas lágrimas amargas se le escaparon. Ni ganas de café tenía esa mañana, lo que quería era un sanax o un diazepam que lo hicieran volver a dormirse, que lo ayudaran a olvidar el paso de los años y sus huellas.

Recordó cuando llego a Miami, al principio no tenía carro y tuvo que coger la guagua, los buses, como le decían aquí. Se daba el lujo de escoger entre los carros que le paraban para ir al College al curso de inglés. Ahora ni una chivichana me va a querer parar se dijo. Conquistador emperdenido, entendió que su hora de retiro había llegado. Le era duro aceptarlo, estaba viejo, acabado. Recordó una frase que escucho decir cuando era joven; ayer maravilla fuì y hoy sombra de mí no soy. Se pasó las manos por el pelo, en un intento de arrancarse pensamientos y tormentos. Sonrió al recordar una frase de Enrique Arredondo en su personaje de Bernabé; lo que fue y no es, es como si nunca hubiese “fuesesido”.

Miro la hora, tenía que empezar a prepararse para el trabajo. Se levantó sin ganas, como un zombie, preparó la cafetera y decidió revisar Facebook, mientras esperaba su café. Un mensaje le hizo soltar una carcajada, su rostro se iluminó. Fue joven de nuevo, mientras lo leía. Miro el reloj, aún tengo tiempo para ir al gimnasio y hacer media hora de cardio. Se vistió de prisa, apuro el café. Antes de salir quiso volver a leer el mensaje que una persona desconocida, 20 años más joven, le había enviado y ante el que habían huido, espantadas, sus visiones y miedos; “Ay papá Dios si no es mucho pedir Mándame un hombre como el que está leyendo esto”.

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Amor y costumbre.

fotografia tomada de GGogle

Quiero enamorarme; una pasión que me trastorne el alma y los sentidos, que me renueve y estremezca. Caminar entre las nubes, incontenible y vivo, mientras el amor hace de las suyas y me transforma.
No quiero acostumbrarme a ver un mismo rostro cada día, sin reflejarme en el brillo de sus ojos. A decir, solo con los labios, te quieros. A apurar un beso sin deseos. A abrazar sin ganas y sin fuerzas, casi por oficio.
Quiero hacer el amor con desenfreno, sin horario.
Quiero estrenarme de orgasmos y te quieros. Un amor que me confunda los horarios, que me desborde los sueños y los anhelos.
Tener, para siempre, a alguien atado al centro del deseo y la lujuria.
No quiero decir; me duele la cabeza. Volverme al otro lado, mientras digo; hoy tuve un día duro en el trabajo.

Quiero levantar, sobre mis hombros y los suyos, un hogar, donde el amor y el deseo, siempre habiten; plenos y felices, buscandose como locos má allá de la razon y el beneficio.
No quiero una casa enorme, fría, donde me pierda buscando unos brazos que me estrechen o un cuerpo que me encienda.
Tener a alguien al lado, por costumbre, es un suicidio lento del amor, una mentira.
Es como decidir morirse en vida, ser una momia de amores trasnochados. Una parálisis del amor y los sentidos, un coma absurdo, un ya no soy.

Quiero un amor que me de alas, que me lleve, volando al infinito, que vuele junto a mi y si me canso, me preste sus alas por un rato.
Un remolino de besos y de abrazos, entre suspiros y bocas sin aliento.
No quiero un peso, duro y frío, manteniéndome en tierra todo el tiempo.

No quiero reglas, por qués y conveniencias, que no se ajustan, cuando de amor se trata.
Porque al final, si de costumbre hablo, me acostumbro a mi mismo y me tolero. Me miro solitario y libre en el espejo, mientras te espero amor, a las sombras de la dicha y el deseo.

Fotografia tomadas de Google.