El dolor de una madre.

mujer-llorando
Esto de la Internet y los amigos virtuales nos sorprende; más que sorprendernos, nos sacude o estremece a veces.

Hoy recibí un mensaje de una de las tantas amigas que he ganado en Facebook por mis escritos. Esto no es lo extraordinario, mensajes de desconocidos, amigos virtuales o no, recibo a diario. La señora necesitaba hablar con alguien y me eligió a mí. Me dijo que por ser buen hijo, sabía que la escucharía y la comprendería. Estábamos a millas de distancias, muchas y algo desconocido, mágico me selecciono justo a mí, para desahogo de penas y lagrimas.

La señora perdió a su hijo hace solo unos meses, sus lagrimas mas tristes, aún no se han secado. Hoy le pareció ver a su hijo frente a ella, casi le escucho decir; mami dame un abrazo. Corrió a abrazarlo y sus brazos se unieron al no encontrar al cuerpo que buscaban desesperadamente. Pensó que estaba perdiendo la razón, se sintió muy mal y me envío un mensaje que inicio una conversación inusual. Nos escribíamos en un dialogo doloroso, desgarrador, donde las lagrimas abundaron, junto a palabras de consuelo, besos enormes y promesas de seguir en contacto.

La señora me conoció por mis escritos. Leo todo lo que escribes me dijo, por eso me atreví a escribirte. Así me iba desnudando su corazón, descubriéndome su dolor, angustia y desesperación por la ausencia de su hijo. Me repetía, sé que me entiendes, un buen hijo, siempre tiene un corazón grande. Lamentablemente no vive en Miami, no pude pasar a darle un abrazo real, fuerte y cubanísimo al salir del trabajo. La señora es cubana, vive lejos de Cuba y sola. Tal vez nuestro encuentro por Internet no fue casual, tal vez La Habana hizo un guiño y la obligo a escribirme. Ella sabe que jamás dejaría a una madre sin palabras de consuelo, sin ofrecerle un hombro para recostarse, ni una mano para sostenerse.

Dentro de su dolor y su pena inmensa, encontró espacio para preguntarme por mi mamá y alegrarse de que estuviera bien. Compartimos lágrimas, palabras de aliento, abrazos, besos. No pude aliviar su dolor, no se han inventado las palabras capaces de hacerlo; si pude aliviar su soledad. Le pedí que siempre que se sintiera mal me escribiera, que contara conmigo y con mi aliento. Cuando volvamos a escribirnos, le daré mi número de teléfono, escuchare su voz. Mi amiga ya no esta del todo sola, cuenta conmigo para paliar soledades y secar lagrimas. Tal vez un día viaje a darle un fuerte abrazo, tal vez ese día llore en mi hombro y descubra entonces que, yo también lloro con ella.

Allá al sur, mi isla y mi ciudad intercambiaran esta noche miradas cómplices, sonreirán. Tal vez la Giraldilla apuntando a la otra ala del pájaro diga; misión cumplida, el habanero no la abandonará nunca.

Fotografia tomada de Google.

Advertisements

¡Traeme La Habana y a mi madre!

Nadie sabia exactamente, como había salido de Cuba, ni siquiera el día de su llegada a Miami; apareció un buen día en la ciudad. A pesar del auto, regalo de un tío, gustaba de caminarla, en un intento de hacerla suya, de descubrir misterios. No, esta no era una ciudad para caminar, se dio cuenta muy pronto y decidió hacerla suya de otro modo; triunfando. Poco a poco fue conquistando el éxito, haciéndose parte imprescindible de  negocios e inversiones. Sin proponérselo, casi como un don, muchos lo miraban como ejemplo de emprendedor, de cubano luchador y tenaz en sus empeños. El éxito le sonreía o mejor aun; él sonreía al éxito, lo seducía y lo ganaba, se le entregaba como una amante, sin fuerzas para resistirse a sus mañas. Era popular, mas de lo que le gustaría, ser un tipo sencillo, de barrio, a veces no combina muy bien con tanta popularidad.

