Sin ganas de escribir.

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Muchos amigos me preguntan por mi próximo escrito, ¿Escribiste algo en La Habana? ¿Tomaste alguna nota? Esperan ansiosos mi próxima entrega, les confieso algo; no tengo ganas de escribir. No es que las musas anden de vacaciones como dice Serrat; mi musa trabaja 24/7, no me abandona. Este viaje a mi ciudad, a los brazos de mamá, fue rico en emociones, intenso, casi podría decir; un viaje a mi infancia, a mis raíces. Tengo aún frescos en la piel, los besos de mi madre y las gotas del mar salpicándome al golpear contra el malecón. Mis pies aún sienten su andar por las calles de mi ciudad. Cierro los ojos y revivo cada instante, cada detalle y palabra, caricia o pedazo de mi ciudad recorrido.

No, no tengo ganas de escribir, tengo ganas de cerrar los ojos y evocar la semana vivida, de mirar una y otra vez las fotos, revivir cada instante, materializar los recuerdos de algún modo. Si me sentara a escribir, no podría. No es ausencia de palabras, es abundancia. La Habana y mi madre, me regalaron montones, multiplicaron las mías, les dieron fuerzas y aliento. En vez de escribir, quisiera conversar. Reunir a mis amigos y decirle que feliz fui y soy. Solo quien vive esa alegría del regreso, quien escucha en el oído, en el momento del primer abrazo; ¡cuanto tiempo sin verte, que ganas que llegara este momento! Sabe lo que siento, por que no tengo ganas, ni puedo sentarme a escribir, con tantos recuerdos y emociones en torbellino por mi alma y mi mente.

Si amigos, la vida puede resumirse en un beso, en un abrazo. Un instante vale por años, por siglos, por vidas pasadas y por venir.

Podría decirles un montón de cosas, vestirme de poeta y escribir que La Habana, se invito a mi casa, que temprano en la mañana, un martes 19, luciendo su bata blanca con cintas y lazos rojos y azules, despertó a mi madre con un beso, se sentó junto a ella y le dijo.

-Recuerdo hace 85 años, el día que naciste, siempre supe que ibas a ser feliz y a vivir mucho, pero nunca imagine que íbamos a compartir el amor de tu hijo, que ese amor nos ayudaría a ambas a vivir, que nos haría hermosas, eternas.

Que mami, emocionada y llorosa le dijo.

– ¡Soy tan feliz! Inmensamente feliz, esta alegría de hoy, compensa de cualquier pena. Siempre estamos unidas, pero cuando el viene, es como una fiesta que nos inventamos entre los tres.

Que entre al cuarto con tres tazas de café. Mami, mientras tomaba su café hizo un gesto a la Habana, que se volvió a mi sonriendo.

-Y ese libro Jose, ¿Cuando acabas de publicarlo? Tu madre y yo queremos apretarlo contra el pecho, hojearlo, releerlo. Tu mamá tiene 85 anos y yo casi 500, a nosotras eso de la Internet nos confunde, queremos un libro, no lo pospongas más. Concha, no te preocupes que yo tengo en Miami varias amigas que le caerán arriba con la pituìta del libro; este año tendremos el libro con nosotras, ¡Ya veras!

Reímos juntos con esa risa clara y fresca que nace de la felicidad pura. Terminamos abrazándonos los tres. La Habana, era una ciudad hermosa, iluminada, sin ruinas ni escombros, mi madre volvió a tener 30 años y yo fui un niño, de la mano de ambas, recorriéndolas y dando mis primeros pasos. La risa, tiene propiedades mágicas, desconocidas por muchos. Mientras reíamos juntos, los recuerdos tristes se olvidaron, las penas se alejaron. Cuando reímos así, nos renovamos, nos quitamos el polvo de los años, deberíamos reír así más a menudo. Reír, debería ser obligatorio.

