La Monalisa en La Habana.

Monalisa en La Habana, de Fuentes Ferrin.
Aislada de todo y de todos por un cristal antibalas que la protegía de balas, ácidos, chorros de pinturas y hasta tazas lanzadas contra ella, se aburría enormemente. Cansada hasta el cansancio de que miles la miraran y ni uno solo le dedicara una palabra de cariño. Por las noches conversaba con ella misma, aburrida de su vida solitaria.
– Hasta cuando tendré que estar aquí encerrada, sin conocer el amor, sin vivir. No se cuanto tiempo me quede siendo aún atractiva, cualquier día me desmorono o desintegro, seré solo un recuerdo. Me iré sin conocer el abrazo de un hombre de verdad, sin disfrutar de la vida, sin conocer sus milagros y misterios. Ay Leonardo, por que me convertiste en una obra de arte, preferiría ser una mujer común y corriente. ¡Quiero vivir!
Así se lamentaba cada noche de su suerte la Monalisa. Por el día, fingía su sonrisa, cruzaba sus brazos y se hacia la desentendida, la enigmática.

Una tarde de domingo la Monalisa se sorprendió por un colorido grupo que la visitaba. Hablaban alto, gesticulaban, mezclaban modas y tendencias, reían a carcajadas, casi, casi logran transformar su enigmática sonrisa en una carcajada. Hasta ganas sintió de extenderles la mano. Socializar con ellos se le antojo el non plus ultra de la felicidad y la alegría.

Cuando cerraron el museo, aprovecho para preguntar a uno de los personajes de Las bodas de Caná.
– ¿Quienes eran esos que vinieron hoy y armaron tanto alboroto? Me gustaron.
– Son cubanos, deben ser recién llegados, como les llaman a los que acaban de salir de Cuba.
Pronuncio con especial deleite la palabra Cuba, dejando intrigada y pensativa a Monalisa.

Una semana de reparaciones en el museo, juntaron en la misma habitación a Monalisa y a la Venus de Milo. Comenzaron a cuchichear entre ellas, la Venus, por su experiencia, más de 2 000 años vividos, se las sabía todas, como diríamos nosotros.

– Cuéntame de los cubanos y de Cuba, hace días conocí a un grupo y me dejaron con ganas de saber más de ellos, de contagiarme con su risa, de inventarme gestos con mis manos.
– Los cubanos son tremendos, uno me dijo un piropo una vez que nunca he podido olvidar. Cuando me siento sola, aburrida, cansada de tanto exhibicionismo, de este mármol frío y de esta ausencia de brazos, me ayuda a soportarlo todo.
– ¿Y que te dijo ese cubano Venus?
Suspiro lentamente, como reviviendo el momento en que lo escucho.
– Tú con esas curvas y tu experiencia, yo con estas ganas y este ardor…
– No dijo más, pero desde ese día solo pienso que saldría de esa combinación de ardores y experiencia.
– ¿Venus, has pensado alguna vez en ir a Cuba? ¡Te imaginas un encuentro con ese cubano del piropo!
– Lo he pensado un montón de veces, pero sola no podría, mírame, sin brazos.
– Yo voy contigo, me muero por conocer esa gente, sus costumbres, caminar por las calles de La Habana.
– Si vamos a ir, creo que lo mejor es invitar a Davicito.
-¿Davicito?
– Si el David de Miguel Angel, es muy amigo mío y siempre será bueno que nos acompañe un hombre.

Monalisa le envío un email a David con la invitación para que se les uniera en su viaje a La Habana. Allá en la Galería de la Academia de Florencia se armó un revuelo enorme cuando se enteraron que David, planeaba viajar a La Habana. Esto va a ser peor que “El rapto de las sabinas”, dijo uno. Los cuatro prisioneros, intentaron inútilmente salirse de su escultura sin terminar, acompañarlo. Hasta Venus y Cupido interrumpieron su idilio, asombrados de la osadía de David. Monalisa recibió un email muy escueto; acepto, compro ropa y me uno a ustedes en Paris.

David, demoro poco en viajar a Paris. Fue directo al Louvre, vestido con ropas modernas y con espejuelos de sol nadie lo reconoció. Cuando estuvo frente a la Venus de Milo, se quito los espejuelos.
– Voy a comprar ropas para ustedes esta tarde y a sacar los pasajes de avión. Esta noche vendré a buscarlas, mañana a primera hora saldremos para La Habana.
– Confiamos en ti David, mañana, estaremos en La Habana.

