No, en Miami no está lo peor del exilio cubano.

Miami alberga, orgullosamente, cubanos que a su empuje y tesón, fuerza y amor la han hecho crecer; es, sin dudas, una prueba de lo mucho que los cubanos podemos lograr cuando volamos libres y sin trabas.

Es infeliz y hasta risible, si no fuera tan lamentable, que oscuros personajes pretendan afirmar que aquí está lo peor del exilio cubano. Compartimos espacio y tiempo en esta ciudad, donde nos inventamos una patria, multitud de cubanos. Aquí, como allá, hay personas diferentes, desde universitarios con títulos y doctorados, empresarios exitosos, artistas que rehacen carreras, gente luchadora y trabajadora que se deja el Alma día a día, en aras de mejorar y ayudar a su familia y amigos del otro lado del mar, mucha gente que hace realidad sueños e intentos. También, aquí, como allá, tenemos vagos, gente que aprendió a vivir del invento y se niega a integrarse a una vida laboral digna, extremistas, recalcitrantes, tipos que no quieren cambiar, de mente cerrada que abundan a ambos lados de este mar que guarda intentos y muertes.

Tenemos tipos que no nos representan, capaces de subirse a aplanadoras e intentar aplastar cambios y futuros, allá tal vez no tengan aplanadoras, pero si muchos que, como él, se resisten a cambios.También tenemos y muchos, un pueblo que no vaciló en ayudar a sus hermanos de la otra orilla, cuando un tornado destruyó parte de nuestra Habana. No sé si ese personaje sabe que la gente de acá compró en tiendas ropas y comidas para enviar, que muchos viajaron solo para repartir ropas, comidas y dinero que con sacrificio y amor envió esta ciudad, así somos y seremos siempre; solidarios y unidos en la desgracia.

No señor, lo peor no está en esta ciudad que hicimos nuestra, somos diversos, como la vida y los sueños. Los cubanos, a fin de cuentas, somos siempre los mismos, donde quiera que estemos y como cubanos nunca olvidamos ofensas, nunca nos quedamos dados y siempre apuntamos alto, soñando con esa patria prometida,”con todos y para el bien de todos”

Fotografía tomada de Google.

Ayudar a nuestros hermanos en Cuba.

La Habana ha sido golpeada y duro, la realidad es mas dura que las imágenes que hemos visto.

Tengamos en cuenta que la zona afectada por el tornado, incluye los barrios más pobres de La Habana; esa cara oculta que no se muestra al turista, ni al mundo. El hospital evacuado no fue el de CentroHabana o el del CIMEQ, fue Hijas de Galicia, las casa derrumbadas no son los edificios del Vedado o las casas de Playa. La gente con más necesidad es la que necesita nuestra ayuda, negarla, nos condena por inhumanos y crueles, por olvidar a nuestros hermanos.

Hay, sin dudas, muchas formas de ayudar, desde buscar amigos en la zona y enviarles dinero para que lo repartan entre los más necesitados, hasta viajar a La Habana y llevarles lo más necesario, ir de puerta en puerta, dando una mano y aliento.

Hay muchos que dudan si las donaciones llegarán a los más necesitados, que tienen reservas de dar su dinero a extraños. Usemos las redes sociales y enviemos pan y aliento a nuestros hermanos en desgracia de forma directa, hay muchas vías para hacerlo.

¿Quien no tiene un amigo que vive en Guanabacoa, Regla, Santos Suárez o Luyano? Usemos a esos amigos como el puente para nuestra ayuda, podemos enviar dinero o facturas de comida y que ellos lo repartan entre los más necesitados. Otra opción es viajar a La Habana, visitarlos y darle a la gente algo; si todos lo hacemos, ese algo, puede llegar a ser mucho, no lo duden.

Estas serían vías directas, de hermano a hermano, de corazón a corazón.

No usemos más el gastado pretexto que sería ayudar al Gobierno de Cuba, son nuestros hermanos los que están en desgracia, nos necesitan; ayudarlos se impone.