Nunca regreso a Cuba, no volvió a recorrer esas calles de la Habana. Cuando hablaba de su ciudad, sus ojos se humedecían y su voz adquiría un tono especial. En el fondo, a pesar del carro lujoso, de sus propiedades, de su triunfo, seguía siendo aquel muchachito que andaba las calles habaneras, persiguiendo el amor y sus sueños. El, como muchos, había cambiado solo en apariencia, por dentro era el mismo. Su tesoro mejor guardado eran sus recuerdos. A solas en su habitación, cerraba los ojos, viajaba en el tiempo y el espacio. Se veía entrando a su casita allá en su barrio y abrazando a su madre, sentándose junto a ella y hablando del día, como hacían siempre al llegar de la Universidad. Recordaba aquel día que se gradúo; recibió su diploma, fue hasta donde estaba su madre, se arrodillo ante ella y se lo entrego. Se besaron entre lagrimas, casi paralizan la ceremonia, todos olvidaron por un instante lo que sucedía para mirarlos solo a ellos. Por más que había intentado traer a su madre, siempre sus intentos se estrellaban contra prohibiciones y tramites, papeleos y absurdos.

Los que lo conocían y sabían cuanto añoraba a su ciudad  y a su madre, le preguntaban siempre por qué no regresaba.

– Vuelve a ella, aunque solo sea un par de días, le dijo un amigo.

– No puedo, quisiera, pero no puedo. Dios, sabe cuanto deseo poder volver, aunque fuera solo un instante. Una caminata, un abrazo y me regreso.

No explicaba las causas, muchos se imaginaban que se jugaba la vida en ese regreso y no insistían. Su respuesta, no dejaba margen a más preguntas.

No bastaban sus éxitos, estar rodeados de amigos. Su ciudad, la nostalgia por ella, eran un vacío que nada lograba llenar. Hasta comenzó a escribir sobre La Habana y su madre, en un intento de traérselas, de inventárselas en el recuerdo. No enseñaba a nadie sus escritos; eran solo para él, un desahogo de su alma y añoranzas. Inventaba historias de amantes que nunca tuvo, vivía aventuras en esas calles perdidas en el recuerdo y en la historia. Creaba y recreaba personajes y sitios, intentaba traer a su ciudad que como amante esquiva le hacia guiños antes de desaparecer ante él, cuando casi creía tenerla al alcance de la mano.

Un día, una amiga en su página de Facebook escribió; ¡Esta noche, me duele La Habana! Termino de leer la frase  y se llevo las manos al pecho, como si un infarto súbito fuera a terminar con su vida; su ciudad le dolía cada día, cada instante, con un dolor constante y cortante que le traspasaba el alma y los recuerdos. La Habana, dolía a muchos en la distancia, pero su dolor tenia una intensidad y un desgarramiento terrible para él. Sin ella, estaba incompleto, impar, perdido, se la inventaba en cada esquina, en cada recuerdo; constante fantasma que jugaba a los escondites, en esas calles perdidas en la memoria. Una ciudad en la distancia, puede ser como una amante, reclamando sus derechos, llamándonos. Si allì vive nuestra madre, la ciudad puede convertirse en el centro de la vida y los recuerdos.

En su intento de reinventarsela, busco entre conocidos pintores, uno que fuera capaz de pintarla, tal y como la soñaba, en las paredes de su casa. Creyó haber encontrado al mejor, lo contrato. El pintor, empezó su obra con entusiasmo. El hombre que extrañaba a La Habana, le hablaba de su ciudad, de sus recuerdos. El pintor iba creando lo que creía interpretar de sus historias. No conocía  esa ciudad de la que le hablaba. Cuando termino la primera pared, se la mostró orgulloso. Víctor la miro con tristeza y decepción.

– No esa no es mi Habana, exclamo triste y desilusionado.

Le pago al pintor y mando a pintar la pared de azul, así al menos le parecería mirar al cielo de su ciudad. Hay ciudades que no pueden atraparse en pinturas y escritos, por mas que se intente; pensó Víctor, mientras miraba la pared, recién pintada de azul.

Una vez estuvo muy enfermo con fiebre muy alta, tuvo alucinaciones; su ciudad alucinante, se aparecía una y otra vez en su habitación del hospital. Traía sus fantasmas que jugaban traviesos en su cuarto. Cuando se recupero, volvió a intentarlo todo por visitarla. Esas visiones que tuvo, se le aparecían noche tras noches, extendiéndole los brazos, invitándolo a amar. Hizo gestiones, compró pasaportes falsos, pensó en hacer el viaje desde Europa. Le contó sus planes a su mejor amiga, ella lo miro a los ojos.

– Estas loco, sabes que te juegas la vida, ni tu madre ni tu ciudad, quieren verte entre rejas o muerto.

Víctor, bajo los ojos y lloró en silencio, un llanto contenido por años, lagrimas con sabor a mar y rocío, sollozos con ruido de palmas al aire y olas golpeando contra el malecón. Un llanto por recuerdo y raíces, incontenible y necesario.

