¡Traeme La Habana y a mi madre!

Nadie sabia exactamente, como había salido de Cuba, ni siquiera el día de su llegada a Miami; apareció un buen día en la ciudad. A pesar del auto, regalo de un tío, gustaba de caminarla, en un intento de hacerla suya, de descubrir misterios. No, esta no era una ciudad para caminar, se dio cuenta muy pronto y decidió hacerla suya de otro modo; triunfando. Poco a poco fue conquistando el éxito, haciéndose parte imprescindible de  negocios e inversiones. Sin proponérselo, casi como un don, muchos lo miraban como ejemplo de emprendedor, de cubano luchador y tenaz en sus empeños. El éxito le sonreía o mejor aun; él sonreía al éxito, lo seducía y lo ganaba, se le entregaba como una amante, sin fuerzas para resistirse a sus mañas. Era popular, mas de lo que le gustaría, ser un tipo sencillo, de barrio, a veces no combina muy bien con tanta popularidad.

Nunca regreso a Cuba, no volvió a recorrer esas calles de la Habana. Cuando hablaba de su ciudad, sus ojos se humedecían y su voz adquiría un tono especial. En el fondo, a pesar del carro lujoso, de sus propiedades, de su triunfo, seguía siendo aquel muchachito que andaba las calles habaneras, persiguiendo el amor y sus sueños. El, como muchos, había cambiado solo en apariencia, por dentro era el mismo. Su tesoro mejor guardado eran sus recuerdos. A solas en su habitación, cerraba los ojos, viajaba en el tiempo y el espacio. Se veía entrando a su casita allá en su barrio y abrazando a su madre, sentándose junto a ella y hablando del día, como hacían siempre al llegar de la Universidad. Recordaba aquel día que se gradúo; recibió su diploma, fue hasta donde estaba su madre, se arrodillo ante ella y se lo entrego. Se besaron entre lagrimas, casi paralizan la ceremonia, todos olvidaron por un instante lo que sucedía para mirarlos solo a ellos. Por más que había intentado traer a su madre, siempre sus intentos se estrellaban contra prohibiciones y tramites, papeleos y absurdos.

Los que lo conocían y sabían cuanto añoraba a su ciudad  y a su madre, le preguntaban siempre por qué no regresaba.

– Vuelve a ella, aunque solo sea un par de días, le dijo un amigo.

– No puedo, quisiera, pero no puedo. Dios, sabe cuanto deseo poder volver, aunque fuera solo un instante. Una caminata, un abrazo y me regreso.

No explicaba las causas, muchos se imaginaban que se jugaba la vida en ese regreso y no insistían. Su respuesta, no dejaba margen a más preguntas.

No bastaban sus éxitos, estar rodeados de amigos. Su ciudad, la nostalgia por ella, eran un vacío que nada lograba llenar. Hasta comenzó a escribir sobre La Habana y su madre, en un intento de traérselas, de inventárselas en el recuerdo. No enseñaba a nadie sus escritos; eran solo para él, un desahogo de su alma y añoranzas. Inventaba historias de amantes que nunca tuvo, vivía aventuras en esas calles perdidas en el recuerdo y en la historia. Creaba y recreaba personajes y sitios, intentaba traer a su ciudad que como amante esquiva le hacia guiños antes de desaparecer ante él, cuando casi creía tenerla al alcance de la mano.

Un día, una amiga en su página de Facebook escribió; ¡Esta noche, me duele La Habana! Termino de leer la frase  y se llevo las manos al pecho, como si un infarto súbito fuera a terminar con su vida; su ciudad le dolía cada día, cada instante, con un dolor constante y cortante que le traspasaba el alma y los recuerdos. La Habana, dolía a muchos en la distancia, pero su dolor tenia una intensidad y un desgarramiento terrible para él. Sin ella, estaba incompleto, impar, perdido, se la inventaba en cada esquina, en cada recuerdo; constante fantasma que jugaba a los escondites, en esas calles perdidas en la memoria. Una ciudad en la distancia, puede ser como una amante, reclamando sus derechos, llamándonos. Si allì vive nuestra madre, la ciudad puede convertirse en el centro de la vida y los recuerdos.

