Balcones habaneros.

Muchas ciudades, tienen y exhiben balcones. Los balcones no son patrimonio exclusivo de La Habana, pero en ninguna otra ciudad del mundo, tienen la característica, el calor, el toque folklórico que los distingue en nuestra ciudad. Los balcones habaneros, son únicos, como nuestra ciudad, como nosotros.

En mi último viaje a La Habana, me detuve a observarlos y fotografiarlos. Los balcones habaneros, son como una vidriera de la ciudad. No se en que momento dejaron de ser  un lugar para tomar fresco y mirar el paisaje, se independizaron de casas y edificios, se decretaron libres, cambiaron funciones y diseños.

Tengo una amiga, hace años que no la veo, que en otra época, perteneció a la clase media alta, aún conserva una casa esplendida, de lujo, algunas joyas y recuerdos. En una ocasión, le pregunte por que no se había ido, su respuesta fue sencilla; no podría vivir en otra ciudad, yo tengo que salir a la calle  y ver sabanas blancas en los balcones, si no, me muero!

Los balcones habaneros, son emblemáticos, como postales de la ciudad. Si en La Habana, todo puede suceder, en sus balcones, todo cabe y todo puede hacerse, desde el amor, hasta criar gallinas o un puerco. No se en que momento exacto, conquistaron su libertad, dejaron de ser parte de apartamentos y casas. Un balcón habanero, es como un poeta loco, mezcla palabras de amor con ropa recién lavada, cultiva plantas, cría animales, acumula tarecos y flores. Son ventanas a un mundo alucinante, donde el imposible, no existe.

Quien no ha escuchado conversaciones de  balcón a balcón; vecina, te llaman por teléfono o llegaron los huevos, apúrate que dicen que hay un faltante! Aportaron a la arquitectura e ingeniería su inventiva, con sistemas de poleas para subir cubos de agua, panes, mandados y periódicos, hasta teléfono inalámbricos vi subir por uno de ellas.

Tener un buen balcón en La Habana, es como tener reservado, para siempre, un palco especial, en primera fila en el gran teatro de la ciudad. Desde un balcón habanero, visitando amigos, vi por vez primera a Juan Pablo II, en su histórica visita a Cuba, también vi los restos del maleconazo, que llegaron hasta al Hospital  de Centro Habana. Quien tiene un balcón, nunca se aburre, ante el desfilan personajes. Cada minuto, comedias o tragedias, ocurren ante él.

Cuando no hay nada que hacer o cuando la atmosfera se caldea dentro, asomarse al balcón, es como practicar yoga, relajar. No se como sobreviven los que tienen apartamentos sin balcones, se pierden su encanto, desconocen su magia.

Mientras caminaba por La Habana, miraba los balcones, sentía su magia, mezcla de museos y solares, de sopranos y rumberas de guapos y estilistas. Sitios sin abolengo ni limitaciones, sin clases sociales. Si la ropa sucia, se lava en casa, la ropa limpia, se muestra a la ciudad, desde medias, ropa interior, hasta sabanas blanquísimas, destellando al sol y meciéndose al viento, ignorantes de canciones  y poemas. Miraba las sabanas al viento, parecían saludarme, alentarme, competían entre si para llamar mi atención.

Me adentre en calles persiguiendo destellos de sabanas, me deje llevar por la sinfonía de la Habana, que como directora de orquesta, ordenaba destellos y vientos. Parecía decirles; ahí vienen, arréglense, muévanse con gracia, van a salir mal en las fotos.

Otras ciudades, tienen balcones, pero ninguna otra cuelga en ella sabanas blancas, amores, recuerdos y sueños. He visitado otras ciudades y no vi salir magia y fantasía de balcones, solo La Habana, lo logra. Así, de balcón en balcón, anduve por  nuestra ciudad, redescubriéndola, dejándome seducir, enamorándome de sabanas y sueños.

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Las calles habaneras.

Volver a la Habana, caminar sus calles, es desatar la magia, convocar recuerdos y fantasmas. Todo puede suceder, en cada esquina, espera, lo inesperado. Ciudad de contrastes, se desata libre y diferente ante cada mirada. Sus calles, nos llevan a un mundo nuevo, no la andamos, nos dejamos llevar.