– Tienes razón, toda la razón del mundo, respondió.

Días después, Nora, su  mejor amiga fue a visitarlo, se sentaron juntos a conversar. Hablaron de mil cosas, hasta que ella se decidió y le dijo.

– Te tengo noticias, buenas noticias; hay un pájaro extraño, vive en las montanas de  África, si sabes entrenarlo bien, pronto tendrás la solución a tu problema.

– No pretenderás que el pájaro me lleve hasta La Habana, me atrevo a todo, pero eso es imposible.

-Tranquilo Víctor, el sabrá como ayudarte, depende de ti saber que hacer con él. No te preocupes por nada, aunque estamos en agosto, este pájaro será mi regalo por Navidad, mañana debes recibirlo. Es una mascota especial, ha ayudado a muchos como tú

Víctor, se despertó temprano, estaba ansioso. Paso la noche soñando con un pájaro enorme que lo cogía con el pico por el cuello y cuando estaba sobre La Habana, lo dejaba caer. Despertaba sudando y gritando, su miedo a las alturas, convertía este sueno, en una terrible pesadilla. Temprano tocaron a la puerta, en el portal, una caja enorme, firmo los papeles, entró la caja a la casa y llamo a su amiga.

– La caja es enorme ¿Qué clase de pájaro me has regalado, no será un cóndor?

Su  amiga río.

– Tranquilo, abre la caja y déjalo hacer, es muy inteligente.

Víctor, abrió la caja, un pájaro casi de su tamaño, con un pico enorme, lo miro fijo  a los ojos, como intentado adivinarle el alma y los recuerdos.

Los días pasaron, Víctor y el enorme pájaro, se hicieron amigos, muy buenos amigos. Cuando escribía, el pájaro con el pico apoyado en su hombro miraba detenidamente a la pantalla de la computadora, como si entendiera, tal parecía que podía leer. Si Víctor, se entretenía mirando fotos de La Habana, el pájaro se sentaba a su lado y las miraba, a veces una llamaba su atención y la apuntaba, con su pico.  Cuando Víctor se emocionaba y se le humedecían los ojos, creía adivinar lágrimas en los ojos del singular pájaro. Su nuevo amigo no hablaba, solo le faltaba eso para ser perfecto.

Una noche, Víctor, sintió un dolor terrible, se llevo las manos al pecho y cayo al suelo, parecía muerto. El pájaro fue a la cocina, casi trajo a rastras a la criada que llamo a amigos, ambulancias y doctores.

– Llévenlo a su cuarto, dijo su medico personal.

– No sobrevivirá si lo movemos de aquí, su estado es muy delicado.

Alguien pretendió impedir que el enorme pájaro entrara al cuarto. La mejor amiga de Víctor, la misma que se lo había regalado, fue tajante.

– Déjenlo entrar, tal vez de todos, a él es a quien mas necesita.

El pájaro, se quedo a su lado, junto a la cama donde yacía Víctor, debatiéndose entre la vida y la muerte, entre recuerdos y realidades. De pronto, Víctor abrió los ojos, miro fijo al pájaro y en un susurro que tenia la fuerza de un grito, la intensidad de un alarido, le dijo.

¡Tráeme La Habana y a mi madre, por favor!

Nora, su eterna y fiel amiga, abrió de un golpe el enorme ventanal del cuarto, el pájaro miro a Víctor y emprendió vuelo al sur.

Pasaron dos días, Víctor, seguía grave, debatiéndose entre la vida y la muerte, según los médicos, solo un milagro podría salvarlo. Por órdenes expresas de Nora, las ventanas del cuarto permanecían abiertas día y noche, en espera de algo que solo ella sabia. Una tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse, se escucho un fuerte aleteo, el enorme pájaro irrumpió en el cuarto, trayendo en su pico algo extraño que no lograban saber que era. Víctor se incorporo, miro al pájaro que sacudió su pico con fuerza llenando el cuarto de olas rompiendo contra el muro de todos, lloviznas de mayo, girasoles, vendedores ambulantes, grillos y palmeras. Volvió a sacudir su pico y ante médicos y amigos asombrados pedazos de La Habana aparecieron en el cuarto, calles, muros, casas. El pájaro dio una última sacudida a su pico y apareció una viejita de pelo blanco, hermosa a pesar de los años, traída de la distancia y el recuerdo, sin permisos ni papeleos.

-¡Mama! Grito Víctor, estremeciendo las paredes y a los presentes. Se levanto de la cama arrancándose sueros y aparatos.

