¡Mamá regresó! ¡Mamá esta de vuelta!

Amanece en un barrio habanero, las vecinas cuelan el primer café  del día,  de pronto unos gritos estremecen la mañana;  !Mamá regresó,  Mamá está de vuelta! . Es Yeniley, la hija de Panchita que cuida a su madre desde haces 6 meses; cuando una caída,  se llevó su salud y su memoria.

Las vecinas se sorprenden y preocupan; Panchita hace meses que no camina. Desde la caída esta postrada, perdida en un mundo del que se niega a salir, no pudo haberse ido y regresar, todas piensan que la angustia y el dolor se han llevado la razón  de Yeniley que delira.

Nena decide preparar un jarro de tilo para llevarselo, mientras dice para si; pobrecita Yeniley, sus nervios la han traicionado, ya no puede mas y ha enloquecido.

Micaela, la santera de la esquina, agarra unas velas y dos mazos de hierbas mientras invoca a sus santos; yo le quito ese muerto oscuro que la ha poseído,  esa niña es de oro y no podrá llevársela.

Elena, catolica devota, coge un crucifijo enorme; los demonios no podrán vencerla, Yeniley no se merece perder la razon, es una gran hija, pobrecita mi niña. 

Lourdes, toma la biblia de su padre, pastor de una iglesia bautista, oraré  junto a Yeniley por que recobre su razón, el señor escuchará mis oraciones.

Cunda busca en la gaveta de la mesita de noche y coge un sobre de meprobamato; los guardaba por si me hacían falta,ayudaran a calmarla.

Todas las vecinas se reunen en el jardin de la casa de Panchita, dispuestas a ayudar a Yeniley, a no permitir que pierda la razón por la pena y el dolor.

Elena,  con su crucifijo enorme en la mano, toca a la puerta, escuchan la voz de Yeniley.

-La puerta esta abierta entren que estamos desayunando.

Asustadas las vecinas abren la puerta y entran, se encuentran a Panchita sentada a la mesa, devorando un pan con queso y una taza de café con leche. Panchita detiene su desayuno,  sonrie y saluda a las vecinas, una por una, por sus nombres. Las vecinas se sorprenden,  Panchita había perdido la mente despues de una caída y vivía  en un mundo extraño,  del que sólo salía unos instantes, a veces.

-¿Qué  es esto Caridad del Cobre? ¡Panchita ha recobrado la memoria!

-Mama regresó,  esta de vuelta, es un milagro, un sueño hecho realidad. Ya habló  con mis hermanos,  todos están felices.

Las vecinas se abrazan emocionadas; los milagros siempre conmueven y asombran.

Micaela abraza a Panchita mientras le dice. 

-Voy a comprar un ramo grande de girasoles para ponerselo a mis santos que mucho les he pedio  por ti mi vieja, ¡Que alegría verte asi Panchita!

Elena, Lourdes, Cunda y Nena, sonrien emocionadas y cada una decide dar gracias, a su manera, por el regreso de Panchita. Saben que volveran a escuchar las historias de Panchita, a pedirle consejos, a contagiarse con su risa.

Reina que pasaba y ve la puerta abierta entra.

-¿Qué es esto? Pancha sentá  a la mesa y conversando con las vecinas, como antes, esto es un milagro, ay Santa Barbara bendita, gracias San Lazaro, gracias Caridad del Cobre, gracias Dios mío. 

Yeniley abraza a Panchita y con lagrimas en los ojos les dice.

-Si, es un milagro, el milagro del amor de sus hijos que la hicimos regresar de olvidos y desmemorias, mamá esta de vuelta y con ella la alegría y la felicidad mía y de mis hermanos.

-De todos nosotros Yeny, tu madre es una santa y todos la queremos muchos, bendito sea Dios por su regreso.

¡Panchita está  de vuelta¡
Fotografía tomada de Google.

¡Mamá está de fiesta!

Allá  en La Habama de todos,  de aniversarios y fechas, alguíen escucha al Benny y espera mi llamada. Ella sabe que nada puede impedir que hoy hablemos; mamá  está de cumpleaños. 

Siempre le he dicho que cuando cumpla 100 años  haré una fiesta enorme.  Convocaré    duendes y conjuros, La Habana vestirá su mejor bata cubana y se sentará junto a ella,  le.regalará andares y recuerdos . La giraldilla apuntará  a su sonrisa y su corazón  a los sueños, sólo  faltan 11 años para esa fiesta prometida y esperada..

Hoy mamá  está  de cumpleaños y ella, eterna preocupada por sus hijos, alistó el mejor de sus regalos; nos regaló  recuerdos y certezas. Se sabe necesaria,  imprescindible y espera cada viaje de sus hijos, ensayando el mejor de los abrazos.

Mamá  nos regala en su dia, palabras de amor que no se olvidan, estrena memorias y esperanzas. Me dice que me espera y necesita. Se rescata a sí  misma del olvido y me dice en un susurro; si tienes las mismas ganas de verme que yo a ti, vendrás muy pronto. Me regala la mejor de sus sonrisas y me lanza un millon de besos desde el sur.

Despues de días difíciles, dolores, desmemorias, mamá renace otra vez un 19 de febrero.  Es el.milagro del amor, del amor de muchos que lograron rescatarla  de finales anunciados y de olvidos.

Mamá  esta de fiesta y yo con ella, a pesar de distancias  y de mares. Habita aqui en mi corazon y en  mi esperanza que se viste de arcoiris y girasoles,  que ensaya te quieros y piropos, que se inventa palabras e ilusiones; que sabe que me espera, vencedora de tiempos y de penas.

Mamá  esta de fiesta y entre boleros y sones, sonríe y espera,  cierra los ojos e imagina encuentros, tiende sus brazos en espera del regreso. Es una eterna fiesta de milagros,  de oraciones escuchadas, de amor bueno, de espérames por siempre que no tardo.

Mamá  se viste de recuerdos y de sueños,  está de fiesta y me espera desde el centro de.memorias y cariños;  eternamente amante de suspiros, me espera siempre sentada en el sillón  de sus memorias. Sonríe,  cuenta en silencio los días  que aún nos faltan, no son muchos, vuelve a sonreír  y con voz fuerte me grita un; ¡No te tardes! Que alista equipajes y retornos, que acorta ausencias y distancias. 

Mamá  está de fiesta,  eterna fiesta del amor que la sostiene y la salva para siempre del olvido.

Otro 14 de febrero y aún  te espero. 

No sé en que rendija de la vida y los sueños, escapaste de mis brazos. Estos brazos con unas ansias enormes de encontrarte y retenerte para siempre, preguntandome a diario, cuándo llega.