En su intento de reinventarsela, busco entre conocidos pintores, uno que fuera capaz de pintarla, tal y como la soñaba, en las paredes de su casa. Creyó haber encontrado al mejor, lo contrato. El pintor, empezó su obra con entusiasmo. El hombre que extrañaba a La Habana, le hablaba de su ciudad, de sus recuerdos. El pintor iba creando lo que creía interpretar de sus historias. No conocía  esa ciudad de la que le hablaba. Cuando termino la primera pared, se la mostró orgulloso. Víctor la miro con tristeza y decepción.

– No esa no es mi Habana, exclamo triste y desilusionado.

Le pago al pintor y mando a pintar la pared de azul, así al menos le parecería mirar al cielo de su ciudad. Hay ciudades que no pueden atraparse en pinturas y escritos, por mas que se intente; pensó Víctor, mientras miraba la pared, recién pintada de azul.

Una vez estuvo muy enfermo con fiebre muy alta, tuvo alucinaciones; su ciudad alucinante, se aparecía una y otra vez en su habitación del hospital. Traía sus fantasmas que jugaban traviesos en su cuarto. Cuando se recupero, volvió a intentarlo todo por visitarla. Esas visiones que tuvo, se le aparecían noche tras noches, extendiéndole los brazos, invitándolo a amar. Hizo gestiones, compró pasaportes falsos, pensó en hacer el viaje desde Europa. Le contó sus planes a su mejor amiga, ella lo miro a los ojos.

– Estas loco, sabes que te juegas la vida, ni tu madre ni tu ciudad, quieren verte entre rejas o muerto.

Víctor, bajo los ojos y lloró en silencio, un llanto contenido por años, lagrimas con sabor a mar y rocío, sollozos con ruido de palmas al aire y olas golpeando contra el malecón. Un llanto por recuerdo y raíces, incontenible y necesario.

– Tienes razón, toda la razón del mundo, respondió.

Días después, Nora, su  mejor amiga fue a visitarlo, se sentaron juntos a conversar. Hablaron de mil cosas, hasta que ella se decidió y le dijo.

– Te tengo noticias, buenas noticias; hay un pájaro extraño, vive en las montanas de  África, si sabes entrenarlo bien, pronto tendrás la solución a tu problema.

– No pretenderás que el pájaro me lleve hasta La Habana, me atrevo a todo, pero eso es imposible.

-Tranquilo Víctor, el sabrá como ayudarte, depende de ti saber que hacer con él. No te preocupes por nada, aunque estamos en agosto, este pájaro será mi regalo por Navidad, mañana debes recibirlo. Es una mascota especial, ha ayudado a muchos como tú

Víctor, se despertó temprano, estaba ansioso. Paso la noche soñando con un pájaro enorme que lo cogía con el pico por el cuello y cuando estaba sobre La Habana, lo dejaba caer. Despertaba sudando y gritando, su miedo a las alturas, convertía este sueno, en una terrible pesadilla. Temprano tocaron a la puerta, en el portal, una caja enorme, firmo los papeles, entró la caja a la casa y llamo a su amiga.

– La caja es enorme ¿Qué clase de pájaro me has regalado, no será un cóndor?

Su  amiga río.

– Tranquilo, abre la caja y déjalo hacer, es muy inteligente.

Víctor, abrió la caja, un pájaro casi de su tamaño, con un pico enorme, lo miro fijo  a los ojos, como intentado adivinarle el alma y los recuerdos.

Los días pasaron, Víctor y el enorme pájaro, se hicieron amigos, muy buenos amigos. Cuando escribía, el pájaro con el pico apoyado en su hombro miraba detenidamente a la pantalla de la computadora, como si entendiera, tal parecía que podía leer. Si Víctor, se entretenía mirando fotos de La Habana, el pájaro se sentaba a su lado y las miraba, a veces una llamaba su atención y la apuntaba, con su pico.  Cuando Víctor se emocionaba y se le humedecían los ojos, creía adivinar lágrimas en los ojos del singular pájaro. Su nuevo amigo no hablaba, solo le faltaba eso para ser perfecto.