Cada calle habanera es una ciudad pequeña, un barrio en miniatura, un universo nuevo, un lugar, donde todo puede suceder. El sitio exacto donde se  hace todo o no se hace nada.

Nuestras calles, son todas diferentes. Aunque las andan las mismas personas, aunque todas forman parte de una ciudad alucinante, cada calle habanera, tiene su sello, su aire propio, su magia. Los habaneros, cambiamos de aire y expresion, nos transformamos, según la calle que andemos, no somos los mismo al andar por 23 en el vedado, por Reina en Centro Habana o por Obispo en la Habana Vieja. Sucumbimos al encanto de cada calle habanera que nos transforma, nos moldea a su antojo, en ese ir  y venir, una  y otra vez, en busca de lo desconocido.

Siempre lo he dicho, La Habana, es una ciudad para caminarla, si quieres conocerla, descubrir sus misterios, hurgar en sus interioridades, se impone dejar el auto. Andar sus calles es abrirse a un mundo nuevo, es estrenar emociones y visiones.

A veces, me preguntan si no siento miedo de andar por esas calles. La Habana y yo, nos conocemos muy bien, se que ella me cuida, me espera en cada esquina, me da la mano y me guia. Sabe que ando en busca de nuevos temas, de fotos para ilustralos, va delante de mi, arregla grupos, dispone carretillas, dibuja sonrisas. Asi seguro y confiando descubriendo mundos nuevos, camino las calles habaneras.

Solo sabe de la magia y misterio de las calles habaneras, quien las ha andado una y otra vez, quien se ha dejado llevar, sin imponer su ritmo, dejando que la ciudad lo guie. Reina, Belascoain, Obispo, Infanta, San Lazaro, 23, 5ta avenida, muchas mas. Cada una con su propia identidad, diferente, dispuesta a deslumbrarnos a dejarnos creer que nos muestra todo. Escondiendo algo para la próxima visita, preparando sorpresas, haciendo trampas, inconquistables. Las calles habaneras, son como esos jugadores de barajas, siempre esconden una carta, la mejor, en espera del momento oportuno.

En una ocasión, un amigo, me dijo que el cineasta español, Almodovar, habia dicho; si ponemos una camara en una esquina habanera y la dejamos un par de horas, tendremos una pelicula. Mientras caminaba por las calles de mi ciudad, me encontraba con personajes, situaciones y estampas, dignas de la mejor pelicula costumbrista, lamentaba no tener una buena camara de video. Mientras tomaba fotos y conversaba en silencio, grabe, en mi memoria, para siempre, detalles y recuerdos. Yo, tambien me robe a la Habana, me la lleve conmigo. Vuelvo a andar sus calles en el recuerdo, siento el olor de cada calle, me despeina la brisa del mar, me enamoro de balcones y tendederas.

Las calles habaneras, hacen el milagro de no dejarnos ir del todo, nos retienen. Yo, les hago trampa, les juego sucio, me las robo, las traigo conmigo. Estan aquí, en mi computadora, en mi memoria, en mi cuarto, juntos inventamos historias  y amores, recreamos la ciudad, soñamos!

Enamorarse en La Habana.

Cualquier ciudad, puede ser buena para enamorarse, para sucumbir ante Cupido, para dejarse llevar por la pasión y el deseo. Por alguna extraña y desconocida razón, la mañana, que iban a repartir la cuota diaria de enamoramientos por ciudad, La Habana madrugó. Se levanto temprano, coló su café cubano, marco primera en la cola. No se movió, tardaban en comenzar el reparto, colgó un cartel que decía; solo la presencia física, le dará el derecho a su turno. Terminada la asignación de enamoramientos por días, se fue feliz, dichosa. Cargo, para siempre, con el mayor número  posible por día, por minuto. Ciudad enamorada, donde entregarse al amor, enamorarse, es tan cotidiano y normal, como andarla.

En La Habana, para enamorarse, cualquier día es bueno. Cuantas veces despertamos solteros, jurándonos solterías largas, seguros de no enamorarnos más. Subíamos agresivos y malhumorados a la guagua, bajábamos, sonrientes, felices, guardando un teléfono en el bolsillo o con la promesa de una cita en alguna esquina habanera. A veces, ese amor a primera vista, era más fuerte, dejábamos pasar paradas, viaje sin final, hasta el amor. En otras ocasionas, nos seguían o seguíamos, al bajarnos de la guagua y convertíamos bancos y parques, esquinas y paredes en monumentos al amor.

