¡Olor a Cuba!

Hace días, leí en un periódico, un articulo sobre la memoria del olfato, como este sentido, nos hacia recordar, por ejemplo, el “olor a casa”. Ese olor peculiar que nos remonta a nuestra infancia de ropa recién lavada, sofritos, casa limpia. Esos olores que nos recuerdan tiempos pasados, nuestra casa o la casa de abuela, el barrio y la escuela. Recordando olores, de pronto, olí a Cuba, nuestra isla, fue como un viento desde el sur, trayéndome el aroma de nuestras vidas.

Ahora, que vivimos en Miami, y decimos que peste a comida! Y hacemos hasta muecas de desagrado, recuerdo cuando en casa, mami, hacia sus sofritos y todos le decíamos, que rico huele! Respirábamos fuerte, queriendo adelantar el almuerzo. Cada casa, tenía un olor diferente cada cuadra, cada cuarto, no conocíamos de ambientadores o velas de olor, igualando olores, eliminando particularidades y esencias propias. Nuestras casas de la infancia con las ventanas abiertas de par en par y la puerta dispuesta a quien quisiera entrar, olían a nosotros.

Siendo un niño, los amigos de mi padre cuando nos visitaban, al llegar, siempre decían; desde la esquina se siente el olor de la sazón de Concha! Sin dudas, ese olor a sofrito, nos recuerda a todos a nuestras madres, a Cuba, las comidas del domingo. Se mezcla con el olor a ropa lavada, a toallas y sabanas hervidas y tendidas al sol, conforma, entre otros, el olor de nuestra infancia, de nuestras vidas.

Hay un olor que caracteriza a La Habana, al andar por el Malecón; ese olor a mar rompiendo contra el muro de todos. Un olor único que a veces adivinamos en la distancia, en esas trampas que la nostalgia y La Habana, nos tienden día a día.

Diferentes olores se mezclan y conforman el olor de Cuba, los campos aportan su aroma, su olor a tierra, a monte, a cosechas, a tierra recién labrada. Las ciudades aportan el olor de cada cuadra cada barrio, tipificando y caracterizando cada ciudad, nuestra isla. Entre ciudades, café, campos de tabaco y caña, surge el olor de nuestra Isla.

Recuerdo, de niño, la primera vez que sentí el olor del guarapo. En un central, un vaso de guarapo fresco, frente a mi, que aún puedo oler en el tiempo y la distancia. Hay olores que se nos meten bajo la piel y nos acompañan para siempre. El olfato, hace su parte en nuestra teoría de la relatividad y nos mueve en el espacio y en el tiempo. Hay olores que me recuerdan etapas y momentos de mi vida. Cada vez que siento olor a leña ardiendo, recuerdo las escuelas al campo, sus cazuelas inmensas, las líneas para comer y el despertar con un; DE PIE! A pesar de malos recuerdos, ese olor, me hace feliz.

En cada casa cubana, se cuela café a cualquier hora del día, su aroma se une y mezcla a otros olores. Cada vez que sentimos ese olor a café recién colado, La Habana, Cuba, se hacen presentes, la nostalgia y los recuerdos nos guiñan un ojo, nos sonríen, los gorriones revolotean. El olor de un buen tabaco cubano, se mezcla con el aroma del café y crean una esencia única, capaz de hacer creer a cualquier cubano por el mundo, que camina por La Habana o por cualquier pueblo de la islita al sentirlo.

La Habana vieja tiene su olor peculiar, un olor a años e historias, a pasos de todos perdidos en el tiempo. Como me dijo un amigo; La Habana vieja huele a ladrillos viejos y humedad, tiene su olor propio. Nos pueden vendar los ojos y los olores nos guiarían por nuestra ciudad, por nuestra Isla. Cada pedazo de La Habana, aporta su esencia al olor general de la ciudad, al de Cuba. Estos olores, nos acompañan por siempre, están en nosotros.

Cuando llueve, La Habana adquiere un olor peculiar, durante la lluvia y al secarse el agua en el asfalto, dos olores diferentes que se unen y crean una magia irrepetible. A veces llueve en Miami y los olores me confunden, busco a mi ciudad entre expressways y anuncios lumínicos, no la encuentro, esta en mi corazón.

Cuba, se huele con la nariz y con el alma, en el recuerdo y en el presente. La llevamos en nuestra piel, orgullosos de oler a cubanos, dondequiera que estemos. De ser parte ayer y siempre, del olor de nuestra Isla.

También el amor, tiene su olor en Cuba, como lo tiene la esperanza, cada vez que sobrevuelo La Habana, cuando desciendo del avión, un viento con olor a esperanza, me golpea el rostro. Me anuncia un mañana que de un modo u otro, también nos traerá su olor, entre banderas al viento y sueños realizados, un olor nuevo que se sumara a otros y nos marcara para siempre, cambiandonos definitivamente.

Fotografias de Yohandry Leyva.

Luces y sombras.

 
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Habana, ciudad de contrastes, de luces y de sombras, de alegrías y tristezas. Ciudad de matices, de claroscuros. En la Habana, nada esta dado de una vez y para siempre, no hay verdades absolutas, todo es relativo. La Habana puede ser todo y nada a la vez, luz y sombra en si misma.

La Habana, se baña en las aguas claras, calidas, espumosas del mar, mientras por algunas de sus calles, corren aguas sucias y mal olientes. Tiene toda la luz del sol que la ilumina, tiene una luna hermosa y tropical en la noche.  Habana de apagones que oscurecen y silencian la ciudad. Una oscuridad silente y densa que casi podemos tocar con la mano, que agobia y deprime.

Ciudad de embrujos y fantasías, de católicos que van a misa y comulgan. De santeros consultando y prediciendo el futuro. Ciudad con plátanos y cintas en las esquinas y rosarios desgranados en el silencio de las tardes. Ciudad de padres nuestros y maldiciones, de la Caridad del Cobre y de Ochún.

Ciudad de blancos y negros. Habana mestiza, arco iris de colores que la conforman y enriquecen. Ciudad de rubios que se espantan cuando escuchan; y tu abuela, donde esta? Crisol de razas y culturas.

Ciudad de avenidas deslumbrantes, con jardines, ciudad de calles estrechas y sucias sin un pedacito de tierra, sin un árbol que de sombra. Habana del Paseo del Prado y 5ta avenida, de O’Reilly y Aguiar.

Habana de bellezas deslumbrantes de mujeres y hombres que quitan el aliento, personajes escapados de una pasarela o una película de Hollywood. Ciudad de viejas y viejos que cargan años y penas. Ciudad de espantos que asustan, de caras que impresionan y nos alejan.

Ciudad de Carnavales y fiestas, de rumba y ron. Habana de alegría desenfrenada, de borracheras y bailes en La Tropical. Lugar de tristezas y velorios, de no somos nada, polvo y cenizas. Hogar de madres que esperan el regreso de sus hijos, de madres que no verán más a sus hijos, que los perdieron para siempre. Habana de lágrimas desbordadas y contenidas, de llorar con todo y de llorar por dentro.

Habana de trabajos y vagancias, de esfuerzos y abandonos. Ciudad de amores y desamores, de sueños y pesadillas. Habana de escuelas al campo y movilizaciones, de desfiles en la plaza, de embajada del Perú y del Mariel. Ciudad de llegadas y partidas, de absurdos y razones.

Habana mía y tuya, nuestra, ajena, real e irreal. Amada y odiada, cuerda y loca, maldecida y bendecida. Habana de orgasmos desenfrenados y abstinencias absurdas. Si un día perdiera sus contrastes, sus luces y sus sombras, cambiaría su nombre, no sería La Habana.