Se abrazaron salpicados por las olas que rompían contra las paredes del cuarto, se besaron entre mieles, girasoles y humo de tabaco. Su madre y su ciudad hacían el milagro de salvarlo.

Desde un rincón el pájaro y Nora los miraban con lágrimas en los ojos. Habían planeado juntos hasta el ultimo detalle desde hacia tiempo. Los milagros, llevan a veces el nombre de nuestros mejores amigos y afectos.

Fotografia de una pintura de Fuentes Ferrin, destacado pintor cubano que reside en Houston

Santiago de Cuba, despues del huracán.

Solo la visité en dos ocasiones; de niño, con mis padres y en el año 91 con un amigo que me invito a casa de su familia. Santiago de Cuba, es una ciudad, con un encanto especial, uno lo siente al llegar. No es solo el clima, el calor o las montañas, es su gente, su gracia natural. Nuestra islita, a pesar de ser pequeña, exhibe una diferencia marcada en paisajes y ciudades. Somos, siempre lo digo, un delicioso ajiaco donde puede incluirse todo, absolutamente todo, nada nos falta, ni nos sobra.

En estos días leímos y escuchamos sobre el paso de un huracán por el Oriente de  Cuba. Las noticias hablaban de destrucción, de gentes sin casa, de muerte. Vi algunas fotos, me preocupé, les confieso que deje un margen a la duda. A pesar del video de un locutor de la televisión cubana, informando de derrumbes y pérdidas de vidas, seguía pensando que acá, exageraban el daño, como al sur, exageran lo bueno. Algo en mi se negaba a aceptar tanta destrucción, tanto dolor.

Un nuevo amigo, uno de esos amigos virtuales que aunque desconocidos, terminan compartiendo con nosotros; amigos de nuevo tipo que nos regalan la Internet y la Globalización, se excuso hace un par de noches por no haber leído mi ultimo cuento. No puedo leerlo por ahora, me decía. Allá, en Oriente, su familia había perdido su casa, estaban sin techo, incluyendo a su abuela de 90 años. Yo, que tanto me gusta jugar con las palabras, me quede en silencio, no encontraba un par de ellas para consolarlo, devolverle la paz. La realidad es aún más terrible que las noticias.

Dicen que hasta El Cobre, llego la destrucción, que el viento daño la Catedral, que se ensañó con la ciudad, pretendiendo destruirla, borrarla. Se necesita muchos más que un huracán o un cataclismo para poder borrarla, para vencer al oriente cubano. Nuestro pueblo aprendió a sobrevivir a todo, a revivir la esperanza, aunque sea lo único que nos queda.

Imagino a nuestros hermanos, levantándose de las ruinas, muchos lo perdieron todo y no saben si algún día, lo podrán recuperar. En un país todo se guarda por si algún día se necesita, amanecer sin nada, es un golpe terrible, devastador. Se que miraran a su alrededor desolados, secaran sus lagrimas y se levantaran sobre ellos mismos. Nada puede ya vencerlos, quitarles la esperanza. Se inventaran un techo y un sueño y seguirán adelante, esperando el mañana que llega, seguro y prometedor.

¡Ha muerto un hombre libre!

Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión, se rompe; ¡empieza al fin con el morir, la vida!

José martí

Es domingo, la tarde languidece, poco a poco, anochece. Es hora de llamar a mi madre, entro al sitio de Internet que uso para hacer las llamadas a Cuba, pongo 10 dólares a mi cuenta. Mientras me preparo a nuestro encuentro telefónico, escucho a Ricardo Arjona, interpretando; Mi novia se me esta poniendo vieja. Reviso los comentarios de mis amigos en facebook, una noticia, me hace un nudo en la garganta, se me salen las lagrimas y se que no es a causa de la canción de Arjona; ha muerto un hombre libre! No se que hacer con este dolor por la muerte de alguien que nunca conocí, de alguien que nunca abracé, que ni siquiera le di la mano. Trampas de la Internet y la información, que nos hacen conocer y estimar, sentir afectos, por personas que no conocemos.

Ha muerto un hombre libre, no puedo decir, descanse en paz; espíritus como el suyo, nunca descansan. Agitados e insomnes, siguen andando por la vida y la gloria. Nunca pude conversar con él, discutir nuestras diferencias. Se puede admirar a una persona y no coincidir en todos sus puntos de vista. Otro mas que se me va, dejando una conversación pendiente.