Ignoro si acaso una vez te tuve, a veces los sueños se confunden con la vida y uno va de loco, cazando mariposas que no existen.

Amor mió,  que esperas oculto en el último rincón  de mis fantasmas, otro año mas sin encontrarnos. Sin recostarnos en nuestros hombros y descansar, con esa certeza que sólo da el amor verdadero. Sin tomarnos las manos y decir en un susurro;  todo estará bien y creérnoslo, saber que mientras estemos juntos, todo estará bien.

Tengo un regalo enorme para cada 14 de febrero  y cada 15 de febrero vuelvo a guardarlo, confiado que el próximo vendrás por él. Se que lo harás. 

Esto de andar enamorado por la vida, inventarse historias y alas, hay noches que no basta. 

Te espero siempre, estrenando besos y palabras, en el estreno supremo de mi mismo,  a la vuelta del camino, te espero. Sin angustias, sin temores, sé que vendrás. Porque allá en algun rincon de la galaxia, tú,  me buscas.


Fotografia tomada de Google.

Mi vieja, yo te presto mis piernas y mi memoria.


Panchita siempre fue una mujer muy activa. Cuando sus hijos eran pequeños, recorría toda La Habana buscando lo que ellos necesitaran. No le importaban distancias, ni horas de cola, si le decían  que en La Sortija en Monte iban a sacar telas para hacerle vestidos a sus hijas, para allá se iba desde temprano y regresaba feliz y orgullosa mostrando su trofeo y planeando modelos y diseños. Si a su hijo le hacía falta un maletín para la Universidad, no le decia nada a nadie y se iba tempranito a marcar en la cola, dispuesta a regresar con el maletín, a toda costa.

Panchita, siempre fue una mujer muy inteligente y con una memoria asombroso. Era, en cierrto.modo, el archivo o la memoria familiar. Su agilidad mental era asombrosa, siempre tenia una respuesta para todo. A pesar de haber conocido a un solo hombre en su vida, aconsejaba a las amigas de sus hijas y las ayudaba a resolver sus problemas amorosos.  Pancha era, de cierta manera un símbolo  en su barrio, punto de referencia y consulta. Ella siempre tenía el consejo justo, la palabra precisa.

Le gustaba andar las calles de su Habana, recorrerlas una y mil veces, eran suyas, las conocía de memoria, eran viejas amigas. Ella y La Habana, eran un todo, se complementaban y amaban.

Con los años, el andar se le dificultó,  tenían que llevarla en auto y apoyada del brazo de sus hijos, recorría calles y memorias.

Una tarde,  Panchita perdió  el equilibrio, una fractura le hizo guardar cama, sus piernas dejaron de responderle. Una tarde de diciembre su hijo fue a visitarla.

-Mamá tenemos que volver a caminar por la Habana vieja, le dijo su hijo mientras la abrazaba fuerte.

-Mis piernas ya no me acompañan mi hijito, no podré. 

-Yo te presto las.mías mamá;  volveremos a caminar juntos, ya verás.

Una lagrima enorme rodó por la.mejilla de Panchita y un, gracias mi hijo, selló la conversacion.

El tiempo sin andar, el dolor, terminaron haciendo estragos en la memoria de Panchita. Una mañana de marzo, su hijo regresó  a verla, conversaron. A veces Panchita confundía  nombres y lugares,la mente se le iba por minutos. 

-Mamá  soy yo, tu hijo que vine a verte; el dueño de tu corazón 

-Perdónamemi hijito si a veces me confundo y olvido rostros y nombres,  tú  sabes que te quiero mucho, perdóname estos olvidos.

– No te preocupes mamá; te presto mi memoria.

-Gracias mi hijito, gracias,  me haces feliz.

Cuentan que en su último viaje a La Habana, su hijo la tomó  en sus brazos y salió  con ella a recorrer calles y memorias.  Ella se abrazaba a su cuello y lo besaba mientras él le contaba al oído historias de amor y de sueños. Era hermoso verlos así. Ni desmemorias, ni piernas rebeldes pudieron vencer al milagro del amor.


Fotografía del inicio, cortesía  de Juan Carlos Cuba Marchan.

La Monalisa en La Habana.

Monalisa en La Habana, de Fuentes Ferrin.
Aislada de todo y de todos por un cristal antibalas que la protegía de balas, ácidos, chorros de pinturas y hasta tazas lanzadas contra ella, se aburría enormemente. Cansada hasta el cansancio de que miles la miraran y ni uno solo le dedicara una palabra de cariño. Por las noches conversaba con ella misma, aburrida de su vida solitaria.
– Hasta cuando tendré que estar aquí encerrada, sin conocer el amor, sin vivir. No se cuanto tiempo me quede siendo aún atractiva, cualquier día me desmorono o desintegro, seré solo un recuerdo. Me iré sin conocer el abrazo de un hombre de verdad, sin disfrutar de la vida, sin conocer sus milagros y misterios. Ay Leonardo, por que me convertiste en una obra de arte, preferiría ser una mujer común y corriente. ¡Quiero vivir!
Así se lamentaba cada noche de su suerte la Monalisa. Por el día, fingía su sonrisa, cruzaba sus brazos y se hacia la desentendida, la enigmática.

Una tarde de domingo la Monalisa se sorprendió por un colorido grupo que la visitaba. Hablaban alto, gesticulaban, mezclaban modas y tendencias, reían a carcajadas, casi, casi logran transformar su enigmática sonrisa en una carcajada. Hasta ganas sintió de extenderles la mano. Socializar con ellos se le antojo el non plus ultra de la felicidad y la alegría.

Cuando cerraron el museo, aprovecho para preguntar a uno de los personajes de Las bodas de Caná.
– ¿Quienes eran esos que vinieron hoy y armaron tanto alboroto? Me gustaron.
– Son cubanos, deben ser recién llegados, como les llaman a los que acaban de salir de Cuba.
Pronuncio con especial deleite la palabra Cuba, dejando intrigada y pensativa a Monalisa.

Una semana de reparaciones en el museo, juntaron en la misma habitación a Monalisa y a la Venus de Milo. Comenzaron a cuchichear entre ellas, la Venus, por su experiencia, más de 2 000 años vividos, se las sabía todas, como diríamos nosotros.