Pidamos todos que se levante los impuestos a la comida y artículos de primera necesidad en Cuba, que la aduana cubana flexibilice sus reglas y viabilice la ayuda a nuestros hermanos. Esto haría más fácil la ayuda necesaria.

Podemos hacer y mucho. Basta de discursos y politiquería barata que no dan pan, ni techos a necesitados. Demostremos nuestra fuerza y poder de convocatoria. Estamos dispersos por el mundo, pero somos cubanos y el cubano siempre da una mano y hasta dos al necesitado. Allá hay familias que comparten techo y pan escaso con los afectados. Nosotros, los que nunca seremos excubanos, los bien nacidos en Cuba, tenemos la oportunidad de demostrar al mundo nuestra fuerza y solidaridad. Cuba es una, dispersa, pero unida, #todossomosCuba.

Qué la historia no nos condene por negar ayuda, que nuestros hermanos no piensen que los olvidamos, que podamos llevar siempre, con orgullo , en la frente, la estrella que ilumina y mata.

#yosiayudoaCuba

Fotografías tomadas de Facebook, compartidas por amigos.

Cuba, el milagro de la tierra.

Cuando Tita habló con su joyero para que le hiciera una isla de Cuba, con piedras preciosas, para colgar de su cadena, nunca imaginó que la usaría solo un par de horas.

Tita llegó  a Miami a principio de los 60s. Se afincó  a esta tierra que hizo suya, pero sin dejar de amar nunca su Cuba.  Educó a sus hijos, los preparó para la vida,  les trasmitio su amor por Cuba; ustedes son cubano-americanos, no olviden nunca que son ante todo, ¡Cubanos!.

Ayudó  a criar a sus nietos, los cuidaba como leona amantisima. Sus nietos eran productos de esa mezcla de nacionalidades que es Miami. Ellos a pesar de mezclas y de no haber estado nunca en Cuba, decian con orgullo que eran cubanos.

El día que Tita recogió en la joyería su Islita de Cuba, fue directo a casa de su hijo a enseñársela. Cuando llegó  a casa de su hijo, su nieto menor se enamoró de la islita dorada con destellos rojos y azules que colgaba del cuello de su abuela.

-Tita, Tita,  yo la quiero, yo quiero llevar esa islita siempre conmigo.

Todos miraron a Tita, esa era su obra, ella era quien habia mantenido vivo en la familia el amor por Cuba. Juanito siempre decia que era cubano, se burlaba de actas de nacimiento y de mezclas.  Amaba a Cuba como si hubiera nacido al sur, entre palmas y cañaverales, correteando por esas calles habaneras. Tita no pudo resistirse y colgo, feliz y orgullosa, del cuello de Juanito, su cadena con la isla de Cuba. Juanito sonreía feliz, como si tener a esa Islita colgando de su cuello, fuera a cambiar su vida definitivamente. 

Esa noche Juanito fue a dormir temprano, cuando amanecio sus ojos brillaban y su sonrisa tenia algo nuevo, un destello de felicidad que la iluminaba. 

A los meses, Tita decidio llevar a sus nietos a conocer a Cuba. Le escribio a Pancho, su amigo de la infancia que vivia en una finca en las afueras de La Habana. Le contó  de sus nietos y de su amor por Cuba, queria pasar con ellos una semana en esa finca donde ella y Pancho pasaron su niñez.  Vengan cuando quieran, los estaré  esperando,  fue la respuesta de Pancho.

Tita llegó con sus nietos,  se bajó  del auto y corrió  a los brazos de Pancho. 

-Mi hermano, que ganas tenía  de verte y de volver a ver a esta tierra. 

Se inclinó y beso la tierra, la acarició suave e intensamente, como quien rinde cuenta de ausencias y lejanías. 

Pancho les dijo a todos.

-Vamos a comer algo y despues los acompaño  a ver la finca.

Juanito sonrio enigmáticamente. 