Es hora de llamar a mami, pero tengo que esperar, con este dolor en el pecho, mi voz no sonaría como siempre, la dejaría preocupada. Mi novia, tendrá que esperar un par de horas.

Un hombre, realmente libre, siempre impresiona, gana seguidores.  No todos los días, nace o muere un hombre libre. Un par de lágrimas, no bastan para sacarme el dolor por su partida, por su ausencia. Pienso no solo en lo que hizo; lo que le quedo por hacer, me desconsuela, me hace pensar en el mañana sin él.

Me seco otra lágrima, tomo un poco de agua, pienso en sus familiares y amigos. Se me sale otra lagrima y otra, mi amigo, el hombre de las lagrimas, pensaría que le estoy haciendo la competencia. Tomo un poco del café de la esperanza, recobro fuerzas. Se que otros hombres libres, seguirán sus pasos, andarán su camino hasta el final. Antes de dejarnos, este hombre libre, supo sembrar la semilla de la esperanza y la libertad, en tierra fértil!

Nuestro hombre libre, no ira al cielo, se queda con nosotros, sin descanso, terminando su obra, nuestros sueños!

El regreso del soldado.

En octubre del año pasado, escribí, “La  madre del soldado”. Un pequeño tributo al amor de una madre, a su dolor mezclado con orgullo y temores de ver a su hijo, hacerse soldado e ir a otras tierras distantes. Ese sentimiento extraño que solo siente una madre, cuando parte de su alma, de su espíritu, vuela lejos a cuidar de un hijo; a convertirse en el escudo que le protege, cuida y sirve de almohada.

Mi amiga, recibió hoy, adelantado, el mejor regalo por el día de las madres que podía soñar. Me sorprendió su llamada temprano en la mañana, les confieso que me asuste un poco. Su voz, se escuchaba entre lagrimas, velada por la emoción; Karel, acaba de llegar, me llamo! Después hizo silencio unos segundos, la emoción y el llanto, no la dejaban hablar. Mi amiga, la madre del soldado, agradece a Dios, a la Caridad del Cobre, el regreso de su hijo, sano y salvo. Atrás quedan noches de insomnio, de pedir a todas horas por su hijo. Detrás de cada sonrisa de mi amiga, se escondía el dolor y el temor por su hijo en el campo de batalla. Solo los que la conocemos muy bien y hemos compartido con ella este tiempo de angustias, sabemos de su dolor y preocupaciones.

El corazón de una madre, es un sitio especial, en él caben todos los buenos sentimientos del mundo, soporta golpes, dolores, partidas  y ausencias sin romperse. Mi amiga, me hablaba de su alegría, era un cascabel con destellos de luz. La seguridad que pronto abrazara a su hijo, le da un nuevo tono a su voz, su risa es más fuerte, imagino su rostro feliz, iluminado. Aún bajo los efectos de la emoción del regreso de su hijo, mi amiga, recordó a otras personas que sufren, me dijo; tengo que verte para darte el dinero para Martha! Dos protagonistas de mis escritos, que sin conocerse, se unieron al influjo de escritos y amigos. Martha, la muchacha que lucha contra el cáncer en La Habana y la madre del soldado, ambas madres, luchando de una forma u otra por la vida y por sus hijos.

Después de mucho tiempo, la madre del soldado, dormirá hoy tranquila. Esta semana lloró mucho, viajo a esperar a su hijo, un cambio de última hora, la obligo a regresar sin el abrazo necesario. La abrace a su regreso, lloro en mi hombro. Hoy, la vida, le regala esta sorpresa enorme. Del otro lado del mar, La Habana, hace un guiño, como diciéndole; ves, todo es posible, tuve que pedirle ayuda a Miami, pero lo logramos!

Antes de despedirnos, mi amiga me dijo; el viernes te llevo al aeropuerto, los pastelitos para Concha! No se como alguien bajo los efectos de una emoción tan grande, puede recordar detalles que otros olvidarían, así son las madres, únicas!

Mientras comenzaba mi escrito, pensaba en la foto que lo acompañaría, hasta pensé publicarlo sin foto y después agregar una de la ceremonia de recibimiento que debe estar sucediendo ahora. Mi Black Berry, sonó, había recibido un mensaje. Pensé terminar mi escrito para verlo, pero la curiosidad me hizo revisarlo; mi amiga, compartía conmigo, la primera foto que le había enviado su hijo! Se me salieron las lágrimas! Fue el mensaje que le envíe.

