El fufú de platano de mamá 

La memoria guarda palabras, imágenes,  momentos especiales, también almacena olores y sabores capaces de transportarnos en el tiempo. Hay recuerdos que nos estremecen, por lo que significan en el ayer y en el momento actual; recordar es volver a vivir,  valorar esos momentos con la experiencia y lo vivido de hoy. Eso somos al final, un montón  de recuerdos. 

Hace días una amiga, casi recién estrenada, me llevó  al trabajo fufú de platano. Nos saludamos y me dijo, te traje un poco de fufú de platano.  Llegó la hora del almuerzo, nos sentamos juntos a almorzar, tengo la suerte de tener buenos amigos que se encargan de mi alimentación durante la semana laboral. Comencé  a saborear la comida, cuando probé el fufú, mis ojos se aguaron y me detuve unos segundos a disfrutar el momento. Mis amigos me preguntaron, ¿Qué pasa Jose? Nada, respondí,  el fufú sabia exactamente igual al que hacía  mi mamá,  el último que recuerdo fue en el almuerzo que preparó para llevarnos para Varadero, en uno de mis viajes.

Ese sabor, ese gusto a comida de mamá me transportó a la mesa del comedor de mi casa en La Habana.  Mis hermanas sentadas junto a mi, despreocupados y felices, mientras mami servía y preguntaba, ¿Cómo me quedó?  Y yo, como siempre, le respondía,  exquisito, ella sonriendo feliz.  Si en aquel momento hubiera tenido noción que mamá no siempre podría cocinarnos, que un día una caída y dolores lucharian por llevarse su memoria y su sonrisa, tal vez exquisito no fuera mi respuesta, no sé qué palabra y qué gesto  hubiera inventado para hacerla aún más feliz,  todo lo feliz que una madre merece.

El recuerdo guardado por años del fufú de mamá me hizo niño y joven.  Mamá vistio de juventud, se me hizo eterna y presente. Hoy,  cuando hablamos, no le dije nada del fufú , no le conté que  lloré en el recuerdo. Le volví a pedir que luchara por esperarme de pie en la sala, que quería abrazarla sin tener que inclinarme, como hacíamos antes; voy a tratar, fue su respuesta. Mamá no volverá a preparme su fufú,  ni ningun otro de sus platos, pero se que luchará junto a nosotros para volver a andar.  La desmemoria tendrá que enfrentarse con el amor de sus hijos y será derrotada.

Tal vez un día,  mi amiga, en una de sus visitas a La Habana, pase por mi casa y le lleve a mami un poco de fufú y ella al probarlo sonría  y diga; si Joseito lo prueba se creerá que lo hice yo.

 Asi entre olores y sabores van nuestras vidas, perfumadas siempre, por el olor de mamá y un montón de recuerdos.

Las mañas de mamá o el Zun zun de mamá .


Pancha se acostumbró a sentarse en el portal todas las mañanas. Allí miraba a los vecinos pasar, los saludaba. Su mirada se perdía en el horizonte, tratando de adivinar qué hacía su hijo, de comunicarse con él, mas allá de mares y distancias.

Panchita se entretenía mirando las flores del jardín y las abejas que venían a visitarlas. Una mañana un pequeño Zun zun apareció en el jardín, entre él  y Panchita se estableció una extraña relación,  un misterio. Por las mañanas se apuraba en desayunar para poder sentarse en el portal;  sus encuentros eran una cita a la que ninguno de los dos podía, ni quería faltar.

Una mañana amaneció nublado, amenazaba llover, Panchita terminó su desayuno y apoyandose en su bastón se dirigió al portal. Su hija le dijo.

– Mamá hay aire de lluvia, no puedes sentarte en el portal, te puedes enfermar.

– Ponme el abrigo que me trajo Luisito,  con él  estaré bien abrigada; nada ni nadie impedirá que me siente un rato en el portal.

Su hija no discutió,  busco el abrigo,  le tiró un chal sobre la cabeza y la dejó salir al portal.