Si tuviera ganas de escribir, les describiría la felicidad. Ser feliz, es un don que a veces depende de nosotros, cualquier sacrificio por lograrlo vale la pena. Hacer feliz a quienes amamos, verlos reír, iluminarse de dicha y amor, no tiene precio. La felicidad es volver a ser niños con la experiencia de hoy, recostarnos en las piernas de mama y dejar que sus manos hagan el milagro de desenredar penas y años. La felicidad tiene un espacio y tiempo exacto, solo hay que saber encontrarla, desandar caminos, ir tras ella, lucharla, como decimos los cubanos. Una taza de café compartida, un almuerzo especial, despertar a mamá, con un beso, volver a nuestros orígenes, a ser los de siempre, abrazar junto al mar a quienes amamos, dejar que el mismo mar que nos separe, nos bautice de alegría y dichas, son instantes que conforman la felicidad de muchos, la mía, la nuestra.

No amigos, no tengo ganas de escribir, en otra ocasión les contare de este viaje a La Habana, de la sonrisa de mi madre, de reencuentros y alegrías. Hoy, realmente no podría, les debo ese escrito. Ahora voy a dormir, quiero soñar con mis recuerdos.

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El tiempo y yo.

el tiempo en mis manos.

Si un día, andando por la vida, me encontrara una bolsa enorme, gigantesca y una voz tronante me dijera; aquí lo tienes, todo el tiempo del mundo, ¡es tuyo!
¿Qué haría con ese regalo inesperado, inmerecido y fantástico? Si un día, con un segundo extra, armé una fiesta, ¡Se imaginan! ¡Todo el tiempo del mundo para mí!! No se si podría moverme en el tiempo, me conformo con tenerlo, extenderlo o acortarlo a mi antojo. Con eso basta.

Me compraría una laptop, me iría con ella al gimnasio; he comprobado que las mejores ideas se me ocurren levantando hierros y sudando. En una tarde, una sola, escribiría cuentos, historias, inventaría personajes e ilusiones, libertades y sueños.  Se que terminaría esa tarde exhausto de músculos e ideas; feliz de haber dado salida a historias y proyectos. Los publicaría de uno en uno, disfrutándolos, como disfrutan los niños golosinas. Mentiría, diría a mis amigos y lectores; es solo una buena racha, una fiesta de las musas, de mi musa; no podría confesarles mi secreto. Ser dueño del tiempo, tiene sus compromisos y misterios.

Una tarde de sábado, reuniría a mis amigos, una gran fiesta. Repartiria abrazos especiales, prolongados, casi eternos. Conversaríamos, haríamos chistes, nos olvidaríamos de la noche que no llegaría, hasta 7 u 8 días después, tal vez mas, en tiempo humano. Charìn bailaría, sin cansancio, el Lago, una y otra vez, interminables fouettes y vaquitas, arrancarían bravos y aplausos, como hace años. Rosita, nuestra Rosita, cantaría mis canciones preferidas, haría cambios de ropas y de peinados y dulce y complaciente me diría; ¿Ahora que quieren que les cante? Con esa magia que solo ella tiene, borraría años y accidentes, mis amigos mas jóvenes, asombrados, dirían; que mujer mas bella. Aplaudiríamos no una ni dos, un montón de veces, regalándole rosas y piropos. Dueño del tiempo, le regalaría el aplauso de una generación mas de cubanos, serian 4. ¡Que sigan sumándole años y cirugías, mientras yo la disfruto eternamente!

