Las fiestas de quince.

Sin dudas, todo un suceso social, algo que conmociona a la familia y estremece su economía, antes y después de suceder; cumplir quince en Cuba! Una fiesta que lleva años de preparativos y angustias. No es hacer una fiestecita cualquiera, es tirar la casa por la ventana. En ese afán competitivo que nos caracteriza, nadie quiere ser menos, no importan los sacrificios; todos quieren que su fiesta de quince, sea la mejor, la que estremezca al barrio, la que provoque durante muchos días comentarios. Nos burlamos de Oscars y Grammys; fiestas de verdad, la de los quince!

Hay muchachas que sueñan con sus quince, bailar el vals, los cambios de vestidos. Para muchas, los quince son el baile de Cenicienta, lo que pase después, no importa, serán el centro de atención por una horas, las estrellas absolutas, todas las miradas estarán sobre ellas. Vivirán, durante una noche, el sueño que llevan años acariciando. Hay otras, que prefieren los regalos y una fiesta mas intima. Hubo una época, que muchas optaban por las fotos y “una vuelta a Cuba”. Allá iba mamá y hasta papá, en aquellas maratónicas colas con pases de lista incluidos.

Los menos jóvenes, recordamos la época de los zapatos de “Primor”, donde las quinceañeras podían adquirir un par de zapatos diferentes a los que tocaban por la libreta. Después hizo su aparición la comunidad, con gusanos gigantescos cargados de regalos, el mercado paralelo y el área dólar. La oferta se amplio, pero las dificultades aumentaron, no todos tenían o tienen familiares en el extranjero, dispuestos a ayudar en la celebración de unos quince. Tampoco no todos tienen acceso al dólar, gran parte de la población subsiste haciendo maromas e inventando con un salario que no alcanza para casi nada, mucho menos para una fiesta de quince.

Muchas veces me pregunto, como esta tradición ha sido capaz de vencer escaseces y crisis. Como pudo sobrevivir a los difíciles años 90s. Imagino croquetas de masa carnica y “cakes” de mentiritas, cajas decoradas con merengue, que resolvían para las fotos, mosquiteros teñidos, para hacer vestidos y crear la ilusión del glamour, mas allá de limitaciones y angustias. Las madres, no se dieron por vencidas, como la legendaria mama de Florita, repetían hasta el cansancio; los quince de Florita, se tienen que celebrar!

Pasan los años, las modas, los grupos musicales, se derrumba hasta el muro de Berlín y las fiestas de quince, siguen firmes, de generación en generación, repitiendo fotos y bailes, estilos y preocupaciones. Nos la trajimos al emigrar, con bailes y cambios de vestidos incluidos. La única vez que vestí de traje, en estos años de exilio, fue en los quince de mi sobrina, celebrados a lo cubano, en un salón de fiestas de Hialeah.

Hace días, una amiga, me enseñó un correo electrónico, de una prima segunda, le agradecía la ayuda en la celebración de los quince de su hija; “Les cuento que quisiera que vieran la cara de Malú cuando vio las cosas, está contentísima, todo le quedó perfecto, la ropa, los zapatos, todo… nunca nos imaginamos que fueran a enviarle tantas cosas,  ojala que las lágrimas que he derramado por estos 15 de Malú por la preocupación que tenía de que no fuera a tener nada, se conviertan en cosas buenas y suerte para ustedes”, creo que, no hace falta comentario, las palabras de la madre, reflejan agradecimiento y resumen angustias vividas.

Los que nunca nos hemos visto envueltos en los trajines de la preparación de una fiesta de quince, no podemos imaginar, ni por un instante, todo el esfuerzo y sacrificio que conllevan unos quince que se respeten. Detrás de la sonrisa de satisfacción de mamá, en la noche de la fiesta, hay lágrimas, privaciones y sacrificios. Cuando se escuchan las primeras notas del vals y la niña, transformada en mujer, sale a bailar, atrás quedan malos ratos, discusiones y llantos. Aunque la magia dure solo unas horas, las fotos quedaran como constancia histórica de la noche. Los quince se celebraron, la niña, abrió sus enormes ojos al futuro, a los acordes de un vals y al empuje de mamá!

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