– Cuéntame de los cubanos y de Cuba, hace días conocí a un grupo y me dejaron con ganas de saber más de ellos, de contagiarme con su risa, de inventarme gestos con mis manos.
– Los cubanos son tremendos, uno me dijo un piropo una vez que nunca he podido olvidar. Cuando me siento sola, aburrida, cansada de tanto exhibicionismo, de este mármol frío y de esta ausencia de brazos, me ayuda a soportarlo todo.
– ¿Y que te dijo ese cubano Venus?
Suspiro lentamente, como reviviendo el momento en que lo escucho.
– Tú con esas curvas y tu experiencia, yo con estas ganas y este ardor…
– No dijo más, pero desde ese día solo pienso que saldría de esa combinación de ardores y experiencia.
– ¿Venus, has pensado alguna vez en ir a Cuba? ¡Te imaginas un encuentro con ese cubano del piropo!
– Lo he pensado un montón de veces, pero sola no podría, mírame, sin brazos.
– Yo voy contigo, me muero por conocer esa gente, sus costumbres, caminar por las calles de La Habana.
– Si vamos a ir, creo que lo mejor es invitar a Davicito.
-¿Davicito?
– Si el David de Miguel Angel, es muy amigo mío y siempre será bueno que nos acompañe un hombre.

Monalisa le envío un email a David con la invitación para que se les uniera en su viaje a La Habana. Allá en la Galería de la Academia de Florencia se armó un revuelo enorme cuando se enteraron que David, planeaba viajar a La Habana. Esto va a ser peor que “El rapto de las sabinas”, dijo uno. Los cuatro prisioneros, intentaron inútilmente salirse de su escultura sin terminar, acompañarlo. Hasta Venus y Cupido interrumpieron su idilio, asombrados de la osadía de David. Monalisa recibió un email muy escueto; acepto, compro ropa y me uno a ustedes en Paris.

David, demoro poco en viajar a Paris. Fue directo al Louvre, vestido con ropas modernas y con espejuelos de sol nadie lo reconoció. Cuando estuvo frente a la Venus de Milo, se quito los espejuelos.
– Voy a comprar ropas para ustedes esta tarde y a sacar los pasajes de avión. Esta noche vendré a buscarlas, mañana a primera hora saldremos para La Habana.
– Confiamos en ti David, mañana, estaremos en La Habana.

No tuvieron grandes dificultades para salir de Paris. Nadie podía imaginarse que esas dos mujeres y ese muchacho que viajaban en clase económica y hablaban varios idiomas, eran las tres obras de arte más conocidas y cotizadas del mundo.

– ¿Motivo del viaje? Pregunto el inspector en la inmigración de La Habana.
David, ágil y rápido respondió.
– Venimos a ver si aquí pueden resolverle el problema de los brazos.
– Bienvenidos.

Recogieron su equipaje y salieron corriendo de la aduana. Al menos hasta ahora, nadie había notado nada raro en ellos. La primera parte del viaje había sido un éxito. El sol los deslumbro, el azul del cielo los sedujo, se abrazaron emocionados, ¡Estamos en la Habana! Tomaron un taxi al centro de la ciudad, se bajaron en cualquier esquina. Caminaban por esas calles, deslumbrados por todo. Tenían pocos días para pasear por La Habana, sabían que muy pronto se dispararían las alarmas y la policía de todo el mundo estaría buscándolos. También sabían que el último lugar donde buscarían seria en La Habana, eso les daba un tiempo de ventaja para recorrer la ciudad, conocer a los cubanos y regresar con recuerdos y sueños.

Cuando apenas habían caminado unas cuadras, Venus se detuvo, solo dijo; ¡Es él! La vio de lejos, no podía creerlo, se acerco a ella y cuando estuvieron frente a frente le dijo.
– Las ganas y el ardor han aumentado, tú sigues con tus curvas y tu experiencia. Vivo cerca, en un cuartico de un solar, pero cabemos los dos y eso basta.
Venus miro a sus amigos suplicando permiso, implorando la dejaran ser llevada en brazos hasta un pequeño y destartalado cuartico de un solar habanero.
– Vete Venus, pero recuerda en 5 días tenemos que regresar. Nos vemos en el aeropuerto.

Venus se dejo llevar en brazos por ese mulato que olía a tabaco y a hombre. El primero y único que la amaba como mujer y no como obra de arte. Llegaron a su cuartico, la dejo sobre la cama, entonces ocurrió el milagro del amor; la Venus de Milo, asombrada y feliz, vio crecer sus brazos, hermosos y fuertes. Brazos que se bastaban para retener a su hombre, aunque solo fuera por unos días.

Monalisa y David siguieron andando La Habana. Se cruzaron con un grupo de jóvenes que salían de la Universidad. David solo dijo.
– Me quedo con ellos, son mi gente y el futuro de este país.
– Recuerda, en 5 días nos vemos en el aeropuerto.

David, fue uno más en ese grupo de jóvenes. Fue con ellos a conferencias en el Aula Magna, compartieron juntos en el muro del Malecón, las olas lo salpicaron y La Habana lo adopto como un hijo más. Una mañana, un grupo avanzaba por las calles de la ciudad, con banderas al aire, carteles y gritando consigas, David se sumo al grupo.
-¿Por qué protestan?
– Estamos protestando contra el enemigo
– ¿Quien es el enemigo? ¿Por que protestan?
– Quien es no importa, un enemigo si no se tiene, se inventa. Llevamos años en esto. Sigue en el grupo, grita algo de vez en cuando y en cualquier esquina te separas del grupo y se acabo la marcha para ti, chao, yo me “piro” en la próxima esquina.

David se quedo desconcertado, no entendía esa marcha y esas consignas, ese enemigo inventado y reinventado una y otra vez.

Una tarde vio un grupo de jóvenes con banderas de arco iris, carteles y tumbadores, se acerco a ellos.
– ¿Qué hacen?
– Es la marcha por la diversidad sexual. Contra la homofobia.
– Un problema de siempre que aún no se resuelve, me voy con ustedes.
– ¿Tú también eres gay? Le soltó uno.
– Yo soy David, ser o no gay, no es el punto, lo importante es condenar la homofobia. Si supieran cuantos grandes hombres, genios, la han sufrido.
De pronto David se sorprendió y río a carcajadas, el grupo a golpe de tumbadoras coreaba un estribillo mientras avanzaba por la ciudad. “Yo soy David, ser o no gay, no es el punto”.

Monalisa, siguió sola su recorrido por la ciudad, decidida a conocer a los cubanos, a llevarse con ella su esencia y sustancia. Entraba en solares, en tiendas, hacia colas sin saber para que eran. Una tarde en plena hora pico se subió a una guagua.
– Caballero, caminen que todavía hay gente afuera.
– No empujen, poco a poco, pasito alante, vamos, vamos que cabemos todos.
Cuando por fin logro acomodarse, se le planto detrás un tipo de más de 6 pies.
– Señor por favor, tiene ahí algo duro que cada vez que frenamos o doblamos me molesta.
– Tranquila mami, no te pongas así, yo soy incapaz de molestarte. ¿Cómo te llamas?
– Monalisa.
– De lisa no tienes nada, estas muy bien y muy mona si eres. Me quedo en la que viene, este es mi número y mi nombre, llámame cuando quieras.

