Habana de mil rostros.

 

La Habana, tiene diferentes rostros, hay una Habana para cada hora del día, para cada ojo que la mira, para cada hombre o mujer que se pierde por sus calles.

 
Es una de las pocas mujeres, capaz de amanecer bella. No importa si paso la noche en vela rumbeando, en hospitales, velando por sus hijos o ayudándolos a lanzar una balsa al mar, La Habana, amanece siempre bella y radiante, hermosa.

Existen quienes la ven y se detienen en las huellas del tiempo y del abandono, se recrean en ellas, no ven más allá de montones de escombros o basura. Otros, entre los que me cuento, la vemos siempre hermosa, deslumbrante, conocemos sus manchas, pero disfrutamos su intensa luz. Eternamente bella y deslumbrante, se adorna con luz de sol y luz de luna, invoca los vientos que agitan su pelo al viento, cautiva a quien la mira, a quien camina por sus calles. Sabe como hacerlo, son años ensayando sonrisas y gestos, andares y destellos.

En ocasiones, La Habana, muestra un rostro de espanto, ella acostumbrada a todo, aún se asombra de violencias. Se remanga su bata cubana y corre en auxilio de sus hijos. A veces, viste de blanco, es como una nube de esperanza andando por las calles. Ensaya su mejor sonrisa y saluda a todos, entre mariposas multicolores, entre flores, muestra un rostro de esperanza, que seduce y gana adeptos.

Mujer de rostros diferentes, ciudad donde cada calle cuenta una historia distinta. La Habana, se reinventa a cada instante a cada paso de quien la anda y explora, se estrena para cada mirada. Hay mil Habanas en una. Vive en el recuerdo de cada hijo que partió, cada uno la recuerda a su manera, como la vio y vivió. Se sabe amada, recordada, andada y un montón de cosas más. Se maquilla de esperanzas y sueños, dibuja sonrisas y guiños, en cada nuevo rostro que nos muestra.

Cada vez que la visito, descubro algo nuevo, algo que quedo por ver o disfrutar. Se muestra diferente. Al andar mi ciudad, del brazo de mi madre, siento risas en cada esquina, un viento especial nos refresca y saluda. Mi Habana, viste sus mejores galas, se hermosea. Con mi madre de un brazo y mi ciudad prendida en el corazón y en el andar, descubro rostros, luces, recuerdos, historias. Regreso deslumbrado y feliz de cada paseo.

Ciudad, mujer, dispuesta a todo, estrena un nuevo rostro ante cada adversidad o alegría. Arregla vestidos viejos, se adorna con arco iris, se perfuma con agua del Caribe. Entre colibríes y mariposas camina por la historia, segura de sus pasos y su andar. Sabe adonde va, sin prisa, tiende sus brazos al futuro que la espera y sueña.

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