Yusimì, la vigilante.

vigilante, foto tomada de yo extraño a Cuba y tu.
Desde los primeros días de nacida, cuando abrió los ojos al mundo, observaba todo detenidamente. Sus grandes ojos parecían hechos especialmente para captar hasta el mas mínimo detalle de todo lo que ocurría a su alrededor. Miraba fijamente, nada escapaba a sus enormes ojos, que parecían traspasar paredes y almas.

Creció, comenzó a hablar muy pronto, fue una niña precoz, tal vez demasiado precoz. Aprendió solita a leer y a escribir, cuando lo logro, se sintió feliz, muy feliz. Empezó a coleccionar libretas y lápices, sabía usarlos muy bien. Se acostumbro a escribir en esas libretas que coleccionaba, todo lo que veía y escuchaba durante el día. En su cuarto se amontonaban libretas repletas de todo lo que Yusimì pensaba que un día seria importante recordar.

Un día, su mamá conversando con una vecina le dijo.
– Yo creo que esa vocación por vigilar y saberlo todo, la heredo de su padre. Ese hombre, en su obsesión por vigilar, y poder informarlo todo, dejo de dormir por las noches y recorría las calles de madrugada. Se acercaba a las casas y trataba de escuchar algo. Recuerdo una vez que discutimos por eso y me respondió.

– A veces, las personas hablan dormidas, toda información es valiosa y debe recogerse, archivarse, lista para ser usada en el momento oportuno. Un informe no esta completo mientras la persona siga viviendo, decía muy serio, en esos escasos minutos que dejaba de vigilar o apuntar alguna información.

Yusimì, fue concebida durante unas vacaciones obligatorias que su padre tuvo que tomar a instancias de su jefe. Encerrado en su casa, aislado del mundo, sin tener a quien vigilar, decidió hacer el amor con su esposa. Así vino al mundo Yusimì, la vigilante, como la conocían todos en el barrio.

Siempre fue una alumna aventajada, era rápida tomando notas y memorizando cifras y datos. Un día una amiguita del aula le pregunto como se las arreglaba para tener siempre tan buenas notas, ser la mejor en la clase, la respuesta de Yusimì la dejo boquiabierta.
– Muy sencillo, no la atiendo, la vigilo durante la clase, así nada se me escapa y logro memorizar todo.

Cuando su padre fue obligado a retirarse de su oficio de vigilante mayor por un Alzheimer prematuro, Yusimì, por derecho propio, ocupó su lugar. Nadie mejor que ella, fue la única propuesta en la reunión de vigilantes. Su nombre fue el único en la boleta. Yusimì, estaba radiante, inmensamente feliz. Temblorosa recibió los prismáticos de manos del vigilante en jefe. Prometió cumplir y no defraudar la confianza depositada en ella.

Al terminar la asamblea de vigilantes y regresar a su barrio, todos la miraron recelosamente, con temor. Las vecinas cerraban las ventanas de la cocina al cocinar, aprendieron a freír bistecs, cuando los conseguían, sin que nadie sintiera el olor. A la hora de comer, se cerraban puertas y ventanas. La vida en el barrio, cambio para siempre.

Yusimì, sentada en portal de la casa, estrenando sus prismáticos, trataba de no perder detalle de la vida del barrio. Una mañana, le asombro el silencio reinante.
– Mamá, y este silencio, no se escucha una voz, esto me aburre.
– Ay mi hijita, los vecinos han aprendido a hablar por señas, tienen miedo que un informe tuyo pueda perjudicarlos. ¡Es lo único que nos faltaba, un barrio en silencio por el miedo a un informe!

Yusimì, se disgustó mucho, los vecinos deberían cooperar y no hacerle mas difícil su trabajo. Llamo a sus superiores y pidió información sobre el lenguaje por señas. Algo grande y terrible traman mis vecinos, dijo a sus superiores. Dos días después, Yusimì, recibía un libro y varios DVDs para aprender el lenguaje de las señas.

Una tarde, su mamá, la obligo a sentarse en el sofá de la sala, de espaldas a la ventana, al mundo exterior.
– Mi hija, ¿Piensas pasarte todo el tiempo vigilando a los demás, pendiente de la vida de todos, olvidándote de vivir la tuya? No me divorcie de tu padre, por ti. Ahora que perdió la razón y pasa el tiempo dibujando barquitos y palmeras en sus viejos informes, me da pena recluirlo en un asilo y lo cuido, pero no lo amo. Esto no es vida mi hija, no sales, no disfrutas, no tienes novio, todo el tiempo vigilando y tomando notas, informando, es una locura. Nadie nos visita, vivimos aisladas, a veces siento ganas de dejarte con tu padre y largarme a un lugar donde no existan vigilantes, ni informes.