No tuvieron grandes dificultades para salir de Paris. Nadie podía imaginarse que esas dos mujeres y ese muchacho que viajaban en clase económica y hablaban varios idiomas, eran las tres obras de arte más conocidas y cotizadas del mundo.

– ¿Motivo del viaje? Pregunto el inspector en la inmigración de La Habana.
David, ágil y rápido respondió.
– Venimos a ver si aquí pueden resolverle el problema de los brazos.
– Bienvenidos.

Recogieron su equipaje y salieron corriendo de la aduana. Al menos hasta ahora, nadie había notado nada raro en ellos. La primera parte del viaje había sido un éxito. El sol los deslumbro, el azul del cielo los sedujo, se abrazaron emocionados, ¡Estamos en la Habana! Tomaron un taxi al centro de la ciudad, se bajaron en cualquier esquina. Caminaban por esas calles, deslumbrados por todo. Tenían pocos días para pasear por La Habana, sabían que muy pronto se dispararían las alarmas y la policía de todo el mundo estaría buscándolos. También sabían que el último lugar donde buscarían seria en La Habana, eso les daba un tiempo de ventaja para recorrer la ciudad, conocer a los cubanos y regresar con recuerdos y sueños.

Cuando apenas habían caminado unas cuadras, Venus se detuvo, solo dijo; ¡Es él! La vio de lejos, no podía creerlo, se acerco a ella y cuando estuvieron frente a frente le dijo.
– Las ganas y el ardor han aumentado, tú sigues con tus curvas y tu experiencia. Vivo cerca, en un cuartico de un solar, pero cabemos los dos y eso basta.
Venus miro a sus amigos suplicando permiso, implorando la dejaran ser llevada en brazos hasta un pequeño y destartalado cuartico de un solar habanero.
– Vete Venus, pero recuerda en 5 días tenemos que regresar. Nos vemos en el aeropuerto.

Venus se dejo llevar en brazos por ese mulato que olía a tabaco y a hombre. El primero y único que la amaba como mujer y no como obra de arte. Llegaron a su cuartico, la dejo sobre la cama, entonces ocurrió el milagro del amor; la Venus de Milo, asombrada y feliz, vio crecer sus brazos, hermosos y fuertes. Brazos que se bastaban para retener a su hombre, aunque solo fuera por unos días.

Monalisa y David siguieron andando La Habana. Se cruzaron con un grupo de jóvenes que salían de la Universidad. David solo dijo.
– Me quedo con ellos, son mi gente y el futuro de este país.
– Recuerda, en 5 días nos vemos en el aeropuerto.

David, fue uno más en ese grupo de jóvenes. Fue con ellos a conferencias en el Aula Magna, compartieron juntos en el muro del Malecón, las olas lo salpicaron y La Habana lo adopto como un hijo más. Una mañana, un grupo avanzaba por las calles de la ciudad, con banderas al aire, carteles y gritando consigas, David se sumo al grupo.
-¿Por qué protestan?
– Estamos protestando contra el enemigo
– ¿Quien es el enemigo? ¿Por que protestan?
– Quien es no importa, un enemigo si no se tiene, se inventa. Llevamos años en esto. Sigue en el grupo, grita algo de vez en cuando y en cualquier esquina te separas del grupo y se acabo la marcha para ti, chao, yo me “piro” en la próxima esquina.

David se quedo desconcertado, no entendía esa marcha y esas consignas, ese enemigo inventado y reinventado una y otra vez.

Una tarde vio un grupo de jóvenes con banderas de arco iris, carteles y tumbadores, se acerco a ellos.
– ¿Qué hacen?
– Es la marcha por la diversidad sexual. Contra la homofobia.
– Un problema de siempre que aún no se resuelve, me voy con ustedes.
– ¿Tú también eres gay? Le soltó uno.
– Yo soy David, ser o no gay, no es el punto, lo importante es condenar la homofobia. Si supieran cuantos grandes hombres, genios, la han sufrido.
De pronto David se sorprendió y río a carcajadas, el grupo a golpe de tumbadoras coreaba un estribillo mientras avanzaba por la ciudad. “Yo soy David, ser o no gay, no es el punto”.