Atónita, seducida y casi violada en una guagua, Monalisa disfrutaba cada instante de este viaje por una ciudad detenida en el tiempo y en los recuerdos. Entro en Maternidad de Línea, vio y compartió el milagro de la vida. Se sintió madre por vez primera, cargó bebes, cambio pañales, fue feliz.

Entraba en las casas, la invitaban a almorzar. Compartió las alegrías y tristezas de un pueblo que no se da por vencido, que no renuncia a sus sueños. Un pueblo que mantiene viva la llama de la esperanza aunque un huracán de dificultades quiera apagarla. Jugó domino, bailó, tomó ron. También lavó ropa, limpio casas, trabajo en el campo, aró la tierra y recogió sus frutos. Termino amando a este pueblo que la acepto como una mas, sin preguntas. Un pueblo que la amo por ella, no por su historia, títulos o valor monetario.

El tiempo vuela, los 5 días pasaron rápido. Monalisa, Venus y David, ya tenían noticias del revuelo por su desaparición. Algunos pensaban que era una conspiración de grupos extremistas para destruir la cultura occidental, otros que algún multimillonario loco, lo había planeado todo y las tenía escondidas en alguna bóveda secreta.

Venus, se despidió de su amante con lagrimas en los ojos, a medida que se alejaba, sus brazos desaparecían.
– Volveré, lo juro, no me olvides.
– Te estaré esperando, no tardes.

David se despidió del grupo de jóvenes que lo había acompañado.
– De ustedes depende el futuro de este país. No se inventen enemigos, únanse y hagan el milagro de ese país que sueñan aquí; no lo busquen mas en otro lugar.

Monalisa, no quería irse, sabia que la opción de quedarse era una locura. Dijo adiós a amigos recién estrenados, abrazo a algunos.
– Debo irme, otros me necesitan. No dejen nunca que la llama de la esperanza se apague, luchen por mantenerla viva entre ustedes.

Se reunieron en el parqueo del aeropuerto. No tuvieron dificultades en los trámites de rigor. Un día mas tarde, sin explicación, como por arte de magia, las tres obras de arte más famosas, reaparecieron en sus sitios exactos, como si nada hubiera pasado. Ni siquiera los expertos pudieron notar un brillo diferente en sus ojos. Tampoco nadie noto un cambio imperceptible en la sonrisa de la Monalisa.

Fotografia “Monalisa en La Habana”, pintura de Fuentes Ferrin, pintor cubano radicado en Houston.

Esperanza, una historia de amor.

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Se amaron antes de verse, ambos se presentían desde siempre, desde el inicio de los tiempos. El, un profesional, coqueteando con sus 40s, ella una mujer de negocios en la plenitud de sus 20 años. Ambos habaneros, cansados de caminar esas calles buscándose uno al otro. Los dos decidieron emigrar, tal vez cansados de esa búsqueda y de otras más. Ahora vivían en Miami, una ciudad, donde encontrarse inesperadamente con alguien, a veces resulta difícil.  La Habana se encargó de juntarlos, se encontraron frente a frente, una vez que  coincidieron en un viaje a su ciudad, una tarde de abril, en plena primavera. Sus ojos se cruzaron a la salida de aduana, ambos adivinaron que estaban destinados el uno para el otro, que su búsqueda, había terminado. Se olvidaron de la familia que los esperaba, del equipaje y del mundo. Ella osada y atrevida, se lo comió con los ojos, mientras le deslizaba su tarjeta en el bolsillo de la camisa. Regreso en 5 días, escribió por detrás.

 

Al sexto día, él, la llamo, solo le dijo; ¡soy yo! Conversaron como si se conocieran de toda la vida, durante 45 minutos no existieron preocupaciones; el mundo se redujo a ellos dos. Se despidieron con  la promesa de tomarse un café juntos a la salida del trabajo. Cuando se vieron, 6 horas después, no se dieron la mano, no se dijeron hola. Corrieron a su encuentro y se besaron en la boca, como dos viejos amantes que se reencuentran, después de toda una vida separados.
A veces, el amor llega a destiempo, tanto lo buscamos, que al final aparece; solo que no llega en el momento justo. Por esas travesuras del destino, cuando se encontraron, él estaba casado. Un matrimonio de tiempo, que hacia años había perdido su intensidad, pero que el afecto y la costumbre, aún mantenían. El no solo estaba casado, un mal orgánico, lo apremiaba a someterse a una urgente operación, que el posponía, una y otra vez, en espera que su madre llegara y estuviera junto a él. No se atrevía a mirar a la muerte a la cara, sin apretar fuerte la mano de su vieja, una mujer especial que supo hacerlo un hombre y enseñarlo a amar. Su viaje a La Habana, fue para hacer gestiones y poder traerla cuanto antes.

 

A Esperanza, no le importaron los años de diferencia, ni el matrimonio, ni la salud precaria, amaba sin preguntas, sin esperas. Cada día con Manuel, equivalía a una vida y la vivía intensamente, hasta el último segundo. Sabia que el amor puede hacer milagros, no se daba por vencida. Hacia años, desde aquella tarde en que se subió sola a un bote, aprendió que la vida pone pruebas difíciles, pero que todas, todas, pueden vencerse. Borró, para siempre, la palabra imposible de su lista. Se bastaba sola para mover montanas, saltar abismos, construir un mundo.
Manuel, estaba deslumbrado con esta ilusión. El amor de Esperanza, lo hacia sentirse joven, en sus brazos olvidaba sus problemas de salud, las discusiones, todo desaparecía al influjo del encanto de esta muchacha que ni aún en los momentos mas difíciles, dejaba de sonreír. Mirarse en los ojos azules de ella, era como asomarse al cielo, escucharla reír, su mejor medicina. Su alegría, era solo un eco de la risa de ella. Cuando hacían el amor, era el único momento que olvidaba sus problemas de salud, la vitalidad de Esperanza, lo contagiaba y volvía a tener 20 años, a estar sano, a comenzar de nuevo el camino.

 

Un día, la esposa de Manuel, se entero de la relación con Esperanza. No discutió, no hizo una escena de celos, ella no lo amaba. La ausencia de hijos, la rutina, habían ido matando el amor que un día se juraron, para toda la vida. No lo amaba, pero se llevaban bien y gracias a él, disfrutaba de una buena situación económica. Mirándose en el espejo, Aleida se dijo a si misma.