– Mamá, esta es mi vida, lo disfruto, ya aprendí el lenguaje de las señas y hasta a leer los labios; soy una vigilante perfecta, ningún detalle se me escapara. No conozco otra vida, ni la deseo.

– Solo pido a Dios que te enamores y ese amor sea más fuerte que tu pasión por la vigilancia y los informes, quiero un nieto, no un informe para estrechar entre mis brazos.

Los vecinos de la casa de enfrente, fueron detenidos por unos días. El informe detallado enviado por Yusimì, provoco que perdieran su casa por alquilar sin permiso a habitantes de otros pueblos. La vigilante mayor estaba orgullosa de su trabajo, recibió felicitaciones y un diploma de reconocimiento. El vigilante en jefe le escribió una carta de su puño y letra, “en estos tiempos difíciles, pocos mantienen su integridad y dedicación en el oficio de vigilar e informar”.

Meses después, en la casa de enfrente se mudo un matrimonio, tenían un hijo de 24 años, solo 2 más que la edad de Yusimì. Yohandry, estudiaba en la Universidad, practicaba varios deportes y le gustaba hacer pesas en el patio de la casa. Una tarde, sentada con sus prismáticos en el portal, Yusimi, descubrió a Yohandry en short, sin camisa haciendo pesas. Se olvido de los vecinos que estaban comprando carne y de Yenisleidy, la que vendía ropa que la hermana le mandaba de un pueblo cercano. Se olvido de informes y vigilancias, se olvido de todo. Solo tenia ojos para Yohandry, paso horas mirándolo con sus prismáticos. Esa noche antes de acostarse, Yusimì, se arreglo el pelo y eligió la ropa que se pondría mañana. Se despertó temprano, desayuno de prisa y prismáticos en mano se puso a vigilar la casa de enfrente. Siguió a Yohandry hasta la Universidad, lo observo toda la mañana, lo vio tomar notas, responder preguntas, conversar en los intermedios entre los turnos de clase. No queria, ni podía apartar sus prismáticos de ese muchacho, pensó que debía ser su labor de vigilante que le hacia intuir alguna pista que no lograba descubrir.

Yusimí, descuidaba su labor de vigilante mayor. Aumentaron las ventas de productos prohibidos en el barrio, la gente se atrevía hasta a cocinar y comer con las ventanas abiertas. Todos se dieron cuenta que la vigilante mayor solo tenia ojos para el muchacho de la casa de enfrente.

Una tarde mientras lo vigilaba, Yusimì, vio a Yohandry, desnudo en su cuarto, se puso muy nerviosa, temblaba. Comprendió de golpe que vigilaba al muchacho porque le gustaba, esa era la razón y no ningún informe ni tarea por cumplir. La imagen de Yohandry desnudo, no se apartaba de su mente, hasta fiebre tuvo y su madre la llevo al medico; le mandaron reposo y mucho liquido, nada mas.

Una tarde de abril, Yusimì y Yohandry se cruzaron en la acera. El la saludo, la invito al portal de su casa, tomaron jugo de naranjas, ella por poco le pregunta el origen de las naranjas fuera de temporada, la fuerza de la costumbre es terrible. Después de tomarse el jugo y hablar de mil cosas, él la invito a ver una película en su cuarto.
– Un amigo me presto su video casetera y varias películas, mañana tengo que devolvérselas, ven vamos a ver una que esta muy buena.

Yusimì, asintió, Yohandry ejercía una fuerza irresistible sobre ella.

En el cuarto, mientras empezaba la película, Yohandry, se quito la camisa.
– No soporto el calor, en cuanto pueda me compro un aire acondicionado o un ventilador aunque sea.
Yusimì, no podía mirar la película, el torso desnudo del muchacho la atraía demasiado. Yohandry no tardo en darse cuenta, terminaron abrazados. La noche los sorprendió desnudos y exhaustos en la cama.
– Debo irme, mi mamá debe estar preocupada, es muy tarde.
Yohandry la beso intensa y apasionadamente.
– No te vas sin jurarme que volverás mañana.
– Sabes que volveré siempre, no se como, ni por qué, pero este es mi lugar; entre tus brazos.

Cuando llego a su casa, su mamá estaba despierta, sentada en su sillón, sonriendo. No hizo preguntas, beso a Yusimì, le dio las buenas noches y se fue a dormir, segura que la fuerza del amor podría más que informes y vigilancias.