Monalisa, siguió sola su recorrido por la ciudad, decidida a conocer a los cubanos, a llevarse con ella su esencia y sustancia. Entraba en solares, en tiendas, hacia colas sin saber para que eran. Una tarde en plena hora pico se subió a una guagua.
– Caballero, caminen que todavía hay gente afuera.
– No empujen, poco a poco, pasito alante, vamos, vamos que cabemos todos.
Cuando por fin logro acomodarse, se le planto detrás un tipo de más de 6 pies.
– Señor por favor, tiene ahí algo duro que cada vez que frenamos o doblamos me molesta.
– Tranquila mami, no te pongas así, yo soy incapaz de molestarte. ¿Cómo te llamas?
– Monalisa.
– De lisa no tienes nada, estas muy bien y muy mona si eres. Me quedo en la que viene, este es mi número y mi nombre, llámame cuando quieras.

Atónita, seducida y casi violada en una guagua, Monalisa disfrutaba cada instante de este viaje por una ciudad detenida en el tiempo y en los recuerdos. Entro en Maternidad de Línea, vio y compartió el milagro de la vida. Se sintió madre por vez primera, cargó bebes, cambio pañales, fue feliz.

Entraba en las casas, la invitaban a almorzar. Compartió las alegrías y tristezas de un pueblo que no se da por vencido, que no renuncia a sus sueños. Un pueblo que mantiene viva la llama de la esperanza aunque un huracán de dificultades quiera apagarla. Jugó domino, bailó, tomó ron. También lavó ropa, limpio casas, trabajo en el campo, aró la tierra y recogió sus frutos. Termino amando a este pueblo que la acepto como una mas, sin preguntas. Un pueblo que la amo por ella, no por su historia, títulos o valor monetario.

El tiempo vuela, los 5 días pasaron rápido. Monalisa, Venus y David, ya tenían noticias del revuelo por su desaparición. Algunos pensaban que era una conspiración de grupos extremistas para destruir la cultura occidental, otros que algún multimillonario loco, lo había planeado todo y las tenía escondidas en alguna bóveda secreta.

Venus, se despidió de su amante con lagrimas en los ojos, a medida que se alejaba, sus brazos desaparecían.
– Volveré, lo juro, no me olvides.
– Te estaré esperando, no tardes.

David se despidió del grupo de jóvenes que lo había acompañado.
– De ustedes depende el futuro de este país. No se inventen enemigos, únanse y hagan el milagro de ese país que sueñan aquí; no lo busquen mas en otro lugar.

Monalisa, no quería irse, sabia que la opción de quedarse era una locura. Dijo adiós a amigos recién estrenados, abrazo a algunos.
– Debo irme, otros me necesitan. No dejen nunca que la llama de la esperanza se apague, luchen por mantenerla viva entre ustedes.

Se reunieron en el parqueo del aeropuerto. No tuvieron dificultades en los trámites de rigor. Un día mas tarde, sin explicación, como por arte de magia, las tres obras de arte más famosas, reaparecieron en sus sitios exactos, como si nada hubiera pasado. Ni siquiera los expertos pudieron notar un brillo diferente en sus ojos. Tampoco nadie noto un cambio imperceptible en la sonrisa de la Monalisa.

Fotografia “Monalisa en La Habana”, pintura de Fuentes Ferrin, pintor cubano radicado en Houston.

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Despedidas.

Emigrar, nos sumerge en un mundo de holas y adioses.  Hemos vivido y sufrido despedidas,  aún nos quedan por vivir muchas más. Llevamos con nosotros la maldición del  eterno adiós. Nosotros, que vivimos entre bienvenidas y despedidas, holas y adiós, sabemos muy bien el significado de separarnos de un ser querido, aunque sea por breve tiempo.

Ver a dos personas desgarrarse en un adiós, siempre nos conmueve, estremece recuerdos y vivencias. Saber de despedidas, nos hace solidarios con los que se despiden, nos hace comprenderlos y conmovernos. Nadie sabe mejor que nosotros el dolor de decir adiós, de retener en el recuerdo a seres queridos.

Hace un par de días, vi despedirse a dos muchachos, dos amantes, un fuerte abrazo y un beso que se resistía a terminar, hizo volver a muchos la cabeza, no falto algún gesto de desagrado, como si su condición de gays, les negara el derecho a despedirse, a decirse adiós libremente. Cuando uno de ellos abordo el avión, el otro, con lagrimas en los ojos se sentó a mirar el avión. Pretendía adivinar a su amigo en su asiento, decirle de nuevo adiós, aunque no podía verlo, mirar fijo al avión, los acercaba, alargaba en cierto sentido el momento de la despedida. Cuando el avión despego, lo siguió en la distancia, se paso la mano por los ojos y se fue. La tristeza, el dolor, el amor y los adioses, desconocen de fobias y frustraciones, no entienden de cara serias e incomprensiones, son como los besos, libres, desconocedores de condenas y mentes estrechas.