-No, no haré una escena de celos, fingiré que no se nada, él, no se atreverá a dejarme, la Esperanza esa, será diez años mas joven que yo y mas linda, pero yo soy su mujer y seguiremos juntos. Nunca lo tendrá del todo.

Sonrío con malicia y se alisto para una guerra larga, donde se adivinaba como vencedera. Tantos años sin amor, le habían hecho olvidar su fuerza. Esa tarde, comenzó a gestarse la derrota de Aleida. Subestimar a un enemigo, es fatal en las guerras.

 

La salud de Manuel, se deterioraba por días, su madre atrapada entre papeleos y absurdos, no acababa de llegar. Una tarde, después de hacer el amor, Manuel, casi se muere en los brazos de Esperanza. Ella, en su desesperación lo abrazaba, tratando de trasmitirle su vida, sabia que mientras lo abrazara, nada malo podría ocurrir. Cuando se recupero, sin dejar de abrazarlo, le dijo:

-Así no puedes seguir, no te das cuenta que te mueres coño y yo contigo. Déjame estar a tu lado en la operación, se que si tomo tu mano mientras dure, nada malo podrá pasarte. Mañana vamos juntos a ver el medico y fijamos la fecha de la operación. No puedes seguir esperando que llegue tu madre, si quieres volver a verla, no puedes posponer más la operación.

Manuel, la miro entre lágrimas, casi sin fuerzas le dijo.

-Como tú quieras, solo te pido algo; si me muero, no te mueras conmigo, quiero seguir viviendo en el azul de tus ojos, en tu risa.

Esperanza lo miro, sonrío y acariciándole el pelo, solo susurró.

-Como tú quieras mi vida, todo será como tú quieras, lo prometo.

 

Esperanza, se encargo de coordinar todo. El doctor, reviso la historia clínica, le hizo algunas preguntas, cuando comenzó a hablar se dirigió a  Esperanza, adivinaba que solo con su ayuda podría operarlo cuanto antes.

-Hay que operar enseguida, nos estamos arriesgando a lo peor. Cada día cuenta, si se demora más de un mes en operarse, tal vez sea demasiado tarde.

Esperanza, mirando a Manuel, le respondió.

-Cuanto antes doctor, usted ponga el día, yo me encargo de todo y de traerlo a él, aunque sea a la fuerza. Solo pondremos una condición; yo estaré a su lado durante la operación.

Mario, el medico, saco un pañuelo y fingió que limpiaba sus espejuelos, una manifestación de amor siempre conmueve y emociona, aunque se este acostumbrado a lidiar con la muerte todos los días. Los miro y con calma les dijo.

-Legalmente otra persona tiene ese derecho, si insiste, no podré negarme.

Manuel, miro fijo al doctor.

-Yo me encargo de eso, a mi lado estará Esperanza o no hay operación.

Esperanza, apretó fuerte su mano, mientras el azul de sus ojos tenía destellos dorados.

Al salir del hospital, Manuel le dijo.

– Cuando salga del trabajo, paso a recogerte en mi auto, hoy, necesito dormir contigo.

Esperanza lo miro a los ojos, no hizo preguntas, trato inútilmente que él no notara el temblor de su cuerpo en el abrazo de despedida.

 

Antes de salir del trabajo, llamo a Aleida, fue breve.

-Esta noche, no puedo ir a dormir, no te preocupes, estaré bien.

Aleida solo dijo un acido, OK. Esto no estaba en sus planes, su rostro se contrajo. Se miro en el espejo, sintió el paso del tiempo en su piel, se vio vieja de pronto, como si de golpe hubiera envejecido diez años.

 

Manuel, recogió a Esperanza. Hicieron todo el viaje  tomados de la mano, querían aprovechar hasta el ultimo segundo de ese tiempo juntos, hacerlo perfecto.

Esa noche, se acostaron desnudos, no hicieron el amor, el amor los hizo. Durmieron abrazados, sus labios estuvieron unidos toda la noche. Las sabanas amanecieron húmedas, Esperanza, aferrada a Manuel, tuvo repetidos orgasmos mientras dormía. Se despertaron temprano, desayunaron rápido, mientras se miraban como dos adolescentes enamorados. Manuel, la dejo en su trabajo, se despidieron con un beso, que amenazó con no tener final.

 

Cuando Manuel regresó a su casa, en la tarde, Aleida, no hizo preguntas. Pensaba que ignorando lo que había ocurrido, seria como si nunca hubiera pasado. Se consideraba muy astuta, no se daba cuenta que sus días al lado de Manuel, estaban contados, Esperanza, ganaba cada día mas terreno, Manuel no podría ya vivir, sin mirarse en sus ojos, sin escuchar su risa, sin tenerla a su lado.

 

Se acercaba el día fijado para la operación. Mario, previéndolo todo, se reunió con Manuel, le explico los riesgos que corrían, la posibilidad de una hemorragia.

-Tendremos que tener sangre de reserva, hice algunas pruebas y Esperanza puede ser la donante, de más esta decirte que aceptó con gusto.

-¿Doctor, puedo morir? Pregunto Manuel con miedo en los ojos, sin Esperanza a su lado, se sentía débil, desprotegido.

-Si, pero mis años de experiencia están a nuestro favor, varias veces, en Santiago de Cuba, con menos recursos, hice esta operación y nunca perdí a un paciente. Ahora, tengo más experiencia. Créeme, haré lo imposible por salvarte, hace años en Cuba, vi morir al amor de mi vida, fui impotente para salvarle. En cierto modo esta es mi revancha con la muerte. Te salvaré Manuel y un día, iré a tu boda con Esperanza. De tanto lidiar con la muerte y salvar vidas, uno termina adivinando el futuro de los pacientes.

 

La noche antes de la operación,  Manuel, solo en la habitación del hospital, llamo a su madre, no quería preocuparla, pero necesitaba oír su voz, para saber que todo estaría bien.

– ¿Mami, como estas? Te quiero mucho, mucho. Dijo Manuel, mientras trataba de lucir tranquilo.

-Orando por ti mi hijito, mañana te operas y he pasado días, hablando con Dios, se que todo saldrá bien, aunque no pueda estar a tu lado.

-Pero mama, ¿como lo sabes? No quería preocuparte.

-Esperanza, me llamo y me lo dijo, parece una buena muchacha esa amiga tuya. Me explico que prefería que yo lo supiera para que estuviera pensando en ti y enviándote toda mi energía. Hace dos días regrese de El Cobre, tuve una larga conversación allá arriba.

-Mama, eres un ángel, saberte pendiente, me da fuerzas extras, me obliga a vencerlo todo, dijo Manuel, mientras hacia un esfuerzo para no llorar.

Se despidieron con miles de besos. Manuel, en sueños, sintió el abrazo y los besos de su vieja.