Hoy, la madre del soldado, cierra un capitulo de su vida y abre otro, ser madre, no sabe de descansos ni vacaciones. Sabe que aún le quedan pruebas que soportar y vencer, así es la vida, pero con su hijo al lado, sabiéndolo en sus brazos, no teme a nada, ellos dos se bastan para conquistar la felicidad. Junto a ellos, nosotros, sus amigos, seguiremos este andar, seguros que, los sueños se hacen realidad, entre amigos y esfuerzos.

El 9/11 y nosotros.

El 9/11, ocurrió a un escaso año de mi llegada a este país. Recuerdo, como si fuera hoy, ese terrible día. No tenía que trabajar y dormí la mañana. En ese momento, compartía renta con dos amigos, me despertó el teléfono, no me molesté en responder, desde la cama escuché la voz de una señora mayor que decía; ¡Despiértense, enciendan el televisor, un avión se estrelló contra las torres gemelas! Pensé se había confundido con alguna película, por si las dudas, encendí el televisor. Allí estaba una de las torres gemelas ardiendo por el impacto de un avión, me dije, debe ser alguna película, cambie de canal. Recorrí todos los canales y vi, espantado y consternado la misma imagen, repetida en todos los canales.

Al mes justo de llegar a Miami, viaje a New York, era uno de los cubanitos que mas viajaba antes de asentarse definitivamente en Hialeah. Salí de La Habana, directo a Madrid, después Paris y ahora la Capital del mundo. Siempre agradezco esa invitación a pasarme una semana en La Gran Manzana, al amigo especial que gesto mí llegada a este país. Pude apreciar en toda su impresionante belleza, las torres gemelas. En aquel momento, no pude imaginar que no volvería a verlas, que un día serían un montón de escombros y polvo.

Recuerdo que esa mañana, llame al Mobil a uno de los amigos con que compartía renta, le dije; las torres gemelas están ardiendo, al segundo enmudecí, me decía, qué pasa, habla, solo pude balbucear un; ¡Se derrumbaron! los dos hicimos silencio. Un minuto de silencio de todo el país por todos los muertos, por todos los que asistieron al trabajo y encontraron la muerte, un minuto de silencio involuntario y unánime.

Cuando me recuperé, comencé a llamar a mi amigo en New York, imposible, no teníamos comunicación con la gran ciudad. A la angustia general por todos los muertos, sumaba la angustia por los amigos y conocidos. Después supe que todos estaban bien, no formaron parte de aquellas terribles escenas que nunca olvidaremos.

Despues, ya mas calmado, llame a mi madre. Desde La Habana, ella, angustiada, necesitaba oír mi voz. Recuerdo que casi lloraba desde el otro lado del teléfono, preguntaba por todos los amigos que conocía. Muchos en La Habana y Cuba, se sumaron al dolor general por nuestros muertos, por el golpe recibido. En este, su extenderse por el mundo, nuestra islita, también hizo suyo el dolor y el golpe recibido.

Trabajar en el aeropuerto, me hizo ser protagonista de los sucesos en cierta medida. Madrugadas en la pista, cuidando aviones, días largos, con miles de pasajeros esperando por un vuelo que los regresara a casa, acentuaban aún más la angustia de esos días. Por un tiempo deje de admirar a los aviones, los miraba con recelo, como si fueran misiles destructores.

Han pasado los años. Poco a poco, la vida volvió a la normalidad, al mes exacto de esa mañana, viajaba a La Habana a los brazos de mi madre. Nuestro primer abrazo, después de más de un año sin vernos. La vida sigue su curso, aunque para muchos, se detuvo para siempre. No he podido olvidar a un muchacho americano, miembro de las tripulaciones de American, uno de los primeros amigos que hice en este país. Nunca más volvimos a conversar, a abrazarnos a la salida de un avión. Guardo, para siempre, su sonrisa y su amistad, su alegria al verme.

Por todo el dolor y la angustia vividos ese día, no podremos olvidar jamás la terrible mañana del 11 de septiembre del 2001. Las heridas se cierran, pero quedan cicatrices, recuerdos. Sumamos a las heridas y cicatrices nuestras, las de este país, que nos recibió sin preguntas que es hoy, nuestro. Este es el lugar que escogimos para vivir, cuando lo golpean, también nos golpean a nosotros. En el torrente de lágrimas derramadas esa mañana, de las que aún se derraman al recordar, están las nuestras, las de los que vinieron hace más de 50 años y las de los que llegaron ayer. Entre todos los que están  decididos a no dejar avanzar el terrorismo, estamos nosotros.