Queridos Reyes Magos…

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Tal vez ya no tengo edad para escribir cartas a los Reyes Magos, de todos modos la escribiré. Llevo años deseando volver a sentarme, escribir mi carta y esperar ansioso por el 6 de enero. Creo que nunca es tarde para dar rienda suelta al niño que llevamos dentro. Se acerca la Navidad y aunque acá, al norte, todos piden a Santa Claus, yo prefiero pedirle a los Reyes Magos, a los nuestros. Santa, tan gordito, acostumbrado a viajar en trineo, se perdería por esas calles de La Habana. Tal vez hasta le diera miedo entrar a un solar, no sabría el regalo exacto que mi gente allá necesita, ni siquiera el que mi gente del lado de acá necesita. Cuando Jesús nació, Santa, no andaba por esos lugares, creo que ni se entero, cuando el 6 de enero, ellos llegaron a ofrecerle regalos. Seguro descansaba, con el colesterol por las nubes, dispuesto a dormir otros largos 12 meses. Por eso, como hace años, pido a nuestros queridos Reyes Magos.

Para mi, no pido mucho, publicar mi libro, seguir escribiendo, hacer amigos, trabajar, depende de mí. Me vendría bien una ayudita, pero no quiero agobiarlos pidiendo mucho; hay otras urgencias que pedirles y sé que mis recuerdos me apuntalan

Para mis amigos, más tiempo juntos, acercarnos aún más. Que sus sueños se realicen, al menos los mas importantes, pero no todos; tener sueños por realizar, los mantendrá vivos y jóvenes por siempre.

Pido, con toda la fe del mundo, alegrías y sonrisas para el nuevo año. Que el próximo año, sea abundante en estruendosas carcajadas y escaso en lagrimas. Que mis amigos pasen el año sonriendo y mis enemigos, si los tengo, que sonrían también, tal vez ellos son los que mas necesiten sonreír.

Para los seres humanos en general, pido cordura y esperanzas, justicia. Que los hombres aprendan a amarse, antes que una voz tronante se los recuerde. Que la humanidad cree y no destruya, que el bien venza al mal y que triunfando, asegure el futuro y la vida.

Para los niños, donde quiera que estén, no pido juguetes, de un modo u otro los tendrán. Pido padres que sepan educarlos, madres ejemplares que los protejan y formen. La familia, es la célula fundamental de la sociedad, sobre los hombros de los padres, descansa el futuro de la humanidad. Tener buenos padres es el mejor regalo que pueden tener los niños y los hombres.

Es hora de que los camellos se acerquen a mi Islita. Allá, también los necesitan y mucho. Que cada hogar cubano, mantenga viva la esperanza y las ganas, que no desmayen. Que no dejemos nunca de ser y siendo, no perdamos la sonrisa, aunque el dolor sea fuerte y la lágrima asome. Que al vaciar sus sacos, una y otra vez sobre nuestra patria, sean generosos con la luz y los sueños. Que un 6 de enero especial, nos espere ahí, al alcance de la mano, desbordado de arco iris, girasoles y puentes, con nubes de sinsontes cantando nuestro himno y mariposas tricolores, volando libres, sin freno, seguras de si y del mañana. Un día de reyes así, seria el mejor regalo. Mi Habana, nuestra Habana, no necesita más.

Estos regalos, no puede traerlos Santa, ocupado en comprar en tiendas caras y ordenando el último modelo de juguete. Santa, vive allá, al polo norte, no entiende de islitas y de pueblos, no nos conoce. Ustedes si, mis queridos reyes magos, ustedes si saben de partos y luces, de estrellas y Mesías, por eso les escribo. No olviden nada, sean generosos, hagan horas voluntarias este año. Dejen sus camellos en lugar seguro y recorran mi Isla a pie, entren a cada casa, siéntense a cada mesa, conózcannos aún mejor. Darán regalos y recibirán también; el cubano, es generoso. Probaran, cientos, miles de veces, café recién colado que aunque mezclado, se los brindaran de corazón. Compartirán almuerzos y comidas, donde comen 2, comen 3, aunque sean los Reyes Magos. No tendremos mucho, pero lo compartimos con amor y alegría. Entenderán por qué reímos, cuando debiéramos llorar y por qué remamos, cuando debiéramos arar y luchar. Terminaran enriquecidos, me agradecerán mi carta, andarán felices mi Isla y mi ciudad. Se que aunque no pedí juguetes, repartirán muñequitas de trapo, chivichanas y trompos, nuestros niños jugaran felices. No olviden dejar un girasol gigante en El Cobre y un ramo de flores moradas en El Rincón. Llévenle a mi bandera la palma más alta que encuentren, que ondee libre, feliz en las alturas, reafirmando que muertos y vivos estamos dispuestos a levantar los brazos y luchar por ella.

