¡Balseros!

 

Cuando apenas tenia unos días de estar en Miami, escuche  por vez primera la palabra “balsero” en tono despectivo. Modo de algunos de clasificar a un grupo de inmigrantes cubanos, en una categoría inferior,  sin razón,  ni análisis, sin amor al hermano. Pude contenerme, pero todo tiene un limite y el mío, a veces, la injusticia lo acorta aún mas. Cuando escuché como por 5ta o 6ta vez “es  un balsero”, en ese tono despectivo que hería mis oídos y principios, me volví y pregunte el por qué de tanto desprecio a los balseros. Por qué ese tono, ese énfasis, como si fueran inferiores, solo  por haber venido en balsa. La respuesta, absurda e irracional, fue como una bofetada a los principios: son gente que no tienen familiares o amigos aquí, jamás hubieran calificado para una visa, ni nadie pagaría por traerlos, tu viaje, por ejemplo,  costo casi diez mil dólares, es diferente.

Siempre he creído que  todos somos iguales, mas allá de posiciones económicas, nacimiento o talento. Lo único que puede diferenciar a un ser humano de otro, es el bien o el mal que haga durante su vida. Ser bueno  o malo, es la única clasificación que acepto. Aún en esta clasificación, hay matices. Nadie es del todo malo, tampoco nadie es del todo bueno.

Me molesta e indigna esa supuesta “aristocracia miamense“, capaz de despreciar a alguien sólo por la vía utilizada para llegar a este país. Conozco muchos que vinieron reclamados por familiares. Muchos que a los 3 días exhibían orgullosos su residencia. Eso no los hace mejores, más cultos o  talentosos. Me alegro por ellos, al final me alegro por todos los que han podido llegar a este país. Por todos los que se lanzaron a la conquista de un sueño. Cada vez que un hombre hace realidad un sueño, la humanidad entera, debería celebrarlo,  aplaudirlo, nos mejoramos como raza, la única que existe; la humana.

Me demoré muchos años, entre mi primer intento de salida del país y mi llegada a Miami. No tuve el suficiente coraje para lanzarme en una balsa a desafiar tormentas, tiburones, hambre y un sinfín más de peligros, me faltaron las bolas para hacerlo.

Recuerdo una vez en La Habana, un amigo me dijo que esa noche se tiraba en una balsa. A las doce de la noche apague todas las luces del cuarto, hasta el reloj digital, corrí las cortinas de las ventanas. En esa oscuridad absoluta, imagine a mi amigo en medio del mar, enfrentándose a lo desconocido. Sentí miedo y admiración por él.  Aquí he conversado con muchos que vinieron en balsa. Es cierto que son diferentes, tiene unas bolas gigantescas, son gente cojonuda. Mujeres y hombres que no se detuvieron ante el miedo, lo dominaron y vencieron en aras de la conquista de un sueño. Ahí esta su única diferencia, su valor y coraje. Todos tenemos el derecho de amar la libertad y luchar por ella con uñas y dientes.

Al final, ser mejor o peor, solo depende del corazón, de las ganas de hacer. Cuanta gente talentosa, universitarios, escritores, médicos, se lanzaron un día al mar en una balsa, persiguiendo un sueño. A muchos el mar, los guarda para siempre, testigo silencioso de aventuras y sueños rotos. Por todos ellos, estamos obligados a triunfar, a ser mejores, a unirnos. Desde el fondo del mar nuestros hermanos muertos nos convocan a abrir los brazos para recibir y ayudar a los nuevos balseros.

Cuba, nos dijo un día adiós, mientras susurraba  un vuelvan pronto. Agito una mano al viento, con la otra, se apretaba fuerte el corazón. Cuando nos perdimos en el mar o en el aire, seco sus lágrimas con un vuelo de su bata azul, blanca y roja, miro al cielo y madre al fin!  Dijo;¡Dios mío, protégelos todos son mis hijos!

Fotografia tomada de Google.