Mis amigos saben que antes de fiestas y escritos, si un día, fuera dueño del tiempo, si pudiera extenderlo y a mi antojo usarlo, lo primerito que haría, serìa; sacar pasaje pa’ La Habana, en el primer vuelo del domingo. Llegaría temprano, ¡Inesperado y feliz! Mi madre y yo, desayunaríamos más de 500 veces, almorzaríamos, mirándonos como novios, otras tantas. Andaríamos esas calles de La Habana, gastaríamos dos o tres pares de zapatos, tal vez mas, nos sentaríamos en los bancos de la plaza, disfrutándonos. Mientras mi ciudad, casi en orgasmo, se deleita en mi presencia ilimitada. Nos besaríamos cientos, miles, millones de veces y apoyada ella en mí, sostenido yo por ella, inventariamos felicidades y dichas, sin preocuparnos por la hora, ni la noche. Le preguntaría; ¿Cansada? respondería radiante y sonriendo, para nada, ¡Sigamos andando hijo mío! Me miraría a los ojos, me diría; ¿No te parece un poco largo el día o son solo ideas mías, me estaré poniendo vieja? Reiremos besándonos, abrazándonos, sin miedo a un adiós o a un vuelvo pronto. No le diría nunca mi secreto, podría asustarla saberse eterna. Regresaría a Miami, justo el lunes, empezaría a trabajar, como si nada. Tal vez algún amigo note algo extraño; la felicidad, no puede esconderse, pero nadie notaria que el domingo, duró meses, casi años. Repetiría ese domingo muy seguido, burlándome de almanaques y relojes. Quien sabe, tal vez desde la eternidad alguien me mire y me diga; usted se  atreve, ni yo hubiera podido imaginarlo.

Escribir, gimnasio, ver a mi madre, andar mi ciudad, compartir con amigos, disfrutar mis artistas, solo me falta un buen amante, disfrutarlo sin limites ni adioses, sin desamores. No se preocupen, tengo todo el tiempo del mundo para hallarlo. Cuando lo encuentre, lo llevare corriendo al aeropuerto, nos iremos en el primer vuelo a mi ciudad. Viviremos un día eterno mientras mi madre, entre nosotros, se ríe de achaques y designios y sonríe dichosa al infinito.

Fotografia tomada de Google.

La Habana en un sombrero.

“Si me obligan, me robaré La Habana.

La romperé, verás, con un martillo.

Traeré de contrabando, en el bolsillo,

la noche, nuestro mar y tu ventana.”

Eliseo Alberto Diego.

Salio de Cuba siendo una niña, apenas 7 años. No quería irse, dejar atrás sus amiguitas, su escuela. Por su edad, no tuvo otra opción que obedecer. Cuentan que al alejarse el bote de la costa, sus ojos intentaban retener su ciudad. Sus ojos inmensos miraban la ciudad, queriendo atraparla, llevársela en ellos y evocarla luego en la distancia.

María Luisa, estuvo solo unos días en Miami, viajo con su familia a New York.

– Amaras la gran ciudad, le dijeron sus primas que apenas conocía

Cerró sus ojos, evoco las calles de La Habana, su camino a la escuela, sus amigos, abrió de pronto los ojos.

-No podré, susurro. Tengo a La Habana aquí, dijo mientras se tocaba el pecho.

El tiempo pasó, la niña se hizo mujer. Creció sin olvidar el lugar donde nació. Aprendió que se puede amar a más de una ciudad, New York, era también su espacio, su lugar. En ella se había hecho mujer, estudiado, parido sus hijos, demasiados recuerdos para no hacerla suya. En su corazón, convivían sus dos ciudades, en espacios diferentes, conformando recuerdos, sueños y ansias.

Una tarde de marzo, alguien le comentó que estaban organizando un viaje de turismo a La Habana, serian solo 5 días, recorrerían la ciudad y estarían hospedados en un hotel al centro de la ciudad. María Luisa, comenzó a soñar con volver a andar La Habana, después de 23 años.

-¡Regresar a La Habana! ¡Volver a andar sus calles!

María Luisa, se llevo las manos al pecho, tratando de contener su corazón desbocado, que amenazaba salírsele del pecho.

-Cuenten conmigo, arreglare todo en mi trabajo, ¿Cuándo partimos?

-El próximo abril, abril es un mes perfecto, por eso lo escogimos.