No se si pido mucho o poco, si los he agobiado con mi lista. Aún me queda mucho por pedir, ustedes lo adivinan. No escatimen este año, abran sus sacos gigantescos y vacíenlos sin pena en un amanecer “con todos y para el bien de todos”.

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El cementerio de Colon.

Tal vez porque todos sabemos que algún día iremos a descansar en él, muchos tratamos de  ignorarlo, por respeto o temor, solo lo visitamos en circunstancias obligadas sea por muerte de alguien cercano o por cumplir alguna promesa. Ese miedo-respeto nos  hizo perder la oportunidad de apreciar sus tesoros y toda su belleza, pero aún así, todos lo  admirábamos conscientes de su valor e importancia. El Cementerio de Colon, orgullo de una ciudad donde algunos, una vez, quisieron competir con los faraones egipcios.

Nuestro cementerio guarda historias de amores eternos vencedores de la muerte, de tragedias  y dolor, de héroes y niños, de madres que mas allá de la muerte siguieron cuidando de sus hijos. Por ahí andan almas dispuestas a tomarnos de la mano y llevarnos a descubrir sus historias y tesoros.

Ha sabido guardar y cuidar restos de todos los que se nos adelantaron en ese andar hacia la señora que aguarda, implacable y segura. Nos guardara un día también a nosotros aunque muramos lejos y aunque el polvo nuestro descanse en otro sitio, nuestras almas irán a dejar algo de nosotros allí, donde nuestra historia descansa.

Un día una amiga me pidió la acompañara a cumplir una promesa de la cual yo era protagonista y allá nos fuimos, con  flores y toda la fe del mundo con nosotros a visitar la tumba de La Milagrosa. Nunca antes la había visto, esplendida  y hermosa, sosteniendo eternamente a su hijo en brazos como un canto a la maternidad vencedora de la muerte, tumba jardín! Di gracias, deje las flores y en un ritual que se repite día a día, me aleje sin dar la espalda a la tumba.

El cementerio de Colon es reflejo de la ciudad que lo engendro, hermoso, con esa  mezcla de todo, símbolo de esa lucha eterna del cubano por sobresalir en  lo que hace y dejar su huella, consciente que sus muros lo contienen de una invasion a la ciudad. Recrea ciudades en si mismo y toma   lo que quiere, pretende tenerlo todo, seguro que un día su espera sera recompensada. A pesar del silencio de sus habitantes la ciudad le presta su bullicio y sus calles se convierten en continuación de otras. Amigos me  han contado que muchos le han perdido el miedo  y que el  ofrece sus escondrijos y tumbas en ruinas a enamorados osados, uniéndose  en complicidad a la ciudad, en ese derroche explosivo de amor y sexo.

Créanme que aunque admiro y respeto a este señor, jamás lo tratare de tú. Sus habitantes y su aire misterioso y lujoso me sobrecogen. Andándolo se escuchan violines  en la “tumba de amor”, donde Margarita y Modesto, agradecen día a día un pensamiento de amor de los visitantes. También tropezamos con fichas de domino, en símbolo de cubania y leyenda, con bomberos muertos en cumplimiento del deber. Cada esquina cuenta una historia diferente, todas subyugantes y hermosas, nuestras. Recorrerlo, es una lección de historia y arte, de cubania.

Colon, como muchos le dicen, hace años libra su batalla, como tantos otros, contra el abandono y la ruina. Se nos pierden valores, pedazos de historia, pero él, sabio y nunca derrotado, recoge pedazos, los une, los guarda. Se sabe dueño del tiempo, cementerio, reino de Oya, museo, teatro, sitio de amor,  que por su seriedad no podrá participar en carnavales gigantescos, cuando la alegría se desborde. Ya se las arreglara de una forma u otra, para arrollar junto a su pueblo, cuando las campanas anuncien un tiempo nuevo.