En su cuarto, a solas, Yusimi, comenzó a redactar su informe final, un informe en contra de ella misma. Se consideraba indigna del puesto de vigilante mayor, no solo indigna, ya no le interesaba esa posición. Escribió a su jefe; he comprendido que la vida no es vigilar y hacer informes, la vida hay que vivirla, disfrutarla, dejar a los demás vivir a su manera, sin acumular datos y estadísticas, informes y notas. Adjunto a mi carta de renuncia los prismáticos, de ahora en adelante no los necesitare, estaré muy ocupada mirando con mis ojos y con mis manos. Envío la carta y los prismáticos, salio corriendo para casa de Yohandry, se encerraron en su cuarto. Cuentan los vecinos que 9 meses después nacía el hijo de Yusimi y Yohandry. Todos aportaron algo a la celebración sin temores, ni jugando a las escondidas. Su barrio era el único sin vigilantes, ni informes, pero con mucho amor, un barrio que ardía en deseos y esperanzas.

Fotografia tomada de la pagìna, Yo extraño a Cuba! Y tu?

Un tipo duro.

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Manuel, siempre se considero un bárbaro, un machazo. Cuando reía su diente de oro brillaba como reafirmación que era un tipo duro, un hombre a to’. Siempre fue el primero en reunirse en la esquina a mirar las mujeres pasar y meterse con ellas. Vivía convencido que era un bárbaro, el mejor en la calle y en la cama. Cuando tomaban ron, era el que mas aguantaba, quien ha visto a un hombre de verdad dejarse tumbar por una botella de ron, por muy malo que sea. Así creció, convencido de su “hombría”, de ser un tipo duro, de la calle.

Juanita creció, sufriendo a un padre autoritario y abusador que golpeaba a su madre y la maltrataba a ella y a sus hermanos. Cuando cumplió 16 años, conoció a Manuel. Le gusto su aspecto, su caminar seguro. Una noche, después de hacer el amor, Manuel le dijo:
– ¿Por qué no vienes a vivir conmigo? Desde que mi abuela murió, vivo solo en esta casa, me gustaría tenerte siempre aquí, esperando por mí, atendiéndome.

Juanita, no lo pensó 2 veces, a la mañana siguiente recogió sus cosas y se mudo con Manuel. Se sintió libre de su pasado, de maltratos y abusos. Amanecer abrazada a Manuel, la hacia muy feliz. Se acabaron las peleas y las borracheras de papá, ahora podré vivir tranquila, pensó Juanita esa mañana al lado de Manuel.

Es cierto que Manuel a veces llegaba tarde y borracho, pero nunca le había levantado la mano. Peleaba por la comida y cuando no tenía la ropa limpia y planchada, pero era bueno en la cama y desde que estaba con él, nada le faltaba. Ella trataba de complacerlo en todo, como siempre vio a su mamá hacer con su papá, en cierto modo lo quería, aunque también le temía.

Cuando tenían 6 meses viviendo juntos, una amiga le llevo una planilla para un curso de cajera en tiendas de área dollar. Muerta de miedo, pero con la esperanza que aceptara que ella trabajara en la calle, Juanita le enseño la planilla a Manuel.
– ¿Y esto que coño es?
– La planilla para un curso, pagan bien y siempre se resuelve algo en esas tiendas.
Manuel la miro, rompió la planilla, le dio un galletazo en pleno rostro y le grito.
– Tu lugar es aquí, atendiéndome, en la cocina. Como te atreves a pensar en trabajar, tu trabajo es aquí en la casa esperando por mi, si no te gusta, coge la puerta y vete.
Le grito Manuel, mientra tiraba la puerta de la sala y se iba para la esquina a reunirse con sus amigos.

Juanita, lloró toda la tarde, convencida que todos los hombres eran iguales y las mujeres tenían que aguantarle todo, hasta golpes, si querían tener un marido al lado.

Un domingo, en la casa de al lado, se mudaron dos hombres jóvenes. Vestían muy a la moda y siempre estaban muy arreglados, en pocos días transformaron la casa, dándole un toque diferente. Juanita, se hizo amiga de ellos, conversaban por el muro del patio. Eran muy educados y correctos al hablar. Juanita, nunca había tratado con personas así, terminaron haciéndose grandes amigos. Lo único que no le gustaba de ellos es que no estaban de acuerdo con ella en eso de aguantarle todo a un hombre. Cuando les contó que Manuel a veces le pegaba, se indignaron, le dijeron que no debía permitírselo que eso era un abuso. Esas ideas de los vecinos nuevos, confundían a Juanita.

