Hasta que nos dure el deseo.

asaltante tomado de la pagina de Joaquin Perez.
Elena, vivía en Miami, en la ciudad de Coral Gables. Quedo viuda muy joven. Su matrimonio duró solo dos años, la muerte de su esposo en un accidente fue un golpe del cual nunca se repuso del todo. Vestía siempre de negro o gris, a veces se permitía usar una blusa blanca, nada de ropas de colores ni maquillaje. El dinero que recibió al morir su esposo y la pensión de viuda, le aseguraban una vida cómoda, tranquila. Iba mucho a la iglesia, hacia obras de caridad, ayudaba a niños necesitados. Siempre le habían gustado los niños, justo cuando se habían decidido a buscar un hijo, la muerte se llevo sus esperanzas.

Elena, se había olvidado del sexo, a sus 43 años, aún seguía siendo una mujer hermosa. A pesar de sus ropas oscuras y de su rostro sin maquillar, recibìa miradas y piropos que ella ignoraba. Después de 15 años de la muerte de su esposo, el único hombre en su vida, estaba seguro que el sexo había sido olvidado para siempre, enterrado junto con su esposo o esfumado con sus ilusiones de ser madre. A veces, conversando con amigas, le decían.
– Elenita, pero ¿no sientes ganas, no te despiertas de noche con urgencias de un hombre?
– No, nunca, desde que murió mi esposo, no tengo urgencias, ni ganas, duermo tranquila, de un tirón.

Joaquín, un joven habanero de 27 años, siempre fue un tipo muy bien parecido. Durante mucho tiempo en La Habana, vivió de su belleza física. Tuvo relaciones con extranjeros, mujeres ricas y hombres de negocios, solo le importaba llevar una vida cómoda y no pasar hambre. Le habían comprado y amueblado un apartamento en el Vedado, tenia ropas de marca y recibía todos los meses dinero de sus diferentes amantes, con eso le bastaba para ser feliz. Hacia años lo habían expulsado de la Universidad por tener relaciones con extranjeros, las mismas relaciones que hoy le garantizaban un buen nivel de vida, sin preocupaciones materiales.

Una mañana, el jefe de sector, un personaje que había comprado por unos cuantos dólares y alguna ropa que no le gustaba toco a su puerta.
– Joaquín, te abrieron expediente por peligrosidad, hice todo lo que pude, pero estas en una lista que vino de la Dirección provincial del Ministerio. Mañana o pasado, vendrán a llevarte preso, te harán juicio, pasaras lo menos 5 años en la cárcel.
-¡5 años presos yo! No, yo me piro pa’ la Yuma esta misma noche.

Recogió el dinero que tenia y salio corriendo para casa de un amigo. Esa misma noche, en un bote viejo con motor, Joaquín hacia el viaje hasta Cayo Hueso. Su carnet de identidad que probaba su condición de cubano, le evito ir a Krome, lo procesaron rápido. Cuando se vio en Miami, quiso llamar a uno de sus amantes que vivía en la ciudad, pero en el viaje lo había perdido todo, solo conservaba la camisa, el jeans y unas sandalias.

Recordaba que el tipo le había dicho que vivía en Coral Gables y decidió caminar la ciudad de arriba abajo hasta encontrarlo. Después de 2 días buscándolo, cansado, hambriento y sin esperanzas de encontrarlo, se sentó en el banco de una parada de ómnibus. En pleno agosto el calor era sofocante y se quito la camisa.

Elena, venia de regreso de la iglesia, la luz roja la obligo a detenerse justo frente a la parada del bus donde estaba Joaquín. El la vio, le toco en el cristal de la ventanilla.
– Por favor, deme algo para comer, llevo dos días en esta ciudad y ni agua he tomado, ¡ayúdeme por favor!

A pesar de las historias de desconocidos que pedían ayuda y terminaban asaltando y matando gentes, Elena sintió pena de ese muchacho de ojos color del cielo y cuerpo de Dios griego. Abrió la puerta del auto.
– Ven siéntate, te darás una ducha en mi casa, te daré unas ropas que aún guardo de mi esposo y te hare algo de comer. Seria inhumano dejarte morir de hambre y sed en esa parada.

Llegaron a casa de Elena. Ella abrió la puerta.
– Siéntate mientras te traigo las ropas de mi esposo.
Regreso con dos camisas y un pantalón.
– Báñate mientras te caliento algo para que comas, el baño es allí, en la 2da puerta.