 

Mario, antes de dormirse, pensó en Manuel y en Esperanza, confiaba que todo saldría bien, aunque sabia los riesgos con que se enfrentaría. Había vencido varias veces a la muerte, le debía al amor esta victoria. Miró la foto de su esposa en la mesa de noche y se durmió soñando con el amor.

 

Llego el día de la operación, Esperanza, entró al salón, mientras Aleida la miraba con todo el odio del mundo. Recordaba las palabras de Manuel una semana antes.

-Me decidí a operarme, una amiga me convenció, ella estará presente en la operación, tenemos el mismo grupo sanguíneo y en caso de una emergencia, podrá donar la sangre. Manuel, bajo la vista, no le gustaba mentir y sabía que si la miraba a los ojos, sabría toda la verdad.

-Solo bajo esta condición, acepte operarme sin que mamá estuviera a mi lado.

Pensó en oponerse, pero sabía que seria inútil, Manuel era testarudo, muy difícil de convencer. Mientras lo llevaban al salón de operaciones, recordó todos estos años juntos. Fueron felices al principio, muy felices, después vino la rutina. No recordaba en que momento exacto murió el amor. Siempre se llevaron bien, no discutían, pero los años, los fueron convirtiendo en una especie de amigos, que en ocasiones se usaban para saciar urgencias sexuales. A pesar de todo, no estaba segura de haber sido derrotada; la costumbre, es a veces una fuerza poderosa, ella lo sabía por experiencia propia.

 

En el salón, Mario daba las órdenes necesarias. Manuel, estaba ya bajo los efectos de la anestesia, Esperanza, apretando fuerte su mano, decidida a transmitirle su fuerza, a darle su vida si fuera necesario. Mario, comenzó la operación, Esperanza, sin fuerzas para mirar, apretaba con fuerza la mano de Manuel y miraba su rostro. Llevaban mas de una hora operando, toda iba bien aparentemente. De pronto, se escuchó la voz de Mario.

-Urgente otra transfusión, esta perdiendo mucha sangre.

La hemorragia que tanto temía, se había desatado, sabia que si no actuaba rápido, podía perder a Manuel. Consumieron el penúltimo litro de sangre. En el momento de colocar el último litro de reserva, nadie supo explicar cómo ni por qué, se escapo de las manos de la enfermera y se rompió en pedazos contra el piso. Esperanza, pálida, miro al doctor. Mario dio órdenes de proceder a realizar una transfusión directa de Esperanza a Manuel, era la única solución, por suerte, la había realizado antes, durante su servicio social, allá en las montañas de Oriente.

Esperanza, se negó a soltar la mano de Manuel y así sujeta a él, le fue dando gota a gota, parte de su vida, de su fuerza. Mario, termino la operación. Había salvado a Manuel. Esperanza, agotada  y débil, seguía sosteniendo su mano, sujetándolo a la vida. Llevaron a Manuel para cuidados intensivos, mientras Esperanza, fue obligada a guardar reposo, hasta que se recuperara.

 

Mario, nunca supo si fue su experiencia, la sangre de Esperanza o el amor quien hizo  el milagro; Manuel se recuperaba por días, volvía a ser el de antes, todos se asombraban de su pronta recuperación; el amor y las ganas de vivir, completaban el milagro. Llego el día de abandonar el hospital, Manuel se extraño que Esperanza no hubiera ido a estar con él, a acompañarlo hasta el auto.

-Debe estar afuera, esperándome en el auto, pensó mientras recogía sus cosas.

 

Manuel, salio del hospital, acompañado por Mario, afuera, en su auto, lo esperaba Aleida, que salio a su encuentro. La detuvo con un gesto. Su mano extendida, solo dejaba espacio para un frío apretón de manos.

-No Aleida, te agradezco que vinieras, tus cuidados, tu preocupación, pero sabes que ya no nos amamos. Seamos amigos, ya que no pudimos seguir siendo amantes, no me guardes rencor. Tú, tampoco me amas, no tendría sentido continuar juntos por costumbre, tienes derecho a rehacer tu vida, a volver a amar, no te preocupes por nada, seguiré cuidando de ti. Puedes quedarte con la casa, será mi primer regalo de amistad para ti.

Aleida, entendió el mensaje de Manuel, tendió su mano, se despidieron como amigos. Lo conocía demasiado bien para intentar nada después de sus palabras.

 

Manuel vio partir a Aleida. Justo en el instante que iba llamar a Esperanza, su auto llegó. Junto a ella, una persona que le resulto familiar, pero que no distinguía bien desde lejos. Esperanza se bajo, abrió la otra puerta del auto, Manuel, asombrado y emocionado, vio a su vieja, creyó que era una ilusión, dudo que fuera realmente ella. Esperanza corrió a él gritándole.

-Tuve que recogerla en el aeropuerto, quería darte la sorpresa, soborné y moleste a un millón de gente, pero aquí la tienes, contigo para siempre, con nosotros.

Se abrazaron los tres entre lágrimas.  Al besar a su madre, Manuel sintió el olor de su infancia, de su casa, de la calles de su ciudad, como si La Habana en su madre, quisiera ser parte de este, su comienzo de una nueva vida. Mario, que sabía el secreto de Esperanza, los miraba desde la puerta del hospital. Si entre todos, le habían ganado la batalla a la muerte, el amor hacia el milagro de una nueva vida.

 

El amor lograba convertir una historia real en un cuento rosa que yo, solo adorné con palabras.

Luisa, una mujer cualquiera.

Nació en un barrio humilde de su ciudad. Vivía con su madre. Su padre, las abandonó, por correr detrás de una hermosa y joven  mujer, cuando ella tenía solo un año. Desde pequeña, supo de escaseces y limitaciones, de ahorrar hasta las lagrimas, para tener, aunque sea, algo guardado para mañana.

Su madre, trabajó sin descanso, combinaba su trabajo en una fábrica, con el lavado de ropa, en casa. Cada vez que Luisa, llegaba de  la escuela, el patio, estaba lleno de ropa recién lavada. Luisa, se cambiaba y corría a tratar de ayudar a su madre. La mamá, la miraba, sonreía.

-Usted, póngase a estudiar, con una lavandera en la familia basta!

Luisa se sentaba en el comedor, a regañadientes, rodeada de libros. Siempre había sido la mejor alumna del aula, captaba y aprendía rápido. Esta niña, llegará lejos, decían sus maestros. Su madre, soñaba con ver a Luisa, graduada de la Universidad, independiente y luchadora. Sin necesitar un hombre a su lado, para evitar trabajos y limitaciones. Luisa, sería una mujer plena, el hombre que llegara a su vida, seria solo a traerle amor, no necesitaría más.