Una tarde, cuando llego Manuel del trabajo, mientras ella le quitaba los zapatos y le ponía las chancletas, él le dijo.
– ¿Y esa blusa y ese peinado nuevo que te hiciste? ¿Donde estuviste?
– Fui un momentito mientras ablandaba los frijoles a visitar a los vecinos nuevos. Uno de ellos me regalo esta blusa, la estaba vendiendo, pero me la regalo. Me dijeron que si me recogía el pelo, luciría mejor, quise arreglarme para ti.
– Ven acá, acércate.
Cuando Juanita estuvo al alcance de su mano le dio una galleta, mientras con la otra mano le desbarataba el peinado y le arrancaba de un tirón la blusa nueva.
– Lo único que me faltaba, que mi mujer se haga ahora amiga de los maricones de al lado. Como te vuelva a ver hablando con ellos, te reviento, ¿¿entendiste??

Juanita, no dijo nada, le sirvió la comida a Manuel y comió poco, en silencio. En su cabeza daban vueltas las palabras de sus nuevos amigos; no tienes porque soportar golpes y maltratos, eso es un abuso, si los aguantas es porque quieres o por miedo.

Era la primera vez que desobedecía a Manuel, siguió conversando con sus nuevos amigos. Le gustaba escucharlos, le hablaban de un mundo diferente. Luisito, le contaba que sus padres nunca habían discutido, no recordaba una pelea entre ellos. Esas historias, le parecían cuentos de hadas a Juanita, les gustaba oírlas, pero no las creía del todo.

Luisito, una tarde le dijo.
– Sabes, conozco a Roberto, si un día te oye gritar cuando te golpee Manuel, es capaz de hacer una locura, ese no le tiene miedo a nadie y no soporta las injusticias.

Una noche, Manuel llego tarde, pasado de tragos y con manchas de crayón de labios en el cuello. Juanita, lo miro y sin saber como, de sus labios salieron las palabras fatales.
– ¿Donde estabas? Son pasadas las 12.
Manuel, la miro sorprendido, del primer golpe la tiro contra la mesa. El estruendo se escucho en todo el barrio. Cuando Manuel iba a darle una patada a Juanita que lloraba en el suelo, la puerta de la cocina se vino abajo. Roberto se enfrento a Manuel, retándole. Manuel, sorprendido miro a Juanita.
-¿Que es esto? Ahora tus amigos maricones vienen a defenderte.
– De los dos, el maricón eres tú, que abusas con una mujer. Le grito en la cara Roberto.
– Con una mujer y contigo, ¡que pinga te pasa!!!
Todo paso muy rápido, un solo piñazo de Roberto le partió la cara a Manuel que cayo al piso sangrando y quejándose del dolor.
– Si quieres mas, me avisas, porque yo me quede con ganas de seguirte dando. Le grito Roberto.

Roberto miro a Juanita, la ayudó a levantarse del suelo.
– Vamos, recoge tus cosas, no puedes seguir viviendo con este animal, vente con nosotros.
– ¿Con ustedes?
– Claro, para eso están los amigos, no lo pienses mas, tienes derecho a una mejor vida, a encontrar un hombre de verdad, que te quiera y respete.

Manuel, pensó que Juanita, no se atrevería a dejarlo, estaba muy seguro de si, a pesar de la cara partida, de dos dientes flojos y de la sangre corriéndole por la cara. Vio a Juanita entrar al cuarto y volver a salir con un bulto con sus cosas, ni adiós le dijo, no miro para atrás.

Allí en la casa de al lado, poco a poco Juanita empezaba una nueva vida, ayudada por sus dos amigos diferentes. Poco a poco se encontraba a si misma, aprendía a confiar en su fuerza y su valor.

Manuel, siguió con sus borracheras y de vez en cuando metía alguna mujer en la casa. Le duraban poco, no todas están dispuestas a soportar golpes y maltratos.

Una tarde, mientras leía el periódico, leyó unas noticias sobre el matrimonio gay y la igualdad de derechos. Salio corriendo para la esquina, busco a sus amigos.
– Tenemos que hacer algo, lean esto, ¡Matrimonio gay! Seria el colmo, tenemos que reunirnos e ir a protestar eso es un disparate, ¡Que coño se habrán creído los mariconcitos estos!

Las palabras soñadas.

Si un día se me acaban las palabras.
Si no pudiera unirlas, moverlas, usarlas, jugar con ellas.
Si un día agotadas de tanto uso, decidieran tomar definitivo descanso, abandonarme, decirme un adiós estruendoso y último.