– Si, tengo ganas de volver a ver el pozo y tomar de su agua fresca, tambien quiero volver a correr por el camino rodeado de palmas y comerme un mango de la mata enorme que esta al lado del cañaveral.

Tita miro a Pancho y a Juanito, no podia creer lo que escuchaba.

-Pero niño,  si tu nunca has estado aqui, como sabes del pozo y el camino con palmas y de la mata de mangos. ¿Que broma es esta?

-¿Recuerdas cuando me regalaste esta cadena con la Islita de Cuba? Esa noche al dormirme, tuve un sueño que fue real. Estuve aqui, caminé toda esta finca, tomé agua del pozo y me comí  un mango riquísimo.  Cuando me desperté,  tenia tierra colorá  en los zapatos y sabor a mango en la boca. No dije nada porque no iban a creerme.

Tita y Pancho se miraron, Pancho dijo.

-Es la tierra Margarita, el milagro de la tierra que reclama lo suyo y va a buscarlo donde quiera que esté . Esta es Cuba, tierra de milagros y sacrificios. 

Todos se abrazaron,  Tita lloraba de felicidad mientras caminaban por el camino de palmas, como quien anda hacia al futuro.

Memoria del silencio, memorias del exilio desde las dos orillas.

Memoria del silencio
Nuestro primer encuentro fue en el mundo virtual, por estos caminos, sorpresivos e inesperados, de la Internet. Una persona me envío un mensaje por Facebook; Uva de Aragón usó una de tus fotos en un escrito, me envío el link. Contacté a Uva, no para reclamarle. De cierta manera quería darle las gracias por seleccionar mi foto para un escrito, que bien podía hacer mío. A partir de ese instante, quedé atrapado en la magia del buen hacer y sentir de Uva de Aragón, me suscribí a su blog. Sus conocimientos, su forma de expresar sus puntos de vista, convertían cada lectura en una clase magistral. Nunca imaginé que esa clase magistral escaparía un día del mundo virtual, que se haría real e inolvidable. Así una tarde lluviosa de agosto mi amigo Gabriel y yo, llegamos a su casa. Al terminar el encuentro con Uva llevaba en la mente sus consejos gramaticales, en las manos un ejemplar de su novela “Memoria del silencio” y en el alma sus palabras de elogio, sus frases de aliento y su confianza en mí.

Devoré, en apenas 24 horas, la novela de la ESCRITORA CUBANA Uva de Aragón, no uso la mayúscula por error. Mis amigos saben que soy enemigo de repartir adjetivos, nadie es más o menos grande, por escribir delante de su nombre: gran, destacado, reconocido. Soy de los que piensan que los nombres bastan y los adjetivos sobran. En este caso utilicé las mayúsculas con toda la intención posible, con premeditación y alevosía. Ambas palabras alcanzan en su hacer, su dimensionalidad plena y exacta.

La novela “Memoria del silencio” es, sin dudas, la novela de todos los que un día armamos maletas y nos fuimos de Cuba, cargando en ellas recuerdos y esperanzas. Es también la novela de todos los que, por una razón u otra, se quedaron; es una novela dura y desgarradora, como nuestras vidas. Una clase de historia novelada, desde el 59 hasta hoy. No les niego que lloré y abundantemente, leyéndola, fue inevitable. Comenté con amigos que esas lágrimas tenían sabor a Cuba. Duelen el exilio, la familia dividida, los trabajos y angustias, los muertos y los vivos. Me duele, en lo más hondo, un pueblo disperso por el mundo, una patria que pretendieron negarme y robarme. Para los que se quedaron, duele ese futuro prometido que cuando llegó, resultó ser terrible, absurdo. A todos nos duele, de un modo u otro, la familia cubana, sus penas y angustias, ausencias y regresos. Esa mesa los domingos donde un pase de lista se evita, como se evitan las lágrimas y se finge alegría en días de fiesta.