Una noche, Víctor, sintió un dolor terrible, se llevo las manos al pecho y cayo al suelo, parecía muerto. El pájaro fue a la cocina, casi trajo a rastras a la criada que llamo a amigos, ambulancias y doctores.

– Llévenlo a su cuarto, dijo su medico personal.

– No sobrevivirá si lo movemos de aquí, su estado es muy delicado.

Alguien pretendió impedir que el enorme pájaro entrara al cuarto. La mejor amiga de Víctor, la misma que se lo había regalado, fue tajante.

– Déjenlo entrar, tal vez de todos, a él es a quien mas necesita.

El pájaro, se quedo a su lado, junto a la cama donde yacía Víctor, debatiéndose entre la vida y la muerte, entre recuerdos y realidades. De pronto, Víctor abrió los ojos, miro fijo al pájaro y en un susurro que tenia la fuerza de un grito, la intensidad de un alarido, le dijo.

¡Tráeme La Habana y a mi madre, por favor!

Nora, su eterna y fiel amiga, abrió de un golpe el enorme ventanal del cuarto, el pájaro miro a Víctor y emprendió vuelo al sur.

Pasaron dos días, Víctor, seguía grave, debatiéndose entre la vida y la muerte, según los médicos, solo un milagro podría salvarlo. Por órdenes expresas de Nora, las ventanas del cuarto permanecían abiertas día y noche, en espera de algo que solo ella sabia. Una tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse, se escucho un fuerte aleteo, el enorme pájaro irrumpió en el cuarto, trayendo en su pico algo extraño que no lograban saber que era. Víctor se incorporo, miro al pájaro que sacudió su pico con fuerza llenando el cuarto de olas rompiendo contra el muro de todos, lloviznas de mayo, girasoles, vendedores ambulantes, grillos y palmeras. Volvió a sacudir su pico y ante médicos y amigos asombrados pedazos de La Habana aparecieron en el cuarto, calles, muros, casas. El pájaro dio una última sacudida a su pico y apareció una viejita de pelo blanco, hermosa a pesar de los años, traída de la distancia y el recuerdo, sin permisos ni papeleos.

-¡Mama! Grito Víctor, estremeciendo las paredes y a los presentes. Se levanto de la cama arrancándose sueros y aparatos.

Se abrazaron salpicados por las olas que rompían contra las paredes del cuarto, se besaron entre mieles, girasoles y humo de tabaco. Su madre y su ciudad hacían el milagro de salvarlo.

Desde un rincón el pájaro y Nora los miraban con lágrimas en los ojos. Habían planeado juntos hasta el ultimo detalle desde hacia tiempo. Los milagros, llevan a veces el nombre de nuestros mejores amigos y afectos.

Fotografia de una pintura de Fuentes Ferrin, destacado pintor cubano que reside en Houston

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Nosotros, reencuentros y despedidas.

Todo viaje a las raíces, a nuestros orígenes, se convierte en una fiesta de sentimientos y esperanzas. Regresar, es reencontrarnos con nosotros mismos, mirarnos cara  a cara y rendirnos cuentas. No importan el tiempo ausente, los éxitos alcanzados, los lazos que creímos rotos. Regresar, es volver al punto de partida, desnudarnos, darnos un baño de sol y de viento. Volver a ser los de antes, los  de siempre.

Estar de nuevo en  casa, después de tramites y esperas de maletas que amenazan no llegar, es como abrazarnos y fundirnos con fantasmas. Fantasmas, que quedaron por nosotros, cuidando raíces y recuerdos. Nos vemos y volvemos a ser uno; ellos y nosotros, piel con piel, alma con alma. Se nos meten dentro, nos poseen, nos ganan de nuevo, sin habernos perdido nunca. Ellos y nosotros somos piezas de un rompecabezas regado por el mundo, parte de piezas que encajan perfectamente, hoy y siempre, no importa donde estemos.

