No sé si eres Mujer, Madre o Patria.

Entre ella y yo, hay un montón de palabras por decir, que tal vez nunca se pronuncien. Viven suspiros, lágrimas retenidas, caricias que no fueron, momentos no vividos, de esos que murieron sin ser, que abortamos.

Razones que nos unen y separan, que van tirando, de un lado y otro, que nos destrozan; implacables anclas del pasado que marchitan presentes y futuros.

Tú, siempre tan lejos, yo acá, timido y solitario. Inventandome palabras que alivien tu ausencia, imaginandote en cada esquina de una ciudad que no logra ser mía. Tú, allá, sintiendome en cada paso, en cada brisa, esperándome 365 veces cada año, agotando lágrimas, esperanzas y memorias.

Esas ganas inmensas de tenernos, sin norte o sur, sin consignas, ni discursos, sin decretos, ni reglas; libres.

Uno se cansa de locos gritando por bocinas, jodiendonos la vida y los sueños.

Es difícil evocarte una noche de domingo, saber que no estás al alcance de besos y de versos. Coño, que no escapas de recuerdos y ganas y te sientas junto a mí, aunque sólo sea un dichoso minuto del día. No soy el mago del cuento, ni aparece el genio para concederme un único y gigante, necesario deseo.

Entre tú y yo, el mar, distancias, olas, dolores, penas y sueños postergados, más allá de la cordura, más allá de la esperanza.

Tú, refugiada entre sueños, con el rostro mojado de llorar por todos y el alma seca de parir esperanzas. Que no alcanzan las leyes para tantos pies andando tus caminos.

Este buscarte, inventarte, imaginarte cada instante, en cansancio de verbos y palabras.

En madrugadas que te sueño, florecen girasoles entre mis brazos y mi cama se torna azul, blanca y roja y ondea al viento de esperanzas.

Sabes que a veces se nos rompe la esperanza y el llanto es grito, alarido. La certeza que siempre nos tendremos nos salva de morir; late el futuro.

Es domingo y llueve en el exilio, como llueven en tu alma las promesas, unas tras otra, sin llegar a ser, rompiéndose en el asfalto.

Pensar en ti es mi oficio preferido y lo ejerzo una y otra vez, de mil formas diferentes.

Sabes, se me confunden sentimientos y razones, no sé si eres mujer, madre o patria. Te siento aquí en mi pecho y allá, en la distancia. Saber que existes y esperas, basta a mis alas.

Fotografía tomada de Google.

Memoria del silencio, memorias del exilio desde las dos orillas.

Memoria del silencio
Nuestro primer encuentro fue en el mundo virtual, por estos caminos, sorpresivos e inesperados, de la Internet. Una persona me envío un mensaje por Facebook; Uva de Aragón usó una de tus fotos en un escrito, me envío el link. Contacté a Uva, no para reclamarle. De cierta manera quería darle las gracias por seleccionar mi foto para un escrito, que bien podía hacer mío. A partir de ese instante, quedé atrapado en la magia del buen hacer y sentir de Uva de Aragón, me suscribí a su blog. Sus conocimientos, su forma de expresar sus puntos de vista, convertían cada lectura en una clase magistral. Nunca imaginé que esa clase magistral escaparía un día del mundo virtual, que se haría real e inolvidable. Así una tarde lluviosa de agosto mi amigo Gabriel y yo, llegamos a su casa. Al terminar el encuentro con Uva llevaba en la mente sus consejos gramaticales, en las manos un ejemplar de su novela “Memoria del silencio” y en el alma sus palabras de elogio, sus frases de aliento y su confianza en mí.

Devoré, en apenas 24 horas, la novela de la ESCRITORA CUBANA Uva de Aragón, no uso la mayúscula por error. Mis amigos saben que soy enemigo de repartir adjetivos, nadie es más o menos grande, por escribir delante de su nombre: gran, destacado, reconocido. Soy de los que piensan que los nombres bastan y los adjetivos sobran. En este caso utilicé las mayúsculas con toda la intención posible, con premeditación y alevosía. Ambas palabras alcanzan en su hacer, su dimensionalidad plena y exacta.

La novela “Memoria del silencio” es, sin dudas, la novela de todos los que un día armamos maletas y nos fuimos de Cuba, cargando en ellas recuerdos y esperanzas. Es también la novela de todos los que, por una razón u otra, se quedaron; es una novela dura y desgarradora, como nuestras vidas. Una clase de historia novelada, desde el 59 hasta hoy. No les niego que lloré y abundantemente, leyéndola, fue inevitable. Comenté con amigos que esas lágrimas tenían sabor a Cuba. Duelen el exilio, la familia dividida, los trabajos y angustias, los muertos y los vivos. Me duele, en lo más hondo, un pueblo disperso por el mundo, una patria que pretendieron negarme y robarme. Para los que se quedaron, duele ese futuro prometido que cuando llegó, resultó ser terrible, absurdo. A todos nos duele, de un modo u otro, la familia cubana, sus penas y angustias, ausencias y regresos. Esa mesa los domingos donde un pase de lista se evita, como se evitan las lágrimas y se finge alegría en días de fiesta.

Leyéndola recordé sucesos sobre los que había leído o me habían contado. Otros dolían mas, porque fui protagonista, los viví y sentí en carne propia. Sufrí con la novela, desde las dos orillas, me dolían los que se fueron y los que se quedaron. Corté caña con Menchu en la zafra de “los diez millones”, repetí con ella; los diez millones van, con la certeza que la consigna era falsa. Llegué y me adapté con Lauri a una ciudad y a un país que me recibieron sin preguntas y me regalaron derechos que desconocía. Revivì abrazos y reencuentros, partidas y llegadas.

A pesar de las lágrimas al leerlas, de la tristeza que me producía leer nuestra historia, Cuba con su fuerza y presencia me salva del desconsuelo. Por nuestra Patria apuesto por el futuro, no el prometido; el que construiremos entre todos nosotros. Hay un párrafo hermoso que quiero compartir con ustedes, los que aún no han leído la novela. “Tantas veces que había pensado que la Revolución nos lo había quitado todo a los exiliados, pero no lo consiguieron…No se dieron cuenta de que llevábamos el paraíso dentro…”

Una vez comenté con amigos que cuando muriéramos todos los cubanos que hemos vivido el absurdo; las generaciones futuras no creerían los cuentos, las historias contadas de boca en boca. Siempre había pensado, que exilios, trabajos y angustias, serian olvidados; que muchos dirían: ¡Que exagerados! Ahí les queda a las generaciones futuras la memoria de Uva, Memoria del silencio o Memoria del exilio desde las dos orillas, como prefiero llamarla. Una memoria que no podemos perder.
Memoria del silencio, dedicatoria