Si un día, como Nora, se fueran y de un portazo, cerraran para siempre su regreso.
¿Qué me haría sin ellas?
¿Cómo decir te quieros, te extraños, como describir el amor y la esperanza?

Si un día, amaneciera sin palabras, ausente de verbos, sustantivos, sin un solo adjetivo para describir el día, ¿Como podría escribir o hablar a mis amigos?
Si al intentar escribir sobre La Habana, solo pudiera hacer garabatos y signos sin sentido. Sin una sola palabra que la adorne y traiga hasta mi cuarto.
Si al querer hablar sobre mi madre, hablarle a amigos de su infinito amor, de su dulzura, solo emitiera sonidos sin sentidos, ruidos que nadie entendería. ¡Como vivir sin gritar cuanto la amo!

¿Qué hacer con tanto amor sin expresarlo? ¿Como revivir recuerdos sin palabras?
¿Cómo volver a decir te amo y la luna no sale si no estas o el día comienza cuando abres tus ojos? ¿Cómo decirle a alguien, muy cerca del oído, solo existo cuando en tus ojos me reflejo?

¿Cómo llamar a un amigo si de repente una caída o un dolor, me asaltaran a solas en mi casa?¿Cómo gritar; ¡Te necesito! En medio de la noche y mi desvelo?

¿Qué me haría si un día, cansadas, agotadas, disgustadas del mal uso y abuso, se fueran de mi lado las palabras? ¿Como vivir sin ellas? ¿Cómo ganarme amigos y enemigos?

¿Cómo decir que La Habana, mi ciudad, la ando cada noche en el  recuerdo, que en sus calles resuenan nuestros pasos y amores, que nos espera segura del regreso?

¿Cómo decir que allá en mi lugar exacto, mi madre y mi ciudad, tejen y destejen sueños, esperando por mí, 365 veces, cada año?

No teman, anoche, mientras hacíamos el amor, en pleno orgasmo; las palabras y yo, juramos, amor eterno,  ¡No abandonarnos nunca!

Fotografia de Liborio Nova.

Esperanza, una historia de amor.

Se amaron antes de verse, ambos se presentían desde siempre, desde el inicio de los tiempos. El, un profesional, coqueteando con sus 40s, ella una mujer de negocios en la plenitud de sus 20 años. Ambos habaneros, cansados de caminar esas calles buscándose uno al otro. Los dos decidieron emigrar, tal vez cansados de esa búsqueda y de otras más. Ahora vivían en Miami, una ciudad, donde encontrarse inesperadamente con alguien, a veces resulta difícil. La Habana se encargó de juntarlos, se encontraron frente a frente, una vez que coincidieron en un viaje a su ciudad, una tarde de abril, en plena primavera. Sus ojos se cruzaron a la salida de aduana, ambos adivinaron que estaban destinados el uno para el otro, que su búsqueda, había terminado. Se olvidaron de la familia que los esperaba, del equipaje y del mundo. Ella osada y atrevida, se lo comió con los ojos, mientras le deslizaba su tarjeta en el bolsillo de la camisa. Regreso en 5 días, escribió por detrás.

Al sexto día, él, la llamo, solo le dijo; ¡soy yo! Conversaron como si se conocieran de toda la vida, durante 45 minutos no existieron preocupaciones; el mundo se redujo a ellos dos. Se despidieron con la promesa de tomarse un café juntos a la salida del trabajo. Cuando se vieron, 6 horas después, no se dieron la mano, no se dijeron hola. Corrieron a su encuentro y se besaron en la boca, como dos viejos amantes que se reencuentran, después de toda una vida separados.
A veces, el amor llega a destiempo, tanto lo buscamos, que al final aparece; solo que no llega en el momento justo. Por esas travesuras del destino, cuando se encontraron, él estaba casado. Un matrimonio de tiempo, que hacia años había perdido su intensidad, pero que el afecto y la costumbre, aún mantenían. El no solo estaba casado, un mal orgánico, lo apremiaba a someterse a una urgente operación, que el posponía, una y otra vez, en espera que su madre llegara y estuviera junto a él. No se atrevía a mirar a la muerte a la cara, sin apretar fuerte la mano de su vieja, una mujer especial que supo hacerlo un hombre y enseñarlo a amar. Su viaje a La Habana, fue para hacer gestiones y poder traerla cuanto antes.