Tal vez esa química perfecta entre nosotros y nuestros fantasmas, ese volver a ser los de siempre, nos juega trastadas, nos hace trampas. Se confabula con la relatividad y perdemos la noción del tiempo, del espacio. Años lejos, ausencias, son olvidados. Nos quitamos la ropa del viaje, aparece un short, que alguien encuentra, un par de chancletas viejas, nos sentamos en el sillón del portal y el tiempo no existe. La brisa de Cuba, los brazos y voces de nuestros familiares, hacen el milagro; el cordón umbilical que se había estirado, tensado, casi roto; gana fuerza, vuelve a ponernos en el lugar exacto al que pertenecemos.

Disfrutamos nuestro tiempo en Cuba, es un regalo que la vida y nuestra Isla, nos dan. Tenemos la certeza que la decisión tomada de emigrar, valió la pena, volveríamos a hacerlo si existiera el regreso en el tiempo. Mientras dura nuestro tiempo entre palmeras, brisas del mar, abrazos de mamá, somos inmensamente felices, una felicidad que solo conoce quien la ha vivido; con peso y medidas, sólida, que se siente en los brazos y en el pecho, en el alma!

Regresar a Cuba, a los brazos de nuestros familiares, es como abrir un paréntesis en nuestras vidas. Paréntesis que hay que cerrar, con un beso, un vuelvo pronto, un te quiero mucho, un adiós breve e inevitable, que evite desgarramientos. Ese es uno de los momentos mas difíciles en la vida del cubano que emigro, dejando seres queridos atrás. Cada despedida, tiene el dolor exacto de la  primera. La angustia en el pecho, sentir que el corazón se detiene, que no sobreviviremos al adiós, es el precio que pagamos por ese volver a ser los de antes, los de siempre. Por suerte, son solo unos instantes, si esa angustia y dolor durara un poco mas, muchos, no hubiéramos sobrevivido a la primera despedida.

Converse con amigos, les conté de esos últimos y difíciles minutos, no son exclusividad mía; todos los han vivido, volveremos a vivirlos al final de cada reencuentro. Llegamos a Miami, Madrid o Paris, sabemos que estamos en casa, en el lugar donde decidimos vivir y empezar un día, una nueva vida. Sabemos que valió la pena, toda ha valido la pena, emigrar, regresar, luchar, no olvidar raíces y recuerdos.

El rompecabezas, vuelve a regarse por el mundo, el cordón umbilical que nos une a tantas vivencias, se estira, se tensa sin romperse. Nuestros fantasmas, en exorcismo involuntario, abandonan nuestros cuerpos, vuelven a su diaria labor de cuidar recuerdos y raíces. Nosotros, sin saberlo, sin tener conciencia exacta; seguimos siendo los de siempre!

El teatro musical de La Habana.

Consulado y Virtudes, una esquina, donde el teatro insiste en nacer, en florecer, luchando contra derrumbes y abandonos. Primero el Alhambra, después el Musical de La Habana. Hasta esa esquina, me guiaron mis pasos, me llevo la magia de La Habana, una tarde que decidí salir a caminar y conversar.

Acompañado de fantasmas, andando entre ellos, recorrí gran parte de la Ciudad. A veces, aunque ellos me apremiaban a seguir, tenia que detenerme, uno pierde la costumbre de ese caminar por horas por nuestras calles. Persiguiendo balcones y sabanas blancas al aire, me vi de pronto, frente al Musical de La Habana, un teatro que en más de una época, hizo historia en La Habana. Su estado, casi en ruinas, casi me impide reconocerlo, no era así como vivía en mi memoria.

Recuerdo sus revistas musicales, con estampas costumbristas, sus pinceladas de humor, que intentaban criticar y comentar la actualidad; La negrita catedrática, La Mazucamba y un sinfín más. De la mano de Héctor Quintero, vivió momentos de esplendor, lo fundo y guío durante años. Mi bella dama, donde Mirtha, demostró todo su potencial en el teatro musical, La Fornes en el musical y muchos espectáculos mas, que dejaron su huella, para siempre, en la historia del teatro habanero y en nosotros. El musical, como ningún otro teatro, se acercaba a nosotros, a nuestra realidad.