María Luisa, se quedo pensando en su regreso a La  Habana, recordó su infancia, su partida, su dolor. Todos estos años sin volver, sin fuerzas para un regreso, la habían preparado para el encuentro aplazado e inevitable. Volvería a su ciudad a andar sus calle, buscaría en ellas su infancia, su otro yo, el que tuvo fuerzas para quedarse, a pesar de insistencias y escaseces. Antes no se hubiera atrevido, ahora sabía que su corazón estaba a mitad de camino entre La Habana y New York, ya era hora de enfrentarse a sus fantasmas. Ese reencuentro aplazado por años, seria una especie de exorcismo, lo necesitaba para estar en paz con ella misma y ser del todo feliz.

Llego el día del viaje, María Luisa, apenas durmió. Antes de salir,  recogió su maleta con sus pertenencias, tomo su cartera, beso a sus dos hijos.

-Son solo 5 días, pronto estaré de vuelta, dijo mientras sonreía.

Se subió al auto, donde la esperaba su esposo, antes de cerrar la puerta, la voz de su hijo Manuel, el mayor, la hizo volverse.

-Mama, el sombrero de abuela, siempre dijiste que si volvías a Cuba, lo llevarías. Abuela te lo pidió antes de morir, siempre dijo que lo necesitarías en tu viaje de regreso.

-Con tantas emociones, casi lo olvido, dijo María Luisa sonriendo.

Tomo el sombrero, miro la foto de su abuela en la sala, con una expresión seria y triste. Subió al auto, cerro la puerta. Recordó a su abuela, una vieja encantadora, que le gustaba tirar las cartas y que siempre decía que sabía algo de magia y conjuros.

El avión aterrizo a la hora prevista, fue la primera en descender. No escucho las preguntas del inspector que la interrogaba mientras revisaba sus documentos, un sonido extraño, la saco de su éxtasis, abrió la puerta ante ella. Espero una hora por su maleta, mientras ella miraba más el paisaje que entraba por la puerta que al carrousell que giraba y giraba, enloqueciendo a más de uno. Tomo su pequeña maleta, hizo los tramites necesarios y salio corriendo, como una niña de 7 años a quien esperan sus amiguitas para jugar.

Todo el trayecto al hotel, lo hizo con lágrimas en los ojos, lagrimas de felicidad, de alegría. Su ciudad la recibía con la mejor de sus sonrisas, un arco iris enorme se dibujaba en el cielo.

Llego al hotel, se cambio de ropa, iba a salir del cuarto,  descubrió sobre la cama, el sombrero de su abuelo, lo miró. Recordó que su abuela siempre le decía; si un día regresas a La Habana, llévalo a todas partes, no salgas sin él. Cogió el sombrero, que a pesar de los años, lucia nuevo y hasta a la moda. En el Lobby del hotel, estaban dos o tres del grupo.

-No vas a esperar al guía? Sin él, podrías perderte.

María Luisa, sonrío.

-Es mi ciudad, no podría perderme jamás.

Salio a la calle, se puso el sombrero, en ese mismo instante, empezó una historia increíble. Desapareció una de las columnas del portal de hotel. Nadie noto su ausencia, las demás columnas, se corrieron un poco, disimulando su ausencia.

Andando por la ciudad, María Luisa, reía, mientras caminaba por calles estrechas y miraba las sabanas blancas al viento, desde los balcones. Algunas de las calles, perdieron una acera o un pedazo. Un viejo, mientras fumaba un tabaco, decía

-Yo hubiera jurado que ese edificio tenia 6 balcones y no 5.

Así, poco a poco al paso de María Luisa, algo de la ciudad desaparecía sin que ella se diera cuenta, sin proponérselo.

Los cinco días pasaron rápido, siempre sucede así, cuando se es feliz. María Luisa, había sido inmensamente feliz, recorrió el barrio donde nació, anduvo por sus calles. Este viaje le sirvió para conocer sitios de la ciudad que desconocía, para hacerla mas suya. Cada segundo vivido en su ciudad, era atesorado. En este mundo, donde escasea la felicidad, un desbordamiento de alegrias y sueños, siempre sorprende, aunque sea abril y estemos en La Habana. La parte de su corazón que pertenecía a New York, no le dio mucha importancia a tanta felicidad, sabia que al final regresaría, que todo volvería a la normalidad, que seguiría siendo neoyorkina, aunque fuera solo a medias.

