Una mujer en medio de la noche y los recuerdos.

Juan, como muchos, salió de Cuba un día. Atrás quedaban memorias y afectos. Amaba entrañablemente a su país, su Isla. La Habana se la conocía de memoria y la anduvo toda unos días antes de irse, en supremo intento de robarsela en la memoria. Allí, en su ciudad, quedaba también su afecto mayor, su madre. Pasó días mirandola, besandola, escuchándola, tratando de llevar con él su esencia y su amor; talismán que lo protegería de tormentas y soledades, lanza vencedora de batallas y desafíos.

Juanito llego a Miami y trabajo duro, no lo hacía por lograr lujos, ni propiedades, quería gatantizar a su madre una vejez sin escasez, ni preocupaciones. Aunque lo material no suple ausencias, ni afectos, saberla bien, acortaba distancias y disminuía penas.

A Juan no le bastaba saber que su madre vivía tranquila, esperando regresos y llamadas; también sufría por su Isla y su ciudad que sucumbían ante abandonos e indolencias. Trató de rescatarla en la memoria y comenzó a escribir sobre su Isla y su ciudad, adornándolas en el recuerdo, reconstruyendo cada calle y cada edificio en sus historias; robandosela para la eternidad.

El tiempo es implacable, cruel y a veces termina venciendonos. La Habana, poco a poco se destruía, luchaba contra el próximo derrumbe, contra el olvido y la desidia, sin mas armas que recuerdos y esperanzas. Su madre envejecia, poco a poco perdía alientos y acciones, se le escapaba la memoria. No bastaban sus regresos frecuentes, sus palabras de amor, sus te quieros gritados al oído.

A Juan le angustiaban su madre y su Isla, ambas se le iban sin poder salvarlas. En noches solitarias pensaba en ellas y pedía milagros.

Aquella madrugada terrible que lo llamaron para decirle que su madre era luz, corrió desesperado a la orilla del mar. Mezcló sus lágrimas con las olas y un grito desgarró la noche; ¡MAMÁ! . En ese instante dejaron de cumplirse leyes y reglas; la historia cambió para siempre. La luna y el sol iluminaron la noche, girasoles brotaban de la arena y colibríes revoloteaban en la noche-día. Las olas se detuvieron en su acción, como si un nuevo Moises abriera el camino a otra dimensión. Un arcoiris enorme del sur al norte, se hizo puente y camino. Ella, mujer, patria y madre, agigantada en la gloria y en la eternidad, apareció cargada de recuerdos y futuros. Un, ¡Aqui estoy hijo mío! Bastó para detener a girasoles y astros, que la contemplaban extasiados.

Juan la miraba, enamorado y feliz, ella se inclinó y uno a uno, le entregó recuerdos y memorias, le dio futuros y acciones; esperanzas, le habló de dimensiones desconocidas, de hombres recontruyendo; de la Patria renaciendo, de eternidades y consuelos . Lo bendijo y sopló sobre él polvo de sueños y fuerzas, mientras se elevaba al cielo en un rayo de sol que la iluminaba y sostenía.

El sol volvió a ocultarse, los girasoles se escondieron en la arena y los colibríes volaron con rumbo desconocido, las olas continuaron acariciando la arena. Sólo Juan quedó en la playa, su rostro resplandecía, iluminandolo. Miró al cielo, dio gracias a energías y poderes, a Dios y a la gloria y continuó viviendo y soñando, con la certeza que Patria y madre, escapaban a muertes y finales. Que eternas e invencibles, se bastaban para apuntalar sueños y asegurar futuros. Se secó una lágrima y susurró, gracias mamá.

Fotografía de una obra del pintor cubano residente en Miami, Hector Perez.