A Esperanza, no le importaron los años de diferencia, ni el matrimonio, ni la salud precaria, amaba sin preguntas, sin esperas. Cada día con Manuel, equivalía a una vida y la vivía intensamente, hasta el último segundo. Sabia que el amor puede hacer milagros, no se daba por vencida. Hacia años, desde aquella tarde en que se subió sola a un bote, aprendió que la vida pone pruebas difíciles, pero que todas, todas, pueden vencerse. Borró, para siempre, la palabra imposible de su lista. Se bastaba sola para mover montanas, saltar abismos, construir un mundo.
Manuel, estaba deslumbrado con esta ilusión. El amor de Esperanza, lo hacia sentirse joven, en sus brazos olvidaba sus problemas de salud, las discusiones, todo desaparecía al influjo del encanto de esta muchacha que ni aún en los momentos mas difíciles, dejaba de sonreír. Mirarse en los ojos azules de ella, era como asomarse al cielo, escucharla reír, su mejor medicina. Su alegría, era solo un eco de la risa de ella. Cuando hacían el amor, era el único momento que olvidaba sus problemas de salud, la vitalidad de Esperanza, lo contagiaba y volvía a tener 20 años, a estar sano, a comenzar de nuevo el camino.

Un día, la esposa de Manuel, se entero de la relación con Esperanza. No discutió, no hizo una escena de celos, ella no lo amaba. La ausencia de hijos, la rutina, habían ido matando el amor que un día se juraron, para toda la vida. No lo amaba, pero se llevaban bien y gracias a él, disfrutaba de una buena situación económica. Mirándose en el espejo, Aleida se dijo a si misma.

-No, no haré una escena de celos, fingiré que no se nada, él, no se atreverá a dejarme, la Esperanza esa, será diez años mas joven que yo y mas linda, pero yo soy su mujer y seguiremos juntos. Nunca lo tendrá del todo.

Sonrío con malicia y se alisto para una guerra larga, donde se adivinaba como vencedera. Tantos años sin amor, le habían hecho olvidar su fuerza. Esa tarde, comenzó a gestarse la derrota de Aleida. Subestimar a un enemigo, es fatal en las guerras.

La salud de Manuel, se deterioraba por días, su madre atrapada entre papeleos y absurdos, no acababa de llegar. Una tarde, después de hacer el amor, Manuel, casi se muere en los brazos de Esperanza. Ella, en su desesperación lo abrazaba, tratando de trasmitirle su vida, sabia que mientras lo abrazara, nada malo podría ocurrir. Cuando se recupero, sin dejar de abrazarlo, le dijo:

-Así no puedes seguir, no te das cuenta que te mueres coño y yo contigo. Déjame estar a tu lado en la operación, se que si tomo tu mano mientras dure, nada malo podrá pasarte. Mañana vamos juntos a ver el medico y fijamos la fecha de la operación. No puedes seguir esperando que llegue tu madre, si quieres volver a verla, no puedes posponer más la operación.

Manuel, la miro entre lágrimas, casi sin fuerzas le dijo.

-Como tú quieras, solo te pido algo; si me muero, no te mueras conmigo, quiero seguir viviendo en el azul de tus ojos, en tu risa.

Esperanza lo miro, sonrío y acariciándole el pelo, solo susurró.

-Como tú quieras mi vida, todo será como tú quieras, lo prometo.

Esperanza, se encargo de coordinar todo. El doctor, reviso la historia clínica, le hizo algunas preguntas, cuando comenzó a hablar se dirigió a Esperanza, adivinaba que solo con su ayuda podría operarlo cuanto antes.

-Hay que operar enseguida, nos estamos arriesgando a lo peor. Cada día cuenta, si se demora más de un mes en operarse, tal vez sea demasiado tarde.

Esperanza, mirando a Manuel, le respondió.

-Cuanto antes doctor, usted ponga el día, yo me encargo de todo y de traerlo a él, aunque sea a la fuerza. Solo pondremos una condición; yo estaré a su lado durante la operación.

Mario, el medico, saco un pañuelo y fingió que limpiaba sus espejuelos, una manifestación de amor siempre conmueve y emociona, aunque se este acostumbrado a lidiar con la muerte todos los días. Los miro y con calma les dijo.

-Legalmente otra persona tiene ese derecho, si insiste, no podré negarme.

Manuel, miro fijo al doctor.

-Yo me encargo de eso, a mi lado estará Esperanza o no hay operación.

Esperanza, apretó fuerte su mano, mientras el azul de sus ojos tenía destellos dorados.

Al salir del hospital, Manuel le dijo.

– Cuando salga del trabajo, paso a recogerte en mi auto, hoy, necesito dormir contigo.