Pancha se sentó mirando al jardín,  como si esperará a alguíen, unos minutos despues apareció el Zun zun. Revoloteo entre las flores, tomó su nectar y se acercó a Panchita, sus alas casi rozaban su rostro.  Asi estuvieron unos minutos, despues comenzó  a llover y el Zun zun se fue y Panchita entró  a la casa, se quitó el abrigo y el chal y se sentó  a esperar la llamada de su hijo.

Al segundo timbre Panchita cogió el teléfono. 

-Si mi hijito, estaba esperando tu llamada. Oye, no comas tanto dulce en el desayuno vas a terminar engordando.

-Ay mamá fui con unos amigos a desayunar y había unos dulces riquisimos, no pude resistirme. ¿Mamá, como tú  sabes que comí mucho dulce? 

-Cosas mias mi hijito, yo tengo mis mañas. ¿Te mojaste mucho? Cuando salgas lleva paraguas, no me tienes a tu lado para cuidarte si te enfermas. 

-Si mami, llovió un poco, pero la lluvia me hizo bien, espera y ¿Como tú sabes que llovió? Oye me estas asustando, sabes casi todo lo que hago.

-Ay mi hijito es que te quiero tanto que a veces adivino lo que haces. Te quiero mucho mi hijito.

-Yo te quiero más mami.

-Si ya sé que madre hay una sola y esa es la tuya,  pero no tienes idea de cuanto te quiero mi hijito. Te espero mañana. 

-Mamá,  mañana no puedo llamar, trabajo y las llamadas son muy caras, no puedo llamar todos los días. 

-Lo sé  mi hijito, es un decir, una madre siempre espera. Cuidate mucho mi hijito,  un beso enorme.

-Un besote mami, te quiero, reina de mi corazón. 

-Te espero siempre, besos.

Panchita colgó,  miró  a su hija y le dijo.

-Mañana me lavas la cabeza y me arreglas el pelo, y quiero ponerme la bata de casa azul que me trajo Luisito.

-Está bien mamá, pero mañana  no viene nadie, ¿Por qué tanto arreglo?

-Siempre viene alguíen mi hija y  me gusta lucir bien. Ah y dile al jardinero que quiero más flores en el jardín,  muchas flores para cuando él llegue.

-Está bien mamá,  tendremos mas flores en el jardín,  todo será como tú  digas. 

Panchita sonrío,  solo ella sabía  su misterio,  su hechizo, cerró sus ojos e imagino el encuentro de mañana.  Quería que su Zun zun la encontrara hermosa; ella estaria esperándolo,  como siempre.

Una madre sabe de magias y mañas, lo sabe todo.

Nota aclaratoria.

Un domingo mi amigo Joaquin Perez, nos contó la historia de su mamá  y un Zun zun. Yo sólo le añadí fantasías y la adorne,  a lo Habanero2000.

¡Mi hija es ahora mi hijo, es hombre!


Desde que Diana quedó embarazada sabía,  presentía que sería  un varón. Estaba feliz, radiante, esperando su primer hijo. A pesar de su juventud, Diana era una mujer madura, de esas que saben lo que quieren y luchan por ello, con un corazón enorme, capaz de dar albergue a todo el amor del mundo.

Cuando le  dijeron que el bebé sería  una hembrita, se sorprendió, estaba segura que traía  un varón,  pero no por ello dejo de amarle y esperar con ansias el momento de tener a su hija en sus brazos.

Luisita nació y Diana estaba feliz con su hijita, orgullosa y llena de ilusiones. Una hija que sería su amiga, se entenderían muy bien, lo sabía.

Luisita creció, siempre prefirió  jugar con sus amiguitos, correr y mataperrear con ellos por las calles del barrio, como uno mas del grupo. Jugaban a los bandidos, a los cogios, a subirse a los árboles, mas de una vez tuvo que correr Diana al hospital por partiduras de cabeza y hasta fraturas de Luisita.

Un día una amiga le dijo a Diana.

-Ay mi amiga, ¿Tú  no ves algo raro en Luisita?

-¿Raro?  No, es una niña completamente sana y con muy buenos sentimientos, mejor no la quiero.

– No me refiero a eso mi santa, yo sé  que esa niña es de oro puro. Tú  no te has dado cuenta que se viste como varón, y juega como varón, es algo más  que ser marimacha.