Quien no camino cansado por esas calles de La Habana y de pronto, sintió una mirada que lo atrapaba o atrapo a alguien con la mirada. Así tejiendo redes, atrapando a dejándose atrapar, transcurre la vida de los que andan por sus calles, en esa ciudad, donde el amor, espera a la vuelta de cada esquina. Donde a veces, no espera, sale a buscarnos y siempre nos encuentra. Nacer en La Habana, nos marcó para siempre, necesitamos amar.

Hay ciudades, donde el amor es esquivo, puede encontrarse sexo, citas, noches de locura, pero el amor se vuelve inatrapable, difícil. Cuando termina la noche, borramos teléfonos y recuerdos, sufrimos de amnesia amorosa. En La Habana, de escaceses y racionalizaciones, el amor habita, seguro y eterno, constante. Lanza flechas, hace blanco una y mil veces, vive en nosotros.

Recuerdo  que mis amigos, me llamaban y decían; estoy enamorado, quince dias después les preguntaba si seguían enamorados, me respondían; si, claro, pero de otra persona. Así somos, enamorados del amor, viviendo pasiones intensas aunque duren  un par de días. Entregándonos al amor, sin temor a decepciones ni a  lagrimas, sin miedo a nada.

La Habana, una ciudad, donde todo puede suceder, el amor sucede a cada instante. Nace de una mirada, basta ese contacto y la flecha hace diana, el amor se manifiesta. Andamos enamorados la ciudad y ella, nos da amor, nos lo ofrece, constante  y multiplicado, en cada rincón.

Hace días, comentaba que hace tiempo que no me enamoro, que no siento una pasión que me trastorne, no encuentro unos ojos que me cautiven y enloquezcan. Siempre recuerdo la frase; “de amor, hasta morirse es bueno” Si, quiero volver a enamorarme, aunque dure poco, aunque me cueste alguna pena, quiero volverme a enamorar.

Quiero volver a esperar encuentros, a extrañar voces y besos. Los habaneros, los cubanos, sin amor, nos marchitamos un poco. Un buen amor, aunque dure poco, es como una inyección de vida, de ilusiones y fuerzas. Enamorarse, en La Habana, Miami o Madrid, es reestrenarse, desplegar alas, volar al sol, sin importarnos nada, sólo el amor.

Un habanero, un cubano, donde quiera que se encuentre, sin amor, esta incompleto. El punto no es necesidad de pareja, aunque parezca lo mismo, no lo es, es necesidad de  amor, de días  o horas, de años o meses, pero de un amor que nos trastornes los  sentidos y las hormonas. No tenemos la culpa de haber nacido en una ciudad, en una isla, a la sombra del amor. Acostumbrados a enamorarnos  a diario, a estrenar amores  y amantes, aún lejos de La Habana, necesitamos la fuerza del amor, de su impulso. Nacimos del amor y  para amar, nos enamoramos hasta de las sombras. Lejos de La Habana, seguimos intentando encontrar unos ojos que nos cautiven, un rincón donde enamorarnos del amor! Allá en La Habana, los que quedaron y nuestros fantasmas, estrenan el amor cada día, sin creer en crisis, ni limitaciones. Estallan, enamorados, en explosiones de amor incontenibles, interminables, seguros que, el amor, hará el milagro.

Fotografia tomada de Google.

La Habana y Miami, semejantes o diferentes?

Entre La Habana y Miami, hay  un parecido, una complicidad especial. Aunque al ojo inexperto, resulten dos ciudades completamente diferentes. No es la arquitectura, ni las calles. Vistas de pronto, son dos ciudades, sin puntos en común.  A simple vista no hay coincidencias, no convergen, no hay parecidos. Una cuantos nombres de calle, traídos a la fuerza  y a la nostalgia, no bastan para darle a Miami, un aire habanero. Al conocer a Miami, se encuentran semejanzas, más allá de arquitecturas y costumbres.