Elena, calentó la comida, cuando llevaba el plato de comida para la mesa, apareció Joaquín, recién bañado, cubierto solo por una toalla que tenia sujeta a la cintura. Cuando Elena lo vio, dejo caer el plato de comida al suelo, al intentar socorrerla Joaquín, la toalla que cubría su desnudez, cayo al suelo, justo al lado de los restos del plato de comida. Al verlo desnudo frente a ella, Elena sintió que perdía el conocimiento, cuando él intento sujetarla, terminaron abrazados, ardiendo en deseos. Joaquín hábil en esas lides, la despojo de sus ropas con solo un gesto, la llevo desnuda en sus brazos hasta el cuarto. Se olvido de su hambre y su sed, ella se olvido de su luto, de sus años sin sexo, mientras hacían el amor una y otra vez, insaciablemente, desesperadamente durante horas.

Pasaron todo un día en la casa sin salir. Comían algo, una ducha y volvían a la cama. Vivian una inesperada y pasional, ardiente luna de miel. Elena decidió quitarse el anillo de compromiso, mientras lo guardaba en un cofre pequeño que tenia en la mesa de noche, Joaquín le pregunto.
– ¿Que tienes ahí?
– Algunas de mis joyas, las que uso a diario, las otras las tengo en el banco.

Al día siguiente, cuando se despertó, Joaquín no estaba en la casa, tampoco el cofre con las joyas, ambos habían desaparecido. Elena, lloro de rabia y despecho, llamo a la policía.
– Me robaron oficial, entro mientras dormía, alcance a verlo cuando me despertó el ruido de la puerta.

Le describió al oficial como era Joaquín, hasta le dijo las ropas que usaba.

Tres días después la llamaron para que identificara a Joaquín. Cuando lo tuvo frente a ella, le faltaron las fuerzas y le sobro el deseo.
– No, no es él, se parecen pero no es él, estoy segura.

Elena salio, parqueo el auto cerca de allí. Espero dos horas a que Joaquín saliera, lo siguió con su auto, cuando Joaquín se dio cuenta, se detuvo. Ella parqueo el auto frente a él.
– ¿Quieres subir?
– Gracias por no denunciarme, tus joyas las tengo enterradas, prometo devolvértelas.
Elena volvió a repetir.
-¿Quieres subir al auto? Si quieres puedes estar en mi casa unos días, te aclaro que todo lo de valor esta guardado en el banco. ¿Quieres ir para mi casa?
– ¿Estarás tú en mi cama? Pregunto Joaquín mirándola con deseo.
– Estarás tú, en la mía. Podrás quedarte hasta que encuentres trabajo y puedas rentar algo.
– ¡Me quedare hasta que nos dure el deseo!

Joaquín subió al auto. A la mañana siguiente, Elena hizo una hoguera en el patio donde ardieron todas sus ropas negras y sus recuerdos. Meses después, Joaquín acompaño a Elena a comprar ropas apropiadas para una mujer embarazada.

Fotografia tomada de Google.

Aclaración necesaria, este cuento nacio a partir de la foto y el siguiente comentario publicado en la página de Facebook de mi amigo, Joaquin Perez.
“Mire yo le explico, yo iba camino del trabajo y me senté en el banco de la parada y vino este joven señor y me explicó que habia sido asaltado que si yo lo dejaba llamar a la policia Yo sabiendo lo peligroso que eso de dejar entrar desconocidos en casa ni lo miré y le dije Señor, lo sieeeeeeeeeeeentooooo (y levante la mirada mientras decia lo siento) por el asalto pero claro! pobre hombre que barbaridad claro que si venga ud tome un baño y sientase en su casa ….de esto ya hace unos tres dias que estoy amarrado a una silla hasta que logré escapar y pedir ayuda….. Señor Policia ud cree que demoraran mucho en traerlo de regreso?…”
Los amigos comenzaron a comentar y Joaquin me dijo; ” Habanero Dosmil a que no tienes huevos de seguir ese cuento”
Asi nacio, Hasta que nos dure el deseo.

El hombre que olvido su patria.