– Si me he dado cuenta, soy su madre y a una madre no escapa nada. Sólo la dejo encontrar su camino en la vida, sin imponerle reglas, ni tabúes,  que crezca feliz eligiendo su camino y lugar en la vida.  Cuando vamos a comprar su ropa, la dejo elegir, sus juguetes los  elije ellas; es su vida y sólo  ella tiene derecho a vivirla. No seré  yo quien le imponga un futuro a mi hija.

-La  verdad que te admiro, si a mi una hija me saliera de esas de pan con pan; tortillera, me daba un yeyo y tú lo  coges todo  tan tranquila.

-Primero que todo, Luisita no es lesbiana, tortillera como tú  dices. Yo creo que nació  en el cuerpo equivocado, que es un chico atrapado en el cuerpo de una mujer, pero eso sólo  lo dirá  el tiempo. Mi hija o mi hijo, encontrará  su lugar en el mundo y cualquiera  que sea  estaré siempre a su lado, con el mismo orgullo del primer día  que le parí.

-Tú  eres una mujer que se manda y se zumba, una cojunua mi amiga, contigo hay que joderse y sabes qué,  te admiro; gente como tú hay pocas, por eso todo el mundo te quiere y te respeta en todo el barrio.

– Déjate de guataqueria y vamos p’ la cocina, voy a colar café. 

Asi, poco a poco, Luisita se hizo “mujer”, cumplió sus 18 años. Estrenó  una camisa a cuadros, jeans y unas botas que Diana logró comprarle para complacerla. Cuando Luisa salió  del cuarto vestida para salir con sus amigos, Diana la besó  y le dijo.

– Ay mi hijita, cada día estas mas linda.

-Mamá, me gustaría que me llamaras Luisito y me trataras como a un hijo. No me siento mujer, me siento hombre, pienso y actuó como un hombre, no me considero gay mamá,  me siento hombre. Yo no soy una mujer que le gustan las mujeres, soy un hombre encerrado en este cuerpo, luchando por escapar de él.

-Siempre lo he sabido mi hijo, siempre, pero tenía que esperar por ti, que tú  decidieras, dejarte elegir libremente tu lugar y tu camino en la vida. Ven, sientate a mi lado o mejor en mis piernas, como cuando eras chiquito y mis brazos bastaban para protegerte del mundo.

-Mamá,  mamá,  eres de oro, la mejor madre del mundo, estoy tan feliz y orgulloso de ti. Sólo  me preocupa papá.

-Soy yo la que esta orgullosa de ti, de que tengas el coraje de luchar por ser quien  quieres ser. Yo no podré protegerte de todos,  ni de todo, pero siempre me tendrás  a tu lado, incondicionalmente. No te preocupes por tu padre, ya hemos hablado sobre esto y no lo elegí como padre de mis hijos por gusto.

– Mamá,  yo siempre pensé que esto no tenia remedio, que tendría que conformarme con vestir y actuar como hombre, sin llegar a serlo nunca. Anoche, en casa de Yazmani, vi un video y leí  la historia de Laith Ashley de la Cruz, es un hombre mamá,  un machazo, trabaja como modelo, pero nació  mujer, como yo. Luchó duro, se enfrentó  a todos y hoy es un hombre que se come el mundo. Saber su historia me hizo ver el camino a seguir; mamá,  quiero ser hombre, transformar mi cuerpo del todo y ser macho, macho de verdad. ¿Me ayudarías y apoyarías en este difícil  camino que voy a iniciar para ser realmente un hombre?. No sé para que pregunto, si sé  la respuesta. Mamá,  quiero comenzar a cambiar del todo, quiero ser  un hombre pleno, un macho mamá.

-Estaré  a tu lado mi hijo, pero no sólo para tomar tu mano y decirte aqui estoy; lucharé junto a ti por lograrlo,  hijo mío. Tu padre, yo y tu hermano, estaremos contigo, no lo dudes.

Se abrazaron muy fuerte, uno de esos abrazos capaces de sellar alianzas y vencerlo todo; un abrazo que asegura victorias.

