Rosita, mis amigos y yo, una tarde inolvidable!

Siempre he oído decir que las plantas necesitan recibir cariño, alguna caricia, para darnos su mejor color y belleza. Sin amor, sin afecto, se marchitan y mueren. He asistido, varias veces al milagro del amor en un ser extraordinario; extraña fusión de luz, mujer y flor, basta el cariño de sus eternos admiradores, un piropo, un recuerdo especial y sus pétalos se abren, su sonrisa va aumentando e inunda el espacio. Resta penas y años, suma sueños y alegrías. La magia del amor, la rejuvenece, la hace aún más bella. Así es y será siempre un encuentro con Rosita.

Asistí a muchos de sus espectáculos en La Habana, todos los teatros de la ciudad, se rindieron a su arte. Largas colas de admiradores de todos los tipos y edades. La aplaudí infinidad de ocasiones, aún hoy recuerdo sus actuaciones y la aplaudo en el recuerdo y en el presente. Aplausos sin final, como su arte y su belleza, su luz inextinguible, vencedora de años y contratiempos.

Un día, al soplo de una amiga, retome el oficio de escribir. Comencé a andar La Habana en mis memorias. En ese deambular por mis recuerdos, en una ocasión me encontré frente a ella, no es un lugar, no es un teatro, no es una calle habanera, pero escribir sobre mi ciudad y no mencionarla, es dejar la historia inconclusa. No se puede pretender escribir sobre La Habana y no mencionar a nuestra Rosita.

Asistí a The Place of Miami, desde su apertura, fuertes lazos indestructibles, me unen a este lugar. Siempre fui un espectador, aplaudí a decenas de figuras de renombre internacional, me tome fotos con algunos. Miraba el escenario desde lejos, como algo mítico e inalcanzable. Jamás imagine que un día, de la mano de un amigo especial, me subiría a él, a leer mis escritos, ni siquiera imaginaba en aquel entonces, volver a escribir.

Un día, la magia desbordo mis sueños, The Place, mis amigos, mis escritos, hicieron el conjuro. Tal vez algunas de las madres de mis antiguos alumnos, desde Guanabacoa, hicieron un trabajo especial, se que a pesar de los años, no me olvidan. Se también que cuando mi madre, desde el Rincón, a mi lado, pidió con toda la fe del mundo que mis sueños se hicieran realidad, un rayo de sol, la envolvió, ambos escuchamos un susurro: concedido, pero tendrá que luchar por ellos. Un sueño se me escapo del mundo virtual y fue tomando forma, vida propia. Me vi, en un escenario, en The Place, con un proyector de luz frente a mi y toda la luz del mundo en forma de flor y mujer a mi lado. Junto a mi, Rosita Fornes, leyéndole mis escritos, compartiendo aplausos, saludando amigos. Tomándonos de la mano como viejos amigos, cuando la emoción apenas nos dejaba hablar.

No se si algún día reciba algún reconocimiento o premio por mis escritos, no creo merecerlos, ni los espero. Cuando leí a Rosita mi escrito “Una tarde con Rosita”, su emoción, sus lágrimas fueron el equivalente a un Nobel de literatura, su beso en la mejilla, dándome las gracias, una medalla que guardare por siempre.

Para todos los que asistimos al encuentro con Rosita, la tarde del domingo, esas horas en que dimos amor y recibimos luz, serán inolvidables. Nuestro amor y agradecimiento hicieron el milagro. Rosita, volvió a ser la Fornes tridimensional, la de Confesión en el Barrio Chino, la De repente en TV. Una mujer sin edad, dueña de una mirada capaz de seducir y enamorar a cualquiera, vencedora del tiempo, sin final.

Así son los sueños, un día son una fantasía pequeñita, apenas una chispita. Otro día se convierten en un fuego que nos renueva y transforma. Así es nuestra Rosita Fornes, artista, amiga, extraordinario ser humano. Magia de mujer y flor, que reverdece colores al aliento de te quieros y de gracias por existir.