Cuando conocí Madrid, me emocione viendo lugares que me recordaban mi ciudad. Cuando pise las calles de Madrid, les dije a mis amigos, yo soy de aquí! Creo que la sangre de mis abuelos, hablaba por mí. Me cuenta un amigo que vive en Barcelona, que hay sitios tan parecidos a La Habana, que  me asombraría y lloraría frente a ellos. Al llegar a Miami, la mire con recelo, no sentí pertenencia, la sentí ausente, lejana. Esto es Miami?! Le dije a mis amigos y familiares.

Miami, en nada nos recuerda a La Habana, ni edificios, ni plazas, ni malecones. Venia de Europa, de rendirme ante Madrid  y hacerla mía. Me burlaba entre amigos de la ciudad; San Antonio de los Baños, con súper carreteras y anuncios lumínicos, le decía. Lo que más me disgustaba de Miami, era la ausencia de personas por las calles. Acostumbrado a andar La Habana, eso de recorrerla en auto, la distanciaba, no me dejaba hacerla mía. Soy de los que piensa que una ciudad se apropia de  uno, cuando la andamos de arriba abajo, cuando hurgamos en sus misterios, en sus laberintos.

El tiempo pasó y poco a poco, sin saberlo, aprendí a descubrir a Miami, a verle similitudes con La Habana. Donde antes veía solo diferencias, comencé a descubrir semejanzas. Imposibilitado de caminarla toda, he andado una y otra vez, por los pocos lugares donde caminar, es un habito. Me se Lincoln Road, Miracle Mile y otros sitios de memoria. He recorrido sus iglesias, desde la modestísima del Rincón de San Lázaro, hasta la majestuosa de San Judas Tadeo. En todas he pedido, orado y llorado con la misma fe que me traje de Cuba.

No, Miami, y La Habana, no son dos ciudades completamente diferentes. Basta una razón para hacerlas parecidas; nosotros. Los mismos que un día esperábamos horas en paradas de guaguas, hacíamos largas colas o sudábamos a mares recorriendo la ciudad, hoy, estamos aquí, inventándonos la vida y la ciudad en cada esquina, en cada mañana. Nosotros que un día dejamos un mundo atrás, dispuestos a conquistar una nueva vida. Nosotros, los de allá, aunque ahora estemos acá.

Una ciudad, no son solo sus calles, edificios, sus recuerdos o fantasmas, una ciudad, son sus gentes, sus esfuerzos y sueños. Para ser una nueva Habana, Miami, no necesita reeditar lugares; inundada de habaneros y cubanos que la han acogido como suya, se levanta al otro lado del mar, como la segunda ciudad de los cubanos. Creció al empuje y esfuerzo de cubanos. Comparte con La Habana, su clima, su frío y su calor, las baña el mismo mar, la habitan la misma gente. El mismo pueblo, que lleva en su corazón su Habana, dispuesta a desbordarse, deslumbrarnos e hipnotizarnos al menor pretexto. Al final, nosotros, hacemos a Miami y La Habana semejantes, porque ustedes y yo, sabemos que, para los cubanos, no hay imposibles!

 

Usuarios o clientes?

No se en que momento exacto, perdimos nuestra condición de clientes y nos convertimos en usuarios. Perdimos el derecho a quejarnos  y al buen trato. El usuario, aunque paga, no siempre tiene  la razón, todo lo contrario, quienes lo atienden, disfrutan llevándole la contraria.

Dejamos de ser tratados con amabilidad, con cortesía. Muchas veces nos recibía  un, que quiere? Capaz de quitar el apetito o las ganas de comprar algo, al mas osado. La Frase, “mi trabajo es usted” debía interpretarse, mi enemigo es usted!

El usuario, viene siendo algo parecido al cliente, pero no es igual. Debe hablar bajito y no mirar a los ojos, algo incompatible con nosotros. No es recibido con sonrisas, ni con buen carácter. Los usuarios, son personas capaces de interrumpir una conversación entre dos camareros o pretender que una dependienta cuelgue el teléfono, para que lo atienda, que desconsideración!

Un usuario, que se respete, va decidido  a todo. No cree en libros de quejas ni en administradores autoritarios, paga  por un servicio, que tiene que exigir, casi a punta de pistola. Aunque vaya de cuello y corbata o luciendo maxifalda, sabe que tendrá que reclamar atenciones, pelear por la cerveza caliente y la sopa fría. Un usuario, es un Quijote, luchando a diario contra el mal servicio, la apatía y el maltrato. No se da nunca por vencido.