Poco a poco Luis, como ya lo llamaban todos, comenzo a cambiar. Primero tratamiento de hormonas, operaciones, atención de sicólogos, no era fácil ,  pero Luis sabía  que lo lograría ;  tenía una voluntad de hierro y buenos aliados a su lado.

Una tarde, conversando con su mamá le dijo.

-Mamá me siento bien, cada día mas fuerte y seguro. ¿No te arrepientes que tu hija sea ahora un hombre, no se te han perdido sueños en el camino?

-No mi hijito, un hijo o hija, siempre es nuestro, tome el camino que tome. Sentiría verguenza de ti, si fueras una mala persona, un ladrón,  un asesino, tú  no elegiste nacer en el cuerpo equivocado. ¿Sabes que cuando estuve embarazada de ti estaba seguro que traía un varoncito? Parece que al final no me equivoqué y mi hija encontró el camino para ser mi hijo. Estoy feliz por ti, por tu fuerza, por no darte por vencido, eres un hombre mi niño; todo un hombre.

-Gracias mamá,  gracias, sin ti todo hubiera sido distinto, difícil y duro.

-Para eso estamos las madres mi niño, para luchar con dientes y uñas por nuestros hijos. No me des  todo el mérito,  tu padre, tu hermano y tus abuelos han hecho lo suyo. Todos hemos estado junto a ti. Eres lindo Luisito, lindo, fuerte y bueno, te mereces este triunfo. 

-Gracias mamá ,  gracias, te amo tanto.

Se abrazaron, madre e hijo, seguros de su amor y sus victorias
La historia es real, yo sólo la conté  a mi manera. Mis respetos y admiración para Román  y para esa madre con un corazón,  donde cabe todo el amor del mundo.

Mayito, un muchacho “diferente”.

Mayito siempre fue un muchacho serio, muy serio. Cuando estudiaba, su vida era de la escuela a la casa y de la casa a la escuela. En el barrio todos lo querían por seriecito y educado. Cuándo comenzó  a trabajar, vivía  entre el trabajo y su casa. Mayito era un joven muy bien parecido, nunca había tenido novia, era muy serio y formal, decían sus padres.

Al lado de su casa vivía Chela, una mujer que cuidaba de su madre y siempre tenia la mano y el gesto dispuestos para ayudar y dar alientos. Chela queria a Mayito como si fuera su hijo, siempre le repetía.

-No olvides que conmigo puedes contar siempre. Siempre voy a estar de tu lado.

Mayito bajaba la vista y respondía.

– Yo sé tía,  yo sé.

Chela era un poco adivina, de esas mujeres que te miran a los ojos y desnudan tu alma. Para ella el alma de Mayito no tenía  secretos y queria ganarse su confianza. Sabía  que tendría que enfrentarse a una lucha y trataba de ser el escudo y sostén que lo defendiera y apoyara. 

La mamá  de Mayito vivía orgullosa de él,  era su macho, su hombrecito. Un dia  que llegó del trabajo, corrio a abrazarlo fuerte mientra le decía.

– Mi macho lindo.

La hermana de Mayito que estaba en la sala lo miró  con desprecio mientra decía. 

-¿Tu macho?

Chela que estaba sentada en la sala alcanzo a oírla. La tomó  del brazo y se la llevo para el cuarto.

-Ese es tu hermano y tienes que quererlo, respetarlo y apoyarlo.

-¿Mi hermano? Ese es un maricón  de mierda. Mima y papi estan ciegos, pero yo sé  que es maricón .

– Tu hermano, es un hombre de bien, un buen hijo, un buen trabajador, es un muchacho excelente. Deberías estar orgullosa de tener un hermano asi. Su preferencia sexual no lo hace mejor, ni peor persona, solo diferente. Sabes, algun día la vida te demostrará lo equivocada que estas, él será en quien tendras que apoyarte  y te arrepentirás de haberlo despreciado. Coño que no entiendes que ustedes son hermanos y tienes que apoyarlo, ¿Que quieres,  que se mate porque le gusten los hombres? No es una elección que él  hizo. Tú  puedes elegir apoyarlo o despreciarlo, él  no tuvo elección,  nació asi, pero por eso no es menos hombre que nadie. Se puede ser maricón como tú  dices y tener unos cojones enormes. Ayúdalo, antes de que la vida te exija cuentas.