Esperanza lo miro a los ojos, no hizo preguntas, trato inútilmente que él no notara el temblor de su cuerpo en el abrazo de despedida.

Antes de salir del trabajo, llamo a Aleida, fue breve.

-Esta noche, no puedo ir a dormir, no te preocupes, estaré bien.

Aleida solo dijo un acido, OK. Esto no estaba en sus planes, su rostro se contrajo. Se miro en el espejo, sintió el paso del tiempo en su piel, se vio vieja de pronto, como si de golpe hubiera envejecido diez años.

Manuel, recogió a Esperanza. Hicieron todo el viaje tomados de la mano, querían aprovechar hasta el ultimo segundo de ese tiempo juntos, hacerlo perfecto.

Esa noche, se acostaron desnudos, no hicieron el amor, el amor los hizo. Durmieron abrazados, sus labios estuvieron unidos toda la noche. Las sabanas amanecieron húmedas, Esperanza, aferrada a Manuel, tuvo repetidos orgasmos mientras dormía. Se despertaron temprano, desayunaron rápido, mientras se miraban como dos adolescentes enamorados. Manuel, la dejo en su trabajo, se despidieron con un beso, que amenazó con no tener final.

Cuando Manuel regresó a su casa, en la tarde, Aleida, no hizo preguntas. Pensaba que ignorando lo que había ocurrido, seria como si nunca hubiera pasado. Se consideraba muy astuta, no se daba cuenta que sus días al lado de Manuel, estaban contados, Esperanza, ganaba cada día mas terreno, Manuel no podría ya vivir, sin mirarse en sus ojos, sin escuchar su risa, sin tenerla a su lado.

Se acercaba el día fijado para la operación. Mario, previéndolo todo, se reunió con Manuel, le explico los riesgos que corrían, la posibilidad de una hemorragia.

-Tendremos que tener sangre de reserva, hice algunas pruebas y Esperanza puede ser la donante, de más esta decirte que aceptó con gusto.

-¿Doctor, puedo morir? Pregunto Manuel con miedo en los ojos, sin Esperanza a su lado, se sentía débil, desprotegido.

-Si, pero mis años de experiencia están a nuestro favor, varias veces, en Santiago de Cuba, con menos recursos, hice esta operación y nunca perdí a un paciente. Ahora, tengo más experiencia. Créeme, haré lo imposible por salvarte, hace años en Cuba, vi morir al amor de mi vida, fui impotente para salvarle. En cierto modo esta es mi revancha con la muerte. Te salvaré Manuel y un día, iré a tu boda con Esperanza. De tanto lidiar con la muerte y salvar vidas, uno termina adivinando el futuro de los pacientes.

La noche antes de la operación, Manuel, solo en la habitación del hospital, llamo a su madre, no quería preocuparla, pero necesitaba oír su voz, para saber que todo estaría bien.

– ¿Mami, como estas? Te quiero mucho, mucho. Dijo Manuel, mientras trataba de lucir tranquilo.

-Orando por ti mi hijito, mañana te operas y he pasado días, hablando con Dios, se que todo saldrá bien, aunque no pueda estar a tu lado.

-Pero mama, ¿como lo sabes? No quería preocuparte.

-Esperanza, me llamo y me lo dijo, parece una buena muchacha esa amiga tuya. Me explico que prefería que yo lo supiera para que estuviera pensando en ti y enviándote toda mi energía. Hace dos días regrese de El Cobre, tuve una larga conversación allá arriba.

-Mama, eres un ángel, saberte pendiente, me da fuerzas extras, me obliga a vencerlo todo, dijo Manuel, mientras hacia un esfuerzo para no llorar.

Se despidieron con miles de besos. Manuel, en sueños, sintió el abrazo y los besos de su vieja.

Mario, antes de dormirse, pensó en Manuel y en Esperanza, confiaba que todo saldría bien, aunque sabia los riesgos con que se enfrentaría. Había vencido varias veces a la muerte, le debía al amor esta victoria. Miró la foto de su esposa en la mesa de noche y se durmió soñando con el amor.

Llego el día de la operación, Esperanza, entró al salón, mientras Aleida la miraba con todo el odio del mundo. Recordaba las palabras de Manuel una semana antes.

-Me decidí a operarme, una amiga me convenció, ella estará presente en la operación, tenemos el mismo grupo sanguíneo y en caso de una emergencia, podrá donar la sangre. Manuel, bajo la vista, no le gustaba mentir y sabía que si la miraba a los ojos, sabría toda la verdad.

-Solo bajo esta condición, acepte operarme sin que mamá estuviera a mi lado.