Leyéndola recordé sucesos sobre los que había leído o me habían contado. Otros dolían mas, porque fui protagonista, los viví y sentí en carne propia. Sufrí con la novela, desde las dos orillas, me dolían los que se fueron y los que se quedaron. Corté caña con Menchu en la zafra de “los diez millones”, repetí con ella; los diez millones van, con la certeza que la consigna era falsa. Llegué y me adapté con Lauri a una ciudad y a un país que me recibieron sin preguntas y me regalaron derechos que desconocía. Revivì abrazos y reencuentros, partidas y llegadas.

A pesar de las lágrimas al leerlas, de la tristeza que me producía leer nuestra historia, Cuba con su fuerza y presencia me salva del desconsuelo. Por nuestra Patria apuesto por el futuro, no el prometido; el que construiremos entre todos nosotros. Hay un párrafo hermoso que quiero compartir con ustedes, los que aún no han leído la novela. “Tantas veces que había pensado que la Revolución nos lo había quitado todo a los exiliados, pero no lo consiguieron…No se dieron cuenta de que llevábamos el paraíso dentro…”

Una vez comenté con amigos que cuando muriéramos todos los cubanos que hemos vivido el absurdo; las generaciones futuras no creerían los cuentos, las historias contadas de boca en boca. Siempre había pensado, que exilios, trabajos y angustias, serian olvidados; que muchos dirían: ¡Que exagerados! Ahí les queda a las generaciones futuras la memoria de Uva, Memoria del silencio o Memoria del exilio desde las dos orillas, como prefiero llamarla. Una memoria que no podemos perder.
Memoria del silencio, dedicatoria

Cuca y Mimì, dos hermanas, una noticia y el mañana.

usa-cuba relaciones
Cuca, se despertó esa mañana antes de lo habitual. Presentía que algo iba a suceder, coló su café, lo bebió sorbo a sorbo, encendió el radio. La noticia la sorprendió, aunque llevaba tiempo esperándola, ansiándola, como empujándola a que sucediera. La reja que separaba las dos aceras seria derribada, las dos aceras ya no serían más enemigas. Sonrió, enjugo una lágrima y puso a colar más café, esa mañana necesitaba una taza de más.

Se sentó en el portal y empezó a recordar. Los recuerdos cuando se sienten convocados, son como torbellinos, vienen todos de golpe a sacudirnos la vida, a estremecernos el suelo que pisamos. Recordó cuando su hermana Mimí decidió irse en el éxodo masivo del 80. Los vecinos gritando en la puerta de la casa, ¡que se vaya, que se vaya! Los huevos golpeando las paredes del portal. A su madre que abrió la puerta de golpe con su vestido azul, blanco y rojo y los enfrento a todos, los reto en el gesto y la palabra.
– Todos somos uno, basta de gritos y de consignas absurdas. No tiren ni un huevo más, llegara un día que se arrepentirán de huevos rotos y golpes entre hermanos. No importa de qué lado se viva, lo que importa es lo que hay en el corazón, ¡atrévanse conmigo y dejen a mi hija tranquila!
Todos bajaron la cabeza y se fueron.

Recordó a su mamá en su lecho de muerte con la foto de Mimí entre sus manos. Su hermana, en la acera de enfrente no pudo asistir ni al velorio, le toco llorar por las 2, con lágrimas que pesaban como piedras.

Recordó a Luisito, un compañero de estudios de su hijo, un día lo cogieron, de madrugada, tratando de cruzar la cerca que separaba las dos aceras. Uno que vigilaba la cerca, lo mato de un disparo. Su madre perdió la razón y termino colgándose de una ceiba, no pudo con tanto dolor.

Se acordó de Sergio, uno de los primeros en irse a vivir a la acera de enfrente, no tuvo otra opción. Se enfrentó en una asamblea a los que mandaban en esta acera y lo condenaron a muerte. Desde la otra acera, no dejo nunca de pensar en su hogar y en su familia, nunca más volvió. Estaba viejo, pero sus ojos brillaban cuando hablaba de su acera y sus palmas, sus noches y su sol. Todos los días lloraba por volver a su acera, por derribar con sus manos a los que la dominaban y sometían; no quería morirse sin que todo cambiara del otro lado.