Yamila la miró  desafiante mientras balbuceaba.

-No, él  no es mi hermano.

Yamila salio del cuarto, no quería  seguir escuchando a Chela.

Los padres de Mayito seguían ignorándolo todo. Muchas veces las personas creen que mientras no aceptan los hechos, estos no se convierten en realidad, cierran los ojos y creen que nada ha ocurrido.

Pasaron los meses. Mayito y un compañero  de trabajo se hicieron muy amigos. Salían juntos los fines de  semana y a veces se pasaban días en casa de una amiga. Un día mientras Chela y Maritza tomaban café en el portal, llegó  Luisito a buscar a Mayito, iban a salir juntos. Mayito salió  peinandose apurado, se despidió  de Chela y su mamá. 

– No vengas muy tarde.

Alcanzó a gritarle su mamá.

Chela la miraba con esos ojos que desnudaban almas. Maritza bajo los ojos mientras decía. 

-Seguro van a salir con algunas muchachas.

Chela se le paró enfrente y le dijo.

-¿Hasta cuando ustedes se van a hacer los ciegos o los tontos? Tú  no te das cuenta que Mayito y Luisito son pareja y que es hora de aceptarlo y darles a los dos el lugar que merecen en esta familia y en esta casa. Basta ya de hacerse los ciegos que todo el mundo lo sabe, menos ustedes dos.

– Es duro Chela, yo no he hablado de esto con Manolo, no se como reaccionará. 

-¡Tú  y Manolo no han hablado nada sobre todo esto! ¿Y que piensan hacer, dejar al muchacho en un limbo,  no aceptar nunca su relación  con Luisito, no darles su apoyo? Si tú  no te atreves a hablar con Manolo, yo si, Mayito es como un hijo para mí  y lo voy a defender con uñas y dientes.  Manoloo, ven para la sala que tenemos que hablar.

-Ay Chela por tu madre que esto va a ser el acabóse,  el fin del mundo.

-Déjamelo a mi.

Manolo llegó  con una revista en la mano.

– ¿Qué pasó? ¿Y esas caras?

– Manolo,  estaba hablando con Maritza sobre Mayito y Luisito.

– Son muy buenos amigos, socios fuertes.

– Son pareja Manolo, pareja , tú  eres bobo o te haces. No me digas que no te habias dado cuenta, que tú  eres un camaján de la calle.

– Si me dí cuenta y mucho que me dolió  al principio y hasta lloré y me preguntaba qué habia hecho mal, que culpa estaba pagando para que mi hijo varón me saliera maricón.  Despues me di cuenta que Mayito seguía siendo el mismo niño bueno y cariñoso de siempre, que tenía  un corazon de oro y que yo no podía dejar de quererlo solo porque me hubiera salido maricón,  es duro, pero es así. También me daba pena con Maritza,  siempre tan orgullosa de Mayito, su machito, como le dice siempre. Que preferí  hacerme el tonto, como si no me diera cuenta de nada.

Maritza lo abrazó llorando. 

– Ay viejo, eres el mejor hombre del mundo. Bendito sea dios por haberte puesto en mi vida

-Bueno ahora que todo esta arreglado solo falta aceptar a la pareja. ¿Cuándo los van a invitar a almorzar a los dos?

-Mañana  mismo, hago un buen arroz con pollo,  como me enseño la vieja Concha y los invitamos a los dos.

– Y a mi también,  no me dejen fuera, que no me pierdo ese almuerzo por nada y hasta voy a traer a la vieja. Estará  feliz de ver a Mayito y a Luisito sentados a la mesa, como debe ser.

–  Sólo  faltará Yamila, fue a pasarse el fin de semana en casa del novio.

Llegó el domingo, el almuerzo fue perfecto. Mayito era inmensamente feliz de saberse aceptado y apoyado. Sabía  que todo era obra de Chela, su hada madrina.