Ola tomado de Yo extraño a Cuba y tu.
Nació en un barrio habanero, uno de los tantos que aunque parecidos entre si, son todos diferentes. Asistió a una escuela primaria cercana a su casa. Los niños se burlaban de él, por el color azul intenso de sus ojos, sus labios rojos, de un rojo parecido a la sangre y su piel extremadamente blanca; muchos le decían el tricolor.

Carlos, al crecer, siguió siendo blanco de burlas, no solo por el color de sus ojos, labios y piel. Su amaneramiento, su afición al ballet y a vestir extremadamente a la moda, no encajaban en el entorno que le rodeaban.

Cuando estaba en el 2do año de la carrera, un día lo citaron a una reunión.
– Pensamos, dijo muy serio el que presidía la asamblea, que tu conducta y maneras no encajan dentro de un colectivo como el nuestro, es mas creemos que eres un mal ejemplo.

Carlos, quiso hablar, pero no lo dejaron, su suerte había sido decidida antes de efectuarse la asamblea. Fue expulsado de la Universidad. Sus sueños de ser medico, se esfumaron. Con mucho sacrificio logro graduarse de enfermero años mas tarde, algo es algo, pensó Carlos, al menos del lobo, un pelo.

Carlitos, era un tipo fatal, justo al mes de estar trabajando en el principal hospital de la ciudad, un domingo en la tarde, decidió ir al teatro. Bailaba su bailarina favorita el rol principal del Lago de los cisnes. Nunca pudo ver la función, cerca del teatro lo paro la policía, lo montaron en un camión. Junto a él, otros más que esa tarde no verían fouettes y vaquitas, solo maltratos, fotos y expedientes de peligrosidad.

Lo expulsaron del hospital al saber de su detención y procesamiento por peligrosidad. Meses después comenzó a trabajar en el policlínico del barrio, gracias a una amiga de su mamá que lo ayudo. El día antes de empezar a trabajar su mamá le dijo.
– Mi hijo no te vistas muy extravagante para trabajar, a mi, no me importa, pero Elena me lo pidió como condición para resolverte este trabajo, por favor.
– ¡Ay mamá este país de mierda que me tocó! Con un mundo tan grande y tener que venir a nacer justamente aquí.
– No es el país mi hijo, son los que lo gobiernan, el país no tiene culpa de nada.
– Es el país mamá, cuanto diera por ser francés, español, americano, hasta haitiano, cualquier cosa menos cubano.

Su mamá lo miro a los ojos sorprendida.
– Mi hijo ya no tienes los ojos azules, tus ojos son incoloros.

Carlos, se miro al espejo asustado, sus ojos, antes de un azul intenso, eran ahora incoloros. Como si algún poder superior hubiera borrado el color de su mirada. Decidió usar lentes oscuros, para que nadie notara sus ojos sin color.

Un día, la ciudad despertó con gritos; ¡que se vayan, que se vaya la escoria! Carlitos, no entendía muy bien lo que estaba pasando. Una amiga le contó que había cientos de botes en el Mariel y en algunos lugares, la gente como ellos, hacia cola para irse.

Irme, salir de este país de mierda, olvidarme que un día nací aquí, eso es lo que debí haber hecho hace mucho tiempo. Mi lugar no esta aquí, cualquier lugar es bueno para mi, menos este rincón horrible donde me toco nacer, pensaba Carlos, mientras hacia la cola para apuntarse entre los que se iban. Le toco su turno, le hicieron pasaporte, todo.

– Mañana a las 5 de la mañana aquí, van directo para el Mariel, hay un barco grande y tenemos que llenarlo con gente como ustedes, dijo el oficial que dirigía al grupo.

Llego muy contento a su casa, no podía llevarse nada para el viaje, solo quería despedirse de su mamá, no sabia cuando la volvería a ver, ella siempre lo había apoyado y comprendido.
– Mamá, mamá, mañana me voy, al fin seré un hombre libre.
– Tu eres un hombre libre mi hijo, incomprendido, maltratado por las circunstancias, pero eres libre. Ser libre es una condición que nadie puede arrebatarte. ¿Que quieres decir con eso de que serás un hombre libre?
– Me voy mamá, me voy del país mañana, me largo de esta mierda. Cuando logre sacarte a ti de aquí, me olvidare hasta de su nombre.
– No hables así, esta es tu patria, un hombre sin patria, no es nada, es como el polvo, se lo lleva el viento. Has pasado malos ratos aquí, pero no por culpa de tu patria, no la culpes a ella, mi hijo.