De todos los rincones de La Habana, acudía su público, convocado por el arte y el buen hacer. Nos burlábamos de guaguas llenas y apagones y nos reuníamos a su convocatoria y embrujo, seguros de pasar un buen rato, de ver algo diferente; nuestro. Si el Lorca, nos ayudaba a evadirnos y a soñar con mundos desconocidos, El musical, nos llevaba por las calles habaneras, con el, entrábamos a solares, y cafeterías, recorríamos nuestra ciudad.

Ver El teatro musical de La Habana, en ese estado, casi me deprime. Un buen y querido fantasma tuvo que darme una palmada en la espalda y decirme; que pasa, acaso no has visto cosas peores? Esto tiene solución, hay otros sitios, que nunca mas volverán a existir. Me tomo de la mano y me llevo al interior del teatro. La portero, me dijo, no puede hacer fotos, mi amigo fantasma, tomo la cámara; total a mi no pueden verme, me dijo, reímos juntos.

Allí, en medio del abandono total, como flores vencedoras, entre escombros y abandonos, ensayaba un grupo de jóvenes. No todo esta perdido, me dijó mi amigo, ellos, harán el milagro! Me dio un abrazo y desapareció, rumbo a la eternidad, donde habita. A esos jóvenes, no les importaba el estado ruinoso y de abandono del lugar, ensayaban entre risas, miraban al futuro con ojos de juventud, confiados y seguros que, nada es imposible.

Se que el teatro musical de La Habana, algún día, renacerá de sus ruinas, tal vez yo no asista a su función de apertura, iré a otras. Muchos, de una forma u otra estaremos presentes, de la mano de fantasmas o siendo uno de ellos. Evocaremos funciones pasadas y entre aplausos y recuerdos, nos fundiremos con esa juventud, que a pesar de ruinas y escombros, abandonos y negaciones, con solo existir; asegura el futuro!

Fantasmas en La Habana.

Fantasma de Yohandry Leyva.

Fantasmas en la Habana, recuerdos que se cruzan y confunden, ir a un lugar y creer ver a alguien que ya no esta que se fue. Ciudad que ha visto partir a sus hijos, algunos para siempre, pero retiene con fuerza sus fantasmas, segura que ellos no la abandonaran jamas. Por allá andamos todos, deshaciendo caminos, andando sus calles, buscando algo en tiendas vacias, fantasmas de recuerdos que pese a todo, decidieron quedarse.

Me contó un amigo, que en este, su último viaje a La Habana, fue a la casa del té y le parecio por un instante que el tiempo le jugaba una trastada. Vio amigos que ya no estan moverse entre las mesas y casi los toca. Fantasmas fieles que quedaron, donde muchos decidimos partir.

A veces, todos los fastasmas deciden salir, muchos desfilan felices hasta el Lorca, ven bailar a otros fantasmas y aplauden entre sábanas blancas, en funciones que sólo ellos disfrutan. Los fantasmas se van hasta el Almendares y allí hacen una orgía de amor a la luz del sol, seguros que nadie los descubrirá. Corren por los jardines del Capitolio, se llegan hasta el Payret, conscientes que no encontraran camiones ni guaguas capaces de recogerlos.  Fantasmas que no temen a redadas, no tienen carnet de identidad, escaparon para siempre a la racionalización y la compartimentación, no pueden ser medidos, censados ni reprimidos. Fantasmas que deambulan por toda la ciudad, corren por Obispo, llegan a la plaza de armas, se sientan, descansan, fantasmas temerosos del mar que nunca montaran la lanchita de Regla.

Fantasmas que saben que su fuerza termina en el Malecón, mas allá, no son nada, no existen en las olas que rompen, sólo en tierra firme.

Muchos que nunca han podido volver, saben que su fantasma fiel, cumple la tarea de caminar por ellos La Habana, de cuidar a los que dejamos atrás cuando partir se conjugó en todos los tiempos y personas. Tengo un amigo especial que tiene correpondencia secreta con su fantasma en La Habana, sólo asi, logra mantener sus recuerdos frescos y me repite historias que entre los dos mantienen vivas y actuales. Su fantasma no le cuenta de ruinas, le salva la ciudad del deterioro, no quiere darle mas penas a mi amigo, que sueña despierto con su Habana y cuando habla de ella, intercambia lagrimas con su fantasma y conmigo.