Al terminar el almuerzo, Maritza sirvió el café,  era como un brindis por la felicidad, la aceptación  y el amor. Todos  se sentaron en el portal, de pronto  se abrió  la reja del jardín y entró Yamila tapándose la cara. Maritza le dijo ¿Qué pasó mi hijita?  Deja verte la cara. Yamila tenía  una mejilla roja con una mano marcada, la mano de un hombre. Mayito se puso de pie furioso.

-¿Quién  te hizo eso?¿Paco, tu novio?

– Si mi hermano, me golpeo, es un salvaje.

-Ese salvaje se las va a ver conmigo ahora.

– Voy contigo.

Dijeron al mismo tiempo Manolo y Luisito

– Ustedes se quedan aquí,  yo me basto para patirle la cara a ese tipo.

Tres horas después,  con los nudillos de las manos rojos, despeinado, pero luciendo una sonrisa de victoria, llegó  Mayito a la casa.

– Ese tipo no volverá  a molestarte mi hermanita, ¡Al que te  toque lo despingo!

 Los hermanos se abrazaron,  toda la familia se fundió  en un abrazo especial, mientras Chela sonreía feliz y enigmática como quien se dice; no me equivoqué


Fotografia de Kevin Slack

Mamá, ¡Todos somos Orlando!

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Su voz me salva del dolor, la escucho y sé que todo esta bien.

Su magia va más allá de balas asesinas y penas que desgarran.

Ella crea el lugar donde el dolor no existe.

 Puerto seguro donde mi vida llega, a descansar feliz de penas y disgustos .

Basta un, te quiero mi hijo y río como un niño,  corro feliz los caminos de mi infancia,  me invento  futuros y alegrias que solo existen entre la voz y los brazos de mi madre.

Maga de sueños,  bruja del amor, hechizera de risas, carcajadas, sabe aliviarme de  dolores que desgarran. 

La escucho y sé que mientras su voz exista,  no habrá pena que me venza, ni dolor que me doblegue. Ella es mi fuerza, mi aliento,  mi sostén seguro. Una columna enorme, gigantesca, sosteniendo, mis sueños, mis intentos.

Sabe que en estos dias de muertes y de llantos, he llorado junto a huérfanos y difuntos. He cubierto mi frente de cenizas, he agotado lágrimas.  He muerto una y otra vez con mis hermanos, cada bala dejo una marca que duele aquí en el alma.

Ella me habla de alegrias, de vidas, de próximos encuentros. Con su palabra se abre el pecho  y me cobija. 

Todo estará  bien mi niño  grande, la sonrisa salvará  el futuro del horror.

Su voz me alivia, calma, asegura el futuro y la alegría .

Le digo en un susurro, mami, yo soy Orlando y ella responde dulce y certera; yo tambien lo soy, ¡Todos lo somos!

Panchita, una mujer, unos gritos y el futuro.

mi bandera

Hacia años, muchos que Panchita había emigrado. Se fue de Cuba buscando una mejor vida para sus hijos. Le costó mucho trabajo decirle adiós a sus cosas, su casita y los tarecos que había acumulado durante tiempo, a sus amigas. Sus hijos fueron siempre lo primero para ella, por ellos daba la vida con gusto.

Juanito, su hijo mayor, era gay, lo habían botado de la Universidad. Se propuso ser autodidacta y se pasaba el día leyendo y estudiando, era un muchacho muy culto y muy serio. Un día lo cogieron en una redada, saliendo del ballet. Cuando Pancha se enteró, se volvió una fiera. Hasta la estación de policía fue Panchita, dispuesta a todo. El jefe de la estación lo soltó, con tal de no oír sus gritos, era una leona enfurecida.

Martica, dejo el pre, cuando se enamoró de Manolo, un galleguito que visitaba La Habana de vez en cuando y le lleno la cabeza de pajaritos. Después que la abandonó, quiso ser bailarina, paso las pruebas del grupo de danza con notas sobresalientes. Cuando fueron a verificar su conducta a la cuadra, escribieron con letras bien grandes en el informe; RELACIONES CON EXTRANJEROS, no la aceptaron en el grupo de danza.