Entre las caras de disgusto, los gestos desaprobatorios y el amor que emanaba del adiós de los dos muchachos, me quede, para siempre, con el amor. Mis amigos, saben que siempre apuesto por el amor. Créanme, no recuerdo los rostros de los que se molestaron por esa expresión de amor, solo recuerdo los rostros tristes y enamorados de los muchachos al despedirse, sus miradas que se negaban a dejarse ver, su querer retenerse uno al otro a pesar de la conciencia del adiós inevitable.

Muchos que son incapaces de condenar el mal, de ayudar a alguien si cae, de dar una mano en el momentos justo. Esos que no tienen tiempo para dedicar a hacer de este, nuestro mundo, un sitio mejor, son incapaces de conmoverse ante una expresión de amor. Ante un hecho que debería conmoverlos y hacerlos aplaudir el amor, prefieren contraer el rostro y hacer un gesto de negación con la cabeza; niegan el amor, que no conoce de reglas, prohibiciones, ni incomprensiones.

La emoción solidaria con estos muchachos, me impidió reaccionar y pedirles permiso para hacerles una foto que me sirviera para el escrito que ya daba vueltas en mi mente, se que no se hubieran negado. Es mejor así, tienen el rostro de cualquiera que ame, de cualquiera que su amor se eleve por encima de tabúes y absurdos, tienen el rostro de la esperanza y de un mundo mejor, el rostro de los que aman sin temores, con la certeza que el amor, todo lo puede y vence!

Fotografia tomada de la pagina WHOF.

¡Un pull-over en la Habana!

Dando algunos retoques a uno de mis escritos, escuché la noticia y vi las imagenes de una marcha contra la homofobia en La Habana. Tal vez yo me adelante a la marcha cuando en mi última visita a la Habana llamé y abrazé a un muchacho que vestía con orgullo un pull- over que podría escandalizar a muchos. Un pull-over que años atras le hubiera costado, al menos, una noche entre rejas.

Hay detalles, instantes que valen por años de recuerdos, por vidas enteras. Mientras celebraba mi llegada a La Habana y disfrutaba en una cafeteria área dolar de mi merienda “obligada”, pasó junto a la mesa un joven cargando algunas cajas. El letrero impreso en su espalda me cautivo, mi esperada merienda perdió sabor y sustancia. No podía dejar de mirar el cartel en la espalda que se perdía en las puertas de la cocina.

Dejamos de conversar sobre mi viaje, no peleé más por la hamburguesa fría y la ausencia de productos que aparecían en la carta. Casi me levanto y entro en la cocina buscando al muchacho del pull- over que me había embrujado. Despues de unos minutos, que me parecieron siglos, regresó el muchacho, de frente, era uno mas. El letrero en su espalda resumía todo el encanto de su presencia, lo elevaba a una categoria mítica que me embrujaba y seducía.

Estos impulsos mios que un día me llevaran al sol, aunque me queme, me hicieron levantarme y ante los ojos atónitos de todos, abrazarlo. Le pedí de favor hacerme una foto con él, pero con él de espalda, quería compartir con mis amigos la magia del pull- over que me sedujo, que me hizo recordar redadas, humillaciones y un monton de cosas mas.

Recordé historias, confesiones. Un compañero de estudios en la Universidad que hace unos meses encontré y me confesó lo mucho que sufrío y soportó; ¡yo no existía!, fueron las palabras que encontró para resumir su sufrimiento y ostracismo.

Mientras unos, con igual inclinación optaron por ser martillo y arremeter con fuerza, defenderse con uñas y dientes, otros, fueron el yunque donde oportunistas y confundidos descargaban sus frustraciones y rencores. Vidas destrozadas, suicidios sin razón, lagrimas que desbordarían al Almendares, madres que nunca encontraran consuelo, tragedias terribles.

Un pull-over, no es jamás un telón gigantesco que pueda ocultar, para siempre, horrores, humillaciones, vejaciones. No devuelve la vida a los que se la quitaron, no basta para secar las lagrimas de tantas madres, pero coño, ¡Que feliz me sentí de ver lucir con orgullo un pull-over asi en mi Habana, en las primeras horas de mi llegada!

012 (2)