Cuando fue a chequear con los inspectores, hizo un gesto para quitarse el sombrero.

-No déjeselo, debe estar como en la foto del pasaporte.

¿La foto del pasaporte con sombrero? María Luisa sonrío, debe estar bromeando, pensó para si. Cuando el inspector le devolvió el pasaporte, ahí estaba ella, en la foto, con el sombrero de su abuela puesto, que locura, pensó. Fue directo al avión, miraba por la ventana la ciudad que se empequeñecía hasta desaparecer.

Al llegar, también le dijeron que no se quitara el sombrero, que debería estar como en la foto. Otra vez con lo mismo, pensó. Cuando el inspector de inmigración le dijo; welcome back, mientras le devolvía el pasaporte, vio asombrada, como en la foto, tenía puesto el sombrero de su abuela. Son muchas emociones, por eso estoy confundida pensó, sacudió la cabeza. Busco a su esposo y sus hijos que la estaban esperando. Los beso y abrazo entre lágrimas.

– ¡Mom que linda estas, pareces un hada! Exclamo su hijo más pequeño al verla.

María Luisa, llego a su casa, abrió la puerta, miro al retrato de su abuela. Desde la pared, su abuela le daba la bienvenida con una enorme sonrisa. Se sorprendió, volvió a sacudir la cabeza, tengo que descansar, pensó, han sido días muy intensos. Entro a su cuarto, se quito el sombrero que le pareció más pesado que lo usual, lo arrojo sobre la cama. En ese instante su habitación se lleno de sinsontes y colibríes, un tocororo salio volando de entre las sabanas. Olas rompiendo contra las paredes de su cuarto le salpicaron de salitre el rostro. Allí, frente a ella, en miniatura, estaba su ciudad, decidida a no perderla, a acompañarla por siempre.

Fotografia de la pintura, Habanera de Fuentes Ferrin, pintor cubano radicado en Houston

Nosotros, reencuentros y despedidas.

Todo viaje a las raíces, a nuestros orígenes, se convierte en una fiesta de sentimientos y esperanzas. Regresar, es reencontrarnos con nosotros mismos, mirarnos cara  a cara y rendirnos cuentas. No importan el tiempo ausente, los éxitos alcanzados, los lazos que creímos rotos. Regresar, es volver al punto de partida, desnudarnos, darnos un baño de sol y de viento. Volver a ser los de antes, los  de siempre.

Estar de nuevo en  casa, después de tramites y esperas de maletas que amenazan no llegar, es como abrazarnos y fundirnos con fantasmas. Fantasmas, que quedaron por nosotros, cuidando raíces y recuerdos. Nos vemos y volvemos a ser uno; ellos y nosotros, piel con piel, alma con alma. Se nos meten dentro, nos poseen, nos ganan de nuevo, sin habernos perdido nunca. Ellos y nosotros somos piezas de un rompecabezas regado por el mundo, parte de piezas que encajan perfectamente, hoy y siempre, no importa donde estemos.

Tal vez esa química perfecta entre nosotros y nuestros fantasmas, ese volver a ser los de siempre, nos juega trastadas, nos hace trampas. Se confabula con la relatividad y perdemos la noción del tiempo, del espacio. Años lejos, ausencias, son olvidados. Nos quitamos la ropa del viaje, aparece un short, que alguien encuentra, un par de chancletas viejas, nos sentamos en el sillón del portal y el tiempo no existe. La brisa de Cuba, los brazos y voces de nuestros familiares, hacen el milagro; el cordón umbilical que se había estirado, tensado, casi roto; gana fuerza, vuelve a ponernos en el lugar exacto al que pertenecemos.