Luisa, siguió estudiando, fue siempre la primera en su curso. Llego el momento de decidirse por una carrera universitaria. Su madre, soñaba verla con su bata blanca, doctora en el mejor hospital del país. Ella decidió, hacerse ingeniera industrial, trabajaría en una fábrica, como su madre, pero un día sería, la directora general.

Se gradúo con todos los honores. La dedicatoria de su tesis, fue breve; A mamá, que nunca me dejó cambiar los libros por la batea de lavar.

Al graduarse, la ubicaron en un complejo industrial, al norte de la ciudad. Su primera posición sería, jefa de producción. Luisa, llegará muy lejos, decían los directores de la empresa, hasta el ministro, se sorprendía de su capacidad e inteligencia.

Una terrible crisis económica, sumió al país en la mas extrema pobreza, muchas fábricas cerraron. La fábrica de Luisa, fue una de las pocas que permaneció abierta, aunque disminuyó personal y producción.

Un día, al llegar Luisa, del trabajo, su mama, no la esperaba en el portal, una vecina, sentada en su sillón, le dijo.

-Esta en el hospital, se la llevaron grave!

El grito de Luisa, mientras corría al hospital, se escuchó en las montañas más lejanas, cruzo el mar, estremeció a muchos que no conocían a Luisa, ni a su madre.

La mama de Luisa, se recuperó, pero no del todo, apenas podía balbucear algunas palabras, tendría que moverse en silla de ruedas y tener una alimentación reforzada. Luisa, se vio ante una disyuntiva; si seguía trabajando, todo el dinero se le iría, pagando a la persona que  cuidaría a su madre, si dejaba por un tiempo el trabajo y se dedicaba a cuidar a su madre, no tendrían dinero para comer y su madre, necesitaba una dieta especial. Pensó muchas veces, antes de decidirse.
Luisa, sacudió la cabeza, mientras esperaba que el Director general de la fabrica, la recibiera.

-Licencia sin sueldo por 6 meses! Es demasiado tiempo, rugió el Director general.

-Es mi madre, me necesita, esta enferma, o me da la licencia o renuncio.

El Director, lo pensó, sabia que el ministro en persona intervendría si Luisa renunciaba, firmo la licencia a regañadientes.

Luisa, llego a su casa, se quitó la ropa, salio al patio, fue directo al cuartito del fondo, donde su madre guardaba los trastos viejos que ya no usaban. Encontró la vieja batea que sirvió a su madre mientras ella estudiaba, la miro fijamente. Ahora es mi turno, dijo sonriendo extrañamente.

La hija de Luisa, la ingeniera, lavando ropa! Comentaban las vecinas. Luisa, cuidaba de su madre, ponía su sillón de ruedas a la sombra, mientras lavaba y tendía la ropa que aseguraba el dinero para la comida. Si su madre, la crío y le dio carrera lavando ropa, ella sería capaz ahora, de cuidarla y alimentarla, haciendo lo mismo. Luisa, tenía una gran clientela, algunos vecinos, rentaban habitaciones a extranjeros, comenzó lavándoles la ropa de cama y las toallas. Termino, lavando también ropas de los extranjeros, algunos, hasta se la llevaban
ellos mismos, disfrutar de la belleza de Luisa, mirarla y soltarle algún piropo, se fue haciendo costumbre entre sus clientes extranjeros. Ninguno se atrevió nunca a invitar a Luisa, a salir, su seriedad, imponía un límite, difícil de saltar.

De sus compañeros de trabajo, solo Pedro, venía a visitarla. Empezó a trabajar en la fábrica, un mes, después de Luisa, en el almacén cargando cajas y haciendo cuanto le dijeran, era servicial y cumplidor. La belleza de Luisa, lo deslumbró desde el primer día, pero no se atrevía a decirle ni un piropo a la jefa de producción. Cuando supo que dejaba la fabrica por un tiempo, averiguo su dirección, consiguió unas naranjas y unas malangas. Se le apareció a Luisa un día en su casa, tocó a la puerta, cuando Luisa, abrió, sonrío.

-Mira, para tu mamá.

-No tenias que molestarte, gracias.

Lo invito a tomar café, un café que a Pedro, le supo a gloria.

Todas las semanas, Pedro, pasaba a llevarle algo a Luisa, tomaba su café, hablaban un poco y se iba, feliz, con la ilusión de la próxima visita.

Una mañana, Luisa, llevo a su mamá al hospital, le tocaba el primer chequeo después del alta. El doctor, revisó todos lo análisis, miró a Luisa a los ojos y le dijo.

-Hay mejoría, pero si no refuerza su alimentación, no volverá a caminar nunca mas, ni siquiera podrá hablar. Tiene que comer carne de res, pollo, huevos, una dieta híper proteica es la única solución. Sus palabras golpearon a Luisa, la derrumbaron en la silla. De donde sacaría suficientes  dólares para comprarle esos alimentos a su madre? Lavar ropa, daba para comer, comprarle algunos huevos y un pollo de vez en cuando, pero, carne de res! Ni lavando ropa las 24 horas del día.

Luisa, llego destrozada a su casa, preparó algo de comer, le dio la comida a su mama. La llevo en su silla hasta el patio, le gustaba mirarla mientras lavaba la ropa. Su mamá, se quedo dormida. Luisa, dejo la ropa, se recostó a la batea y lloró, esa tarde, consumió las lagrimas ahorradas durante toda su vida. Lloraba por su madre enferma, por la miseria que la obligaba a lavar ropa, para poder cuidar a su vieja, por la vida, que a veces golpea con fuerza, sin piedad. Entre lagrimas, vio que una de sus vecinas, Pancha, le traía un bulto inmenso, lo dejo en el suelo, se le acerco, le miro a los ojos y le dijo.

-Luisa, no puedes seguir así, se que eres una muchacha decente y seria, pero si no haces algo, la vieja se te muere. Manuel, el gallego que viene casi todos los meses, esta loco por ti, insinúatele, solo un poquito y caerá a tus pies, tú y tu madre, vivirán como reinas, hazlo por ella.

Luisa, se puso de pie, seco sus lágrimas, negó con la cabeza.

-No puedo, no podría hacerlo.

Pasaron los días, anunciaron ciclón, llovía a cantaros en la ciudad, bajo el agua, Pedro, fue a ver a Luisa.

-Solo te pude traer unos  huevos, son los míos de la cuota. No es mucho, pero al menos le resuelves una comida o dos.

-Pedro, que bueno eres, tienes cara de ángel. Eres el único de la fábrica que viene a verme y hasta te quitas la comida, para dársela a mami.