Fantasmas que viven entre otros fantasmas que ignoran su condición, otros que aún llevan identificación en el bolsillo, que miran sin ver, que caminan lento. Habana que vive en el recuerdo y del recuerdo. Remolino de fantasmas que cuando las penas ahogan, desatan nudos y secan lagrimas.

Fantasmas que se quedaron y cuerpos, que se fueron, todos juntos se reencontraran un día, se tocaran y en una explosión de luz iluminaran toda la ciudad que despertando dirá; hijos mios, ¡al fin juntos!

Fantasma, fotografia de Yohandry Leyva

¿Existe La Habana?

“Existes porque pienso en ti, porque te nombro y mi corazón se acelera, porque te sueño aún despierto, existes porque a tu existencia, basta mi memoria, saber que un día te reencuentro y desaparecen distancias, existes, porque si asi no fuera, te juro que te inventaría”.

Existe La Habana? Ser Habana o no ser Habana? será esta la cuestión? Si la Habana no existe, ¿Donde coño nací y crecí entonces? Si la Habana es sólo pedazos de recuerdos que intento armar, ¿Será que somos al final un rompecabezas?

La Habana, es mucho mas que recuerdos, es realidad tangible y corpórea, vive en nosotros con la misma intensidad y fuerza que un día vivimos en ella. Dejamos allá pedazos de nosotros, fantasmas que deambulan por sus calles, ellos y nosotros intercambiamos historias, la andamos juntos,  la mantenemos viva, la amamos y la llamamos nuestra con fuerza multiplicada.

Si un día terrible, nuestra Habana se convirtiera en sólo un recuerdo, si desapareciera de golpe, nosotros, junto con ella, desapareceriamos lentamente; sin pasado, sin su presencia, seríamos sombras vivientes, solo sombras.

Nuestra ciudad y saboreo con un gusto especial el llamarla mía o compartirla y decir nuestra Habana, es mucho mas que un montón de recuerdos buenos o malos, tampoco será nunca unos cuantos montones de basura o escombros o unos huecos inmensos en el asfalto. Podrá estar a oscuras por horas y no perderá su brillo, su luz natural, se basta a si misma para conservarse hermosa y eterna en espera de tiempos mejores.La Habana no pertenece a gobiernos o partidos, ella, como Cuba, es nuestra.

El punto no es donde fui más feliz, si alguien esta gozando aquí o llorando allá o viceversa, si al final somos uno sólo y lloramos o reímos juntos y La Habana, nuestra Habana comparte y multiplica nuestras lagrimas y risas.

Amar, recordar a La Habana, no es amar piedras o vivir de recuerdos, es amarnos a nosotros mismos. Nuestra ciudad, no es los contratiempos o malos ratos que pasamos, no confundo ni cargo jamas mi Habana con culpas ajenas, la declaro inocente de penas y tristezas causadas por terceros o cuartos.

Por suerte, nadie puede desaparecer a La Habana por decreto, aunque existan quienes insistan en llamarla sólo un recuerdo y hasta duden de su existencia, ella esta ahí y aquí, en nosotros y en ellos, dandonos sombra y calor a los que la amamos y a los que creen que la olvidan. Se sobra Habana para todos y tendremos Habana para rato, ¡para siempre!  Si un día desapareciera, pido desde ahora el privilegio de irme junto con ella, de hundirme para siempre con el Malecon y el Capitolio, cuando un cataclismo gigante decida eliminarla.

No, La Habana no es sólo pedazos de recuerdos, ni un rompecabezas gigante que intentamos vanamente armar, como consuelo de nostalgias y ausencias. No es nuestro primer beso de amor ni un orgasmo perdido en un derrumbe o en un parque, La Habana, somos nosotros, los de aquí y los de allá, ¡nuestra propia sangre! Ella lo sabe y se inventa amaneceres y futuros en esa patria prometida, “con todos y para el bien de todos”.