Disfrutamos nuestro tiempo en Cuba, es un regalo que la vida y nuestra Isla, nos dan. Tenemos la certeza que la decisión tomada de emigrar, valió la pena, volveríamos a hacerlo si existiera el regreso en el tiempo. Mientras dura nuestro tiempo entre palmeras, brisas del mar, abrazos de mamá, somos inmensamente felices, una felicidad que solo conoce quien la ha vivido; con peso y medidas, sólida, que se siente en los brazos y en el pecho, en el alma!

Regresar a Cuba, a los brazos de nuestros familiares, es como abrir un paréntesis en nuestras vidas. Paréntesis que hay que cerrar, con un beso, un vuelvo pronto, un te quiero mucho, un adiós breve e inevitable, que evite desgarramientos. Ese es uno de los momentos mas difíciles en la vida del cubano que emigro, dejando seres queridos atrás. Cada despedida, tiene el dolor exacto de la  primera. La angustia en el pecho, sentir que el corazón se detiene, que no sobreviviremos al adiós, es el precio que pagamos por ese volver a ser los de antes, los de siempre. Por suerte, son solo unos instantes, si esa angustia y dolor durara un poco mas, muchos, no hubiéramos sobrevivido a la primera despedida.

Converse con amigos, les conté de esos últimos y difíciles minutos, no son exclusividad mía; todos los han vivido, volveremos a vivirlos al final de cada reencuentro. Llegamos a Miami, Madrid o Paris, sabemos que estamos en casa, en el lugar donde decidimos vivir y empezar un día, una nueva vida. Sabemos que valió la pena, toda ha valido la pena, emigrar, regresar, luchar, no olvidar raíces y recuerdos.

El rompecabezas, vuelve a regarse por el mundo, el cordón umbilical que nos une a tantas vivencias, se estira, se tensa sin romperse. Nuestros fantasmas, en exorcismo involuntario, abandonan nuestros cuerpos, vuelven a su diaria labor de cuidar recuerdos y raíces. Nosotros, sin saberlo, sin tener conciencia exacta; seguimos siendo los de siempre!

Fin de año, balances y proyectos.

Terminar un año, es siempre motivo de balance y proyectos. Es el momento del, que hice, que quedo por hacer y que haré. Cuando se termina un año positivo, de logros, de sueños realizados, el momento del balance, se adorna con una sonrisa, se perfuma de satisfacción, se acompaña de amigos.

Si continuara la costumbre que acompaño nuestra vida en Cuba, de  nombrar los años, este año que termina, sería el año de Habanero2000. Para mí, un blog, era algo lejano, inalcanzable, veía a los blogeros como seres especiales, míticos, jamás imagine ser uno de ellos. Este año mi musa transoceánica, sopló con tanta fuerza, que un buen ciclón, desde Barcelona, quito para siempre el polvo a mis alas, a las alas que me dio mi madre, que ella enseño a volar. Mis alas, que empolvadas, casi habían olvidado volar, al influjo de mi musa, se deshicieron de polvos y penas y decidieron volar, indetenibles!

Un amigo poeta, me animo a comenzar a escribir en un blog. Inspirado por mi musa, alentado por amigos, una noche de abril, nació, Habanero2000.

Hace días hablaba con mi madre, se asombraba de la frecuencia con que escribía.  Pensaba que escribía una vez a la semana o cada 15 días. Nos reímos cuando le dije; no he ganado un centavo con mis escritos, pero me han hecho tan  feliz que valen, para mi, por todo el dinero del mundo.

Este año, he sumado amigos y consolidado amistades, afectos. Si continuo así, un día tendré; un millón de amigos! Mis amigos yo, nos hemos reunido en nuestros encuentros, otro logro del año. Todos fueron valiosos, importantes; el encuentro con Rosita, fue un extra, un regalo especial de mis amigos y del oficio de escribir.