Me contó un amigo que mientras  hacia su servicio social en un pueblito perdido en el mapa de Las Tunas, entro a una tienda, pidió desodorante, la dependienta, respondió; “careco”! Mi amigo, ingenuo, le dijo, no importa cualquiera, ella, lo miro se río, careco, que no tengo! O tú no entiendes el español?!

Los usarios, estan obligados a saberlo todo, si en el menú del restaurante queda un solo plato de la oferta inicial y se atreven a pedir algo que ya no hay, son fulminados por la mirada del camarero. Pagan muy caro su incapacidad para adivinar.

En unos de mis viajes a La Habana, merendando en la cafetería favorita de mi mama, nos sirvieron una crema de queso fría. Llame al camarero  y le dije que se la llevara, mi hermana, me miraba avergonzada. Años de entrenamiento como usuaria, no la dejaban comprender que reclamaba un derecho natural, solo balbuceo; nosotros no estamos acostumbrados a eso. Un usuario bien entrenado, se come la crema de queso frío, sin chistar, un cliente, reclama, devuelve el plato y no lo paga, así de sencillo.

Los clientes, se convirtieron en usuarios, perdieron derechos y opinión. Un usuario, es un cliente, pero con lobotomía, zombies del mal servicio.

Los habaneros, los cubanos en general, nos resistimos a ser llamados usuarios, sabemos de derechos, aunque nos los escondan. No olvidamos el verbo reclamar, por mas que nos entrenen, que nos impongan obediencia. Administradores, dependientes y camareros, trabajadores de consolidados, saben que en cualquier minuto, un usuario que parecía obediente y bien entrenado, les da un escándalo, capaz de estremecer las paredes y el techo.

Nuestra forma de ser, no se ajusta al término usuario, somos y seremos clientes sui generis, de esos, que son capaces de virar la tienda al revés, sin temores, ni miedos. Clientes capaces de ponerse de pie y cambiar el curso de los acontecimientos, en un instante.

Las casas en la playa!

Hace días, unos amigos me invitaron a pasar el fin de semana en un hotel en Miami Beach. Habían reservado un apartamento, que incluía dos cuartos, sala comedor, balcón y cocina. Allá fuimos cargados, en aras de ahorrar y pasarla bien. Mientras disfrutaba de las comodidades, recordé las famosas casas en la Playa de La Habana.

Que habanero que se respete, no cargo con bultos y paquetes, a pasar una semana o solo un par de días, en una casa en la playa. Muchos, crecimos, sin conocer hoteles. Nos conformábamos con aquellas casas en la playa, medio en ruinas. Nada podía detenernos para pasar unos días diferentes, ni la falta de agua, ni dormir en el suelo. Nuestras casas en la playa, parecían más bien, edificios multifamiliares, solares de verano.

A las casas en la playa, llevábamos de todo. Era una mudada en jabas y guaguas. Preveíamos cualquier carencia y cargábamos con todo lo necesario. Pobres ventiladores plásticos, que hicieron una y otra vez el viaje a las playas, única opción para dormir tranquilo, sin el acoso de los mosquitos. Recuerdo una ocasión que compre un repelente y me embadurne en él, huyéndoles a los mosquitos. Estrenaba unas chancletas azules, mis pies terminaron azules y mis flamantes chancletas, de supuesta marca, casi disueltas por el repelente. Se imaginan, el efecto de esa sustancia química sobre la piel?

Las casas en la playa, eran mucho más que disfrutar del sol y el mar, más que compartir entre amigos y familiares. Eran una fiesta, nos olvidábamos de todo, nos íbamos para la playa! En tiempo de escaseces y privaciones, nos la arreglábamos para encontrar qué cocinar. Hacíamos una gran comida al día, cada uno aportaba algo de su inventiva y al final, saboreábamos satisfechos el resultado. En muchas ocasiones, una gigantesca ensalada fría, ayudaba cuando el hambre apretaba.

Muchas parejas que carecían de privacidad y condiciones, aprovechaban las casas en la playa, como lunas de miel improvisadas. Nosotros, los cubanos, curamos stress y angustias con amor. Aprendimos a sustituir tilos y meprobamatos con abundancia de sexo. Ansiolítico perfecto, nuestro amor en los tiempos de crisis.