Cuando Panchita vio la oportunidad de irse para Miami con sus dos hijos, no lo pensó dos veces. Se presentó con ellos en el lugar donde le dijeron que iban los que eran “escorias” y tenían antecedentes penales. Le costó trabajo llegar. Los gritos de, ¡Pin pon fuera, abajo la gusanera!, resonaban en sus oídos. Los golpes que le daban a muchos y los huevos que tiraban, asustaron a sus muchachos. Detener a una leona con sus cachorros, no es fácil, Con Juanito y Martica de sus manos logró llegar hasta el oficial y mirándolo a la cara le dijo.
– Él es maricón y ella puta, tiene relaciones con extranjeros. Lo pueden verificar en la cuadra, si quieren que se vayan, me tienen que mandar con ellos.
– Apunten a estos dos y a la vieja, en el grupo que sale mañana.
Llegaron a Miami. Las primeras noches, Pancha se despertaba sobresaltada, los gritos de, ¡Pin pon fuera, abajo la gusanera! ¡Que se vayan, que se vayan! Resonaban en sus oídos, le provocaban pesadillas. Allí, no conocían a nadie, pero Pancha, logro abrirse paso, poco a poco. Tenía tres trabajos, llegaba agotada a casa, pero feliz.

Juanito, logró una beca en la Universidad. Sus horas dedicadas a estudiar le valieron de mucho. Sus notas fueron las mejores siempre. Martica, termino el high school y después matriculó en una escuela de ballet con una profesora que había sido primera bailarina de Ballet Nacional de Cuba y que le contaba historias de Lagos y Giselles.

Los años pasaron. Juanito se graduó de médico, termino su especialidad, logro ser un profesional exitoso. Martica logró ser bailarina, aunque no llego a ser primera figura, cumplía su sueño de bailar. Panchita era feliz y mucho, con el éxito de sus hijos, verlos felices la compensaba de nostalgias y ausencias. Todas las noches le daba las gracias a la virgencita de La Caridad del Cobre por haberle dado el valor de cruzar el mar en una lanchita, porque aquellos gritos de ¡Pin pon fuera, abajo la gusanera! ¡Que se vayan, que se vayan! Y los golpes, no le hubieran quitado la fuerza y el empuje para sacar a sus hijos de Cuba.

El tiempo, los años, las penas tal vez, le jugaron una mala pasada a Panchita. El Alzheimer se llevó sus recuerdos, su razón. Los amigos de Juanito, le aconsejaron que la pusiera en un “home”, donde la cuidaran bien, que él, por su trabajo, no podría cuidarla. Hasta su pareja le dijo que sería lo mejor buscarle un buen lugar e irla a ver los fines de semana. Juanito fue tajante.
– Esa vieja es mi vida, lo arriesgo todo por mí y por mi hermana, nos defendió con dientes y uñas. Si tengo que dejar de trabajar lo hare, pero mi viejita se queda conmigo, si quieres vete tú, ella se queda.
– No Juanito, no me voy, si es tu decisión, la cuidaremos juntos. Tranquilo nene.

Entre Juanito, su pareja y Martica, cuidaban de Panchita. Ella no los reconocía. Cuando alguien visitaba la casa y la saludaban, ella solo decía.
– Estos muchachos, no sé quiénes son, pero son de oro, me cuidan como si fueran mis hijos. Sonreía y volvía a su labor de darle brillo a todos los objetos con un pañito que siempre tenía en la mano.

Una noche, mientras Panchita dormía en el reclinable, Juanito y Martica estaban viendo la televisión. Martica que nunca fue muy buena en el inglés, le pidió que cambiara a un canal hispano para escuchar las noticias. Empezaron a narrar lo que había pasado en otro país, durante una reunión muy importante. Cuando pasaron el video de lo sucedido y en la sala resonaron los gritos de, ¡Pin pon fuera, abajo la gusanera! ¡Que se vayan, que se vayan! Juanito y Martica, se quedaron atónitos. Panchita se levantó del reclinable, los tomo de la mano y les dijo.
– No tengan miedo mis niños, yo estoy aquí para cuidarlos. Vamos Juanito, vamos Martica, que unos gritos y unos golpes, no impedirán que nazca el futuro.