Este año, a pesar de intentos de restricciones y algunas criticas, fui a La Habana, regrese a los brazos de mi madre. Volví a andar las calles habaneras, colgué mi corazón, a tomar el sol, en balcones habaneros. Converse con fantasmas vivos, en mí transitar por mi ciudad. Me nutrí de vivencias, desate mi inspiración, al influjo de mi ciudad, mi madre y recuerdos. El resultado, ustedes lo conocen, lo hemos compartido día a día, es nuestro.

No puedo terminar, sin desearles fuerza, tesón y voluntad, para luchar por  la felicidad, por hacer del próximo año, uno muy feliz. La felicidad, no es un don, es una conquista.

También quiero nombrar, bautizar, a mi manera, el próximo año. No lo duden, será el año de la publicación de mi libro, de mi primer libro, que muchos amigos me piden ya insistentemente. Desde el otro lado del mar, mi musa, casi me lo ordena, miro a mi madre y sonríe orgullosa, imaginando mi libro en sus manos. Vuelvo la vista a  mi ciudad, sonríe coqueta, me guiña un ojo, será mío también, susurra, se tiende al mar y lo espera, no puedo negarme. El 2012, será el año de la publicación de mi primer libro, le ponemos titulo?

Un encuentro especial.

Supe de su existencia en octubre pasado. Saber su historia, me conmovió e inspiro un escrito que lleva su nombre. Me comprometí públicamente a visitarla en mi próximo viaje a La Habana, a recoger, entre amigos, alguna ayuda y llevársela, darle un abrazo, darle gracias por su sonrisa. Hacerle saber que no esta sola.

Ella, se enfrenta, en una batalla desigual, a una  terrible enfermedad, no siente miedo, no se da por vencida. Sonríe y sueña, sabe que un mañana feliz la espera.

Cuando escribí sobre ella, imagine su rostro, visualicé el cuarto del solar donde vive. Nos hicimos amigos, aún sin conocernos. Con mi escrito en el bolsillo, el dinero recogido para ella y un abrazo enorme entre mis brazos, llegue a la calle Oquendo en Centro Habana, entre al solar donde vive. Pregunte a  una vecina, donde vive Martha? Allí, donde ve el tanque con el jarro encima, en la puerta de al lado, vive ella, me respondieron. Toque a la puerta, Martha, abrió, nos abrazamos, le di un beso.

Encontrarme con Martha, fue realmente un reencuentro, la había visto antes, la noche que las musas y un amigo, me llevaron hasta ella.  Martha, no me conocía, pero adivinaba, que ese loco que la abrazaba, era un amigo, le solté de pronto; pero estas gorda, en octubre, no estabas así; es la dexametasona, ayer recién termine un ciclo, me respondía. Me presente, le explique el por qué de mi visita, le di mi escrito, se sentó a leerlo. Se emociono, me dijo, tengo que leerlo después a solas, con calma. Le explique que muchas personas se solidarizaron con ella y ofrecieron su ayuda.

Martha, sonreía feliz, sabe que se basta sola para enfrentarse al peor enemigo, su sonrisa y su optimismo, son sus mejores armas. Ahora, sabe que muchos están junto a ella, dispuestos a darle apoyo material y espiritual, eso la reconforta, da un nuevo color y brillo a su sonrisa. Sabe que ahora, junto a ella, tiene a un ejército de amigos, orando por ella, enviándole su energía, dispuestos a sacar cuentas y enviarle algo. Amigos que no la conocen y preguntan por ella, casi a diario. Le dije; no te sorprendas si alguien te llama o viene a verte y te trae vitaminas, algún dinero a alguna ayuda, tu nombre y datos, están en mi blog. Muchos han prometido visitarte o enviarte algo; el agradecimiento y el asombro, aumentaban el tamaño de sus bellos ojos, la emoción, humedecía sus ojos, que brillaban de alegría y esperanza.

Hasta ahora, Martha se enfrento sola al cáncer, decidida a vencerlo, a no desmayar, ahora, muchos estamos junto a ella, la lucha, dejo de ser desigual. Nuestro apoyo a Martha, inclino, definitivamente, la balanza a favor de la vida, del futuro, ella lo sabe. No encuentra palabras para agradecer, sus grandes ojos, se expresan mejor que sus labios.