Para una parte de la población, ir a una casa en la playa, era abrir una ventana a Las Vegas. Shows y producciones incluidas. Decididos a soñar, no teníamos limites, nunca lo hemos tenido. Más allá de prohibiciones y represiones, aprendimos a vivir el día a día, a nuestra forma y manera. Aunque a veces, en pleno show, alguien tocara autoritariamente a la puerta y pelucas y vestidos, desaparecieran, como por arte de magia.

Desde la comodidad del hotel en Miami Beach, evoque las casas en las playas. Nuevos y valiosos amigos ocupan el lugar de otros lejanos u olvidados. A pesar de todo el confort y sin ser masoquista, un pedacito de mi, echaba de menos aquellas locuras y aventuras que significaban, una casa en la playa en La Habana.

Una casa en la playa, ha sido, como una islita, dentro de la isla mayor rodeada de playas. Dentro, dábamos rienda suelta a sueños y alegrias. Escondíamos u olvidábamos, penas, frustraciones y tristezas. Cada casa en la playa, se convertía en una explosión de risas, una fiesta, un baile, aunque una mañana, sonara la campana anunciando el final y dejáramos, en el apuro, alguna cazuela vieja olvidada. El representante del “plan”, llegaba, como la madrastra inflexible, dispuesto a contar, uno por uno, todos los utensilios incluidos en el inventario.

Cerrábamos la puerta de la casa, guardábamos sueños y carcajadas, en mochilas y jabas. Nos íbamos sin mirar para atrás, conscientes siempre, que el mañana, llegara puntual, estrenando sentimientos, colores y sueños.

La Playa de Marianao!

 

Me cuenta un amigo, que camina en sueños y despierto por La Habana, que la playa de Marianao era un lugar especial, con cabarets, Coney Island y sus playas rescatadas a las rocas. Con una vida intensa que duraba las 24 horas. No alcancé a disfrutar de ese esplendor. Mi amigo, se encarga de revivir esa magia para mí.

Recuerdo un Coney Island, en ruinas, donde una vez, me subí a la Montaña rusa, que me pareció enorme y peligrosa, al bajarme casi no podia caminar, de los demás aparatos algunos funcionaban, otros ya estaban fuera de servicio. Finalmente el parque entero se vino abajo, como tantas otras cosas y sueños. Un día, volví a pasar por allá y vi un nuevo parque triste y pobre pariente lejano del anterior, sin su alegría y esplendor, tratando de fingir una sonrisa que no lograba salir del alma, que no encajaba en esa ciudad abandonada a su suerte

Allá existían, hace años diferentes playas o clubs, algunas, por mas que intentaron cambiárselos, aún conservan su nombre original. El Náutico, Cubanaleco, la Concha, otras, solo puedo recordarlas por los nombres actuales, el Lubumba, el Fontan. Las recuerdo de niño, que podíamos elegir a cual ir y mami nos llevaba al Náutico y a la Concha. Un día decidieron que eso no estaba bien, todo, hasta las playas, debían ser racionalizadas, medidas y asignadas. Las repartieron por sindicatos y entonces había que buscar un amigo, de la salud, para ir al Cubanaleco o militar, para ir al Lumumba. Las playas del oeste de la habana, no pudieron escapar a la racionalización, bendito el aire y el sol que no pudieron ser controlados y racionalizados. 

Hace años hicieron cafeterias y pizzerías, remodelaron un antiguo restaurant de comida china. La Cocinita, Mare Aperto, el Himalaya, intentaron sobrevivir, dar cierta variedad y color a la playa de Marianao, fracasaron. Una fue bautizada como la cochinita y termino siendo un triste reverbero, otro fue casi un mar en retirada, cerrado y las montanas del Himalaya, terminaron convertidas en llano. La playa de Marianao, aún conserva del ayer, el sol, el mar y el aire, su gente que la sigue andando, bajo sol o lluvia; lo esencial. 

Esa zona especial de La Habana, perdió su esplendor donde termina la arena y empieza la ciudad. Allá, en la arena y en el mar, “en la barranca de todos”, toma sol y sueña un pueblo que no renuncia a su esencia, que se toma una botella de ron bajo un sol que le calienta hasta la sombra y ríe y disfruta, jode y hace el amor, consciente que la alegría no se reparte por cuotas, ni se asigna, se vive día a día, mas allá de adversidades y limitaciones.