Cuando Carlos fue a darle el beso de despedida a su madre, ella se sorprendió.
– Mi hijo, tus labios no tienen color, así no puedes irte, se pensaran allá, que estas enfermo.
Fue al cuarto y regreso con un creyón de labios.
– Toma, píntate esos labios sin color y esconde el creyón, que no se den cuenta que lo llevas, lo vas a necesitar.

Esa noche, Carlos no durmió, fue de los primeros en subirse al camión que los llevaría hasta el puerto del Mariel. Cuando estaban en el barco camaronero alguien dijo.
– Aguántense bien, somos muchos, por suerte la travesía será corta, tenemos buen tiempo.

Cuando el barco zarpo, muchos miraron a la costa que se alejaba. Todos querían irse, comenzar una nueva vida, pero les dolía dejar a sus familias, a su tierra. La patria, es algo más que un montón de tierra y recuerdos. Solo Carlos, estaba de espaldas a la costa, no le interesaba mirar por última vez a la isla perderse en el horizonte, miraba hacia adelante, a la nueva vida. Se sorprendió cuando un desconocido le dijo.
– Compadre, ¡que color de piel mas rara tienes!
– Soy muy blanco, pero tampoco es para tanto.
– ¿Muy blanco? Yo diría que eres color cenizo o verdoso, ni se, es un color muy raro.

Carlos se miro las manos, el desconocido tenía razón, su piel no era blanca como antes. Sin saber como, sin poder explicarlo, Carlitos, había dejado de ser el tricolor. No mas azul, ni rojo, ni blanco haciéndolo sobresalir, se sintió extraño, raro. Pensó, buenos esos tres colores nunca me ayudaron, al contrario, en mi nueva vida me ira mejor sin ellos.

Después de pasar un tiempo viviendo en el lugar donde los internaron, una prima segunda de su mamá, fue a buscarlo. Al finalizar los tramites de rigor, se subieron al auto, su parienta hablaba sin parar.
– Tu mamá y yo siempre nos llevamos muy bien, hace días supe que estabas aquí, tuve que esperar hoy que es mi día libre en el trabajo para poder ir a buscarte. Estarás conmigo unos días, hasta que encuentres trabajo y te independices. Todos pasamos por esto, la llegada es siempre dura, uno extraña la familia, el barrio, las calles, hasta las palmas nos hacen falta.
– Yo solo extraño a mamá, solo la recuerdo a ella, nada más.
Su parienta lo miro sorprendida y dejo de hablar, el resto del viaje lo hicieron en silencio.

Como siempre se hace en estos casos, lo llevó a comprarse ropa.
– Vamos a comprar una ropa bien seria, mañana tienes una entrevista de empleo en un hospital y debes causar una buena impresión. Entraron a una tienda enorme. Su parienta fue quien selecciono la ropa.
– Pruébate estas, son las apropiadas para una entrevista de empleo, debes causar buena impresión si quieres que te den ese trabajo.
Se probó las ropas, no le gustaba esa camisa de mangas largas y esos colores tan serios, mucho menos la corbata que se le antojaba ridícula. No dijo nada, entro al probador, salio con las ropas en la mano.
– Si me quedan bien, dijo Carlos, con desgano.

Por fin llego el momento de la entrevista de empleo. Carlos, llego bien vestido y tratando de aparentar una seriedad y aplomo que no tenia, pero su parienta le había repetido un montón de veces; tienes que causar buena impresión. Le entregaron una planilla.
– Llene la planilla y espere a que lo llamemos.

Carlos, se sentó y comenzó a llenar los espacios en blanco. Lo llamaron, entrego su planilla o aplicación, como decía el hombre que lo atendió en la recepción.
El hombre que lo recibió en su despacho, sin levantar la vista del papel, le dijo.
– Falta poner su lugar de nacimiento, dejo en blanco ese espacio.
Carlos se quedo pensativo y respondió.
No se, olvidado.

El hombre levanto la vista del papel, se sorprendió, frente a él no estaba el hombre que buscaba empleo en el hospital, había solo un montón de polvo, un gran montón de polvo gris frente a su buró. Intentó apretar un botón para llamar a seguridad, antes de que pudiera hacerlo, la puerta se abrió empujada por un viento fuerte que disperso el polvo por la ciudad, rumbo al sur.

Fotografia tomada de, Yo extraño a Cuba! y tu?