Soy yo, nosotros, quienes tenemos que darle gracias a Martha, su valor, su optimismo, su sonrisa, nos dieron a todos una lección. Después de conocerla, no soy el mismo, aprendí que, para ser feliz y ser fuerte, bastan las ganas de vivir, que Dios, actúa de formas misteriosas y teje hilos, abre caminos, nos lleva a donde quiere, donde nos necesita. Gracias Martha, nos veremos muchas veces mas, tu cuartito en el solar de la calle Oquendo, será siempre un sitio obligado en mis visitas a La Habana. Nos veremos pronto, Dios, la vida, La Habana, nos unieron para siempre.

Datos de Martha.

Martha Emilia Martinez Diaz Calle Oquendo # 73 entre Animas y San Lazaro, Centro Habana. C. Habana Telefono: llamando desde Estados Unidos 011 53 7 876-3417

¡Reinaldo!

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Sí, la valentía es una locura, pero llena de grandeza.” Reinaldo Arenas

No fue habanero por nacimiento, si por adopción y decisión. En un momento de su vida, casi compartimos el barrio, tal vez nos cruzamos alguna vez. Me perdí la oportunidad de conocerlo, de darle un abrazo, tal vez de estar en su libro.

Supe de él, por vez primera, por un amigo. Una llamada por teléfono: tengo un libro genial, si lo lees en un día, te lo presto. Así llego a mis manos “Antes que anochezca”, por supuesto que no lo devolví en un día, necesite toda una semana para leerlo y releerlo, disfrutarlo a plenitud. Después, no recuerdo como, pude leer, “Viaje a La Habana”. Pregunte, indague por este escritor, su vida y su obra ejercían algo especial sobre mi. Supe que “Celestino antes del alba”, era suya. Cuando estudiaba en el preuniversitario, esta novela, llego a mis manos, aún recuerdo aquellos párrafos, hacha, hacha, hacha.

Durante mi estancia en Madrid, un amigo comento que me gustaba escribir, alguien del grupo dijo; ¿un nuevo Reinaldo Arenas? Me sonroje, solo balbucee: no, no tengo tanto talento, solo me gusta escribir, realmente hace tiempo no escribo nada, tal vez no vuelva a escirbir nunca. Una amiga dijo: pero tendrás un final feliz, no te imagino con un final triste. Es cierto que me gustan los finales felices, siempre apuesto por ellos, tal vez por eso, muchos no entiendan mi admiración por Reinaldo.

Pienso que a pesar de todo, Reinaldo, amaba los finales felices, todos nacemos para ser felices, aunque a veces el destino se tuerza y la felicidad se pierda en alguna esquina de la vida. A veces, somos felices y lo ignoramos. Creo que él nunca fue tan feliz, como cuando vivía en un cuartito de La Habana vieja, allí con escaseces y mil dificultades, la felicidad lo visitó.

Tuvo una vida de novela, su mejor novela es, de hecho, su propia vida. Retocarla un poco, exagerar algunas cosas, rendir tributo a sus ídolos, nos dieron una obra que nos atrapa desde el primer instante. Libro que obliga a leerlo, aún cuando alguien se escandalize de tanto desparpajo, así fue Reinaldo, irreverente, rebelde, mágico.

Hoy, si me reencuentro con mis amigos de Madrid, les diría que he vuelto a escribir, alguien le quito el polvo a mis alas y volví a volar. Les diría que jamás seré otro Reinaldo; Reinaldo Arenas, sólo puede haber uno, que renace a la vida y a la creación cada vez que uno de nosotros se sienta a escribir algo, bueno o malo, pero con el corazón. Reinaldo, no murió, no esta en el infierno, adonde lo escoltaron las brujas de su vida, vive agitado e insomne en cada obra nuestra.

Fotografia tomada de Google.