Fotografia de Yohandry Leyva.

La eternidad de una madre.

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En ocasiones, una canción, una palabra o una foto bastan para desatar recuerdos. Sin esperarlos, sin pensar en convocarlos, se aparecen, nos revuelven la memoria. Los recuerdos son como la máquina del tiempo, pero con poder y voluntad propia, nos sacuden y estremecen a su antojo. Tal vez por eso acumular recuerdos buenos es saludable, para el cuerpo y el alma.

Hace unos días una amiga, prácticamente una hermana de crianza, que exilios y distancias nos mantuvieron separados físicamente durante años, me envió una foto de mi mamá tomada hace más de 30 años. He pasado horas mirando la foto. No fue que los recuerdos se revolvieron, fue un huracán de memorias golpeándome con toda la fuerza que da el tiempo y la vida.

No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, siempre apuesto por el futuro; lo mejor aún está por llegar y lo espero con la certeza y la fe que no teme a años, ni a destierros. Recordar es bueno, sin el pasado, sin su experiencia, no seriamos los de hoy, no existiría el mañana. Ese mañana que siempre será bienvenido y que todos esperamos, seguros y confiados.

El encanto o la magia de esta foto, no fue solo recordar ese tiempo en que exilios, lejanías y despedidas eran solo palabras. Ese tiempo en que partir o regresar eran verbos que no dolían. Años en que las ausencias duraban horas y los besos se daban uno sobre otro, abundantes y esplendidos, necesarios y puntuales. Esa época en que teníamos un racimo de sueños en el pecho pujando por salírsenos y hacerse realidad. Si no éramos dueños del mundo, al menos nos lo creíamos. La magia de esa foto fue hacerme meditar, repasar cariños y desvelos.

Miraba y miro la foto y recuerdo que en esa época, mami me parecía eterna, invencible, ilimitada. Cuando nuestras madres son jóvenes, pensamos que siempre las vamos a tener. Que siempre tendremos sus manos para curar heridas y tristezas, para levantarnos y sostenernos. Tengo la enorme suerte de tenerla aún, a pesar del paso y el peso del tiempo y la distancia. La dicha enorme de poder escuchar su voz que no ha perdido su magia, ni su dulzura; esa voz que en momentos de angustias y desesperos me ha parecido escuchar y ha contenido lágrimas y penas a su influjo. De estrecharla en mis brazos y sentarla en mis piernas, aunque solo sean 15 días al año.

Ahora a diferencia del momento de la foto, sé que las madres no son eternas, al menos físicamente. Cada año que la tengo, doy gracias a Dios por el regalo de su vida. Disfruto su risa, su voz, sus “te quiero mucho”, sus besos y caricias, como el niño que sabe que le quedan pocos caramelos o chocolates en la bolsa y los saborea lentamente, de a poquito. Me detengo en cada manifestación de mutuo amor, me deleito en ella. Es mi modo de hacer eterna a mi madre, de guardarla, por siempre, para mí.

El amor hace milagros y cada minuto junto a ella, cada una de sus palabras en el teléfono, adquieren matices especiales. La disfruto sin tristezas, ni temores. Sé que su longevidad no es casual, es el premio a una vida de esfuerzos, lágrimas y dedicación. Como si Dios, en extremo acto de bondad, le diera una palmada en el hombro y le dijera.
– Descanse vieja, sea feliz, déjese querer, es hora de recibir. Ya hizo bastante, disfrute estos años, se lo merece. Toma, un poco del cielo en la tierra, para ti.
Y ella, que nunca supo decir que no, obedece y se regocija en el amor de hijos y amigos, se deja querer y quiere, se hace eterna en el amor.

La eternidad de una madre, va más allá de su presencia física, se sustenta y alienta en su amor.
Aquí en mi corazón, que no entiende de tiempos, ni finales, vive y vivirá siempre, eternamente joven y vital, eternamente mía. Con toda su fuerza y coraje, alentando y guiando, amando y aconsejando, segura que en su amor, radica el secreto de ¡La eternidad de una madre!