Al despedirse, Luisa, le dio, por vez primera, un beso en la mejilla. Pedro, en su emoción, olvidó abrir el paraguas, se fue, bajo el agua, sintiendo que la mejilla le ardía. Para él, no existían lluvias, ni distancias, llego a pie a su casa, acariciándose la mejilla que guardaba el beso de Luisa.

El ciclón, no acababa de pasar, pero las lluvias intensas duraron días, tantos, que a Luisa, se le acabo todo lo que tenia guardado, solo le quedaba, lo justo para el almuerzo de su madre, para la noche, no tendría nada que darle. Se sentó a llorar en el sillón de su mamá, seco sus lagrimas, fue al cuarto, se vistió, se tiro una capa por encima y fue a visitar a Pancha, su vecina.

Pancha, se ofreció a quedarse con su mama dos o tres horas, para que ella, saliera con Miguel, el gallego.

Esa primera salida, fue solo un paseo, unos tragos y conversar. Miguel, era un hombre inteligente, sabía que a Luisa, tenia que ganársela poco a poco, le gustaba la muchacha, desde el primer día que la vio. La dejó una cuadra antes de su casa, Luisa, prefería mojarse a que los vecinos la vieran en un auto rentado por un extranjero. Antes de bajarse del auto, le puso un dinero en las manos.

-No estoy pagándote nada, es para que le compres algo a la vieja, se que lo necesitas.

Luisa, sintió que la vergüenza la mataba, pero necesitaba el dinero, por eso había aceptado salir con el gallego.

Cuando llegó a su casa, fue directo a bañarse, Miguel, no la había tocado apenas, pero sentía un asco enorme. Se bañó, restregándose con fuerza, descubrió una mancha en su muslo, una mancha pequeña de color amarillo. Mientras mas la restregaba, mas brillante aparecía, no le dio importancia; tal vez el vestido me manchó la piel, pensó.

Al día siguiente, Pedro, fue a visitarla, le había conseguido algunas viandas y un pedazo de pollo.

-Toma, para la vieja y esta rosa es para ti.

El beso en la mejilla, le había dado el valor que le faltaba, la lluvia, se había llevado su timidez.

-Luisa, se que eres una mujer que ha estudiado, que aunque ahora estas en tu casa, cuidando a tu mamá, eres la jefa de producción de la fabrica, donde yo solo cargo cajas y bultos, se que tienes 24 años y yo solo 22, pero se que te quiero y mucho. Aún guardo el calor de tu beso en mi mejilla, no duermo pensando en ti. Déjame intentar hacerte feliz, déjame luchar por ti! Dame una oportunidad, coño! Una sola y te prometo que serás la mujer más feliz del mundo.

Luisa, sintió su corazón desbocarse. Justo cuando estaba al borde del abismo, Pedro llegaba y su brazo la salvaba de caer, el amor, hacia el milagro! Se dejo caer en los fuertes brazos de Pedro y por vez primera, desde aquella tarde que no encontró a su madre esperándola, fue feliz. Sus labios se encontraron y un beso los unió, para siempre.

Pedro, la acaricio, la deja descansar sobre su pecho, casi al oído, le dijo.

-Vivo cerca de la fábrica, con mi madre, en la casa, tenemos un cuarto vacío, puedes mudarte para allá. Mientras trabajes, mami, puede cuidar de tu vieja, se que lo hará con gusto.

-Podemos irnos ahora mismo, recojo mis cosas, las de mami, buscamos un carro y nos vamos, dime que si, que puede ser ahora mismo.

-Por mi, encantado, pero con esta lluvia sacar a tu mamá, no me parece bien.

-Qué lluvia Pedro, si hasta salio el sol, mira, un arco iris!

Recogieron todo de prisa, Pedro, llamo a un amigo que los recogió en su auto. La mamá de Pedro, no hizo preguntas; conocía a Luisa, de tanto hablarle su hijo de ella, verlos juntos la hizo feliz, inmensamente feliz. Ayudó a bajar del auto a la madre de Luisa. Cuando estaban todos juntos en la sala, la tomó de la mano.

-Como se siente? Le gusta la casa? Le pregunto.

-Desde el día de la gravedad, no habla, aclaro Luisa.

Todos se sorprendieron, cuando una voz suave, desde su sillón de ruedas, dijo.

-Feliz, me siento a salvo! Mientras una lagrima corría por su mejilla.

Todos se abrazaron, la mamá de Luisa, no escapaba al milagro del amor.

Antes de acostarse, Luisa, quiso enseñarle la mancha amarilla a la madre de Pedro, pero no la encontró, había desaparecido, le hablo de la mancha y de su desaparición.

-No te preocupes, a las hijas de Oshún, cuando hacen algo que no deben, les sale esa mancha amarilla. Si desapareció, no hay por qué preocuparse.

Al día siguiente, Luisa, se presentó en la fabrica, fue directo a la oficina del Director general, le abrió la puerta el Vice director general de la empresa, se sorprendió al verla.

-Vienes a pedir otra licencia sin sueldo? Si supieras la falta que nos haces. Tuvimos que sustituir al Director general de la fábrica y al Subdirector, por robo e irregularidades. Yo, estoy al frente de la fábrica, hasta que encontremos a alguien idóneo para el puesto.

-No, vine a incorporarme, me mude a dos cuadras de aquí, con mi novio, su mamá, va a cuidar a mi viejita, mientras trabajo. El, también trabaja aquí, en el almacén.

-Luisa, podrías ayudarme en la dirección de la fábrica, eres joven, pero muy inteligente, si das la talla, el puesto de Directora general es tuyo, se que el Ministro, estará de acuerdo.

La mujer de nuestra historia, no podía creer lo que escuchaba, aceptó gustosa y antes del mes, ya estaba nombrada como Directora general de la fábrica. Implantó nuevos métodos, duplico la producción.

A los dos meses exactos de su regreso a la fábrica Luisa y Pedro, decidieron casarse. La madre de Luisa, aún no caminaba  del todo bien, pero podría asistir con un bastón, ellos la ayudarían. Fue una boda sencilla, el amor, no necesita de muchos adornos y lujos, se basta solo para hacer milagros.

Pasaron dos años, una tarde que Luisa, con su hijito de 6 meses en brazos, esperaba a que Pedro, terminara sus clases en la Universidad, se encontró con Pancha, la vecina que intento venderla a un extranjero. Pancha, la vio, siguió de largo, no se atrevió a mirarla a la cara, trató en vano que Luisa, no notara, la inmensa mancha amarilla que cubría su rostro.

Luisa, una mujer cualquiera, supo que la vida puede ser difícil, hasta tender trampas. Aprendió también que el amor, puede hacer milagros, algo que ustedes y yo, sabemos también.