Pensó en oponerse, pero sabía que seria inútil, Manuel era testarudo, muy difícil de convencer. Mientras lo llevaban al salón de operaciones, recordó todos estos años juntos. Fueron felices al principio, muy felices, después vino la rutina. No recordaba en que momento exacto murió el amor. Siempre se llevaron bien, no discutían, pero los años, los fueron convirtiendo en una especie de amigos, que en ocasiones se usaban para saciar urgencias sexuales. A pesar de todo, no estaba segura de haber sido derrotada; la costumbre, es a veces una fuerza poderosa, ella lo sabía por experiencia propia.

En el salón, Mario daba las órdenes necesarias. Manuel, estaba ya bajo los efectos de la anestesia, Esperanza, apretando fuerte su mano, decidida a transmitirle su fuerza, a darle su vida si fuera necesario. Mario, comenzó la operación, Esperanza, sin fuerzas para mirar, apretaba con fuerza la mano de Manuel y miraba su rostro. Llevaban mas de una hora operando, toda iba bien aparentemente. De pronto, se escuchó la voz de Mario.

-Urgente otra transfusión, esta perdiendo mucha sangre.

La hemorragia que tanto temía, se había desatado, sabia que si no actuaba rápido, podía perder a Manuel. Consumieron el penúltimo litro de sangre. En el momento de colocar el último litro de reserva, nadie supo explicar cómo ni por qué, se escapo de las manos de la enfermera y se rompió en pedazos contra el piso. Esperanza, pálida, miro al doctor. Mario dio órdenes de proceder a realizar una transfusión directa de Esperanza a Manuel, era la única solución, por suerte, la había realizado antes, durante su servicio social, allá en las montañas de Oriente.

Esperanza, se negó a soltar la mano de Manuel y así sujeta a él, le fue dando gota a gota, parte de su vida, de su fuerza. Mario, termino la operación. Había salvado a Manuel. Esperanza, agotada y débil, seguía sosteniendo su mano, sujetándolo a la vida. Llevaron a Manuel para cuidados intensivos, mientras Esperanza, fue obligada a guardar reposo, hasta que se recuperara.

Mario, nunca supo si fue su experiencia, la sangre de Esperanza o el amor quien hizo el milagro; Manuel se recuperaba por días, volvía a ser el de antes, todos se asombraban de su pronta recuperación; el amor y las ganas de vivir, completaban el milagro. Llego el día de abandonar el hospital, Manuel se extraño que Esperanza no hubiera ido a estar con él, a acompañarlo hasta el auto.

-Debe estar afuera, esperándome en el auto, pensó mientras recogía sus cosas.

Manuel, salio del hospital, acompañado por Mario, afuera, en su auto, lo esperaba Aleida, que salio a su encuentro. La detuvo con un gesto. Su mano extendida, solo dejaba espacio para un frío apretón de manos.

-No Aleida, te agradezco que vinieras, tus cuidados, tu preocupación, pero sabes que ya no nos amamos. Seamos amigos, ya que no pudimos seguir siendo amantes, no me guardes rencor. Tú, tampoco me amas, no tendría sentido continuar juntos por costumbre, tienes derecho a rehacer tu vida, a volver a amar, no te preocupes por nada, seguiré cuidando de ti. Puedes quedarte con la casa, será mi primer regalo de amistad para ti.

Aleida, entendió el mensaje de Manuel, tendió su mano, se despidieron como amigos. Lo conocía demasiado bien para intentar nada después de sus palabras.

Manuel vio partir a Aleida. Justo en el instante que iba llamar a Esperanza, su auto llegó. Junto a ella, una persona que le resulto familiar, pero que no distinguía bien desde lejos. Esperanza se bajo, abrió la otra puerta del auto, Manuel, asombrado y emocionado, vio a su vieja, creyó que era una ilusión, dudo que fuera realmente ella. Esperanza corrió a él gritándole.

-Tuve que recogerla en el aeropuerto, quería darte la sorpresa, soborné y moleste a un millón de gente, pero aquí la tienes, contigo para siempre, con nosotros.

Se abrazaron los tres entre lágrimas. Al besar a su madre, Manuel sintió el olor de su infancia, de su casa, de la calles de su ciudad, como si La Habana en su madre, quisiera ser parte de este, su comienzo de una nueva vida. Mario, que sabía el secreto de Esperanza, los miraba desde la puerta del hospital. Si entre todos, le habían ganado la batalla a la muerte, el amor hacia el milagro de una nueva vida.

El amor lograba convertir una historia real en un cuento rosa que yo, solo adorné con palabras.