Cuca fue al jardín, corto dos girasoles y se los puso a la Virgen que tenía en la sala. Se sentó en el sillón que fue de su madre, sintió su olor, su presencia. Sintió la risa de los niños jugando, en la risa de los niños, destellan la esperanza y el mañana.

Recordó a todos los que se habían enriquecido a costa del dolor del pueblo en las dos aceras. A esos que especulaban con dolores y sufrimientos de familias. A los que gustaban de fama y renombre, levantados sobre familias separadas y muertes sin anuncios, ni despedidas. Se pasó las manos por su pelo canoso, apoyo los codos en sus piernas; suspiro, un suspiro de más de 5 décadas. Escucho el timbre del teléfono.
– Oigo.
– Mi hermana soy yo, ¿Oíste la noticia?
– Si Mimí, estoy digiriéndola, bajándola con un buche de café.
– Acá esto está de locos, hay gente aplaudiendo y gente gritando, ¡Traición, traición! ¿Qué te parece a ti?
– ¿A mí? Yo me alegro Mimí, aunque tumben la cerca, por el momento del lado de acá, todo seguirá igual, en apariencia. Sin la cerca en el medio de las dos aceras, los que mandan de este lado, irán perdiendo el control absoluto poco a poco. Yo, ya estoy vieja, pero sabes, antes que llamaras escuchaba a unos niños reír, ellos se merecen un mañana mejor. Un futuro sin consignas, ni carteles. Ya no podrán culpar de todo a los vecinos de enfrente y como diría Chencha, la culpa no puede caer en el suelo, vamos a ver a como tocamos ahora.
– Yo también me alegro mi hermana. Si la cerca no resolvió nada y ustedes siguen cada día mas jodios y nosotros sufriendo por ustedes, tumbémosla y apostemos por los cambios, sin olvidar a muertos, ni sufridos.
– Así es mi hermana, sin olvidar, pero sin que el odio o las heridas personales, pesen más que el interés de todos. Prohibido olvidar, pero también prohibido manipular e imponer criterios.
– Así es mi hermana. Estoy contenta, pero respeto a los que están tristes, a los que no han ganado ni un centavo a costa de este dolor de años y se sienten traicionados. Los comprendo, admiro y respeto. Sería incapaz de ponerme a festejar delante de ellos. Hay que saber respetar los años y las heridas de esos viejos que lo único que quieren es ver a nuestra acera libre.
– Sin dudas es un momento histórico, apostemos porque la historia cambie a partir de hoy. Mi hermana, le puse dos girasoles a la Virgen, uno por ti y otro por mí. Mi hermana un beso, te quiero mucho. Vamos a colgar que esta llamada te va a costar un dineral.
– Un beso mi hermana del alma. Eso hemos sido siempre dos hermanas, capaces de saltarse ¡Todas las cercas del mundo!
Cuca, volvió a su sillón en el portal, vio un cartel, descolorido por el sol, que de pronto se había vuelto obsoleto, absurdo. Entro a la casa, busco en el escaparate donde guardaba recuerdos de familias y cosas de sus padres. Allí, en el fondo de una gaveta encontró lo que buscaba, la plancho con cuidado, la perfumo con agua de colonia y subió al cuarto de arriba. Abrió el balcón, y como quien desempolva sus sueños y esperanzas, desplego una bandera prohibida al sol. Anunciando en su gesto la voluntad de un pueblo, decidido a construir su historia, con ladrillos de recuerdos y futuros, con amalgama de historias y sueños. Una historia “con todos y para el bien de todos”, sin exclusiones, ni voces dominantes. Cuca desde su balcón sonrió al mañana y aposto por los cambios, mientras bebía un sorbo del café de la esperanza.

Fotografia tomada de Google.